viernes, 26 de septiembre de 2008

Terremoto en Arequipa

La arequipeña Universidad Católica de Santa María acaba de realizar una encuesta, sobre prensa y periodistas, que cubre un universo de seiscientas mil personas asentadas en la Arequipa metropolitana.
El resultado es sísmico, cataclísmico y pirotécnico.
Preguntados sobre el trabajo de los periodistas, el 24 por ciento de arequipeños lo aprueba y el 65 por ciento lo desaprueba. Y aunque hay un 65% que afirma que el periodismo sí fomenta la democracia, hay un 70% que opina que en Arequipa no se hace periodismo de investigación y otro 65% que cree que los medios de prensa de la región no son respetables.
¿Los periodistas de Arequipa luchan en contra de la corrupción? Un 34% dice que sí y un 49% dice que no. ¿Comentan de manera imparcial y correcta? Un 15% dice que sí frente a un aplastante 74% que dice que no. ¿Coimean los periodistas de Arequipa? El 36 por ciento afirma que no. El 46% asegura que sí.
¿Y son capaces o incapaces los periodistas que tienen que padecer el paisanaje apopléjico de La Ortiga? El 24% de arequipeños opina que los periodistas de su región son capaces y el 60% emplea el sugerido término de “incapaces” para calificar a los hombres de prensa.
Devastadora encuesta la de la universidad Santa María. Expresa el drama de la prensa de provincias y es muy probable que sus cifras puedan ser intercambiables con las de Lima. Claro, lo que pasa es que en Lima ninguna entidad seria ha tenido el coraje de emprender una tarea radiográfica como la que estamos señalando.
Es cierto que en la última encuesta nacional de Ipsos-Apoyo el 42% de los opinantes había dicho confiar en la prensa escrita mientras que un 49% señaló su desconfianza en esa prensa de papel. Pero como que eso se convierte en la punta del témpano que hoy, en toda su magnitud, retratan las cámaras submarinas de la Santa María.
¿Cómo se ha ido apartando la prensa, en general, de la buena fe de la gente? ¿Por qué lo que ayer era seguridad hoy es incertidumbre y lo que fue esperanza es ahora escepticismo?
La respuesta no es tan sencilla como decir que el dinero mandante y sonante es el único responsable.
Es cierto que la intromisión grosera de “la propiedad” –entendida como particularidad de intereses- ha convertido a muchos “directores” en ujieres apenas letrados y a muchísimos periodistas en cronistas de lo que no ocurrió pero sirve al propósito bastardo de los propietarios.
Pero también es cierto que el gremio que alguna vez acogió a José Carlos Mariátegui y a Francisco Igartua recluta, con cada vez más entusiasmo, a un lumpen dispuesto a todo. Y cuando digo a todo es que es a todo: a calumniar por orden superior, a insultar a quien el amo odie o tema, a falsear la realidad de acuerdo a lo que cada “familia mafiosa” de la prensa impone como realidad.
De allí que en el Perú se tracen, cada día, cinco versiones distintas sobre el mismo hecho. De allí que la palabra de la prensa escrita se haya emputecido al punto de que el invento lodoso de Montesinos-Bressani-Olaya –la llamada prensa chicha- haya encontrado nuevas encarnaciones y distintos capitalistas. De allí que para tener una visión poliédrica de algo haya que embutirse tres o cuatro diarios (a ver si así llegamos a un promedio más o menos veraz).
Entre los sucios negocios, las evasiones fiscales canjeadas con auxilios editoriales y la militancia en ideologías que perpetúan el dominio del capitalismo hampón, la prensa escrita peruana –hechas las honrosas excepciones que pasan siempre por individualidades que son parte de una especie en extinción- ha ido cavando su propia tumba. Como si de un poblador de Putis se tratara. Como si se tratara de uno de esos pobladores de Putis que “la gran prensa” –boca llena de caries de la derecha- nunca quiso poner en sus páginas cuando Fujimori se meaba en la Constitución.
Se trata de un desprestigio muy bien ganado.
Para mí que la prensa peruana -y no sólo la escrita: miremos quién manda en la tele y quiénes aburren en las radios- empezó su decadencia el día en que se divorció de la inteligencia, de la universidad, de unos ciertos ideales que querían cambiar las cosas y emparentarse con los ofendidos; el día en que entendió que Sancho Panza era su patrón; el día, en suma, en que Alfonso Tealdo fue reemplazado por Alejandro Guerrero y Raúl Villarán moría en la bohemia pobre mientras Guillermo Thorndike le pedía plata a los Banchero para después traicionarlos.
Lo que la prensa peruana necesita es un médico legista.

3 comentarios:

Aldito M. dijo...

Yo aun recuerdo cuando en la universidad me preguntaron por qué quería estudiar periodismo y muy ufana escribí que porque era el arte de escribir. Concebía el periodismo sólo como la posibilidad de poner por escrito mi curiosidad por la vida. Allí, en las aulas, recién entendí lo que era ser periodista, una vocación que empalmaba muy bien con mi temperamento y afanes, porque, señores, al periodista le mueve una pulsión batalladora, de lucha, de escrutinio, de cuestionamiento de por qué las cosas son así y no de otra manera.

El periodismo es una actividad vital, que necesita de energía y valentía, porque es búsqueda de lo que está desordenado, oscuro, oculto. Organizamos la realidad para que otros la entiendan, sacamos a la luz lo que otros quieren que quede velado, celebramos también la vida y sus logros, aunque de esto se ocupen ya muy pocos. Esta tarea no es fácil, sobre todo en nuestros pueblos donde la miseria humana ha ganado tanto espacio en todas las instancias.

El periodista tiene un compromiso con la sociedad, cuando se olvida de ella y se ata a otros intereses se corrompe. Asumir este reto no es fácil para un periodista al que le cercan otros imperativos, no sólo de su propia actividad (la estresante rapidez de la publicación, la escasez de tiempo y recursos para investigar, entre otros) sino anexos a ella, como ganarle a la competencia o tener el mejor rating o ventas, ventajas que al periodista le darán crédito o prestigio como buen profesional que sabe su oficio. A ello se suma para el desánimo: los sueldos a ras de suelo y las inacabables jornadas de trabajo.

A pesar de todo lo dicho, en nuestro país y en estos momentos, el periodismo es una de las actividades profesionales menos apreciadas por cualesquiera, a pesar que siguen egresando miles de periodistas de las aulas universitarias. La razón es muy simple, el periodismo no es todo lo bueno que debería ser. En gran medida ha perdido credibilidad ante los públicos, y eso se debe a varias razones.

La primera de ellas es que hay muchos "improvisados" que están en los medios de comunicación fungiendo de periodistas: sociólogos, psicólogos, economistas, abogados, ingenieros; profesionales -y caras bonitas- que tendrán su valor pero que sólo intuyen lo que es el periodismo, razón por la cual lo que para un periodista es claro, se vuelve borroso y difuso para ellos. Pero los peores "polizontes" son aquellos que reducen la actividad periodística a una mecánica de mercadeo: la información es un producto de oferta y demanda. Que vende lo espectacular, lo morboso, lo escandaloso, pues eso se oferta. Una vez cogida esa pendiente, hasta el despeñadero: el envilecimiento del trabajo. Así de claro.

Otra razón está dentro de las propias empresas de medios, de parte de los directivos, de aquellos que dirigen no sólo el estado de cuentas de la empresa, sino que acartonan la información y la opinión de los periodistas, aquellos que tienen intereses políticos, económicos, de clase, y otros, que son los cernideros de todo lo que el periodista lleva a la sala de redacción.

Y, finalmente, está la actitud de algunos periodistas poco combativos para luchar por la verdad fáctica, que es conocimiento. Aquellos conformistas que sólo se convierten en meros vehículos de lleva y trae, sin que se mojen en un compromiso por esclarecer las situaciones, los grandes problemas, sobre las que el lector está desorientado. El buen periodista es acucioso en la investigación de las fuentes, que son las que muchas veces le dan cebo de culebra para desorientarle y manejarle a su antojo. Sólo el conocimiento de la vida y el hombre nos vuelve zahoríes, a no ser que la necedad haya nacido con nosotros. Pero el periodista, sobre todo, será honesto con respecto a su propia percepción de la realidad. Él, que la vive y la palpa.

Somos periodistas, unos desde el caldero de la profesión, otros, como la que escribe, enseñando, pero todos, creo yo, con la misma vocación porque la realidad se torne en mensajes útiles que le sirvan al ciudadano para mantenerse enterado de lo que le rodea, sobre todo de aquello que le incumbe para saber decidir en torno a su vida y a su comunidad.

www.peruartevalor.org dijo...

El periodismo es el oficio del que escribe la historia de su pueblo y del mundo, relata sin resumir el drama actual, muchas cosas que dicen los periodistas se esfuman con el tiempo, al final solo queda un resumen.
Pero esa práctica de narrar lo cotidiano dentro de lo que es la moral y la vida sensible, lo eleva a la categoría de filósofo pragmático, desgraciadamente el periodismo crítico es difícil de practicar, porque inevitablemente se tiene que enfrentar contra el sistema del poder, mejor dicho, contra el gobernante de turno.
Felicidades a la Universidad Católica Santa María de Arequipa.

PEPE DERTEANO dijo...

Muy bueno lo de Don César, lo de PeruArteValor también y excelente lo de aldito m.

Para mi el Periodismo es :

1.
Decencia
2.
Inteligencia
3.
Investigación

El periodista tiene que guardar el rumor en el cajón de la estulticia y buscar la forma de acercarse a la única verdad, aquella que es objetiva y se puede exhibir o demostrar.

Yo escribo acerca de cine, no soy periodista, lo hago porque me gusta y trato de ser positivo antes que crítico, es decir, rescatar lo bueno y solo indicar lo que me parece que está mal. Pero, la subjetividad reina en la cinematografía. Toda película es un ente abstracto.

Otro ejemplo es el periodismo deportivo y el de espectáculos -farándula-. Es muy mediocre, poco analítico y nada inteligente. Ahí se reclutan los restos o las sobras del otro periodismo. Sin embargo vende y se impone con esa audacia atrevida que pareciera dominar al mercado lleno de imbéciles a quiénes les revuelve las neuronas.

No están lejos de la realidad los encuestados de turno.

Saludos.