viernes 23 de mayo de 2008

Computadoras invadidas

Hay unos imbéciles telescópicos que me envían todos los días una página web llamada “Dino”, donde me ofrecen no sé qué cosa que no quiero tener ni no sé cuántos gigas que no me dicen nada, ni no sé qué almacenaje en el que me pitorreo y no sé qué ventajas adicionales del patinaje internáutico que no ejerzo.
Denuncio entonces a “Dino” por allanamiento de morada virtual y, sobre todo, por ejercer la prostitución e incitarme a ser un usuario de esta trata de pantallas en que quieren convertir la Internet. Y denuncio a todos los francotiradores de spam parapetados en mi computadora, esos que me ofrecen tarjetas de crédito que me harían feliz, soluciones financieras que tienen cara de deuda embargadora, encuentros cercanos que me hacen pensar en el virus del papiloma, seguros médicos de agentes que me han oído toser desde Houston, cruceros a las islas colonizadas por turistas sin desodorante que beben tequila en botas de vino.
Dicen que el primer correo basura se envió el 3 de mayo de 1978 –con lo que la institución del spam ha cumplido 30 añitos– y fue recibido por 393 empleados de Arpanet, abuelo de Internet. Promocionaba, muy tímidamente, un producto de la compañía fabricante de computadoras DEC.
Y lo que empezó como un pasito de danza se ha convertido en un frenesí de tijeras puneñas, sables cosacos y puterío vendedor que te asalta el tiempo y hace sus necesidades en tu jardín. Hay una empresa de seguridad informática que se llama Sophos y que ha asegurado, hace poco, que el 92 por ciento del correo internáutico mundial es pura basura comercial. Se envía impersonalmente desde computadoras gordas y madrinas abastecidas con los bancos de datos que, a traición, entregan algunas de las grandes firmas de la red. Ha habido, de hecho, porquería al menudeo que sólo puede haberme llegado gracias a Yahoo, que vale tanto precisamente porque es el registro de usuarios que hubiese querido tener J. Edgar Hoover.
Pero una cosa es el spam, que te inunda sin mojarte porque puedes abrirlo a tu elección, y otra es “Dino”, que se presenta sin ser llamado e irrumpe en mi pantalla como el pandillero con pata de cabra que es. No sé si tenga que ver con el Pancho Villa ese de Carlos Slim, pero su estilo se parece muchísimo al de otro ladrón de atención y de tiempo precioso que me ofrecía no sé qué marranadas de banda ancha estilo cartel de Sinaloa y con algún apellido azteca de por medio.
¿Habrá zoncitos que agradezcan esas intrusiones de aspecto depravado? ¿Hasta dónde llegará el tráfico de datos? ¿Todo esto del correo sin estampillas y la comunicación galáctica terminará siendo un gran centro comercial de teclado y amazon.com? ¿Terminaremos como involuntarias páginas amarillas de una guía navegante para consumidores tipo la abuela desalmada de Eréndira?
No lo sé. Lo único que sé es que mis modernos filtros de phishing funcionan, mis sistemas de defensa están activados, mi firewall ruge como un dragón, pero la lluvia tóxica del spam no deja de gotearme y muchas veces, cuando escribo estas líneas que alguna consideración deberían merecer, en plena búsqueda de una palabra que diga algo, en medio de esos silencios que te jaquean algún párrafo, cuando alguna idea más o menos atractiva ha empezado a salir de la neblina en la que siempre se escribe, justo en ese momento tocan la puerta y es “Dino” con su cara de mormón dominical y su aliento de pizza fría y su estilo de arzobispo de Boston ofreciendo no sé qué indeseables servicios.
He tratado de librarme de él poniéndolo en mis listas negras y no lo he conseguido porque “Dino”, astutamente, se esconde detrás de una decena de procedencias que parecen tener vida propia y mutar ante la persecución. Y a veces pienso, dada la naturalidad conchuda con que “Dino” se sienta en mi sofá, que de pronto esta computadora –que me niega accesos porque me exige permisos que jamás solicité que me exigieran– ya no es mía y que soy yo el flamante intruso de lo que me perteneció.
Están tocando la puerta.

jueves 22 de mayo de 2008

Roma, ciudad cerrada

El problema de la inmigración ilegal lo ha enfrentado ayer Silvio Berlusconi con la simpleza que caracteriza a la Camorra: un solo disparo entre los ojos.
Es decir que en Italia, desde ayer, la inmigración ilegal es un delito que podrá pagarse con carcelería, primero, y una deportación a velocidad de tren bala, después.
La inmigración ilegal armada y peluda, como se sabe, fue perfeccionada hasta niveles de homicidio multitudinario por los romanos, a los que no les bastaba Roma y que solían inmigrar a heredades cada vez más remotas, adop­tando la drástica costumbre de ­apoderarse de los países que visitaban a sangre y fuego para luego poder tratar como inmigrantes impropios a los naturales de esas tierras esclavizadas.
Desde la Galia a Iberia, de Leptis a Tripolitania, de Bretania a Siria, pasando por Judea, los casi irreconocibles ancestros de Berlusconi fueron inmigrantes entusiastamente ilegales que tasajeaban a los malvados que se les oponían, crucificaban a los reincidentes, lanzaban a los leones a los libertarios y añadían a su lista de sacrificadas tareas ­aquella de explotar las mejores nuevas tierras legionariamente conquistadas.
Fueron provincias romanas por la fuerza de la inmigración fulminante, por ­ejemplo, Ispalis (o sea Sevilla), Emérita (es decir Mérida), Augusta Treverórum (Tréveris), o Londinium (Londres). Es que los romanos ­eran muy ingeniosos con eso de los topónimos y les bastaba pisar ­una ciudad, trocear a sus autoridades como Marte mandaba, bautizarla con esa lengua que más tarde iría a Misa y sentir, casi de inmediato, que la patria se había anchado ­otra vez para contento de los césares y usufructo de los generales.
Y eran bien viajeros estos romanos. Cómo serían de viajeros que hasta a Egipto llegaron sus inmigrantes dando de alaridos y ensangrentando lo que pudieron del Nilo. Muchísimos años después de esclavizarlos, Roma concedió a esos hijos de las pirámides un ­equivalente de la ciudadanía romana. El paso lo dio en el ­año 212 de la era cristiana el emperador Marco Aurelio Antonino, más conocido por la historia como Caracalla. Eso sí: Caracalla les dio ese privilegio siempre y cuando tributasen doblemente: como indígenas de Egipto (de verdad) y como ciudadanos de Roma (por razones fiscales). A los romanos no se les pasaba ningún detalle.
Para resumir, fueron tan ­exitosamente peregrinos los genes que Berlusconi intenta hoy preservar en su pureza mil veces mestiza, que Europa –con alguna excepción de índole germánica–, lo que se conocía de Asia, y todo el norte de África, fueron objeto de la expansión migratoria romana. Legiones y legiones de salvajismo conquistador y crueldad colonial agrandaron Roma al punto de que, en el siglo V de nuestra era, el poeta Rutilio Namaciano decía, con razón, que “Roma le había dado una patria única a un mundo abigarrado”.
Quién hubiese dicho que, mil seiscientos años después de lo escrito por el poeta, un milanés llamado Silvio Berlusconi nombraría a otro milanés llamado Roberto Maroni y que ambos anunciarían que la vieja Roma, reducida a su mínima expresión, ya no sería más tierra de acogida sino búnker del nacionalismo erizado y que, a partir de julio, los departamentos de los inmigrantes hallados en flagrancia de residencia informal serían expropiados, las deportaciones se acelerarían y hasta la circulación de ciudadanos europeos se supeditaría a una serie de requisitos de emergencia.
No es casualidad que estas medidas se hayan tomado en una Nápoles mafiosa que, por una huelga, parece un inmenso basurero. Las leyes de Berlusconi nacieron en el Milán racista de la Liga del Norte. Sí, en el mismo Milán que excretó a Mussolini. Sí, en el Milán de donde salieron los primeros gritos del fascismo aquel que intentó remedar “la inmigración” de los césares “viajando” a la antigua Abisinia (Etiopía), haciéndose socio de Hitler y haciendo el ridículo con sus derrotas de estampida en África.
Si Estados Unidos hubiese sido tan quisquilloso con los inmigrantes italianos, su historia se hubiese privado de notabilidades como Enrico Fermi, a quien se debió, en 1942, el primer reactor nu­clear de la carrera atómica. Pero algún norteamericano rabioso también podría decir que un control aduanero menos permisivo habría librado a su país de los Capone y los Luciano.
Si aquí hubiésemos tratado a los romanos como los italianos fascistoides de hoy tratan a los extranjeros no habríamos conocido al gran Raimondi ni habríamos saboreado los helados D’Onofrio. Ni habríamos tenido el auxilio heroico de los bomberos italianos que la soldadesca chilena fusiló en el incendio de Chorrillos. Porque en ellos pensamos cuando alguien nos habla de Italia, por más que Berlusconi y la Caverna europea nos quieran hacer creer que las tierras del Dante pertenecen ahora sólo a los Matterazi, los Genovese y los Maroni a la milanesa.
Roma se amuralla. España la imita todavía pálidamente. Europa empieza a blindarse. Pero de eso no se habló en la inútil Cumbre que a Torre Tagle tanto satisfizo. Y de eso ­era de lo que había que hablar, precisamente, de esta crisis mundial de xenofobias que acaba de estallar.

miércoles 21 de mayo de 2008

Televisión asesina

La calavera de una mujer desaparecida hace 42 años ha sido encontrada junto a una taza de té, que debía de estar tomando cuando la muerte la fulminó, y frente a un receptor de TV en blanco y negro que debió de estar mirando segundos antes de que el corazón la abandonara.
Ha sucedido en Croacia, en un suburbio, y la mujer ha sido identificada como Hedviga Golik, una soltera sin remedio que debió morir a los 42 años, en 1966, cuando dejó de frecuentar los pocos lugares que visitaba. En ese momento, todo el poco mundo que la conocía dio por hecho de que se había hartado de tanta soledad y había decidido mudarse de extramuros.
Bueno, si la muerte es la última mudanza digamos que Hedviga se mudó al territorio donde, dicen, un poco vallejianamente, que todos los jamases son posibles.
Pero esa es una interpretación extrema y solemne. Lo que a mí me parece es que este caso de terquedad televidente y coherencia póstuma demuestra que la TV puede matar.
Es más, creo intuir que Hedviga ya estaba bastante muerta la tarde aquella en que encendió su televisor, se preparó un té, volvió a la sala donde la pantalla resplandecía y se sentó en su silla favorita a ver un programa censurado de la TV titoista con la que fingía consolarse.
¿Sería un programa de concursos? ¿Uno de conocimientos? ¿Uno cómico donde lo único que no era objeto de humor era, precisamente, lo más risible, es decir el intento del también croata Josip Broz (Tito) de ser antiestalinista ejerciendo el estalinismo doméstico y de alentar el Movimiento No Alineado junto a líderes alineadísimos con el bloque soviético?
Conocí a españoles que lucían saludables y tomaban carajillo aun después de que los neurólogos hubiesen decretado su muerte cerebral a causa de la TV franquista. Y en la Cuba del Comandante Irrefutable, lo único que no pudo enfrentar el formidable sistema de salud del socialismo redentor fue la epidemia de meningitis desatada por la TV de las siete palabras. Una vez, visitando la República Democrática Alemana, creí ver a una multitud que aplaudía una pantalla de TV apagada. Nunca supe si ese espejismo avieso venía de mis prejuicios pequeñoburgueses o esos alemanes del camarada Erich Honecker aplaudían su programa favorito y eran, por lo tanto, profetas de la caída del muro.
Lo cierto es que algún día se conocerá el tamaño de la mortandad causada por la TV y el ejército global de zombis que el invento ha creado para su beneficio.
Ahora ya no hay casi ejemplos de televisiones estilo Gran Hermano estalinista. Pero la televisión capitalista-salvaje es virtualmente lo mismo. Sólo que un poco peor. Porque esta TV disfraza su imbecilidad unívoca con la aparente diversidad de sus estaciones. Es como si en una lotería de suerte inversa todos los números estuviesen premiados.
La TV titoista que mató a Hedviga Golik mataba de aburrimiento en un proceso que empezaba con una fiebre leve y terminaba con un ataque masivo del llamado síndrome de la esclavitud estoica. La TV de los cables mágicos manejada por los hijos de Friedman te mata de una huelga general indefinida de neuronas, un proceso vicioso que cambia axión por acción, sinapsis por sinopsis, metadona por dopamina y así sucesivamente hasta llegar a Lúcar. En el periodo terminal de la enfermedad –el mismo que puede durar cuarenta años– Jaime Bayly te parece valeroso, Miami es Atenas, Raúl Romero un comediante. En ese momento la metamorfosis se ha completado: serás Gregorio Samsa sin haber leído a Kafka, degustarás de nuevas alcantarillas y te irás volando de donde alguna decencia te perturbe.
No hay muertos más vivientes que los adictos a la TV “plural” de los Murdoch y sus Televisas filiales. Creen que se informan cuando les mienten. Creen que lo que ven es lo que fue. Creen que el mundo se parece a lo que el pobre Tola les cuenta cada noche.
La TV titoista estaba gobernada por el sueño demente de imponer la felicidad con las bayonetas. La TV capitalista-salvaje made in Las Vegas desea una inmersión planetaria en la tetudez que inmoviliza. Unos quisieron un mundo mejor y nos dieron una pesadilla insuperable. Estos de ahora quieren que amemos el mundo peor por el que matan.
La TV titoista quería creyentes. La TV que nos contamina quiere descerebrados. Y es que un mundo donde Bush puede ser líder del terrorismo estatal en nombre de la democracia exige una gran plebe cósmica parida por la debilidad mental.
La TV mata. El dulce esqueleto de Hedviga Golik, colocado frente a su viejo receptor, nos lo ha recordado.

martes 20 de mayo de 2008

La madre del chacal

Carlos Raffo –hijo simbólico de Anastasio Somoza, sobrino-nieto recontraputativo de Rafael Trujillo, caspa gruesa de Alberto Fujimori– ha vuelto a las andadas.
Ayer ha salido a acusar a Roxana Haas, empleada administrativa del consulado peruano en San Francisco, de haber sido puesta allí gracias a las influencias de su cuñado Jorge del Castillo.
Eso no es verdad. Conozco el caso porque soy parte de la historia breve y corajuda de Roxana Haas. En 1999, cuando algunos de los “valientes” y “demócratas” de hoy se meaban de miedo y se callaban renalmente en varios idiomas, Roxana Haas tuvo la audacia de copiar, de la computadora madre del Banco Wiese, el registro de movimientos de una de las cuentas que el ladrón y asesino Vladimiro Montesinos tenía en Lima.
Esos papeles se los entregó a Jorge del Castillo, que por entonces peleaba casi a solas, desde el Apra, en contra del régimen. Con esos papeles se apareció una noche Jorge del Castillo en la oficina del director de “Liberación”.
–Mira lo que te traigo –me dijo.
Les di una ojeada, traté de calibrar su importancia, estallé de entusiasmo.
–¡Carajo! –exclamé–. ¿Cómo has conseguido esto?
Fue en ese momento que me enteré de la existencia de Roxana Haas. Empleada del Wiese, harta como millones del muladar que la hez del Perú había construido desde Palacio de Gobierno, Roxana había logrado meterse en los registros mejor guardados de las cuentas menos publicables y había dado con los últimos movimientos de una cuenta de Vladimiro Montesinos Torres. ¿El saldo de esa sola cuenta? Dos millones y seiscientos cincuenta y nueve mil soles.
–Mándale un beso a esa mujer que tiene más cojones que el 90 por ciento de la prensa actual –le dije a Jorge del Castillo.
–Ojalá que no la descubran –dijo Del Castillo en un tono sombrío.
–¿Tú crees? –pregunté.
–Como te he dicho, ha tratado de cubrirse, pero todo es posible –dijo él.
Ala mañana siguiente, “Liberación” vendió ejemplares más que nunca. Hicimos un tiraje especial para cubrir la demanda. “Las cuentas de Montesinos” gritaba la portada.
El japonés que golpeaba a su esposa y se coqueaba en Palacio según versión de Susana Higuchi, debió saltar hasta el techo. Y cuando los “periodistas” acuartelados en la Casa de Gobierno le preguntaron ­(inevitablemente) qué opinaba de la publicación de esas cuentas, atinó a escupir la siguiente frase:
“El doctor Montesinos recibe honorarios importantes de empresas extranjeras. Él es un consultor muy cotizado en materia de seguridad y de inversiones. Estoy seguro de que eso explica la existencia de ­esa cuenta”.
No hubo repreguntas, por supuesto.
El país se había enterado ­oficialmente: el asesor presidencial, vigilante y sagaz, que estaba “catorce horas”cada día al lado de su jefe garantizando la tranquilidad interna, la derrota del terrorismo y la sacralidad de nuestras fronteras, ­ese hombre que apenas tenía tiempo para dormir y acudir a su despacho a las 7 de todas las mañanas, resultaba un “consultor internacional” mejor remunerado que el gerente de la General Motors.
El odio de Fujimori hacia este periodista podría haberse comparado, en ese momento, con un Huascarán hecho de mierda propia e importada. Héctor Faisal, el argentino que Montesinos contrató en un botadero bonaerense, me dedicó un suplemento en un diario de la familia Wolfenson. Pepe Olaya, el negro literario de la familia Wolfenson, me llamó “rosquete” en una columna de “El Chino” (hoy “La Razón”).
Y, mientras tanto, la investigación policiaco-informática en el Wiese arreciaba. A los diez días de la hazaña, Roxana Haas fue puesta en la picota y descubierta: una huella literalmente digital de su búsqueda fue hallada en una computadora próxima a la suya. Comprobando, con las cámaras de vigilancia, horarios de entradas y salidas, la cuñada de Jorge del Castillo fue avisada por alguien de que no volviera al banco. Empezaron las amenazas, las promesas de revancha, los insultos telefónicos, los envíos de flores a su casa.
La vida de Roxana Haas corría peligro. Y con un gobierno que había protegido a Martin Rivas y descuartizado a Mariella Barreto –intrusa de la computadora madre del Pentagonito, intrusión que ­abortó el plan destinado a matarme–, el asunto era para tomarlo muy en serio.
Esa fue la razón por la que Roxana Haas tuvo que abandonar el país, obteniendo, felizmente, el apoyo inmediato de la embajada norteamericana. Ella se ganó la vida como pudo y se rehizo en los Estados Unidos. Fue cuatro años más tarde, en el 2003, durante el gobierno de Alejandro Toledo, que Roxana Haas obtuvo el puesto administrativo que hoy tiene en la oficina consular del Perú en San Francisco. Por lo tanto, Jorge del Castillo nada tuvo que ver con su nombramiento.
Este Raffo acusador y mentiroso es el mismo que “denunció” a monseñor Luis Bambarén de tener un hijo escondido en Chimbote. Cuando se comprobó la falsedad de tal especie ni siquiera tuvo la hombría de retractarse.
Este Raffo es el mismo que hace poco, oficialmente, desde el asiento congresal que infecta, anunció que presentaría una moción demandando “una investigación a las ONG de derechos humanos por sus vínculos con el terrorismo”.
Es el mismo que dijo que Fujimori había “calculado perfectamente lo de la extradición, porque así todo se aclararía y en el juicio sus enemigos quedarán en ridículo” y el mismo que se burló cuando el monumento “El ojo que llora” amaneció pintarrajeado de naranja, el color de la banda de la que es sicario mediático.
Ahora, ante la presumible alegría del doctor García –cainita por placer–, Raffo quiere vengarse de Jorge del Castillo por lo que declaró en el juicio al frustrado senador japonés Alberto Fujimori. Del Castillo, como se recuerda, abrió esa tarde una ventana por la que entró un poco de aire y otro poco de memoria no censurada. Ese aire barrió por un momento la nube de encubrimientos, olvidos y complacencia judicial que parece ser el sello del llamado “megajuicio”.
El problema de Raffo es que ha vuelto a meter la pata calumniando esta vez a Roxana Haas para salpicar a Jorge del Castillo y para vengar, cuatro años después, a su verdadero jefe directo (es decir, Vladimiro Montesinos).
Pero detrás de todo ello, el asunto de fondo es que Raffo ha empezado a temblar porque hay una acusación fiscal, documentada y de veras temible, en marcha. Y es que por lo menos dos testigos señalan que Raffo, encargado de la campaña por la re-reelección ilegítima de Fujimori, recibió, en vivo y en directo, en sucesivos sobres, unos ciento cincuenta mil dólares procedentes de los bajos fondos del SIN. Y no sólo se trataría de un caso de peculado por el que se solicita cinco años de prisión. Es que, además, según fuentes fujimoristas ortodoxas, Raffo nunca rindió cuenta de lo que hizo con esa plata.
Esa es la madre del cordero. Bueno, del chacal, para ser más precisos.

lunes 19 de mayo de 2008

García y la señorita O’Grady

Bueno, ya se fue la visita. Así que ahora podemos volver al tema que más preocupa: Alan García. Y es que en las sociedades antropomórficas como la peruana, donde las instituciones son pura escenografía, analizar al líder del momento es como cuando en el sacerdocio pagano leían vísceras y traducían los regímenes del viento.
Como muchos de ustedes ya saben, la editora de la Sección América del “Wall Street Journal”, Mary Anastasia O’Grady, le ha hecho, en días pasados, una entusiasta entrevista al presidente del Perú.
Que la señorita O’Grady esté doctrinariamente enamorada del doctor García –él también tiene altas cualidades–, no es cosa que me sorprenda. ¿Cómo no embelesarse con un titán de la palabra que ayer fue socialdemócrata y hoy es socialcualquiercosa? ¿Cómo no regocijarse con un líder que antes preocupaba a la Rand Corporation y que hoy podría estar en su planilla? Los conversos tienen un atractivo especial para quienes profesan las ideas que los conversos terminan aceptando. Eso, además de un reclutamiento, tiene un aire de perversión.
Como sea, la señorita O’ Grady apuesta por García y advierte que “después de esta entrevista puedo asegurar que García se aferra firmemente a los principios en los que dice creer”.
Lo que equivale a decirle a la comunidad financiera internacional: “No es un episodio de locura bipolar. García es de los nuestros”.
Para “The Wall Street Journal” eso de “los nuestros” significa una sola cosa: Ningún “nuestro” hará algo que pueda irritar a J.P. Morgan, Casa Blanca, Colgate-Palmolive, Texaco, Departamento de Estado, British Petroleum o Pentágono. Eso es ser “nuestro” en el periódico que hoy está en manos de Rupert Murdoch, el magnate de la prensa corporativa y la rabona de las guerras de Bush.
Lo que quiere decir también que García ha hecho muy bien su tarea y está volando muy alto en la esfera del arribismo global. Tenemos que reconocer que ni Uribe se le aproxima en este arte del buganvilismo clueco. Y esto que Uribe hace lo imposible por ser el favorito y llega a ser tan pobre diablo que envía donde los jueces norteamericanos a los archiasesinos paramilitares tan amigos de su entorno -¡renunciando al derecho de Colombia a tener Poder Judicial!-.
Pero volviendo a García: en el artículo que lo consagra como uno de los divos ultraliberales que Susana de la Puente invitaría a cenar, el presidente del Perú habla “de los últimos diez años” de exitosa política económica, lo que supone su primer paso hacia la confesión sincera y la colaboración eficaz. ¡García terminará admitiendo su fujimorismo masoco, así como Haya terminó en cuchipandas con el general que ordenó matarlo y hasta con el Cayo Mierda ese que era el mandamás de su policía!
En un momento de la entrevista, la señorita O’Grady le pide al doctor García que le explique el porqué de su cambio de camiseta (“de populista de izquierda más notorio de los años 80 a defensor actual del libre mercado”).
Esta es la fascinante y textual respuesta:
“Primero, más que leer uno tiene que ver la realidad y esta realidad es lo que ha cambiado. Hace 25 años el mundo se dividió en dos y lo que no existía era la extraordinaria revolución en las comunicaciones y la informática, que es la base de todo cambio en el mundo económico actual y del cambio en nuestras ideas. Internet, el dinero electrónico, la apertura económica sin fronteras, esto es lo que ha impulsado el cambio de pensamiento. Esta nueva realidad exige que no nos opongamos a la ola de globalización sino que la aprovechemos a favor de la sociedad”.
¿Alguien puede citarme un ejemplo mayor de sancochado mental? El desafío está abierto.
García confunde casi todo. ¿Quiere decirnos que su pase al club de Milton Friedman es reponsabilidad de Bill Gates? Sí, eso parece. Pero lo cierto es que la intercomunicación mundial es algo muy diferente a eso que García llama “ola de globalización económica”. ¿Qué tienen que ver el dinero electrónico con la cláusula lesiva a la agricultura peruana que García ha firmado en el TLC con los Estados Unidos? Nada. ¿Y es que el panimperio romano necesitó del Internet para aspirar a la unanimidad?
¿Es que García, para completar su faena de mutante neocon ha optado también por una especie personal del “pensamiento débil”? ¿No entiende que el Internet puede ser maravillosamente diferenciador mientras que la globalización made in USA viene de la inexorable y anticuada ambición de un imperio que repite lo que intentaron todos los imperios?
García también confirma –y esta sí que es una primicia dedicada a la señorita O’Grady– que se viene un abaratamiento del despido laboral. Y suelta este rollo astuto: si las empresas modernas están condenadas a la inestabilidad (o sea, a la muerte súbita) cuando no se modernizan, ¿por qué a los trabajadores no les debería suceder lo mismo?
Esa será “la primera reforma de segunda generación” del Estado, la que claman desde hace tiempo la Confiep, Vega Llona, Carlitos Adrianzén, Verónica Zavala y, por supuesto, Otto de Habsburgo (o lo que quede de él).

Posdata: qué desilusión para muchos la “cumbre” de Lima. Jamás esperé nada de ella. Por eso es que a mí, en este caso, la decepción no me concierne. Las “cumbres” sirven para llevar las actas de las promesas internacionales incumplidas.

sábado 17 de mayo de 2008

Globos de santo ensayo

Ya nadie busca al sacerdote Adelir Antonio de Carli, de 41 años, elevado a los altares del ozono por un millar de globos llenos de helio.
La Fuerza Aérea brasileña lo declaró desaparecido después de que sus aviones de búsqueda cubrieran unos cinco mil kilómetros cuadrados de tierra y mar.
La Armada también lo ha declarado virtual y desangelado difunto después de que dos barcos y un helicóptero investigaran durante 135 horas el paradero de quien había partido de la ciudad portuaria de Paranagua, en Paraná, al sur de Brasil.
Hasta los barcos pesqueros que no se dieron por vencidos en los primeros días han tenido que reconocer que el cura Adelir Antonio se ha esfumado en los aires revueltos que están sobre el Atlántico. Y lo mismo pasó con los bomberos, que intentaron divisar a este aeronauta divinamente loco no en el mar sino en las montañas costeras densamente arboladas donde una ráfaga de viento –pensaron– podía haberlo arrojado.
Pero nada. Y la verdad es que todo empezó a saber a desgracia cuando unas decenas de los globos que lo ha­bían hecho trepar hasta las nubes que limitan con el santoral fueron vistas desde un ­avión flotando a duras penas en el oleaje. Los globos pare­cían blandengues, laicos, fracasados.
Este santo de la autopropulsión había despegado provisto de un casco impermeable, un traje térmico de aluminio, comida y ­agua suficientes para las 20 horas de su travesía, pastillas energizantes, dos teléfonos celulares y un sistema GPS de localización por satélite.
La última vez que escucharon su voz fue ocho horas después del vertical decolaje, cuando preguntó a través de un celular cómo debía operar el GPS porque sentía que se estaba desviando de la ruta más o menos prevista. Su voz era la de un desesperado. Fue en ese momento que la comunicación se llenó de borborigmos y raspones electrónicos y se interrumpió.
De Carli no era un primerizo en temeridades. En ­enero de este año había volado, en la misma disparatada aerolínea de helio y aventones, desde Paraná hasta una localidad próxima a la frontera con Argentina. Esa vez había empleado sólo 500 globos y había recorrido 110 kilómetros en cuatro horas hasta aterrizar con sus propios pies en Misiones. Pero eso no le bastó. Estaba obsesionado con batir el récord Guinness de un norteamericano que había estado colgado de un racimo de globos de gas ­aligerado durante 19 horas. Y quería, además, recoger todo el dinero que su hazaña pudiese darle para crear la Pastoral de las Carreteras y el Santuario del Camionero.
Pero el diario “Folha de Sao Paulo” acusó a Ernesto Klein, organizador del viaje de este cura-globo, de ­irresponsabilidad extrema señalando que el sacerdote había sido expulsado de unas clases de parapente por su incapacidad para aceptar instrucciones.
“Creía saberlo todo”, dijo uno de sus instructores. “Lo que ha hecho es suicidarse de una manera novelesca”, añadió.
A diferencia del funámbulo y escritor Philippe Petit y de Alain Robert, el hombre araña, –ambos franceses y ambos muy cuidadosos en la preparación de sus excesos– el cura De Carli puso toda su fe en la protección superlativa y casi de índole gremial que creyó merecer. No fue Dios, sin embargo, el capitán de los vientos que lo llevaron no al oeste, como esperaba, sino el sureste, mar adentro y muerte fría.
uizás los católicos piensen que así Él castigó la soberbia de un hijo que parecía desafiarlo todo. Yo pienso, más bien, que así Dios pudo querer demostrarnos qué poco tiene que ver con el régimen de los vientos, los enojos del mar y, en general, con el clima que el hombre ha enloquecido. La desprotección hacia su pastor puesta de manifiesto por Dios en este caso ­equivale a una declaración ­editorial de “L’ Osservatore ­Romano”.
En cuanto a De Carli, quizás no se haya muerto sino que ha decidido quedarse a mirarnos por todo lo alto. Si el Vaticano fuese más justo y divertido ya estaría repartiendo en su prensa la historia de este santo varón nada rampante que fue al asalto del cielo y a la gloria de las alturas con argumentos tan gaseosos como los de muchos que sí lo lograron y que hoy son parte de la Nomenclatura.

viernes 16 de mayo de 2008

Continente despreciado

Comentando el libro de Michael Reid “Forgotten Continent: The Battle for Latin America’s Soul”, Francis Fukuyama admite algunas de las cosas más duras que conservador alguno haya tenido que admitir en relación a esta región:
“…América Latina no merece ningún respeto para Washington. Mencione la región en ­una reunión de letrados en política exterior que no sean especialistas en América Latina, e inmediatamente dejan de prestar atención. Puede haber un rápido debate sobre Hugo Chávez, de Venezuela, pero la atención pronto volverá a Medio Oriente, Rusia o China…”
Si eso les parece fuerte, escuchen a Fukuyama citando el consejo que Richard Nixon le daba, en 1971, al por entonces joven Donald Rumsfeld: “América Latina no importa… Hoy a la gente le importa un comino América Latina”.
¿Ha cambiado la situación en estos últimos años?
¿Somos menos despreciables los latinoamericanos, aunque sólo fuere porque somos una minoría étnica de creciente importancia electoral en territorio de los Estados Unidos?
Que cada uno dé su respuesta. Yo, modestamente, ensayaré la mía.
Creo que nunca como en estos días hemos sido tan mal vistos por Washington los latinoamericanos.
No quiero decir que no nos vean suculentos como inversión, apetecibles como tierra fácil, comprables a granel, teleceables al martillo, dúctiles como Ménem, rentables como García, sociables como ­Uribe. Bueno, la verdad es que, desde Monroe, desde el zarpazo sobre México, desde el invento ocurrente de Panamá, desde la primera invasión de Nicaragua, es decir desde siempre, América Latina ha sido el Oeste del sur y/o el apéndice inflamado del gigante norteamericano.
Lo que quiere decir que, para dolor de nuestros “estadistas” formales, estos paisajes de malaria y grandes mayo­rías preteridas no han sido vistos ni como interlocutores ni, por supuesto, como pares.
El problema es que el desdén académico, que no nos debería importar, tiene un correlato político y, eventualmente, militar. En ­ese sentido, los disciplinarios como Nixon o Reagan –digamos que nombrar al señor Bush en esa lista es insultar la seriedad del imperialismo– siempre estarán dispuestos a “intervenirnos” si nos descarriamos lo suficiente o a “sepultarnos en vida” si no nos pueden intervenir (que lo diga el leprosorio que dirige el doctor Castro en el Caribe).
Y el otro problema es que la globalización de la economía y de las recetas para el desarrollo –tal como las entiende la Casa Blanca desde que las tropas de asalto del Cato Institute abolieron toda disidencia– exige un planeta más terso, regímenes mejor orquestados, consensos más esparcidos.
¿Cómo hacer, entonces, en un continente dividido hasta el desgarro?
El asunto sería muy fácil si estuviésemos hablando de ­países que debaten entre ­iguales. En ese caso, la prudencia y el derecho internacional aconsejarían el trato diferenciado, la persuasión de la diplomacia y la batalla de las ideas.
El asunto es que cuando en América Latina hay síntomas de alguna singularidad irritante –de Sandino a Chávez, de Perón a Evo Morales, de Martí a Arbenz, siempre ha sido lo mismo–, Estados Unidos no procede ni siquiera como una gran potencia sino que actúa como si fuera el sistema inmunológico de la región. Y esos glóbulos blancos baleando a la intrusa rojería bacteriana creen estar actuando en nombre de la salud, los fueros de la vida y los designios de Dios.
Así no se puede hacer nada que no sea responder como Chávez, parapetarse como Castro, quejarse como Evo Morales, amenazar como Correa. Estados Unidos está tan convencido de la minoría de edad de esta región que decide cuándo las elecciones son dignas de acatarse y cuándo son errores en los mecanismos de defensa de nuestros ganglios.
Uribe está bien elegido. Correa, no. García, el recién reclutado, es una buena decisión colectiva. Morales es, en cambio, un impromptu tumultuario. Y ya no hablemos de Chávez, que ha llegado a ser, actualmente, el único mioma más o menos serio que amenaza la cordura de la región.
Si Estados Unidos no cree en la democracia de los otros y está dispuesto a incluir a la CIA en los designios de su política exterior, ¿cómo puede la clase política seria de esta parte del mundo convencer a las masas de que el modo de vivir democrático es un imperativo de la civilización?
¿De qué Estado de Derecho puede hablarse cuando Estados Unidos alienta, con las groseras intervenciones de su embajador, el kosovismo de los ricos en Bolivia y garantiza a un ustachi de corazón como Branko Marinkovic el apoyo militar en caso de que la guerra civil sea inevitable?
¿No sabe el Departamento de Estado, con sus modales de políglota, lo que hace la CIA, liberada de casi toda tutela interna después del 9-11, en Bolivia, lo que quiso hacer en Venezuela y lo que haría, sin duda, en Ecuador si Correa va más allá de las palabras y aspira a reformular el crecimiento económico y la política tributaria de las transnacionales?
¿Sólo se puede ser socio de los Estados Unidos desde la ­alegre servidumbre sureña? ¿Tiene América Latina que ser el sur de los Estados Unidos antes de que Sherman incendiara Atlanta?
La desaparición del bloque soviético y la liberación de las llamadas democracias populares en Europa del este fue un favor que se le hizo al buen gusto. ¿Pero cómo llamamos a la política de asesinar a Bishop e invadir Grenada, matar a cientos de panameños para derrocar a un socio sublevado como Noriega, traficar con droga para armar la contra nicaragüense? ¿Lo llamamos política exterior o nos atrevemos con el idioma y decimos que es gansterismo en fase de metástasis? Y que Ricardo Lagos se volviera un González Videla a la orden de Washington, ¿nos puede hacer olvidar lo que pasó en Chile en 1973? Y que Vietnam sea ahora una esponja para la inversión internacional, ¿nos hará borrar lo que leímos en Los Papeles del Pentágono en 1970?
Estados Unidos, como resume Fukuyama, desprecia a América Latina. Esa es la mala noticia. La buena es que Estados Unidos desprecia a casi todo el mundo. Entre las excepciones están Israel, su socio nuclear en el Medio Oriente, Canadá, que está más arriba de las Dakotas y ayuda con medicamentos menos caros a sus jubilados, e Inglaterra, que es la madre a quien la necesidad condujo a oscuros quehaceres de la casa.
En América Latina, Estados Unidos desprecia a quienes se le enfrentan pero quizás desprecia más a quienes sólo le dicen el amén. Como decía Renard, “acabamos por despreciar a los que están demasiado fácilmente de acuerdo con nosotros”. Mala noticia para el doctor Alan García.