martes, 19 de agosto de 2008

Un minuto de silencio

Ocurrió hace algunas semanas y revela, de un modo retorcido, en qué nivel de civilización nos encontramos en el Perú.
Fuimos con Rebeca a ver “París, yo te amo” –una bella película que, probablemente, podría aburrir a los cinéfilos amantes de la acción porque no tiene balazos ni muñones ni tarantinadas- y, de pronto, otra vez, un susurro de avispa, un secreteo, una vocecita instruyendo algún oído.
Los cines de Lima son en estos tiempos cámaras de tortura. La epidemia de lobotomización ambulatoria que cunde entre nosotros ha llenado los cines de bisbiseos, risotadas que sólo Forrest Gump podría entender, profecías respecto de la próxima escena (o balacera, o puñetazo, o adulterio).
Si en una americanada ruidosa como el último “Batman” -tan elogiada por la “crítica oficial”, con la notoria y sabia excepción de Ricardo Bedoya- esas murmuraciones son insoportables, en una película llena de códigos y sutilezas como “París, yo te amo” la intromisión de ese bajo continuo de los bárbaros llama, sencillamente, al homicidio. Al homicidio con pistola y silenciador, de preferencia.
Así que en plena performance de Natalie Portman, lanzo una mirada de chacal hambriento a mi derecha, de donde viene esa vocecilla que comenta, que a alguien le explica, al parecer, qué parte de París es la que aparece en pantalla, qué tan latino es ese barrio latino, por qué tiene ese verdor jorobado la cúpula de Notre Dame y, seguramente, por qué el Sena está tan sucio como el Támesis (o más).
Y cuando volteo para dirigir mi furia veo, con la dificultad de la penumbra, a un señor y a una señorita tan lejanos en edad como cercanos en afecto. Me parece reconocer al pedagógico caballero. Dudo. Me cuesta creerlo.
Se calla el señor por unos minutos. Puedo entonces ver a Catalina Sandino convirtiendo el silencio en oro cinematográfico.
Pero luego, cuando Alfonso Cuarón hace un corto con un solo plano-secuencia sostenido brillantemente por Nick Nolte, el cuchicheo magisterial se reanuda. No puedo más y lanzo un grosero “¡Shhhhhhhh!”, seguido de un disimuladamente rogativo “¡Por favor!”
Rebeca me mira con cariño. Ella, desde la izquierda de esa fila, tiene lo suyo: otras vocecillas interrumpidas por ruidos sorbedores y masticaciones.
Me resigno. Veré el resto de la película rodeado de sonidos parásitos. Trataré de no hacerles caso. Total, estamos en Lima, una ciudad donde los envases de galletas se arrojan desde los Mercedes Benz o desde los Ticos, donde los taxistas se mean en las bermas y donde, sobre todo, se odia el silencio y el respeto por el otro.
Y así es, en efecto. La vocecilla de la derecha glosará hasta el último fotograma con ese airecito de haber estado mucho tiempo en París, de haberlo recorrido de arriba a abajo, de noche y de día. No puedo descifrar lo que dice porque ha bajado el tono pero compruebo que ayuda a su joven acompañante a entender esa ciudad que ama y donde, por supuesto, jamás se atrevería a hablar durante la proyección de una película.
Hace muchos años, en el cinematógrafo del “Leoncio Prado”, vimos –una noche de viernes- “Muñequita de lujo”, que fue el nombre bobo que aquí le pusieron a “Breakfast at Tiffany’s”, la película de Blake Edwards cuya banda sonora fue nada menos que el “Moon River” de Mancini y Mercer. Recuerdo, como si fuera ayer, que cuando algunos atilas expresaron de modo gutural su admiración por Audrey Hepburn el capitán Lora –el inolvidable Lora- mandó a encender las luces y dijo a gritos que el cine era arte y que el arte merece respeto. Quizá no necesito decir que en mi casa aprendí lo mismo.
Ahora ha terminado la exhibición de “París, yo te amo”. Las luces también se han encendido. Puedo entonces verle la cara al murmurante. Sí, es quien me temía. Es el físico nuclear peruano Modesto Montoya, un científico a quien siempre admiré y a quien he entrevistado varias veces para hablar de lo poco que en el Perú se invierte en investigación, en ciencia, en educación.
Si Modesto Montoya, que estudió en París y tiene una maestría por La Sorbona, hace lo que hizo aquella noche en un cine de Lima, tengo que llegar a la conclusión, quizá redundante, de que la verdadera educación no viene de los títulos ni de las membresías.
Y vamos marcha atrás –a despecho de nuestra economía siempre guanera-: cuando Zavalita preguntaba cuándo se jodió el Perú, en los cines se guardaba silencio.

3 comentarios:

Aldito M. dijo...

Hablar en el cine es un pecado cívico, una horrible falta de respeto. No creo que se haya excedído en el tono y en las maneras. Si fue correcto en llamarle la atención al Sr. Montoya.

Anónimo dijo...

Fdisk2 said:


César... la próxima vez si es que vas al cine (porque la verdad que ya no provoca ir) te recomiendo ir con una linterna y simplemente lo alumbras para dejarlo en ridículo y se calle el hocico y que sea objeto y atención de todos los presentes en la sala, bueno si es que por último hacen caso o no... porque la verdad que cada neanderthal, cavernario o pre-verbal como dices... que hay en los cines, la verdad que es ir a gastar el dinero, después se quejan de la piratería.

Museo Teodoro Núñez Ureta dijo...

Es por eso que prefiero ver las películas en DVD y usar toda la imaginación cuando leo un libro.
Es posible que eso siga por muchos años, pero también es probable que suceda una catarsis colectiva que invite a dejar esa falta de respeto hacia el arte y a nuestros semejantes.
Pero eso si, esa falta no le quita todo su valor al Sr. Montoya, de seguro que él sabrá, como hombre pensante, reconocer su falta...hable con él.