miércoles, 25 de junio de 2008

Nuevos esclavos

El cura Romaña nos decía, Dios mío, que el comunismo era la única esclavitud de la que no se regresaba. ¡Vade retro!
Y así parecía. Detrás de la cortina de hierro inventada por Churchill para atizar la tercera guerra mundial, se construían, en efecto, reinos sombríos de nuevos empaladores. Y en esas transilvanias ­igualitarias el que menos mandaba era el obrero y el que más palos recibía era el campesino, en cuyo nombre se habían trepado al poder los Kádár y los Stoph y por cuyos intereses de clase habían sido fusilados, en los años más ­enérgicos del estalinismo, los Zinóviev y los Béla Kun.
Pero he aquí que un día, setenta años después de su edificación, la fortaleza comunista se agrietó de aburrimiento, crujió con un terremoto popular modelo Richter 8 y se desplomó en una polvareda histórica que terminó con el muro de Berlín, la frontera húngara, la KGB, el Pacto de Varsovia, los autos de dos cilindros, las fábricas de hollín, los escuchas de la Stäsi, las estatuas de Ceaucescu y todos los comités centrales que parecían inmortales.
Fue como un cataclismo a domicilio, un huracán conspirativo que trajo abajo el sueño de las repúblicas populares que el pueblo, sin embargo, llegó a odiar con toda esa alma que los materialistas extremos habían abolido por decreto.
En medio de los escombros se encontró –dicen– el cadáver de Andréi Alexándrovich Zhdánov, comisario del realismo socialista en los tiempos del padrecito Stalin. Dicen también que conservaba la mueca de estar dando una orden a algún escritor de turno.
Lo cierto es que todo el este de Europa se desenmarrocó y salió a las calles a festejar con sidra y aguardiente.
Lo cierto era, entonces, que de la esclavitud del comunismo sí se podía salir.
Que los libertos descubrieran pronto que la proliferación de centros de comida chatarra y la aparición de porno-tiendas no eran algo mucho mejor que la grisura y la escasez y la claustrofobia del comunismo, eso es un asunto distinto. Y que esos mismos manumisos se dieran cuenta, poco más tarde, que la mano invisible del liberalismo terminaba enseñándote el dedo medio cada vez que ibas a cubrir una plaza vacante en algún empleo precario, esa es ­una discusión que recién empieza.
Lo ciertísimo es que de la esclavitud del comunismo sí se vuelve.
Ahora bien, ¿es posible regresar de la historia que los pobres cavaron y los ricos disfrutan? Me refiero, por supuesto, a la historia de este Occidente ejemplar. Me refiero a nuestra historia, a la historia pétrea que nos dejaron como legado y que consideramos casi un deber dejar a nuestros hijos.
Porque a mí que no me cuenten el cuento de las cuevas de Fátima. La historia de Occidente, de la que los sudacas somos periféricos y más bien víctimas, es la historia de la violencia que construyó las jerarquías y de la violencia sin fin que se emplea para conservar esas jerarquías.
Es una historia con cordilleras de cadáveres y tronos hechos con piel del adversario. Es la historia que traga mentiras sanguinarias y escupe leyendas del rey Arturo. Es una historia que, desde Constantino, demanda estar de rodillas para aceptar que alguien fue carne y Dios, hueso y Dios, muerte y resurrección de la materia. Y que ese mago que no es mago, ese hombre que es Dios pero sangra y muere como cualquier hombre, esa suprema autoridad del miedo, ampara a los reyes que fueron, a los presidentes que son y a los caudillos que cortarán el jamón por los siglos de los siglos, amén.
Y, mientras tanto, mientras Roma hace su trabajo, Washington cumple sus obligaciones imperiales, las corporaciones ganan tanto dinero que ya no vale la pena ni contarlo, las bombas de racimo se venden como panes, los países pobres se rematan con el presidente oficiando de martillero y la ONU es una manga de pobres diablos que simulan tener poder.
Y yo digo, modestamente: ¿se puede salir de esta esclavitud que no es comunista sino kolynosista? ¿Se puede salir de este círculo perverso que ha reemplazado al ciudadano por el consumidor, a la democracia por el rito del voto y a la cosa pública por el botín de los poderosos? Cura Romaña: ¿se puede? ¿O es que esta es la esclavitud buena?

3 comentarios:

pepe gutierrez dijo...

Con la desestructuración de los movimientos sociales, y del movimiento obrero en primer lugar, tuvo lugar una profunda regresión ideológica que empezó a manifestarse especialmente a principios de los años ochenta, toda este amplísimo referente político y cultural, todos esta variada bibliografía crítica, todas las aportaciones y todas las controversias sobre Octubre (y todo lo demás) fueron pasando a segundo plano, luego al tercero, para quedar finalmente reducidos al ámbito más marginal en un terreno ocupado por los “especialistas”, y naturalmente los más afines a las grandes editoriales que ahora ocupan todo el mercado, y saben promocionar los títulos “definitivos” por supuesto, de los profetas del fin de la historia, de la santificación del capitalismo liberal.

Algunos de sus títulos más insignes del pensamiento social se amontonaron durante un tiempo en la zona de saldos de los grandes almacenes, se habían convertido (aquí y en París) en material de “liquidación”. Esto último resultó bastante indescriptible en algunos casos, pero personalmente recuerdo en particular el de la Editorial ERA que se había implantado entre nosotros poniendo a nuestro alcance algunas de las obras que en Francia o en Italia ofrecían las editoriales más inquietas y avanzadas como Minuit, Maspero o Feltrenelli. En el caso de las revistas de pensamiento, solo unas cuantas consiguieron sobrevivir la situación como “Mientras tanto”, otras perdieron el lector militante como “Nuestra Bandera” o “Nous Horitzons”, y la mayoría desaparecieron, otras reaparecieron durante una larga fase como “El Viejo Topo”, aunque también aparecieron otras nuevas como “Viento Sur” y “Archipiélago”, eso sí, siempre minoritarias deficitarias. Al menos en el caso de “Viento Sur” se puede hablar del inicio de un repunte, y según tengo entendido, el nº 93 dedicado a “los combates por la revolución en la guerra española”, ha conocido un singular aumento de ventas.

Con esta infame restauración conservadora, el paisaje de las librerías cambió radicalmente, tanto es así que para los que éramos “habituales”, este fue uno de los signos más evidentes de hasta qué punto estaban cambiando los tiempos. En sus exposiciones, las diferentes expresiones del pensamiento crítico y anticapitalista se reducían para hacerse casi invisibles, mientras que la nueva barahúnda de intelectuales orgánicos de la “postmodernidad” y del neoliberalismo lo acaparó todo... Y obviamente, las páginas de los suplementos sobre libros olvidaron pasadas inquietudes para constituirse en “apologías del presente”, como denunciarían oportunamente en un pequeño ensayo Eugenio Trías y Rafael Argulloll; aunque en algunos casos permitieron algunos espacios para los testimoniales.

Durante los tiempos más duros, a la izquierda “resistencialista” nos embargaba la sensación de que nos habíamos equivocado también en todo, y por supuesto respecto a la revolución Octubre, y no han faltado autores que han considerado que a la postre, con el estalinismo como última barricada del sistema como fue notorio en Francia, Alemania o Grecia al acabar la II Guerra Mundial, mejor que no hubiera tenido lugar. Por supuesto, no comparto esta apreciación, pero el desconcierto estaba servido y recuerdo el estupor que me produjo el encuentro casual con un antiguo amigo libertario que me contaba como se había tenido que plantar en una tertulia radiofónica…defendiendo (parcialmente, claro) al mismo Stalin. El autor de estas líneas, que en los años sesenta había auspiciado la reedición de clásicos recuperados de las librerías de anticuario o de versiones francesas, gastaba hasta las últimas gotas de su paciencia perdiendo su tiempo por los despachos de muchas editoriales colocar algunas de las aportaciones finales de autores como Pierre Broué, Ernest Mandel o Daniel Bensaïd, y llenaba su cajón de sastre de proyectos que nunca verían la luz. Publicar un libro como “los de antes” resultaban un verdadero riesgo de descapitalización. El socialismo y el movimiento obrero –se decía–, “ya no están de moda”.

En este cambio de base, existieron obviamente excepciones. Aunque fuese en los márgenes no dejaron de publicarse aportaciones, que mantenían excepcionalmente su bagaje de pensamiento crítico, y en las que el balance crítico sobre la Rusia soviética, no se hacían para clamar las glorias del “mundo libre”. Su perspectiva básica seguía siendo un intento de encontrar el mejor enfoque para la razón de los humillados y ofendidos, de las mujeres y los hombres que se habían identificado con la revolución, de las víctimas de los poderosos, en algunas ocasiones, estas aportaciones coexistieron en el mismo espacio de diarios y revistas aunque fuese bajo el amparo de una “línea general” predeterminada claramente por una nueva clase de “mandarines” generosamente recompensados por una clase dominante que ha aprendido a no subestimar la inversión en la cultura.

En estas condiciones, usted encontrará sin dificultades en las librerías los dictámenes de Furet, Revel, o el “Libro negro” sobre el comunismo, pero difícilmente encontrará las críticas y sus respuestas, entre otras cosas porque la mayor parte ni siquiera se han publicado, y porque los alegatos críticos han aparecido en círculos muy reducidos. Sin embargo, no hay duda que, aunque sea andando más a contra corriente que nunca, siguen existiendo. Estas excepciones, se encuentran, en líneas generales con un pensamiento crítico que bien podía resumirse con la siguiente valoración que efectuó allá por 1795 el moderado Kant sobre la Gran Revolución Francesa: “Un tal fenómeno, en la historia de la humanidad, no se olvida ya, porque ha revelado en la naturaleza humana una disposición, una facultad de progresar tal que una política no hubiera podido, a fuerza de sutileza, desprenderla del curso anterior de los acontecimientos: sólo la naturaleza y la libertad reunidas en la especie humana según los principios internos del derecho eran capaces de anunciarla, aunque, en cuanto al tiempo, de una forma indeterminada y como acontecimiento contingente. Pero, incluso si el objetivo apuntado por este acontecimiento no fiera todavía alcanzado, incluso si la revolución o la reforma de la constitución de un pueblo hubiera finalmente fracasado, o bien si, pasado un lapsus de tiempo, todo volviera a su situación precedente, esta profecía filosófica no pierde por ello nada de su fuerza. Pues este acontecimiento es demasiado importante, está demasiado ligado a los intereses de la humanidad y tiene una influencia demasiado vasta en todas las partes del mundo para que no deba reaparecer en la memoria de los pueblos, con ocasión de circunstancias favorables, y ser recordado en el momento de llevar a cabo nuevas tentativas de este género”.

De todo lo ocurrido se desprende una consecuencia obvia: ya no es posible imaginar la revolución de Octubre (y mucho menos el modelo de desarrollo “soviético”) sin “problemas”, con una ilusión utópica en contraposición a las miserias existentes en casa, el tiempo de la inocencia ha acabado, ahora defender su legado significa morar de cara también sus errores y sus horrores. Sin embargo cabe considerar que, el error óptico de la contraposición, también tuvo su traducción bajo el “socialismo real” donde mucha gente creyó que el “socialismo” era Breznev o Ceaucescu, y la democracia capitalista Suecia o Suiza. El caso de “Solidarnocs” antes del golpe militar “comunista”, resulta bastante sintomático. Aquí viene al pego una anécdota que tuvo lugar a principios de los años ochenta. Un grupo de fervorosos militantes “prosoviéticos” del extinguido PSUC convencidos que todo el revuelo mediático alrededor de este sindicato no podía afectar a la clase trabajadora polaca, y cargados de símbolos comunistas (efigies de Lenin, hoz y martillos en la solapa, etc), decidieron dedicar sus vacaciones para comprobar “in situ” su convencimiento.

No obstante, ironías de la historia, la realidad no pudo ser más descarnada. Los obreros de los arrabales reaccionaron agriamente ante lo que, presumiblemente, consideraron una provocación. Dos décadas después, estos obreros que habían servido en la primera línea contra el “comunismo” (logrando con ello una de las grandes ironías de la historia, que los medias y los voceros conservadores se manifestaran con entusiasmo a favor de sus huelgas y barricadas), se encuentran ahora en la cola social, en unas condiciones muy inferiores a la que habían padecido, buena parte de los líderes del sindicato medran en los pasillos del poder. Su perspectiva resulta ahora muy distinta, mucho más matizada, y la frase que expresa esta su maduración es: ”el socialismo fue un gran invento que estuvo mal aplicado”. Veinte siglos después de su “revolución del corazón”, las promesas del cristianismo están por cumplir, y los cristianos-cristianos se pueden contar con los dedos de una mano…

Que nadie dude que esta fuera una historia nacida desde la grandeza, pero las circunstancias fueron tan adversas que acabó siendo al final una historia de miserias. Está claro que Rudi Dutscke tenía razón cuando dijo que en “socialmente realmente existente”, todo podía considerarse como existente menos el “socialismo” que era una aberración histórica que, sobre todo en sus relaciones con las libertades, se encontraban más lejos del socialismo vivo de la “Comunne”, de 1917 o de las “comunas” de Aragón, que del peor capitalismo, o sea de un capitalismo sin las reformas impuestas por las luchas sociales. Lo que queda, puede consolar a las personas que han optado por hacer de “comunistas”, y puede servir como consolación porque siempre habrá algo todavía mucho peor, pero no son desde luego alternativas de nada. Son los capítulos finales de un ciclo histórico en el que todos y cada uno de los planteamientos básicos del socialismo desde sus primeras tentativas hasta sus últimas formulaciones. Por lo tanto, la imprescindible contestación a una sistema si cabe más ignominioso que antes requiere fijar la inspiración, no en la música del pasado sino en los movimientos y respuestas que se están dando aquí y allá, en todas partes y cuya intensidad está tomando una curva ascendente. No obstante, esto no quiere decir que hay que olvidarse del pasado porque como dice la Biblia –en una frase vital en la composición de la extraordinaria película de Paul-Thomas Anderson, Magnolia (2000)-, el pasado no se olvida de ti…

Pero, a pesar de que llovían chuzos, no se podía dejar Octubre de 1917 y toda la historia revolucionaria –incluida la que se llevó en oposición irreductible contra la burocracia y el cáncer estaliniano- en manos del Alto Tribunal al amparo de Wall Street y al servicio de los deshacedores de la tierra. No hay que hacerlo porque se trata de algo vital, que ellos han entendido perfectamente. Los que queremos otras formas de vida alternativas –en lo social, lo ecológico, en las relaciones de género, en la solidaridad con los oprimidos, en sentir la vida como un bien común y como una fuente para el beneficio de unos cuantos--, necesitamos de nuestra memoria, por estima y respeto por los que lucharon por esos ideales primero. Segundo porque sus ejemplos, siempre considerados desde un punto de vista crítico como cabe hacerlo sobre los humanistas griegos, Espartaco, los mejores estoicos y republicanos romanos, sobre Cristo y el cristianismo, sobre las herejías, etcétera. Esa necesidad se pone en evidencia, los que luchan necesitan tener su propio Partenón de ejemplos y así lo entendió la resistencia al “apartheid”, los zapatistas, los sandinistas, los colectivos por el orgullo negro que evocan Malcom X.

La diferencia ahora es que hemos aprendido a ser más modestos y menos triunfalistas. Teníamos que quitarnos el miedo a la verdad, a la crítica honesta, porque se trata de aprender también, y quizás especialmente, de tantas limitaciones, errores y horrores cuando los hubo, y se trata de asimilar todas las tradiciones sin “patriotismos” de escuelas, aportando ideas y ejemplos a través del hacer…La revolución de Octubre es ya parte de una historia que no volverá, pero también parte de una realidad que, de una manera u otra, mantiene una extraordinaria presencia, entre otras cosas porque los que la quieren enterrar definitivamente piensa tanto en ella como en su efecto, quieren dejar sentado un “nunca más”. Nunca más –hemos de decir- será igual, está claro que la confrontación radical con el capitalismo comporta cuanto menos un doble problema, la posibilidad de una derrota que signifique el exterminio de cualquier resistencia, siempre quedarán Kissinger, Trilaterales y Videlas en la reserva, y de otro, que la resistencia convierta la necesidad en virtud, y donde –como dijo León Felipe- después de una doctrina se imponga una Iglesia.

Al final, cuando el mundo ha dado una vuelta y comenzamos a encontrar de nuevo nuestro lugar en el mundo, todo aquel triunfalismo reaccionario comienza a parecer una lejana pesadilla. Ahora se trata de saber algo fundamental, que la derrota también fue obra nuestra, y también que, para empezar de nuevo, tenemos que subvertir nuestros patriotismos partidarios, y a apreciar la pluralidad, el debate, la cultura del acuerdo porque lo peor de todo lo que nos ocurre es que somos más que nunca un archipiélago en muchos casos enfrentados por mezquidandes que desmerecen y a veces arruinan las grandes ideas que decimos defender desde la inconsecuencia sectaria…

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