viernes, 31 de julio de 2009

Padre nuestro

Francisco Tudela, que fue algo así como la simbólica madame Pompadour de aquel bonapartismo fujimorista nacido en una llantería, acaba de decir que jamás volverá a la política.
¿Pero es que alguien lo ha llamado, aparte de Raúl Vargas, claro está?
¿Lo han llamado de algún antro académico, de alguna sigla con casa matriz en Huachipa, de alguna lista de parlamentarios ávidos de parecerse a Aldo Estrada?
No, nadie lo ha llamado. Ni Yehude Simon está tan desesperado.
Pero he aquí que Francisco Tudela desprecia el llamado que no se ha producido y rechaza la invitación no formulada. Así de misterioso es este pariente vergonzante de la China Tudela, que es, como se sabe, lo mejor de la familia.
No quiere don Francisco volver a bailar el baile del Chino montado en la tarima de la re-reelección, moviendo hombros y caderas junto a Carlitos Álvarez en aquellos mítines inolvidables surgidos de la imaginación de Carlos Raffo.
Sí, porque no hay que olvidar que Francisco Tudela fue, aparte de canciller para todo servicio, el segundo de a bordo en la cochinada aquella de la tercera elección de Fujimori, tercera que volvióse segunda después de que Torres Lara la “interpretara auténticamente” leyendo la entrelínea del artículo 112 de la Constitución.
Pero este señorito de voz queda no sólo agrede a la política renunciando a ella. Agrede a algunos periodistas y nos nombra como los responsables de su prescindencia, de su automarginación.
Y habla “de la calaña de la política peruana” como si él no hubiese aportado toneladas de bosta a la mala reputación de la política peruana. ¡Qué oportuna modestia!
Pero estoy seguro de que Tudela no miente cuando ahora dice que la política peruana le asquea. Bueno, es comprensible que al sirviente de una dictadura le cause arcadas el marco democrático, la relativa limpieza de la Onpe, la existencia de una prensa libre, la siempre tensa vigencia de las leyes.
Ya quisiera Tudela que volvieran las oscuras golondrinas de Montesinos y los buitres de Blanca Nélida y las guaneras de Rossy War, su rumbera de al lado. Eso sí no le daba vahiditos a Tudela. Eso, más bien, le gustaba: un Chino emperador, un rufián comprando congresistas y canales y él de canciller citando a Séneca.
Además, ¿qué puede interesarle la política a Francisco Tudela ahora que ya tiene a su adorado papi a su costado? ¿No era acaso su padre lo que él más quería?
¿No es tierno?
Cuando a Felipe Tudela y Barreda lo tenía su esposa (o sea la madrastra fea y mala), resulta que el señor estaba, según sus entrañables vástagos, mentalmente inhabilitado y judicialmente interdicto para tomar decisiones. Era poco menos que un anciano decrépito que obedecía a una bruja. Y así lo establecían “los peritajes de parte” y los diagnósticos por encargo.
Pero ahora que está al lado de sus hijitos, que tanto lo quieren y que tanto han hecho por él a lo largo de todos estos años, resulta que don Felipe Tudela y Barreda ha recobrado, de pronto, la lucidez, el buen juicio y, seguramente, hasta el pulso para firmar lo que resulte conveniente. Se diría que hasta la vista la ha recuperado y que hasta podría leer, cual locutor, el teleprónter que se le presentara. ¡Qué maravilla!
O sea que la proximidad con esos creciditos retoños que jamás estuvieron interesados en otra cosa que no fuera su felicidad, ha logrado el milagro sináptico que ningún doctor Alzheimer pudo prever ni ningún neurólogo vulgar admitiría. ¿No merece esto un reportaje urgente de Natgeo? ¿O es Discovery Health?
Y ahora don Felipe –sin ninguna intervención de sus hijitos, claro está, espontáneamente por supuesto- reniega de su mujer, le dice que fue una cornuda porque él se distrajo con otras damas y la llama raptora porque afirma que la suya no fue boda sino secuestro. ¿Pero cómo un caballero parecido al José Antonio de Chabuca Granda llega a decir cosas que podría haber dicho un tamalero de Pancho Fierro? ¿No querrá Biography Channel interesarse?
Al mismo tiempo, sus amorosos (y dicho sea con delicadeza: quizá inminentes) herederos van a RPP a hablar de minutas de abogados que llaman excesivas, de gastos conyugales que consideran inauditos y de dineros esfumados que no es que importen (porque así son de desprendidos ellos) sino que revelan el interés material de aquella Graciela de Losada mala, mala y tres veces mala por interesada. Y colorín colorado, este cuento ha terminado.