Como si la naturaleza hubiese querido darle un mensaje brutal al nuevo presidente de Chile, esta es la hora de la solidaridad y de la tregua política en un país que se preparaba para asistir al festín de la derecha pinochetista y a la privatización de todo lo que quedara de rentable, comestible y vendible.
Es la hora también de la solidaridad continental y mundial con el pueblo Chileno.
Proféticamente, el viernes pasado, Heidi Grossmann, una reportera del programa “Día D”, me dijo, entrevistándome para un reportaje que quizá salga en dicho espacio, que alguna gente pensaba que yo odiaba a Chile.
“Gente ignorante tiene que ser”, le respondí. Y añadí (y está allí la grabación para corroborarlo):
“Admiro a Chile. Amo a Chile. Leía a Neruda, a Nicanor Parra, a Enrique Lihn, a Vicente Huidobro, a Enrique Teillier y aun a Gabriela Mistral, cuando no estaba de moda en mi generación leerlos. Chile es un país que ha hecho sus tareas básicas y tiene una identidad de la que no se avergüenza...”
Dije algunas cosas más y terminé así:
“La clase dominante peruana despilfarró al Perú. La clase dominante Chilena creó un país. Yo no estoy contra Chile. Estoy intensamente en contra de quienes, en el Perú, permitirían que se repitiera lo de 1879. Mi pelea ha sido para que el militarismo Chileno no vuelva a imponernos sus condiciones...”
Pensaba en esas cosas cuando veía las imágenes de la destrucción en la región del Bío Bío y en Santiago.
Mi primer viaje al extranjero –recordé- fue a Santiago de Chile, en plena época de Allende. Me fascinó la fuerza de ese pueblo, su dignidad a flor de piel, la reciedumbre de sus convicciones.
Pinochet, más tarde, fue la encarnación viciosa y depravada de esa fuerza Chilena. Pinochet le recordó al Perú que Diego Portales era un patriarca, el Perú una presa y la tradición prusiana del paso de ganso una amenaza para sus vecinos. Pero fue Pinochet, no el pueblo Chileno. El pueblo Chileno fue, más bien, la ensangrentada víctima de esa hiena.
De modo que está claro: el militarismo Chileno, y los partidos derechistas que lo alientan, son el escollo que el Perú tiene para intentar el olvido y la reconciliación con Chile. Olvido y reconciliación que no sólo son posibles sino que resultan, a la luz de estos tiempos, más necesarios que nunca. Fatalmente, ni olvido ni reconciliación dependen únicamente del Perú.
Esta es la hora, sin embargo, de demostrar al mundo cuánto podemos ayudar a un pueblo próximo y afín en tantos sentidos.
La ironía es que la mitad de Pisco sigue, tres años y medio después del terremoto, en el suelo, de modo que tampoco esperemos que Chile nos solicite un auxilio masivo.
Sobre todo si todo esto ocurre a las pocas horas de un accidente aéreo criminal, causado por una nave de 30 años de antigüedad autorizada a volar por el archicorrompido ministerio de Transportes y Comunicaciones del Perú y en la que han muerto, junto a cuatro peruanos, tres turistas Chilenos que se atrevieron a sobrevolar nuestras líneas de Nazca.
Chile es un país serio y aun en el dolor resulta un ejemplo de organización y eficacia. Dos horas después del terremoto, la señora Bachelet empezaba un recorrido por las zonas afectadas de Santiago y desplegaba a sus ministros en diferentes tareas coordinadas por un Comité de Emergencia reunido en pocos minutos.
Es imposible determinar, a la hora en que escribo estas líneas, cuánto del PBI Chileno se llevará la reconstrucción.
Lo que es cierto es que la arrogancia de Piñera y de su equipo friedmanita tendrá que esperar un poco.
Levantar el sur costará mucho dinero. Pero, sobre todo, creará una atmósfera de compasión y empatía que resulta veneno puro para los planes de la derecha Chilena; planes que pasan, como casi siempre, por hacer del “sálvese quien pueda” un himno darwiniano y un lema nacional.
El egoísmo esgrimido como extrema virtud –que esa es, en realidad, la idea-fuerza de todas las derechas- tendrá que esperar. El banquete de la desregulación se ha suspendido, casi al mismo tiempo que el festival de Viña del Mar. La embestida en contra de los trabajadores del Estado, a los que les esperaban despidos que “El Mercurio” llamaría “imprescindibles para la modernización”, también se ha cancelado por ahora.
Un terremoto de visos cataclísmicos ha parado, por un tiempo, el tsunami indonesio que la derecha Chilena venía preparando.
domingo, 28 de febrero de 2010
sábado, 27 de febrero de 2010
El gran dinero
Mientras los políticos discuten sobre cosas menores, el señor García sigue empeñado en saquear al país cobrando comisiones por cada gran proyecto (cosa que se probará cuando algunas de sus víctimas decidan, en el próximo gobierno, hablar a cambio de inmunidad; de allí la imperiosa necesidad, para el doctor García Pérez, de que sean Castañeda o Keiko quienes lo sucedan).
Para mejor vender enormes extensiones de bosques y parajes, de humedales y colinas, García ha enviado al Congreso, donde gobierna el novio platónico de Fabiola de la Cuba, un proyecto de ley con su firma.
En ese texto García le pide al señor Alva Castro, o sea a su fiel y seguro servidor, que por favor le dé importancia debida al proyecto en cuestión, que tiene un título de aspecto inocente: “Ley que modifica el artículo 8 de la Ley 28223, Ley sobre los Desplazamientos Internos...”
El asunto de fondo tiene que ver con Bagua y sus consecuencias: la irreductible oposición, ambientalista y política, a los proyectos contaminadores y desfigurantes de la gran minería y de las empresas de exploración y explotación petrolera.
García, que no puede cobrar comisiones si no brinda una contraprestación, está desesperado: el gobierno empieza a terminársele y todavía hay mastodónticos proyectos a la espera de que el gobierno “facilite las cosas a la inversión”, que es lo que exige el lobismo corporativo.
¿Qué hacer, entonces? ¿Qué hacer para seguir cobrando?
Pues presentar proyectos como el que en estas líneas comentamos.
La modificación propuesta reza así:
“Si el desplazamiento se produjese a causa de proyectos de desarrollo en gran escala justificados por un interés público superior o primordial, la autoridad competente para
autorizar dicho desplazamiento será el Titular del ministerio de la Mujer y Desarrollo-MIM-DES...”
O sea que García aparta al ministerio del Ambiente de un manotazo y le entrega al ministerio de la Mujer (¿? ) la potestad de “autorizar” la expulsión de sus tierras nativas de quienes, por diferentes razones que van de la posesión inocente a la oposición activa, pueden llegar a ser un obstáculo para la inversión foránea.
¿“Proyectos de desarrollo en gran escala justificados por un interés público superior o primodial”?
¿Y quién determinará cuándo el interés público es superior o primordial?
¿No son los derechos de los peruanos que viven en la sierra y selva parte de un interés público superior? ¿No es primordial defender el medio ambiente de la voracidad tóxica de la gran minería o de la invasión geológica de los grandes faenones?
García, aconsejado por sus Piñeras, quiere optar por la solución Chilena: crear las condiciones que hagan posible declarar ilegales a quienes defienden sus tierras ancestrales y los viejos derechos de la naturaleza.
Creo haber dicho en alguna parte que aquel día de la entrevista de seis horas a Haya de la Torre lo que más me impresionó fue la frugalidad de su vida, la sobriedad de esa casa llena de libros y tesoros culturales, esa casa donde lo único que brillaba eran los años de sabiduría acumulados y algunos objetos que decían mucho de esa vejez amenazada por la pobreza: un piano de cola desafinado, una caja de laca comprada en Kyoto, un busto romano donado por una familia millonaria. Y afuera, en el jardín apenas cuidado y lleno de calvas, unos perros chuscos y hermosos que Haya quería más que a nadie.
A pesar de la difamación crónica de la que era víctima, Haya fue un hombre de clase media al que nunca le interesó hacer fortuna. Sabía que venimos de la fugacidad y que hacia ella vamos y que sólo un espíritu malogrado por la codicia podía dejarse seducir por lo material.
García, que pretendió ser su discípulo pero que de Haya sólo tiene la locuacidad, siempre pensó que Haya fue un tonto y que, al final de su vida, se expuso a las pellejerías de la escasez cuando hubo de ser examinado en Texas y fue necesario hacer una colecta entre amigos del partido para que ese viaje inútil se produjera.
Para curarse en salud y prevenirse de miserias García se ha vuelto rico, espléndidamente rico, podridamente rico, sin haber jamás trabajado. Todos sabemos cómo es que ha construido su fortuna.
Pero al presidente de la república le sucede lo que a muchos ricos les pasa: nada le es suficiente, nada calma su miedo al futuro.
Por eso, entre otras muchas cosas, presenta este proyecto de ley que hace más fácil la erradicación y el desalojo de tribus nativas o comunidades centenarias cuando la gran minería y el gran petróleo –y el gran dinero- estén de por medio. Porque de eso se trata, como en la novela de Dos Passos: del gran dinero.
Para mejor vender enormes extensiones de bosques y parajes, de humedales y colinas, García ha enviado al Congreso, donde gobierna el novio platónico de Fabiola de la Cuba, un proyecto de ley con su firma.
En ese texto García le pide al señor Alva Castro, o sea a su fiel y seguro servidor, que por favor le dé importancia debida al proyecto en cuestión, que tiene un título de aspecto inocente: “Ley que modifica el artículo 8 de la Ley 28223, Ley sobre los Desplazamientos Internos...”
El asunto de fondo tiene que ver con Bagua y sus consecuencias: la irreductible oposición, ambientalista y política, a los proyectos contaminadores y desfigurantes de la gran minería y de las empresas de exploración y explotación petrolera.
García, que no puede cobrar comisiones si no brinda una contraprestación, está desesperado: el gobierno empieza a terminársele y todavía hay mastodónticos proyectos a la espera de que el gobierno “facilite las cosas a la inversión”, que es lo que exige el lobismo corporativo.
¿Qué hacer, entonces? ¿Qué hacer para seguir cobrando?
Pues presentar proyectos como el que en estas líneas comentamos.
La modificación propuesta reza así:
“Si el desplazamiento se produjese a causa de proyectos de desarrollo en gran escala justificados por un interés público superior o primordial, la autoridad competente para
autorizar dicho desplazamiento será el Titular del ministerio de la Mujer y Desarrollo-MIM-DES...”
O sea que García aparta al ministerio del Ambiente de un manotazo y le entrega al ministerio de la Mujer (¿? ) la potestad de “autorizar” la expulsión de sus tierras nativas de quienes, por diferentes razones que van de la posesión inocente a la oposición activa, pueden llegar a ser un obstáculo para la inversión foránea.
¿“Proyectos de desarrollo en gran escala justificados por un interés público superior o primodial”?
¿Y quién determinará cuándo el interés público es superior o primordial?
¿No son los derechos de los peruanos que viven en la sierra y selva parte de un interés público superior? ¿No es primordial defender el medio ambiente de la voracidad tóxica de la gran minería o de la invasión geológica de los grandes faenones?
García, aconsejado por sus Piñeras, quiere optar por la solución Chilena: crear las condiciones que hagan posible declarar ilegales a quienes defienden sus tierras ancestrales y los viejos derechos de la naturaleza.
Creo haber dicho en alguna parte que aquel día de la entrevista de seis horas a Haya de la Torre lo que más me impresionó fue la frugalidad de su vida, la sobriedad de esa casa llena de libros y tesoros culturales, esa casa donde lo único que brillaba eran los años de sabiduría acumulados y algunos objetos que decían mucho de esa vejez amenazada por la pobreza: un piano de cola desafinado, una caja de laca comprada en Kyoto, un busto romano donado por una familia millonaria. Y afuera, en el jardín apenas cuidado y lleno de calvas, unos perros chuscos y hermosos que Haya quería más que a nadie.
A pesar de la difamación crónica de la que era víctima, Haya fue un hombre de clase media al que nunca le interesó hacer fortuna. Sabía que venimos de la fugacidad y que hacia ella vamos y que sólo un espíritu malogrado por la codicia podía dejarse seducir por lo material.
García, que pretendió ser su discípulo pero que de Haya sólo tiene la locuacidad, siempre pensó que Haya fue un tonto y que, al final de su vida, se expuso a las pellejerías de la escasez cuando hubo de ser examinado en Texas y fue necesario hacer una colecta entre amigos del partido para que ese viaje inútil se produjera.
Para curarse en salud y prevenirse de miserias García se ha vuelto rico, espléndidamente rico, podridamente rico, sin haber jamás trabajado. Todos sabemos cómo es que ha construido su fortuna.
Pero al presidente de la república le sucede lo que a muchos ricos les pasa: nada le es suficiente, nada calma su miedo al futuro.
Por eso, entre otras muchas cosas, presenta este proyecto de ley que hace más fácil la erradicación y el desalojo de tribus nativas o comunidades centenarias cuando la gran minería y el gran petróleo –y el gran dinero- estén de por medio. Porque de eso se trata, como en la novela de Dos Passos: del gran dinero.
viernes, 26 de febrero de 2010
¡Viva Zapata!
No sé qué dirán ahora los idólatras de los Castro, los incondicionales de la satrapía habanera, los tuertos de la mirada crítica, los que afirman, con razón, que Pinochet fue un criminal y, sin razón, que Fidel es un patriarca revolucionario.
Este modesto columnista sí dirá que la muerte del albañil y gasfitero Orlando Zapata Tamayo, muerte causada por una huelga de hambre de 85 días, es una vergüenza más para el estalinismo con palmeras que se instaló en Cuba a partir de los años 70.
Orlando Zapata Tamayo, de 42 años y miembro de la organización disidente Alternativa republicana –que plantea, entre otras cosas, la difusión del democratizante Proyecto Varela-, ha sido enterrado ayer a las 7 y 30 de la mañana en Banes, provincia de Holguín, a unos 800 kilómetros al este de La Habana.
Hasta allí llegó la policía castrista con el cadáver de Zapata, un afrocubano que mantuvo su promesa de morir por la causa de la libertad desde que lo detuvieron, en el 2002 y en pleno Parque Central, haciendo un ayuno público en contra del régimen.
No es que Zapata se haya suicidado, como dicen ahora los súbditos del castrismo. Zapata exigía ser tratado como un ser humano y denunció, más de una vez, las palizas de las que fue víctima por parte de los esbirros de la cárcel de Holguín.
Ha muerto convertido en puro hueso y pellejo después de una huelga de hambre que sólo al final, cuando ya era demasiado tarde, mereció atención médica en el hospital habanero Hermanos Almeijeiras. “Estuvo en los mejores hospitales, se hizo lo que se pudo”, llegó a decir Raúl Castro.
Este hombre valiente y martirizado sacó de quicio a los Castro –al fantasma que oficia de presidente y al caudillo tenaz que gobierna de verdad en las sombras- exigiendo dos cosas: 1) una cocina donde pudiera prepararse los alimentos –lo que lo eximiría de comer la bazofia que se reparte entre los acusados de delitos políticos-; y 2) la aceptación oficial de que se trataba –como de veras se trataba- de “un preso político”.
La cocina podían haberla negociado. Lo que el ministerio del Interior jamás habría aceptado negociar era la naturaleza de su detención. Hoy, la canalla estalinista dice que Zapata también quería “un teléfono celular” (como si no supiéramos que en Cuba tener un celular es algo casi imposible aun para los que no están encarcelados).
No, Zapata no quería un celular. Lo que exigió fue lo mismo que plantearon, en su tiempo, el comandante camagüeyano Hubert Matos y el guerrillero Eloy Gutiérrez Menoyo, compañeros de la revolución antes de que ésta fuera secuestrada por los comunistas prosiberianos: ser tratados como lo que eran: disidentes en prisión, opositores activos que pagaban con la cárcel el mero hecho de discrepar.
Amnistía Internacional, que tanto ha hecho por denunciar a las dictaduras latinoamericanas de derecha, consideraba a Zapata Tamayo como “prisionero de conciencia”, algo que irritaba hasta la histeria a la Cuba de los Castro.
Pero Zapata era, sin duda, un prisionero de conciencia desde que, en el 2003 y en el marco de una represión brutal, fue por segunda vez detenido y condenado a tres años de prisión por oponerse abiertamente a la dictadura (la acusación formal implicó tres cargos: desacato, desorden público, desobediencia a la autoridad).
Lo que sucedió después pinta de cuerpo entero la barbarie castrista. Rebelde y harto, dispuesto a todos los desafíos, Zapata se fue ganando, desde diversas cárceles, nuevas y más severas condenas, las que llegaron a sumar 25 años y 6 meses de prisión.
De la cárcel de máxima seguridad de Guanajay, en La Habana, fue trasladado a uno de los más severos penales del régimen: la prisión de Taco Taco, en Pinar del Río. Fue allí donde empezó una de sus jornadas “irlandesas” de abstinencia alimentaria (es curioso que la cruel señora Thatcher se jactara, con la misma cara dura del castrismo, de jamás ceder “ante el chantaje”).
Tras la última de esas condenas, basadas en un Código Penal ideado por policías de la seguridad del Estado, Zapata empezó la que sería su última temeridad. “Estaba desesperado, dispuesto a todo”, ha dicho uno de sus familiares. En plena huelga de hambre, debilitado al extremo, fue golpeado por la policía de la prisión, tal como lo denunció a comienzos de enero del 2010, desde la televisión madrileña, el famoso desafecto Oswaldo Payá.
Banes, el pueblito donde nació y donde ha sido enterrado, ha estado tomado por la policía política de Castro desde hace 48 horas. Ha habido unas 30 detenciones previas, según ha denunciado el presidente de la Comisión de derechos humanos y Reconciliación Nacional Elizardo Sánchez, y los corresponsales extranjeros fueron advertidos por el gobierno de que “mejor desistieran de viajar a Banes”, tal como apunta el representante del diario “El País” en la isla, Mauricio Vicent.
Tan grande ha sido el miedo del régimen cubano a la difusión de esta noticia que ni la agencia “Prensa latina” ni el matutino oficial “Granma” han escrito una línea sobre la existencia, peripecia y muerte de Orlando Zapata. “Ni siquiera se han atrevido a calumniarlo, como hacen normalmente cuando de un contrarrevolucionario se trata”, se lee en una crónica despachada desde La Habana.
Zapata ha muerto mientras en la isla se paseaba y firmaba acuerdos el presidente brasileño Luis Ignacio Lula da Silva.
Lula ha alcanzado a lamentar la muerte de Zapata. Raúl Castro, que estaba a su costado, ha llegado a lo más hondo de su propia miseria moral y ha afirmado lo siguiente:
“Lamentablemente, en esta confrontación que tenemos con Estados Unidos hemos perdido a miles de cubanos. El día que los Estados Unidos decidan convivir en paz con nosotros se van a acabar todos esos problemas...”
Antes de dejar el cuerpo de su hijo en el cementerio de La Güira, la señora Reina Luisa Tamayo Danger ha llegado a decir, fuera de sí y arriesgando futuras represalias:
“No le admito a Raúl Castro mensajes para esta madre porque ellos asesinaron premeditadamente a Orlando Zapata Tamayo...Mi hijo lleva impregnado en su cuerpo los golpes, las torturas, las tonfas y lo negro de la golpiza efectuada en Holguín... Esta madre dice: Raúl, Fidel: no me digan nada. Quisiera hablar de frente con ellos para decirles: cínicos, descarados, me mataron a mi hijo...”
La Cuba de Batista era un casino sórdido financiado por los Estados Unidos.
La Cuba de los Castro ya no es el lagarto verde con ojos de piedra y agua de Nicolás Guillén: es una gran prisión.
La Cuba de Martí era una Cuba libre.
Me quedo con la Cuba de Martí. Seguiré luchando por ella.
Este modesto columnista sí dirá que la muerte del albañil y gasfitero Orlando Zapata Tamayo, muerte causada por una huelga de hambre de 85 días, es una vergüenza más para el estalinismo con palmeras que se instaló en Cuba a partir de los años 70.
Orlando Zapata Tamayo, de 42 años y miembro de la organización disidente Alternativa republicana –que plantea, entre otras cosas, la difusión del democratizante Proyecto Varela-, ha sido enterrado ayer a las 7 y 30 de la mañana en Banes, provincia de Holguín, a unos 800 kilómetros al este de La Habana.
Hasta allí llegó la policía castrista con el cadáver de Zapata, un afrocubano que mantuvo su promesa de morir por la causa de la libertad desde que lo detuvieron, en el 2002 y en pleno Parque Central, haciendo un ayuno público en contra del régimen.
No es que Zapata se haya suicidado, como dicen ahora los súbditos del castrismo. Zapata exigía ser tratado como un ser humano y denunció, más de una vez, las palizas de las que fue víctima por parte de los esbirros de la cárcel de Holguín.
Ha muerto convertido en puro hueso y pellejo después de una huelga de hambre que sólo al final, cuando ya era demasiado tarde, mereció atención médica en el hospital habanero Hermanos Almeijeiras. “Estuvo en los mejores hospitales, se hizo lo que se pudo”, llegó a decir Raúl Castro.
Este hombre valiente y martirizado sacó de quicio a los Castro –al fantasma que oficia de presidente y al caudillo tenaz que gobierna de verdad en las sombras- exigiendo dos cosas: 1) una cocina donde pudiera prepararse los alimentos –lo que lo eximiría de comer la bazofia que se reparte entre los acusados de delitos políticos-; y 2) la aceptación oficial de que se trataba –como de veras se trataba- de “un preso político”.
La cocina podían haberla negociado. Lo que el ministerio del Interior jamás habría aceptado negociar era la naturaleza de su detención. Hoy, la canalla estalinista dice que Zapata también quería “un teléfono celular” (como si no supiéramos que en Cuba tener un celular es algo casi imposible aun para los que no están encarcelados).
No, Zapata no quería un celular. Lo que exigió fue lo mismo que plantearon, en su tiempo, el comandante camagüeyano Hubert Matos y el guerrillero Eloy Gutiérrez Menoyo, compañeros de la revolución antes de que ésta fuera secuestrada por los comunistas prosiberianos: ser tratados como lo que eran: disidentes en prisión, opositores activos que pagaban con la cárcel el mero hecho de discrepar.
Amnistía Internacional, que tanto ha hecho por denunciar a las dictaduras latinoamericanas de derecha, consideraba a Zapata Tamayo como “prisionero de conciencia”, algo que irritaba hasta la histeria a la Cuba de los Castro.
Pero Zapata era, sin duda, un prisionero de conciencia desde que, en el 2003 y en el marco de una represión brutal, fue por segunda vez detenido y condenado a tres años de prisión por oponerse abiertamente a la dictadura (la acusación formal implicó tres cargos: desacato, desorden público, desobediencia a la autoridad).
Lo que sucedió después pinta de cuerpo entero la barbarie castrista. Rebelde y harto, dispuesto a todos los desafíos, Zapata se fue ganando, desde diversas cárceles, nuevas y más severas condenas, las que llegaron a sumar 25 años y 6 meses de prisión.
De la cárcel de máxima seguridad de Guanajay, en La Habana, fue trasladado a uno de los más severos penales del régimen: la prisión de Taco Taco, en Pinar del Río. Fue allí donde empezó una de sus jornadas “irlandesas” de abstinencia alimentaria (es curioso que la cruel señora Thatcher se jactara, con la misma cara dura del castrismo, de jamás ceder “ante el chantaje”).
Tras la última de esas condenas, basadas en un Código Penal ideado por policías de la seguridad del Estado, Zapata empezó la que sería su última temeridad. “Estaba desesperado, dispuesto a todo”, ha dicho uno de sus familiares. En plena huelga de hambre, debilitado al extremo, fue golpeado por la policía de la prisión, tal como lo denunció a comienzos de enero del 2010, desde la televisión madrileña, el famoso desafecto Oswaldo Payá.
Banes, el pueblito donde nació y donde ha sido enterrado, ha estado tomado por la policía política de Castro desde hace 48 horas. Ha habido unas 30 detenciones previas, según ha denunciado el presidente de la Comisión de derechos humanos y Reconciliación Nacional Elizardo Sánchez, y los corresponsales extranjeros fueron advertidos por el gobierno de que “mejor desistieran de viajar a Banes”, tal como apunta el representante del diario “El País” en la isla, Mauricio Vicent.
Tan grande ha sido el miedo del régimen cubano a la difusión de esta noticia que ni la agencia “Prensa latina” ni el matutino oficial “Granma” han escrito una línea sobre la existencia, peripecia y muerte de Orlando Zapata. “Ni siquiera se han atrevido a calumniarlo, como hacen normalmente cuando de un contrarrevolucionario se trata”, se lee en una crónica despachada desde La Habana.
Zapata ha muerto mientras en la isla se paseaba y firmaba acuerdos el presidente brasileño Luis Ignacio Lula da Silva.
Lula ha alcanzado a lamentar la muerte de Zapata. Raúl Castro, que estaba a su costado, ha llegado a lo más hondo de su propia miseria moral y ha afirmado lo siguiente:
“Lamentablemente, en esta confrontación que tenemos con Estados Unidos hemos perdido a miles de cubanos. El día que los Estados Unidos decidan convivir en paz con nosotros se van a acabar todos esos problemas...”
Antes de dejar el cuerpo de su hijo en el cementerio de La Güira, la señora Reina Luisa Tamayo Danger ha llegado a decir, fuera de sí y arriesgando futuras represalias:
“No le admito a Raúl Castro mensajes para esta madre porque ellos asesinaron premeditadamente a Orlando Zapata Tamayo...Mi hijo lleva impregnado en su cuerpo los golpes, las torturas, las tonfas y lo negro de la golpiza efectuada en Holguín... Esta madre dice: Raúl, Fidel: no me digan nada. Quisiera hablar de frente con ellos para decirles: cínicos, descarados, me mataron a mi hijo...”
La Cuba de Batista era un casino sórdido financiado por los Estados Unidos.
La Cuba de los Castro ya no es el lagarto verde con ojos de piedra y agua de Nicolás Guillén: es una gran prisión.
La Cuba de Martí era una Cuba libre.
Me quedo con la Cuba de Martí. Seguiré luchando por ella.
jueves, 25 de febrero de 2010
Cata y catita
Una de las industrias más rentables y a veces pintorescas inventadas en las últimas décadas es la de la cata de vinos.
Se supone siempre que el catador es un hombre de paladar sensible y de nariz inteligente, de lengua viva y de buen vivir, con mucho conocimiento sobre vides e historia y con una enorme información en relación a la siempre dinámica geografía del buen vino: la aparición de nuevas mixturas, la irrupción de países o regiones que se suman al mercado vitivinícola, la mejoría en la calidad de vinos antiguos, como el portugués, o de vinos recientes, como el sudafricano.
Todos recordamos el terremoto de 1976, el año en que, en una cata ciega organizada en París por la revista “Wine Spectator”, los vinos californianos del Valle del Napa derrotaron a los vinos franceses.
Como se sabe, esa nueva invasión de Normandía en clave espirituosa trajo consigo una guerra en la que estadounidenses y franceses se han dicho de todo y han empleado armas de todo calibre.
Hace unos años, por ejemplo, un equipo de televisión francés produjo un excelente reportaje sobre Robert Parker, gurú de la cata y director de la revista “Wine Advocate”, temida por sus calificaciones, “descubrimientos” y arbitrariedades.
Los franceses se vengaron de Parker, gran amigo de los vinos de la Ribera del Duero, mostrándolo en chancletas en su casa de California, grabando a su feo perro tirándose pedos y moviendo la cámara hacia piezas del mobiliario que no brillaban por su belleza. Como que querían demostrar que la cierta chusquedad privada de Parker lo descalificaba como árbitro de la exquisitez.
Como quizá alguna vez he dicho, para mí un buen vino es, junto al amor, lo más parecido a eso que algunos llamarían felicidad.
Y si vino y amor se juntan tendremos la certeza de que seremos envidiados por aquellos que beben cualquier cosa y aman lo que tuvieron a la mano.
Pero este catador aficionado, este bebedor ocasional de vinos sabe que hay muchas trampas en esto de las catas y, en nuestro caso, de las catitas (sí, porque aquí hay damitas que dicen que un buen borgoña de Surco te hará olvidar, cuando la verdad es que te producirá amnesia tóxica).
He conocido catadores de respeto, pero también he visto a supuestos conocedores del vino cuya vulgaridad de gustos y cuya manera tabernuda de vestir y de hablar hacen poco creíble su sapiencia como consejeros y degustadores.
En una industria que mueve cientos de miles de millones de dólares al año está claro que hay paladares a destajo que dirán que tal vino es excelente, cuando apenas es regular, y que tal otro es histórico, cuando apenas alcanza a ser bueno.
Porque en esto de los gustos, por supuesto, la suprema objetividad es una patraña y las mejores revistas sobre el vino han sido acusadas, alguna vez, de favorecer intereses comerciales o recibir estímulos para “entusiasmarse” con determinada cosecha.
No es casualidad que Robert Parker haya puesto en el primer lugar de la lista de los cien mejores vinos del 2009 a uno producido por su amigo Peter Sisseck, un enólogo danés afincado a orillas del Duero.
Y tampoco creo que sea casualidad pura que “Wine Spectator”, una revista que tiene un tiraje de dos millones de ejemplares, coloque en el top de su última lista a un vino estadounidense del valle de Columbia (estado de Washington).
Pero lo que está llegando a niveles sencillamente espectaculares de ilusionismo y “literaturalidad” es la prosa enológica, esa jerga de supuestos especialistas –los que dan vueltas a la copa y hacen buches repulsivos con el vino- que descubren lo que nadie puede compartir porque ocurre que no existe, los que ven canela donde hay ácido y saborean moras donde sólo hay un dejo de fermentos.
Cuídense entonces de textos publicitarios como este:
“Muy suave y aterciopelado, de largo final en boca con tonos frutados a moras, grosellas y pimienta verde...”
No lo dude: si un vino le recuerda a la pimienta verde, ¡escúpalo o llame a un policía!
La bodega argentina Humberto Canale, por ejemplo, debe de haber contratado a un escritor de tangos asesorado por el marqués de Valero de Palma para presentar a su íntimo Malbec con estas palabras:
“Vino rojo violáceo, con frutos rojos, notas especiadas, vainilla, coco y aguaribay (pimienta rosa). Boca de buena armonía y balances”.
Si a mí me sirvieran un vino que me recordara, aunque fuese con extrema sutileza, a un coco y a especias no definidas y a esa pimienta invasiva y, en este caso, rosa, pues lo que haría sería no pagarlo después de devolverlo. O irme a Indecopi a hacer una denuncia.
Eso de los “vinos aterciopelados” abunda. Por supuesto que no hay vinos aterciopelados. Como no los hay “amplios” ni “elegantes” ni “armoniosos”. Los buenos vinos son tautológicos: saben a sí mismos. Y nadie que sepa de vinos tendrá la insensatez de describir, ni siquiera aproximadamente, a qué nos remiten.
Esa jerigonza de expertos se ha extendido por todo el mundo y tiene cumbres de la cursilería.
Otro vino varietal de fama –este es otro ojemplo- es presentado así por sus apologistas de bolsillo:
“Vino rojo rubí de muy buena intensidad, con nariz compleja y elegante de frutos rojos, notas de vainilla y tabaco. Largo final en boca”.
Digamos que la última frase parece una felación con fines depravados. ¿Pero notas de vainilla y tabaco? ¿A quién se le han subido los humos del canabis? ¿Y eso de nariz compleja y elegante es una alusión a Barbra Streisand?
En resumen, que escribir sobre vinos es difícil y que mentir comercialmente respecto de ellos es muy fácil.
Escribir sobre vinos es, en todo caso, tan difícil como escribir sobre cocina.
Y en ambos casos la presión comercial es enorme. Y en ambos casos el poder económico de los Estados Unidos pretende dictar las normas y encumbrar sus intereses.
Una demostración especialmente zafia de esos intentos es el señor Anthony Bourdain, aquel que los tontos de capirote llaman aquí “célebre chef norteamericano” y que se pasea por todos los tugurios grasientos de Asia alabando, con la boca llena, la camisa sudada y las uñas sospechosamente grises, todo lo que se embute y todo lo que pica, agrede y muerde las entrañas.
Como si los estadounidenses nos fueran a enseñar a comer, cuando ellos son hijos palatinos de los ingleses, esos bárbaros cuyo único placer es despojar a otros de islas y peñones.
Se supone siempre que el catador es un hombre de paladar sensible y de nariz inteligente, de lengua viva y de buen vivir, con mucho conocimiento sobre vides e historia y con una enorme información en relación a la siempre dinámica geografía del buen vino: la aparición de nuevas mixturas, la irrupción de países o regiones que se suman al mercado vitivinícola, la mejoría en la calidad de vinos antiguos, como el portugués, o de vinos recientes, como el sudafricano.
Todos recordamos el terremoto de 1976, el año en que, en una cata ciega organizada en París por la revista “Wine Spectator”, los vinos californianos del Valle del Napa derrotaron a los vinos franceses.
Como se sabe, esa nueva invasión de Normandía en clave espirituosa trajo consigo una guerra en la que estadounidenses y franceses se han dicho de todo y han empleado armas de todo calibre.
Hace unos años, por ejemplo, un equipo de televisión francés produjo un excelente reportaje sobre Robert Parker, gurú de la cata y director de la revista “Wine Advocate”, temida por sus calificaciones, “descubrimientos” y arbitrariedades.
Los franceses se vengaron de Parker, gran amigo de los vinos de la Ribera del Duero, mostrándolo en chancletas en su casa de California, grabando a su feo perro tirándose pedos y moviendo la cámara hacia piezas del mobiliario que no brillaban por su belleza. Como que querían demostrar que la cierta chusquedad privada de Parker lo descalificaba como árbitro de la exquisitez.
Como quizá alguna vez he dicho, para mí un buen vino es, junto al amor, lo más parecido a eso que algunos llamarían felicidad.
Y si vino y amor se juntan tendremos la certeza de que seremos envidiados por aquellos que beben cualquier cosa y aman lo que tuvieron a la mano.
Pero este catador aficionado, este bebedor ocasional de vinos sabe que hay muchas trampas en esto de las catas y, en nuestro caso, de las catitas (sí, porque aquí hay damitas que dicen que un buen borgoña de Surco te hará olvidar, cuando la verdad es que te producirá amnesia tóxica).
He conocido catadores de respeto, pero también he visto a supuestos conocedores del vino cuya vulgaridad de gustos y cuya manera tabernuda de vestir y de hablar hacen poco creíble su sapiencia como consejeros y degustadores.
En una industria que mueve cientos de miles de millones de dólares al año está claro que hay paladares a destajo que dirán que tal vino es excelente, cuando apenas es regular, y que tal otro es histórico, cuando apenas alcanza a ser bueno.
Porque en esto de los gustos, por supuesto, la suprema objetividad es una patraña y las mejores revistas sobre el vino han sido acusadas, alguna vez, de favorecer intereses comerciales o recibir estímulos para “entusiasmarse” con determinada cosecha.
No es casualidad que Robert Parker haya puesto en el primer lugar de la lista de los cien mejores vinos del 2009 a uno producido por su amigo Peter Sisseck, un enólogo danés afincado a orillas del Duero.
Y tampoco creo que sea casualidad pura que “Wine Spectator”, una revista que tiene un tiraje de dos millones de ejemplares, coloque en el top de su última lista a un vino estadounidense del valle de Columbia (estado de Washington).
Pero lo que está llegando a niveles sencillamente espectaculares de ilusionismo y “literaturalidad” es la prosa enológica, esa jerga de supuestos especialistas –los que dan vueltas a la copa y hacen buches repulsivos con el vino- que descubren lo que nadie puede compartir porque ocurre que no existe, los que ven canela donde hay ácido y saborean moras donde sólo hay un dejo de fermentos.
Cuídense entonces de textos publicitarios como este:
“Muy suave y aterciopelado, de largo final en boca con tonos frutados a moras, grosellas y pimienta verde...”
No lo dude: si un vino le recuerda a la pimienta verde, ¡escúpalo o llame a un policía!
La bodega argentina Humberto Canale, por ejemplo, debe de haber contratado a un escritor de tangos asesorado por el marqués de Valero de Palma para presentar a su íntimo Malbec con estas palabras:
“Vino rojo violáceo, con frutos rojos, notas especiadas, vainilla, coco y aguaribay (pimienta rosa). Boca de buena armonía y balances”.
Si a mí me sirvieran un vino que me recordara, aunque fuese con extrema sutileza, a un coco y a especias no definidas y a esa pimienta invasiva y, en este caso, rosa, pues lo que haría sería no pagarlo después de devolverlo. O irme a Indecopi a hacer una denuncia.
Eso de los “vinos aterciopelados” abunda. Por supuesto que no hay vinos aterciopelados. Como no los hay “amplios” ni “elegantes” ni “armoniosos”. Los buenos vinos son tautológicos: saben a sí mismos. Y nadie que sepa de vinos tendrá la insensatez de describir, ni siquiera aproximadamente, a qué nos remiten.
Esa jerigonza de expertos se ha extendido por todo el mundo y tiene cumbres de la cursilería.
Otro vino varietal de fama –este es otro ojemplo- es presentado así por sus apologistas de bolsillo:
“Vino rojo rubí de muy buena intensidad, con nariz compleja y elegante de frutos rojos, notas de vainilla y tabaco. Largo final en boca”.
Digamos que la última frase parece una felación con fines depravados. ¿Pero notas de vainilla y tabaco? ¿A quién se le han subido los humos del canabis? ¿Y eso de nariz compleja y elegante es una alusión a Barbra Streisand?
En resumen, que escribir sobre vinos es difícil y que mentir comercialmente respecto de ellos es muy fácil.
Escribir sobre vinos es, en todo caso, tan difícil como escribir sobre cocina.
Y en ambos casos la presión comercial es enorme. Y en ambos casos el poder económico de los Estados Unidos pretende dictar las normas y encumbrar sus intereses.
Una demostración especialmente zafia de esos intentos es el señor Anthony Bourdain, aquel que los tontos de capirote llaman aquí “célebre chef norteamericano” y que se pasea por todos los tugurios grasientos de Asia alabando, con la boca llena, la camisa sudada y las uñas sospechosamente grises, todo lo que se embute y todo lo que pica, agrede y muerde las entrañas.
Como si los estadounidenses nos fueran a enseñar a comer, cuando ellos son hijos palatinos de los ingleses, esos bárbaros cuyo único placer es despojar a otros de islas y peñones.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Domingo de teta y sustos
Hace unos días hice lo que había aplazado durante largos meses: ver “La teta asustada”, la película peruana más exitosa y reconocida de todos los tiempos, una obra que, sin ninguna duda, debe tener méritos y excelencias que este columnista, por alguna razón entre las que no se encuentra la cicatería, no pudo (o no supo) encontrar.
Como alguna vez he confesado, soy un viejo cinéfilo que ha pasado grandes momentos de su vida viendo películas de todos los estilos, todos los géneros, todos los directores y todas las calañas.
Me había resistido a ver “La teta asustada” porque temía que no me gustara (“Madeinusa” me había parecido un buen intento fallido) y porque, si así sucedía, tendría que escribirlo y no callarme como hacen tantos a la hora de mirar la dirección de los vientos.
Y al no callarme –pensé- tendría que enfrentar el callejón oscuro de los adocenados y los nacionalistas del culo que están viendo “antipatriotas” hasta en la sopa (en la sopa de Acurio por ejemplo, que es, como se sabe, sagrada).
De modo, que compré “La teta asustada” en una versión formal –soy de los que jamás compra piratería: no soy un “peruano cabal”- y la vi. Quiero decir, la vimos.
Cuando aparecieron los créditos finales no sabía a qué espectáculo había asistido: ¿era sólo una mala película o era el resumen más brioso de la huachafería vagamente progre y de exportación, esa que PromPerú podría auspiciar junto a algunas ruinas sobreestimadas?
Vamos a ver. Los actores de “La teta asustada” no son buenos y al no ser buenos no sostienen una historia hiperbólica que hubiera requerido un registro realista que compensara tanto exceso. ¡Y es que el realismo incluye también lo actoral y eso es algo que el cine sudamericano, con algunas excepciones, no logra entender!
La fotografía de “La teta asustada” combina las postales distantes, los planos abiertos de un observador frío, con algunos primeros planos voluntaristamente dramáticos y sin sentido y con encuadres gaudianos, retorcidos y amputadores. ¿Fue un aporte al cubismo que hubiese brazos cortados, contraplanos a media caña, manitas sin antebrazos, codos sueltos?
La película es un tour para catalanes y berlineses perversones en torno a un país trágico que Claudia Llosa se ha empeñado en hacer cómico (y, claro, así, en clave de humor negro y de sal gruesa, elude rozar siquiera el origen de todo: la raíz social no de la papa sino de la injusticia y la escisión social).
Como comedia varias veces involuntaria, “La teta asustada” es prodigiosa. Que un ginecólogo le diga al tío que recomendará “otro anticonceptivo” a la niña que tiene una papa en la vagina –dando por hecho que el tubérculo cumple esa función- es como para sonreír.
Que una ricachona tenga su palacete junto a un mercado del Perú profundo –realidades encarnizadamente enemigas separadas apenas por una puerta eléctrica-, ¿es una manera de ahorrar platós, agudizar las contradicciones o hacer una caricatura abreviada y en pocos metros cuadrados del Perú?
Que esa misma señora le diga a la protagonista que tome asiento cuando ésta ya está sentada, no es una distracción de vieja pituca: es la enésima tontería de un dialoguista empeñado en construir personajes oligofrénicos.
La señorita Llosa es una militante del realismo mágico, pero tiene un problema: no es García Márquez; es, más bien, la secretaria visual de Isabel Allende.
De allí, de ese almacén ingenuo de realismo mágico en versión “Coquito” salen, en desfile continuo, el barco que va a cruzar un túnel más estrecho que su diámetro y su altura, la poda con tijerita de uñas de la papa intravaginal, la venta de ataúdes con escudos futbolísticos para hinchas del más allá, el hecho de que la señorita Solier se desmaye y sea intervenida en un quirófano mientras mantiene en una mano crispada un puñado de perlas, los matrimonios masivos sin alcalde, la santa conservación inodora de un cadáver de varios días, el rostro aceradamente inmóvil y casi enyesado de la señorita Solier en su papel de víctima de la teta, la transformación repentina e inconvincente de la señora pianista luego de su concierto.
Todo folclórico y apretado, todo hecho para arrancar exclamaciones de risas, horror y condescendencia entre europeos culposos, oenegistas con mucho millaje y amantes del exotismo.
Y casi todos los personajes de la película exhiben una estupidez cacasena -¿de origen viral, hereditario, antropológico?-, como aquella novia que, teniendo un vestido con una cola de varios metros, está descontenta porque quiere más tela para más cola y que termina, como idiota mayúscula, subiendo al podio inverosímil que Claudia Llosa le ha puesto, no por los peldaños “majestuosos” de aquel armatoste de cartón sino por una escalera de albañil desde la que está a punto de caer.
“La teta asustada” no es una mala película porque retrate con saña de turista pronazi las miserias y pellejerías de la pobreza urbana de Lima ni aluda, con enorme timidez, a las fechorías que sufrieron nuestros campesinos de manos de terroristas y militares. Es mala porque cinematográficamente es un desastre.
La historia no te la crees –no porque sea irreal sino porque está mal contada-, los actores recitan muchas veces frases sin sentido, la señorita Solier canta cuando no debe –es decir, admitámoslo: casi siempre- y hay empalmes que no se explican, lentitudes que nada aportan, destellos visuales –la señorita Solier con una flor en la boca, el despegue de un artilugio impulsado por helio- que terminan por desbaratar la poca lógica interna que le quedaba a la ficción.
El Perú cambió el mundo con el aporte de la papa ancestral. Esta papa intravaginal y casi hidropónica, física y simbólicamente inmunda, no cambiará la historia del cine.
Sé a lo que me expongo con estas líneas. La verdad es que importa un ardite. Peor hubiese sido sumarme al coro extasiado y patriótico de los que creen que el honor nacional está en juego en la ceremonia del Oscar.
Ni conozco ni envidio ni siento nada por la señorita Llosa. Es más, espero que gane el Oscar y que lo disfrute. Pero eso no me impide decir lo que pienso. Tampoco le temo a sus primos fulminantes ni a sus tíos mitológicos ni a sus vínculos especiales con el agitprop ibérico.
Me alegra que haya tenido la suerte de contar con tantas anuencias internacionales y con tantos píos silencios domésticos. Pero de allí a decir que “La teta asustada” es una “gran película”, como la tetudez colectiva ha impuesto aquí y con letras de neón, hay tanta distancia como la que va de la alfombra roja del teatro Kodak a la posteridad de veras bien ganada.
Como alguna vez he confesado, soy un viejo cinéfilo que ha pasado grandes momentos de su vida viendo películas de todos los estilos, todos los géneros, todos los directores y todas las calañas.
Me había resistido a ver “La teta asustada” porque temía que no me gustara (“Madeinusa” me había parecido un buen intento fallido) y porque, si así sucedía, tendría que escribirlo y no callarme como hacen tantos a la hora de mirar la dirección de los vientos.
Y al no callarme –pensé- tendría que enfrentar el callejón oscuro de los adocenados y los nacionalistas del culo que están viendo “antipatriotas” hasta en la sopa (en la sopa de Acurio por ejemplo, que es, como se sabe, sagrada).
De modo, que compré “La teta asustada” en una versión formal –soy de los que jamás compra piratería: no soy un “peruano cabal”- y la vi. Quiero decir, la vimos.
Cuando aparecieron los créditos finales no sabía a qué espectáculo había asistido: ¿era sólo una mala película o era el resumen más brioso de la huachafería vagamente progre y de exportación, esa que PromPerú podría auspiciar junto a algunas ruinas sobreestimadas?
Vamos a ver. Los actores de “La teta asustada” no son buenos y al no ser buenos no sostienen una historia hiperbólica que hubiera requerido un registro realista que compensara tanto exceso. ¡Y es que el realismo incluye también lo actoral y eso es algo que el cine sudamericano, con algunas excepciones, no logra entender!
La fotografía de “La teta asustada” combina las postales distantes, los planos abiertos de un observador frío, con algunos primeros planos voluntaristamente dramáticos y sin sentido y con encuadres gaudianos, retorcidos y amputadores. ¿Fue un aporte al cubismo que hubiese brazos cortados, contraplanos a media caña, manitas sin antebrazos, codos sueltos?
La película es un tour para catalanes y berlineses perversones en torno a un país trágico que Claudia Llosa se ha empeñado en hacer cómico (y, claro, así, en clave de humor negro y de sal gruesa, elude rozar siquiera el origen de todo: la raíz social no de la papa sino de la injusticia y la escisión social).
Como comedia varias veces involuntaria, “La teta asustada” es prodigiosa. Que un ginecólogo le diga al tío que recomendará “otro anticonceptivo” a la niña que tiene una papa en la vagina –dando por hecho que el tubérculo cumple esa función- es como para sonreír.
Que una ricachona tenga su palacete junto a un mercado del Perú profundo –realidades encarnizadamente enemigas separadas apenas por una puerta eléctrica-, ¿es una manera de ahorrar platós, agudizar las contradicciones o hacer una caricatura abreviada y en pocos metros cuadrados del Perú?
Que esa misma señora le diga a la protagonista que tome asiento cuando ésta ya está sentada, no es una distracción de vieja pituca: es la enésima tontería de un dialoguista empeñado en construir personajes oligofrénicos.
La señorita Llosa es una militante del realismo mágico, pero tiene un problema: no es García Márquez; es, más bien, la secretaria visual de Isabel Allende.
De allí, de ese almacén ingenuo de realismo mágico en versión “Coquito” salen, en desfile continuo, el barco que va a cruzar un túnel más estrecho que su diámetro y su altura, la poda con tijerita de uñas de la papa intravaginal, la venta de ataúdes con escudos futbolísticos para hinchas del más allá, el hecho de que la señorita Solier se desmaye y sea intervenida en un quirófano mientras mantiene en una mano crispada un puñado de perlas, los matrimonios masivos sin alcalde, la santa conservación inodora de un cadáver de varios días, el rostro aceradamente inmóvil y casi enyesado de la señorita Solier en su papel de víctima de la teta, la transformación repentina e inconvincente de la señora pianista luego de su concierto.
Todo folclórico y apretado, todo hecho para arrancar exclamaciones de risas, horror y condescendencia entre europeos culposos, oenegistas con mucho millaje y amantes del exotismo.
Y casi todos los personajes de la película exhiben una estupidez cacasena -¿de origen viral, hereditario, antropológico?-, como aquella novia que, teniendo un vestido con una cola de varios metros, está descontenta porque quiere más tela para más cola y que termina, como idiota mayúscula, subiendo al podio inverosímil que Claudia Llosa le ha puesto, no por los peldaños “majestuosos” de aquel armatoste de cartón sino por una escalera de albañil desde la que está a punto de caer.
“La teta asustada” no es una mala película porque retrate con saña de turista pronazi las miserias y pellejerías de la pobreza urbana de Lima ni aluda, con enorme timidez, a las fechorías que sufrieron nuestros campesinos de manos de terroristas y militares. Es mala porque cinematográficamente es un desastre.
La historia no te la crees –no porque sea irreal sino porque está mal contada-, los actores recitan muchas veces frases sin sentido, la señorita Solier canta cuando no debe –es decir, admitámoslo: casi siempre- y hay empalmes que no se explican, lentitudes que nada aportan, destellos visuales –la señorita Solier con una flor en la boca, el despegue de un artilugio impulsado por helio- que terminan por desbaratar la poca lógica interna que le quedaba a la ficción.
El Perú cambió el mundo con el aporte de la papa ancestral. Esta papa intravaginal y casi hidropónica, física y simbólicamente inmunda, no cambiará la historia del cine.
Sé a lo que me expongo con estas líneas. La verdad es que importa un ardite. Peor hubiese sido sumarme al coro extasiado y patriótico de los que creen que el honor nacional está en juego en la ceremonia del Oscar.
Ni conozco ni envidio ni siento nada por la señorita Llosa. Es más, espero que gane el Oscar y que lo disfrute. Pero eso no me impide decir lo que pienso. Tampoco le temo a sus primos fulminantes ni a sus tíos mitológicos ni a sus vínculos especiales con el agitprop ibérico.
Me alegra que haya tenido la suerte de contar con tantas anuencias internacionales y con tantos píos silencios domésticos. Pero de allí a decir que “La teta asustada” es una “gran película”, como la tetudez colectiva ha impuesto aquí y con letras de neón, hay tanta distancia como la que va de la alfombra roja del teatro Kodak a la posteridad de veras bien ganada.
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