jueves, 7 de enero de 2010

Recordando a Tobi

A mí me encantaba Tobi porque a todo le veía el lado bueno.
Era un gordito que hacía de detective disfrazado de Inspector Araña, de misógino respecto de Lulú y Anita, de violinista que desalentaba a las palomas con sus chirridos, de enamorado remoto de la divina Gloria, de conspirador fracasado cuando quería enfrentarse a la pandilla del oeste...
Y todo lo hacía mal pero con una dignidad que conmovía.
Pertenezco, como resulta patéticamente evidente, a la generación que el televisor no pudo lobotomizar. Fuimos la última generación que pudo librarse de esa cosa imbécil que hoy controla las mentes en huelga y gobierna las almas desterradas.
Éramos la patota casta (y nerd, como hoy se dice tratando de desacreditar la ingenuidad) que iba al quiosco a preguntar si ya había llegado, desde México (Editorial Novaro), la última entrega de La pequeña Lulú.
Claro que para no quedar como bobos y mariquitas, omitíamos el título comercial de Marge y preguntábamos no por La pequeña Lulú sino por Tobi, así, con la boca chiquita y las ganas grandes de saber qué había sido de Ágata y de Anita, y del antipático Pepe del Salto, que tenía su correlato en el barrio, y de la señora Mota, que también tenía sus clones en el barrio y que eran esas señoras que vestían de trajes floreados y olían a Drowa en el verano.
¡Qué bellos éramos retozando en nuestros pantalones de corduroy, sin mirar a las chicas todavía (como Tobi), con nuestros dientes excesivos que crecían a su albedrío!
¡Y qué veloces eran nuestras Hércules con barra al centro, no como esas Monarch que tenían el freno en el pedal y que sólo las chicas debían montar!
A veces íbamos al Polo, que es una manera de decir que íbamos a las inmediaciones casi extranjeras de algo que se llamaba el club de Polo, y nos perdíamos en la audacia y llegábamos ansiosos y culpables a tomar el lonche que precedía a las tareas, que precedían a la lectura de Los Halcones Negros (o de Súper Ratón, o de Gene Autry, o de Roy Rogers, o de Cisco Kid si no había otra cosa), que precedía al sueño largo y pulcro.
Vivíamos esa edad maravillosa en la que uno no ha tenido tiempo para herir ni ser herido, donde el cajón de los remordimientos está vacío y huele a madera fresca y todos queremos lo mismo. O sea, como debimos de ser en el maldito paraíso del que nos expulsaron por culpa de una víbora.