sábado, 26 de enero de 2008

Radioterapia

Si algo extraño de España –aparte de sus diarios, sus museos y sus librerías– son sus radios. Casi era un requisito ser inteligente para estar en ellas. Al revés que en la tele, donde era inexorable ser un imbécil para ser estelar.
Radios las había –las hay– de todos los matices y los más variados pelajes, pero todas reflejaban salud verbal, criterio, agudeza para la glosa y la pregunta, beligerancia de alto vuelo.
Aquí es un martirio escuchar radio. Te puede volver loco subir y bajar por ese dial tugurizado donde la imbecilidad compite con el retardo mental y todo termina en un empate por goleada.Aquí cualquiera está en la radio. El requisito es tener un aparato de fonación en relativo buen estado. Aquí lo que se requiere es de laringe. Lo demás –o sea la preparación, el talento, la amenidad– no se toma en cuenta.
El otro día íbamos a la playa y alguien en “Solarmonía”, la llamada radio cultural, entrevistaba al magnífico escritor Enrique Congrains.
Era una señora a quien no pude reconocer. Era una señora que no tenía la menor idea de la obra de Enrique Congrains, de la vida de Enrique Congrains, de las mujeres de Enrique Congrains, de las ideas o de las manías de Enrique Congrains, del estilo literario de Enrique Congrains y hasta de cómo se pronuncia el apellido Congrains. Pero entrevistaba a Enrique Congrains sueltísima de huesos (aunque no tanto de lengua). Y lo hacía en “la radio cultural del Perú”. Y lo hacía con el desenfado de quien no tiene ninguna reputación que cuidar.
En esa misma frecuencia, todos los días, al mediodía, un joven valor descerebrado nos propone el suplicio de su fabla salvaje. Y digo salvaje porque por ella no deben de haber pasado libros, asfaltos, aeropuertos, jefes de práctica, trípticos, noches de adrenalina, días de vino y rosas, Sofocleto siquiera, Vargas Vicuña por lo menos, ¿Castro Arenas? Nada. Detrás de ese cotorreo está el eco que sólo una aula vacía puede devolver. A esa hora desfilan promotores culturales, artistas plásticos, barítonos, escritores y algunos alucinados. Todos deben salir de esa cabina con la misma impresión: la de haber estado en una candid camera, sometidos a una trampa perversa que los obligó a escuchar (y responder) preguntas como esta:
-Ajá, Raúl, qué bueno verte…Dinos, qué estás haciendo ahora…
Y esa es “la radio cultural del Perú”.
Dicen que un tal Branny Zavala, que es el mismísimo Zavalita pero leído por Baruch Ivcher, ha impuesto el estilo del valetodo radial. Puede ser. Pero la verdad es que la radio peruana viene siendo hecha por fronterizos desde hace buen tiempo.
Claro que hay excepciones. Allí están “Mi novela favorita”, como programa, y Raúl Vargas o Augusto Álvarez Rodrich, como personajes. Pero “Mi novela favorita” es una gota en una catarata de programas dedicados a hablar de próstatas inflamadas, secreciones malolientes, tíos manoseadores –que en esas mugres se ha convertido RPP– y hasta Vargas y Álvarez Rodrich (o María Luisa del Río) parecen a veces aquejados de medianía, cansados de navegar en contra de la catarata.
Es que, claro, si basta con ser tuerto para qué abrir los dos ojos. Y si al otro lado está un señor de apellido chino que también trabaja en el Congreso y que sólo dice lugares comunes, para qué informarse mejor.
Aunque la verdad es que la mediocridad más absoluta no la tiene RPP en la competencia sino en su propio equipo. Se llama Ariel Segal, tiene un acento como que viene de La Guaira y sólo dice lo que a la embajada norteamericana y al jefe del Mossad en Lima les gusta oír: o sea que Hamas es perversa porque lanza cohetes, Israel se contiene porque si quisiera arrasaría, los palestinos son unos revoltosos muertos de hambre, sólo Siria quiere controlar el Líbano, Fatah no puede disciplinar a “los extremistas”, Olmert es un estadista serenísimo, Sharon fue una gran figura y –ah, se me olvidaba– Hugo Chávez e Irán tienen relaciones culposas y, además, carnales. Dice cosas como esas y cree estar educando a la pobre gente que rocía con su paporreta de dictado global.
Y esa es la radio más importante del país.
Con Segal de comentarista internacional y Raffo de habitual panelista.Cada día estoy más convencido de que embrutecer al soberano es parte de la agenda secreta del FMI. Porque diez minutos con Segal y ya estás listo para irte a Bagdad “a pelear por Occidente y sus valores eternos”. Cómo será este Segal que prefiero a su medio tocayo Erich Segal, el de esa novela huachafienta titulada “Love Story”.