miércoles, 30 de enero de 2008

¡Francia defiende a su banca!

Esta noticia no le va a gustar nada al ­idiotismo ultraliberal, el taradismo chicagodo y al sinvergüenza de PPK, que es solista de Filarmonía y le arrima el piano al Estado para ­evitar que Barrick pague 140 millones de dólares a la Sunat, pura cultura del malecón de Eisha, oiga usted.
Y dice así: “Francia advierte que defenderá al Banco Société Générale de los predadores”. Ese es el titular del despacho parisino de la agencia Reuters. El contenido es todavía más incómodo para la manga de felpudos mentales salidos de las universidades tipo UPC:
“El gobierno francés está determinado a que SocGen siga siendo un gran banco francés”, dijo al parlamento el primer ministro François Fillon.
“No permitiremos tampoco, añadió el jefe del gobierno francés, que el SocGen sea blanco de ofertas hostiles de otras compañías”.
La primera advertencia estaba dirigida a los bancos ingleses Barclays PLC y HSBC Holdings, que se alistaban a lanzar sus Opas carroñeras a 92 euros la acción (las acciones de Société Générale habían bajado 21 por ciento desde el 18 de enero, cuando estalló el escándalo).
La segunda se enfila al banco más gordo de Francia, el BNP Paribas, que aspiraba a ser el nuevo ogro de la banca francesa tras comerse, en un banquete caníbal de cinco tenedores, al SocGen.
Pero he aquí que el gobierno de derechas de Nicolás Sarkozy, el gobierno conservador de la ministra de economía Christine Lagarde, conserva un concepto claro de lo nacional y sabe perfectamente que la mano invisible de Adam Smith suele blandir mucho más una chaveta que una balanza. Y sabe, por supuesto, que eso de que el mercado es intocable es ñanga para niñatos y despistados de América del Sur.
Así que ya saben. Ni intenten medrar con la desgracia de Société Générale.
Lo que sí va a tener que hacer el banco presidido por Daniel Bouton es convencer a sus acionistas y clientes de que, a partir de ahora, dejará de hacer el papel de idiota internacional permitiendo que un operador de 31 años les cree un forado de 4,900 millones de euros (unos 7,200 millones de dólares).
Y la verdad es que esa será una tarea difícil. Nadie puede creer que un banco que tiene 144 años de historia puede ser tan vulnerable a las locuras bursátiles de un ejecutivo menos que medio.
La fiscalía francesa ya ha rechazado las acusaciones de fraude y ha dejado libre, bajo fianza, a Jerome Kerviel, que así se llama este dinamitero de la intermediación de valores. La investigación se centra, por ahora, en un supuesto abuso de confianza. ¿Cómo hizo este yupi de discoteca y carro veloz para equivocarse tanto? ¿Por qué los ejecutivos de SocGen no lo pusieron en su sitio cuando, en noviembre pasado, Eurex –una supervisora de derivados controlada por Deutsche Boerse– les advirtió sobre “el exceso de optimismo” de algunas decisiones de Kerviel? Son preguntas hasta ahora sin más respuesta que la indignación de los franceses.
El problema de fondo quizás no sea Kerviel ni el destino a veces aciago ni la naturaleza mudable de las bolsas. El problema mayor puede ser que el capitalismo se ha convertido en algo tan ferozmente veloz, financiero y oportunista que gente como Kerviel es puesta allí, al pie del cañón, precisamente para tomar decisiones fulminantes que pueden significar billones de ganancias. Porque el capitalismo del siglo XXI especula mucho más que produce y necesita tigres hambrientos que sepan qué manada se ve débil al abrir la bolsa de Tokio y qué gigante está a punto de perder las pelotas en la bolsa de Múnich, por la tarde. Esto, desde luego, nada tiene que ver con los banqueros que dicen emplear modelos matemáticos en el análisis de riesgos. ¡Pamplinas! ¡Hay mucho más de Kerviel que de ecuaciones en las embestidas bursátiles!
Y entonces no es que Société Générale esté en falta. Es que el concepto carnicero de la banca actual supone, inexorablemente, que gente como Kerviel tenga amplios poderes para decidir en qué momento el paseo por el Serengueti debe convertirse en caza mayor. Que una bala dumdum dé en la cabeza del guía es un riesgo que debe calcularse.
Kerviel no es un fracaso como operador en el mercado volátil de las bolsas. Es el fiel servidor de un esquema pleno de adrenalina que hizo de SocGen una potencia mundial en derivados y, en 24 horas, un símbolo nacional al que el gobierno ha debido de resguardar como si se tratara del Museo del Impresionismo