sábado, 6 de febrero de 2010

Recordando a una bestia

Al bruto de George Bush le hicieron, cuando candidateaba en nombre de lo peor del Pentágono a la presidencia de los Estados Unidos, una pasada memorable. Un humorista canadiense, que podría haber pasado por socio del argentino Tinelli, fue hasta Michigan –donde Bush pastaba en plena campaña junto a Cheney- y, a boca de jarro, le hizo la más perversa de las preguntas.
Le preguntó qué opinaba respecto del “apoyo expresado a su candidatura nada menos que por el primer ministro canadiense Jean Poutine”.
El primer ministro canadiense, en aquel año 2000, se llamaba Jean Chrétien (no Poutine) y era un liberal nacido en Quebec que, además, se había hecho famoso por una carrera política construida sobre la base de una tremenda desventaja: de niño había sufrido una enfermedad que le paralizó para siempre el lado izquierdo de la cara, hándicap que Chrétien había sublimado con este slogan: “Un político que sólo puede tener una cara”.
En fin, lo que quiero decir es que Chrétien era una figura mundialmente relevante.
Preguntado Bush sobre el supuesto apoyo de “Jean Poutine”, el citado solípedo contestó textualmente lo siguiente (está en los registros de la época):
“Aprecio esa vigorosa declaración. Él (Poutine) comprende que yo creo en el libre comercio”.
Hasta allí todo era espantoso, pero Bush tenía el propósito no sólo de derrapar sino de estrellarse y morir en el ridículo. Porque después de la respuesta que hemos citado, el aspirante al cargo más poderoso del mundo, cargo que llegaría a través del fraude de La Florida y la idiotez de los demócratas, añadió:
“Él (o sea de nuevo el inexistente e inverosímil “Jean Poutine”) entiende que deseo asegurarme de que nuestras relaciones con nuestro vecino norteño más importante, los canadienses, sean fuertes y trabajaremos en estrecha unión”.
Dios mío, más bestia no se podía ser.
El que entonces era, para vergüenza de los descendientes de El Álamo, gobernador de Texas, no sólo creía que un primer ministro de Canadá podía inclinarse por un candidato a la presidencia de los Estados Unidos –jamás Canadá se ha metido en asuntos tan delicados- sino que encima llamó a Canadá “el vecino norteño más importante”, cuando, como todos sabemos, se trata del único vecino que tiene Estados Unidos en su frontera norte.
A no ser que el herrado cuadrúpedo, ensillado y dopado por las corporaciones, haya pensado que Alaska es una república sobreviviente de la guerra fría (más bien helada) o que el Océano Glacial Ártico es la monarquía de “Iceman”.
Por si acaso, lo que estoy recordando en este febrero del 2010 sucedió hace diez años y fue obra maestra de Rick Mercer, periodista, productor y humorista de la televisión canadiense.
Y el jumento patriótico que respondió dándole las gracias a “Jean Poutine” era el mismo que hacía poco tiempo no había podido identificar a algunos dirigentes mundiales y el mismo cuyos gentilicios fueron el chiste recurrente de la prensa humorística norteamericana.
Como se recordará, Bush decía que los griegos eran “grecianos”, los kosovares “kosovianos” y estaba convencido –así quedó acreditado también en una conferencia de prensa- de que Eslovaquia era lo mismo que Eslovenia.
Dios mío. Y este héroe de Animal Planet tuvo en sus manos, durante ocho años, el maletín nuclear del que dependía que la Tierra siguiera existiendo.
Y cuando invadió Afganistán, quemó Irak y avaló todo lo del fascismo israelí en Palestina, supimos que era mucho más “kosoviano” que “greciano”.
En fin, que la ignorancia resulta casi siempre de naturaleza criminal.

viernes, 5 de febrero de 2010

Bayly y la corrupción

Jaime Bayly ha llegado a tener seis puntos de intención de voto en Lima.
Su “nicho”, su público, su respaldo light –y quizá mudable- está entre los jóvenes de 18 a 30 años de los niveles sociales A y B.
No parece ser esta encuesta de la Universidad Católica motivo suficiente para que el baylismo limeño haga la fiesta que está haciendo.
Pasar del 6 por ciento capitalino y acomodado a ganar una elección nacional se presenta como una larga marcha. Pero lo que es indiscutible es que Bayly ha obtenido, en un mes de provocaciones ingeniosas, lo que a otros les cuesta años y lo que otros pierden en unos pocos meses.
La fragua de Bayly, políticamente hablando, es su bien ganado narcisismo. Es un escritor torrencial y muchas veces talentoso, un comediante triunfal, un comunicador nato, un neurótico indiscreto y perverso que es capaz de anunciar pesares ficticios y hablar como un notario helado de su propia, inminente y fantasiosa muerte.
Bayly ha llegado a amarse tanto que si pudiera desdoblarse del todo se casaría consigo mismo.
Es también socialmente inimputable y ha logrado, gracias a su simpatía, que se le perdone todo. Las barbaridades que ha escrito, su admisión pública de que “no tiene puta idea de para qué quiere ser presidente”, su prochilenismo fervoroso que lo empuja a plantear la virtual desaparición de las Fuerzas Armadas peruanas, sus oscuras escaramuzas con aquel amante argentino llamado Martín, su degradante persecución en contra de Diego Bertie –supuesta y ocasional pareja precoz del ahora candidato-, toda esa montaña de desatinos habría sepultado las ambiciones de cualquier mortal común y corriente.
Pero Bayly parece tocado por un dios pagano que lo aurolea de teflón y agüita santa, un ángel de la guarda que no lo desampara ni de noche ni de día (sobre todo de noche).
Pero si las locas ambiciones –locas pero legítimas- de este ego omnívoro explican parte de su candidatura, lo cierto, lo dolorosamente cierto, es que Bayly no estaría en la lid electoral si la clase política peruana hubiese hecho una mínima parte de sus tareas.
Es la ruina de la política peruana y el desastre de la educación aquello que explica, en el fondo, el fenómeno Bayly.
Si los partidos son siglas, vientres putos de alquiler, aglomeraciones sin ideas claras, o maquinarias enormes donde las elecciones internas se manipulan y envilecen –tal es el caso del Apra-, ¿qué pueden pensar los desafectos más jóvenes? Pues que un revulsivo esperpéntico nos puede caer bien. Bayly es un astuto fruto del desánimo de muchísimos jóvenes, de su asco por la política, de su rechazo a la farsa. Que quienes rechazan la farsa apuesten por Bayly parece una ironía autoinfligida. Y que su nicho electoral esté en las clases altas da una idea de que, en materia de valores, el desastre educacional del Perú va de la cima a la sima.
Si gente como García, Kouri, Castañeda -y muchos otros más- demuestran a diario que en el Perú la ética está demás y que valores como la honradez, el cumplimiento de la palabra empeñada, la prolijidad en el manejo del dinero público, han dejado de existir, ¿con qué vigas sostenemos la ilusión de país y de nación y de propósitos comunes?
Esto es una escombrera. De este Haití ético que es el Perú de hoy, puede salir cualquier ocurrencia, la más tesonera extravagancia, el capricho más ridículo.
Pero la escombrera también tiene una causa. Y esa causa es lo que podríamos llamar la actual hegemonía de la corrupción.
La corrupción es vieja en el Perú. Pero quien mejor la organizó, quien la convirtió en institución intersectorial y en manual de magisterio fue Alberto Fujimori.
Y en muchos aspectos, el fujimorismo, como clima y nube tóxica, sigue siendo protagónico.
El primer síntoma de esa supervivencia es que en el Perú actual ha crecido aún más la legión de ciudadanos que piensan que el robo es inevitable y que la coima tiene mucho de natural.
Esto no es anomia. La anomia es la prescindencia distante de leyes y de normas sociales.
Lo que pasa en el Perú actual es mucho más profundo y escabroso. Aquí se aprecia, se estima, se alienta la corrupción.
Un corrupto exitoso en el Perú –y sobre todo en Lima, el epicentro de este cáncer- es alguien a quien muchos admiran. Mezcla de machismo, ignorancia, arribismo y propensión a tomar todos los atajos que se presenten, esta cultura de la corrupción, esta autorización tácita para que los encumbrados violen la ley o se hagan de fortunas vertiginosas, ha logrado arrinconar a la virtud y encumbrar a la fechoría llamándola “pragmatismo” y aun normalidad o destino.
Es cierto que en Chile o en Ecuador –o en Colombia y Brasil, para no hablar de los Estados Unidos- la corrupción asoma su pezuña de vez en cuando.
Pero, por lo general, cuando un escándalo de este tipo estalla en esos países hay un cierto revuelo, una sanción social, una intervención muchas veces enérgica de jueces y fiscales.
En pocos países la corrupción se premia o se celebra. Mi país, tocado por una infección de la que ya hablaba hace un siglo González Prada, ha desmantelado, gracias a García, el sistema que permitió encarcelar a algunos malandrines.
Es cierto que hubo un paréntesis de luz en todo este proceso. Y ese tramo soleado tuvo un nombre: Valentín Paniagua.
Pero recordemos qué pasó después. Después llegaron Toledo y PPK a “restaurar el orden”. Entonces supimos que había una delgada línea roja que unía al hotel “Melody” con la fuga de Schutz, a Maiman con el lobismo aventajado de los amigotes de Toledo.
El fujimorismo había vuelto. Pero este era más letal.
Porque a Fujimori lo enfrentamos quienes estamos convencidos de que la democracia es irremplazable. Y entonces fue la batalla entre el despotismo sin ilustración de Fujimori y los valores de la democracia.
Con Toledo, para nuestra desgracia, se desacreditó la democracia. El mecanismo de regeneración del Perú se atascó en los negocios de las licitaciones y las concesiones. La transición se volvió intransitiva y murió con Paniagua.
No necesito abundar en detalles respecto de lo que ha significado el retorno de García.
Ese retorno ha sido la confirmación plena de que en el Perú la tendencia mayoritaria es considerar el bandidaje político como un asunto menor.
No digo que el señor Humala hubiese hecho un buen gobierno –en realidad, con la maleza que arrastró al parlamento habría hecho un gobierno espantoso y anarquizante-. Lo que digo es que tuvimos la oportunidad de elegir a Lourdes Flores, una mujer de centro y hasta ese momento sin tacha alguna, y la desperdiciamos. Optamos por “el mal menor”.
El costo de esa opción ha sido enorme. Nunca sabremos cabalmente de qué tamaño es el actual saqueo del presupuesto nacional y de qué modo la podredumbre ha cundido, de arriba a abajo, desde la cabeza malograda a la circulación periférica, en los ministerios, los municipios, los gobiernos regionales, las instituciones.
Un problema mayor es que la corrupción que padecemos es incompatible con el capitalismo y el mercado. La corrupción no sólo roba sino que desalienta a la honestidad y destruye la meritocracia.
Si para ganar una licitación es mejor ser amigo que ser mejor y si algunas decisiones sobre gasto e inversión pasan por ciertas covachas del compadrismo porteño, ¿de qué liberalismo hablamos?
El capitalismo creador que cambió al mundo no se hizo con lodo sino con trabajo y con valores.
Un maremoto mundial lo ha cambiado casi todo. Lo que hacía Henry Ford ahora lo hacen gansters de la banca.
Pero volviendo a lo nuestro: si el Apra es ese padre que devora a sus hijos, si la oposición es ese silencio, si la prensa del entretenimiento ha derrotado a la prensa seria, si los partidos deambulan en busca de un líder perdido, entonces nadie debería sorprenderse ante lo que está sucediendo: Bayly propone terminar de vender el país y, al mismo tiempo, plantea una revolución. Esa revolución, sin embargo, se detiene en el matrimonio gay, o en el concordato con Roma. Quietismo en lo económico –para que acabemos de cerrar lo poco de industria que nos queda- y audacias de segunda para el cojudeo. Buena fórmula. Malos tiempos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Un tacho de basura

Uyuyuy. Lo que “Perú 21” ha publicado ayer en relación al robo de 21 millones de soles perpetrado en el municipio de Castañeda Lossio, tiene ribetes surrealistas.
Como se sabe, fue el diario audaz del grupo “El Comercio” el que descubrió hace semanas un hecho que comentamos en esta columna y que tenía que ver con un arreglo al que llegó la gente de Castañeda y la de “Relima”, la empresa encargada de recoger la basura de las calles.
Resulta que el municipio de este mudo tenaz –habrá un día que cante en sol mayor- le debía a “Relima” 36 millones de soles por servicios de limpieza no pagados.
La gentita de Castañeda, entonces, a nombre de Castañeda desde luego, en su representación por supuesto, le dijo a Relima: “te pago tus 36 millones de soles, pero en diez años”. Eso fue en diciembre del 2005.
Relima, que es una empresa con fama de peleona, aceptó, atracó, se agachó.
Los que supieron del tema, los poquísimos que supieron del tema, se preguntaron:
-¿Por qué Relima acepta el maltrato de ver una deuda pateada a diez años siendo que el Perú está próspero, Lima construye como loca y la deuda estaba reconocida como legal y válida por las autoridades ediles?
La respuesta llegó a los poquitos días, a los cinco días para ser precisos. Porque a los cinco días de decir “sí, acepto que me patees la deuda”, “Relima” cogió los papeles de la acreencia y le vendió la deuda total a una empresita fantasmagórica, menos que ínfima, pendencieramente nueva, llamada “Comunicore”.
¿Y en cuánto le vendió “Relima” a “Comunicore” la deuda de 36 millones de soles? En catorce millones y seiscientos mil soles. ¿Barato, verdad?
La venta estipulaba que “Relima” recibía sus catorce millones con seiscientos mil soles y que “Comunicore” se ponía a pelear con el municipio de Castañeda para ver si así obtenía plazos menores y cuotas más altas. Eso prometía ser una gran batalla.
Pero “Comunicore” no necesitó batallar con el municipio de Castañeda. No necesitó abogados ni procesos ni esperas.
A las dos semanas de haber comprado la deuda de “Relima”, los muy anónimos ejecutivos de “Comunicore” lograron una hazaña: ¡que el municipio de Castañeda les pagara la deuda total de un porrazo! Algo por lo que “Relima” había luchado por un largo tiempo.
De modo que Castañeda Lossio y su gentita giraron un cheque por 35 millones y 900 mil soles en favor de los rápidos y eficacísimos talentos de “Comunicore”.
Es decir que “Comunicore” se ganó, con la rapidez metafóricamente comparable a la de un escapero, con la astucia y firmeza de un cogotero de altas cualidades (perdonen la licencia literaria), “Comunicore”, digo”, se embolsicó 21 millones de soles y un buen sencillo de un solo zarpazo.
Parecía una sucia trama del cine silente, con el redundante mudo haciendo de Fairbanks y ninguna Perla White (pero sí muchas perlas) en el elenco.
Lo que ayer ha salido en “Perú 21”, sin embargo, potencia esta historia a la altura de “Cara cortada”, a los mejores guiones del cine negro.
El periodista Daniel Yovera ha descubierto que la tremendamente exitosa “Comunicore” decidió, después de recibir los 36 millones castañediles, cerrar.
¿Qué? ¿“Comunicore” decidió cerrar después de ese exitaso que la volvió millonaria con un solo cheque?
No sólo cerró. El directorio del éxito, el que había logrado que Castañeda pagara lo que siempre se había negado a pagar, se disolvió tres meses después de su hazaña. Y no sólo eso: el dinero obtenido fue enviado al extranjero (¿quizá porque afuera es más fácil reenviar y repartir en cuentas “off-choro”?).
Yovera ha llegado a revelar que los directores que, en marzo del 2006, reemplazaron a los originales en “Comunicore” fueron:
a)un cerrajero con estudios primarios y vecino de Comas, llamado Teodardo Rojas Aróstegui;
b)una señora iletrada que vive en una de las zonas más pobres de Comas y tiene el nombre de Margarita Esteban Aróstica (nombrada gerente general de “Comunicore”);
c)un vendedor ambulante, también domiciliado en Comas, llamado Joel García, el que fue nombrado “presidente del directorio” de “Comunicore”.
Pero hay más en este festín de carcelerías futuras: estos tres personajes –el honesto cerrajero, la venerable ama de casa sin estudios, el pundonoroso vendedor ambulante- se fueron un día a una notaría de La Oroya –sí, de La Oroya- y borraron el nombre de la empresa.
Por eso es que en mayo del 2006 “Comunicore” dejó de existir y fue reemplazada por “Esaróstica Contratistas Generales” (“Esaróstica” es una obvia variante de Aróstica, el nombre de la inverosímil gerente, vecina de Comas, que ahora no da la cara).
La empresa hasta cambió de domicilio.
¿Y qué domicilio dio esta esdrújula e inexplicable “Esaróstica Contratistas Generales”?
Pues en esa notaría de La Oroya dio una dirección que es la misma en la que hoy despacha –nos cuenta Yovera- el señor Miguel Garro Barrera, que fuera gerente financiero de “Relima” en la época del trato con Castañeda.
¿Y los concejales humalistas, qué dicen?
¿Y los concejales apristas, dónde están?
¿Alguien ha visto a ese simulacro de contralor que nos clavó García?
¿Y los medios, en general, cómo pueden callar cosas como estas?
Castañeda quiere ser presidente de la República.
Si Castañeda llega a la presidencia, el más feliz será Alan García. Porque Castañeda es la garantía de que a García no lo investigarán, con lo que habrá llegado a la marca mundial de obtener una segunda impunidad.
Mientras esa trama se mueve, Kouri, el hermanito de Beto, el que le pidió a Montesinos que favoreciera a un pariente cercano acusado por narcotráfico, desea llegar a la alcaldía de Lima.
Si Kouri llega a la alcaldía de Lima, el más feliz será Luis Castañeda Lossio. Porque la llegada de Kouri –el artista de Convial, el mago de la remodelación de la avenida Gambetta, el horrísono contertulio de Montesinos en el SIN- garantiza que Castañeda no será investigado desde el municipio que la banda del SAT ha deshonrado.
Kouri protegiendo a Castañeda. Castañeda protegiendo a García. Esa es la jugada.
Mientras tanto, distraigamos –dicen estos forajas- al público con Jaime Bayly, que lo único que no ha dicho es que fue un fujimorista eficaz y medroso (y hay pruebas escritas al respecto).
Distraigamos a la gente –dicen los forajas.
“No vaya a ser –añaden- que la gente se empiece a fijar en “Relima” y en los cubos de basura. Porque la basura, por lo general, apesta.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Recuerdos del 2011

La situación actual del Perú resulta inexplicable si no se entiende algo de lo que significó Fernando Belaunde Terry, el fundador de lo que podríamos llamar la era moderna de nuestra política.
Gran personaje, con más sombras que luces en el balance, Belaunde siempre entendió el poder como un servicio público sostenido por su intachable ejemplo personal –y en eso se equivocó: solía rodearse de angurrientos aprovechadores que sólo él no detectaba-; y la administración como algo que podían hacer “los técnicos” –y en eso se equivocó más aún: sin resolver el asunto de las metas –y eso es rol del líder- los técnicos no sirven para casi nada.
Parecía tan distante de las miserias humanas y tan limpio respecto de los escándalos que sus colaboradores se empeñaban en protagonizar, que Belaunde daba la impresión de ejercer un reinado, entre fantástico y bien intencionado, y de pertenecer a una estirpe de caballeros sólo interesados en dar batallas, mucho más que en ganarlas.
Podría decirse, abusando del idioma, que Fernando Belaunde Terry fundó la casa Borbón -filial de Lima- y reinó hasta donde pudo en dos periodos que dejaron al país tan destrozado como cualquier 1898 peninsular. Hasta en eso fue fiel a su linaje y a esa hispanofilia de la que alguna vez me habló, con elocuente admiración, Luis María Ansón, el que fuera director del ABC de Madrid.
Aristócrata del espíritu, aunque honrado como pocos y austero hasta el fin de sus días, Belaunde, que era conservador pero no pertenecía a La Caverna, encabezó, con muchos jóvenes al frente, una revolución mestiza que en 1956 lo llevó a las carátulas de “Caretas” –famosa es su foto blandiendo el índice derecho ante un oficial de la policía- y en 1963, previo arreglo de dudoso gusto con los milicos que habían vetado a Haya de la Torre, al peldaño más alto del poder. Del poder formal, se entiende. Porque el poder real jamás lo perdieron los muchachos y muchachas que salían, jugando polo o asistiendo a alguna recepción, en el mundo del papel cuché.
Llegó don Fernando a ese remedo de palacio limeño el 28 de Julio de 1963 y sus enemigos tejieron, de inmediato, diversas historias, a cada cual más improbable y la una más maligna aún que la otra.
Decían sus enemigos que a don Fernando le dio un patatús al ver esa imitación disminuida de patio sevillano.
¿Eso era el patio sevillano? –dicen que dijo.
¿Ese el escudo original de Lima? –dicen que preguntó.
¿Y esos muebles con olor a nuevo eran el mobiliario de su despacho? –dicen que se preocupó.
¿Y por qué no estaba algún Primo de Rivera para ser nombrado ministro de la gobernación? –dicen que deliró.
¿Y Sagasta, qué habían hecho con él? –dicen que dijo al borde del enfado.
¿Y ese negro del retrato, era Ricardo Palma? –dicen los calumniadores que preguntó.
¿Y no había angulas sino cebiche? –dicen que preguntó.
Sus adversarios, que no eran pocos y que venían del Apra, convertida en sicariato parlamentario de la derecha, y de La Caverna, donde el benavidismo de siempre y el odriismo de 1962 se habían vuelto a juntar, dicen que sólo don Manuel Ulloa, que tenía la pinta de un califa de Córdoba, pudo convencer a Belaunde de que no podía anexar el Perú a España, aunque, añaden, jamás pudo impedir que don Fernando llamara Retiro al Parque de la Reserva, Cibeles al óvalo de Miraflores y Almudena al cementerio del Ángel.
Lo cierto es que cuando Belaunde dio su primera Cédula Real sobre “La naturaleza de las llamadas encomiendas”, que es una manera festiva y novelesca de nombrar aquello que algunos jóvenes que le servían llamaron reforma agraria (o algo así de pomposo), dicen que creyó estar dando la Ley de Amortizaciones más importante de la historia peruana, considerando al virreinato en esa historia, por supuesto.
Y dicen que cuando Hugo Blanco apareció, barbudo y sin cinturón, en la ciudad del Cusco, este acaecido monarca de nombre Fernando (el Belaunde), visigodo de pensamiento, intentó convencer al rey de Francia, o sea a De Gaulle, para que le enviara sus mejores carromatos de batalla, sus más potentes catapultas y lo mejor de su infantería de lanceros. Estaba convencido de que Blanco era, en realidad, un bárbaro germánico que quería acabar con la civilización tal como la concibió Felipe el Hermoso.
Y para Belaunde la civilización también era hablar imitando a Castelar, beber vino del Duero, besarse en francés, despedirse en torpe inglés, echarle lacre a los sobres oficiales y honrar al Cid, señor eterno de la gloria errante.
Lo rotundo es que en 1968, cuando Belaunde fue sacado en pijama de Palacio, el Perú era una caricatura de país. Y “El Comercio” de don Luis Miró Quesada –no lo olvidemos- se pronunció a favor del golpe nasserista de los militares.
Cuando Belaunde, muchos años después, llegó de nuevo al poder ya era otro el Perú y él mismo había dejado atrás algunas de sus melancolías más ibéricas.
Pero siguió pensando que la palabra debía de ser ampulosa y que no había mejor manera de combatir al enemigo que negándolo.
Por eso no le hizo caso a Sendero, hasta que un día las bombas le reventaron en la puerta de su casa partidaria –en pleno Paseo Colón- y fue entonces que se dignó a nombrar a un pacificador plenipotenciario, a un La Gasca que impusiera el orden entre “hermanos enfrentados”, que es como llamaba a las encarnizadas tribus en batalla.
El problema es que para el cargo nombró al general Clemente Noel Moral, un hombre formado en Chorrillos, deformado en la Escuela de las Américas y convencido de que Videla era una fuente de inspiración.
De modo que este general hizo todo lo que estuvo a su alcance para que los lugareños odiaran al ejército, dudaran ante Sendero, desconocieran al Estado y, paulatinamente, se plegaran a la guerrilla polpotiana inventada por ese señor que se decía kantiano (o sea Guzmán).
Cuando Noel Moral dejó el cargo, después de varios miles de muertos que incluían a los mártires de Uchurajay, Sendero había dejado de ser una columna de forajidos montañosos y se había convertido en un movimiento de masas que llegaría a poner en jaque al Perú.
Tan mal lo hizo el segundo Belaunde –aquel que el exilio había plebeyizado casi a la fuerza- que, al final de su periodo, el país, masoquista por lo general, había construido la figura y la fama de Alan García, que llegó a escena para robarse el show y al poder para robarse todo lo que pudo.
De modo que casi podríamos cantar, en homenaje a Belaunde, aquello de que están clavadas dos cruces en el monte del olvido. Una cruz fue la crisis de 1967 y la devaluación devastadora, mezclada con la corrupción, que convocó a los militares de izquierda a hacerse con el poder y a ensayar una fórmula que aterrorizó a las derechas reunidas del Perú y terminó fracasando políticamente y alentando todas las restauraciones posteriores.
La segunda cruz fue la del apocalipsis peruano de 1985 a 1990, cuando el país, en llamas, vio al Apra del Enci y de los Epsa, de León y Cornejo, de García y su círculo, asaltar las bóvedas del erario, perder la guerra con Sendero y desatar una inflación de estirpe húngara que a los pobres condujo a la miseria extrema y a los míseros al puro y duro hambre.
De ese barro aprista, corrompido y acompadrado, fue moldeada la figura de Alberto Fujimori, auténtico invento de Alan García cuando vio que las otras candidaturas no prendían, que Vargas Llosa podía llegar al poder y que él corría el riesgo de terminar en la cárcel (como debió de ocurrir).
Hay que recordar estas cosas ahora que algunos proponen que la política peruana se recupere con un baño de frivolidad atorrante. O, como en el caso de Kouri o Castañeda, ensaye la opción de la más absoluta falta de valores.
Que un país que sufrió, hace menos de dos décadas, decenas de miles de muertos y una guerra civil virtual que casi lo aniquila, que un país así, digo, invente opciones electorales estúpidas o sin ética es algo que sólo la psiquiatría social puede explicarnos.

martes, 2 de febrero de 2010

Viendo la tele

Hago de sapo, de buscador, de viajero inmóvil y me pongo a ver la tele del domingo por la noche.
Qué cosas. Primero está “Cuarto Poder”, dominado por los romos, con su gerente boliviano y sus estrellas traídas del alto Perú de Eisha.
La verdad es que el reportaje sobre César Gutiérrez, aspirante a sinvergüenza, y la tal Lily Lemaster, con MBA en la materia, aportó chismografía y poco más. Nada sustancial ni de fondo.
Y eso de obtener primicias de empleados de la embajada estadounidense –con horas extras en la de Israel de puro amor por la redundancia- como que ya fatiga. Eso de tener al juez Barreto o a la fiscal Zutanita como reporteros ciudadanos parece un poco holgazán.
Después está el tono del señor Tola, que tiene la energía de la horchata y el énfasis comunicador de un físico cuántico que acaba de perder el premio Nobel. ¿Por qué no le pondrán ají en el teleprónter, vitaminas en la copiandanga, un spray de limón en la nariz?
Nadie discute que “Cuarto Poder” es lo más visible de la tele, pero el problema profesional que padece, de manera notoria, es que nadie califica los temas, analiza su importancia o corrige los textos.
Un ejemplo espantoso de esos textos salvajes que a nadie preocupan y que cabalgan como ganado indio por la planicie es el señor Thorndike, alguien que alguna vez se insinuó como un reportero importante pero que ahora es un “Norky’s” hablado y con eructos.
Su texto sobre Paracas, el domingo pasado, llegará a ser citado por los profesores de la de Lima como ejemplo de lo que jamás debe hacerse.
Cegado por una labia casi narcótica, llama “prístinas” a las aguas de Paracas, “graciosos” a sus pingüinos, y “cautelosos” a sus lobos marinos (y cómo no van a ser cautelosos con los animales erguidos que por allí merodean).
Para esta hechura de la antiescuela de “Cuarto Poder”, las conchas de abanico, por supuesto, “brillan imponentes” y, por supuesto también, potencian la función sexual (con comentario personal incluido). Y para terminar se lanza desde el sétimo piso del asilo retórico donde yace: “Nos vamos (de Paracas) con el atardecer en el alma reposada”. ¿Con el atardecer en el alma reposada? ¿No será con el alma “atardecida”?
¿Y el doctor Guillotin? En “Cuarto Poder” no hay corrector. Es un semanario televisivo liberal y sin censuras.
Antes de Thorndike me he pasado un rato al canal del hombre que, nacido en Tel Aviv, recaudó en Lima 20 millones de soles por sufrir por nuestra libertad y he visto a Lúcar haciéndole gracias y vendiendo indulgencias a César Gutiérrez y a su distante y huidiza mujer.
La verdad es que antes Lúcar daba repeluz. Ahora da risa. Claro, al exculpar, a priori y de modo tajante, a Gutiérrez y a su dama de compañía, está cundiendo el mensaje que los Crousillat, sus amos perpetuos, quieren que cunda: nadie es corrupto, nadie merece críticas, nadie está bajo sospecha (a no ser que te llames Mauricio ni sé cuántos y hagas pizzas feas y seas un bufón involuntario; o que seas un medicucho del Sabogal, aunque jamás debes meterte con el hombre de la plata, el jefazo de Essalud, el que lobistea aquel humorista en planilla).
Paralizado, he seguido en el 2 y he visto un festín doméstico de veras perturbador.
He visto a José Barba diciendo que piensa en serio en Bayly como presidente de la República. Yo hasta ahora había tocado el tema Bayly con el buen humor que podría merecer, pero creo que es hora de decir algunas cosas.
Barba es un hombre inteligente, un amante del tabaco cubano, un bon vivant de éxito, un congresista que se hartó y un embajador que pudo hastiar con sus humos y su locuacidad. Pero hasta ahora toda la trayectoria de Barba pertenecía a la primera división de la política. ¿Qué hace en el potrero de la nada?
Si su problema es no perder vigencia y aliar su sigla inscrita en la ONPE con alguna fuerza que lo devuelva a la notoriedad –para no envejecer en el anonimato y no escarbar álbumes amarillentos como consuelo- ¿qué hace con un Bayly que ayer escribió en su columna de “Perú 21” esta frase que es toda una doctrina moral y un programa de gobierno?:
“Quiero ser presidente –escribe Bayly- y sueño con ser presidente y trabajaré como un poseso para intentar ser presidente y lo más curioso es que no tengo la más puta idea de por qué carajo quiero ser presidente, sólo siento que es algo que está en mi destino envenenado y que en esta hora decisiva no debo ser un cobarde y esquivar la cita con el destino malhadado...”
Un asunto de estilo: ¿el destino es envenenado y malhadado en un solo y breve párrafo? Aparte de cacofónico, ¿qué quiere decir? ¿A qué parte del destino pertenece Barba en la vida de Bayly: al veneno o a esa negra fatalidad que parece siempre llamarlo? ¿Alguien dijo cantos de sirena?
No sé si Bayly requiere de un lavado gástrico o de un suicidio. Lo que sí sé es que Barba va rumbo a ambas metas si sigue con esas juntas.
Una pregunta a Barba: José, ¿la política arruinó tanto tus expectativas que debes llamar a estas proclamas (“no tengo puta idea de por qué quiero ser presidente”) “debate de ideas”, “aporte al diálogo”, “luz para la democracia”? ¿Tanto daño te hizo el Apra, José, como para que tuvieras la autoestima en el subsuelo J de un retail panameño?
¿Por qué diablos no te presentas de una vez, con tus bártulos y tus ideas –que sí valen la pena- en vez de estar haciendo de padrino de alguien que llama “cabrones de mala entraña” a su papá, a sus hermanos y a su tío Bobby, a quien acusa, además de cabrón de mala entraña, de amarrete y maricón? ¿Ha imaginado Barba a qué mundo acaba de entrar con el estrépito de la farándula y la ceguera de aquellos a quienes los dioses quieren perder?
Bueno, pero si Barba es cierta decencia confundida luego aparece Ghersi. Y a este sí no le creo ni los monosílabos ni la corbata ni la presuntísima existencia de su alma.
De modo que me paso al 5, donde Cayetana Aljovín hace enormes y triunfales esfuerzos por no existir. Periodismo suizo de hibernación a la espera de que alguna maña sentenciosa y judicial saque a Schutz de las alcantarillas desde donde da órdenes, órdenes subterráneas y con eco y con ruido de chapoteo de pies en aguas inmencionables.
De modo que allí acaba mi fugaz paseo por la tele. Está tan buena la tele que la lectoría de periódicos debería haber crecido quinientos por ciento. ¿No lo ha hecho? ¡Qué tal problema! ¿O es que la tele y la gran prensa y la gran radio (y la gramputa, para citar a Ortiz) son la misma gran cosa?