El doctor Alan García ha dicho que “las ratas, los ratones, los detritus y los excrementos de la corrupción hay que echarlos del gobierno...”
De esta manera, el doctor García ha reconocido que en su gobierno podría haber ratas, ratones, detritus y excrementos que deberían ser expulsados. Se trata, quizá, de un gesto de confusa, subconsciente y políticamente suicida “sinceridad”. Eso se llama también dispararse en el zapato.
Ha sostenido el doctor García, en ese mismo sermón alucinado y dominical, que “no le retira el adjetivo de rata a Rómulo León” y que, más bien, lo confirma. Esta parece ser una orden tácita al doctor Javier Villa Stein, el presidente del Poder Judicial.
Como se recuerda, Villa Stein fue anecdótico testigo de la embestida del doctor García a la esposa del abogado Víctor Raúl Sotelo Tamayo, doña Dayana Dal Pont, hermosa mujer que, según la denuncia presentada ante el poder judicial, no sólo fue abordada compulsivamente aquella noche de mayo del 2006 sino que fue solicitada por el doctor García a través del teléfono Nextel 9813-4089, durante las cuatro semanas siguientes. Y fue Villa Stein testigo del comienzo de ese episodio porque fue en la celebración de su cumpleaños de hace dos años que el doctor García decidió probar, sin éxito, su suerte de Juan Tenorio.
También ha dicho el doctor García que espera “que esos corruptos y esas ratas, que están muertas en vida, se mueran de una vez...” Y ha añadido que debieran morirse también “los miserables y los mal nacidos que quieren hacer plata con un gobierno aprista...”
No sé qué mensajes pueda haber en estas frases necesitadas de litio, pero lo que sí sé es lo que sabe el Perú entero:
a)Que el doctor García ejerció la abogacía en décadas pasadas, en casos menores y sólo en muy contadas ocasiones, siendo una de ellas en defensa del acusado por narcotráfico Florencio Félix Tupiño García, señalado como uno de los proveedores de pasta básica de la llamada banda de Perciles Sánchez Paredes, asesinado en los 80, en Trujillo, en un aparente “ajuste de cuentas”. En efecto, el sello del “Estudio Alan García P.” figura en el escrito que Florencio Félix Tupiño García presentó ante el III Juzgado de Instrucción el 15 de mayo de 1979 (fojas 140 y 141 del expediente 363-79 de dicho juzgado).
b)Que a pesar de no haber acatado la maldición bíblica posparadisíaca del pan ganado con el sudor de la frente, el doctor García se ha hecho, a lo largo de una vida de abogado sin ejercicio, de un cuantioso patrimonio mueble e inmueble, patrimonio ajeno en absoluto al nivel de sus ingresos oficiales y sólo explicable si se tienen en cuenta las artes de aquel personaje que fue hijo de Vulcano, vivía en una caverna del Aventino y fue asesinado por Hércules (*).
Patrimonio que suma varios millones de dólares, cuyo inventario inmobiliario pleno nadie conoce y cuyas cuentas bancarias afines y concurrentes, con cuentas cifradas y bajo heterónimos partidarios, algunos están investigando en el extranjero, a pesar de las enormes dificultades del caso.
Menos lúcido que nunca, más secuestrado que nunca por esos demonios que le devoran la cordura, el doctor García, que ya había sugerido bombardear la selva cocalera con ayuda de la Fuerza Aérea, dijo que “si un delincuente roba a una persona no se puede esperar que amenace a la policía: las armas de la ley son para usarlas, de frente hay que disparar y con toda decisión...”
El doctor García, violando la ley e incurriendo en severísima causal de cuestionamiento parlamentario, ha propuesto en público la aplicación de una especie de pena de muerte informal “para los ladrones”.
Y, para redondear la faena, el presidente que obtuvo votos de los cerros para gobernar en provecho casi exclusivo de la derecha, ha hablado de “los pitucos”, ha señalado con un dedo mosaico a “los caviares” y ha sostenido que él “prefiere a los hombres de piel cobriza”. Todo un manjar para Bruce, Peña y Hernández.
Cuando en el año 2004 el doctor Alan García pateó malamente, con semblante homicida, a un caminante que dificultaba el registro de las cámaras de TV, muchos recordaron que en mayo del 2001, en un programa de televisión dirigido por Humberto Ortiz, el psiquiatra Horacio Estabridis, grabado subrepticiamente, reconoció que diagnosticó al ilustre paciente que nos gobierna como víctima de “psicosis maniaco-depresiva”.
Y en esa misma grabación clandestina (que el médico condenaría), el doctor Estabridis añadió la siguiente frase: “Hay que ver los discursos que García se manda. Eso sólo lo puede hacer un maniaco...”
El doctor García estuvo internado, en 1979, en la clínica Virgen del Carmen. Su permanencia en esa institución duró entre cinco y seis semanas y se produjo tras la muerte de Haya de la Torre, hecho que hundió al doctor García en una severa depresión.
La revista “Caretas”, en su edición del 10 de mayo del 2001, confirmó todo esto y consultó con otro especialista que atendió también al doctor García. Cito textualmente un fragmento de la nota “La depresión de Alan”, firmada por Ruth Lozada:
“CARETAS ha recibido otro testimonio de un connotado psiquiatra que se suma a la versión dada por el doctor Horacio Estabridis. Asegura que García estuvo internado en la clínica entre cinco y seis semanas y recibió cura de sueño. El diagnóstico en ese entonces de este especialista, que por razones obvias se mantiene en el anonimato, fue “psicosis esquizoafectiva, en su variante depresión con síntomas paranoides”. (Fin de la cita)
La pregunta inevitable es si los desmanes patológicos del doctor García provienen de su condición psiquiátrica o son parte de un frío plan para instaurar en el Perú la barbarie de la pena de muerte a discreción, la sujeción del poder judicial a las filias y fobias de Palacio y el hábito de que el Presidente de la República se exprese como un carretero bebido.
¿Hasta cuándo la clase política va a tolerar este modo vil de entender el poder?
Si tuviéramos un Congreso mínimamente decente, un poder judicial independiente, una sociedad consciente de fueros y derechos, el doctor García no se expresaría del Congreso como ayer se ha expresado, ni insultaría al poder judicial invadiendo jurisdicciones y oficiando de Fujimori aprista, ni degradaría de ese modo la figura de quien debería ser ejemplo de ecuanimidad, expresión de autodominio y representación de los límites que impone la democracia.
Si a los jueces se les exige evaluaciones psicológicas cuando quieren ascender o aspiran a la ratificación, ¿por qué la Constitución no exige un peritaje psiquiátrico imparcial para quien pretenda llegar a (o reincidir en) la Presidencia?
............................................................
(*)Caco, mitología romana. Figura que representaba el latrocinio. No confundir con Caca, muy antigua divinidad itálica del Fuego.
martes, 9 de diciembre de 2008
domingo, 7 de diciembre de 2008
El caballo y el general
Había una vez un general que era un bravo cuando hablaba en privado, un pobre diablo cuando pedía disculpas en público y un chalán lloroso cuando se despedía.
Todo eso y mucho más era este general. Fue el único al que se le ocurrió que los desfiles marciales podían ser a paso ligero y con bastones de waripolera.
Fue también el único que contaba chistes que no hacían reír y lanzaba amenazas que sí hacían reír y decía, en broma, que buscaba a sus oficiales en las discotecas de ambiente.
Fue el único general que podía jactarse de tener galones de alto octanaje y el que se negó siete veces (siete) a acudir a la cita de la señorita Marlene Berrú, que no era un plan sino la fiscal anticorrupción que investiga cómo hicieron en la Región Sur para desaparacer 80,000 galones de combustible sin dejar ni siquiera una manguera de rastro.
En el ejército era conocido como “el loco” y en el Larco Herrera lo llamaban “el general”.
La verdad es que el personaje era una clara demostración de que en las Fuerzas Armadas peruanas hace tiempo que la calificación y los ascensos no pasan por el despistaje psiquiátrico, la sonda probatoria y la tomografía axial del cráneo.
En su defensa, algunos han dicho que más que loco parecía un lelo con mucho de angelical (a pesar de la inmodestia terrenal que exhibía), pero es comprensible que esa defensa, digna de escuderos desentrenados, haya sido rechazada por el general en cuestión.
El asunto es que el día de su despedida, que él imaginó apoteósica, estuvo precedido por los malos presagios y las entrañas leídas con aire sombrío.
En el cuartel Hoyos Rubio, del Rímac, luego de pronunciados los discursos, corridas las lágrimas y estallados los aplausos, estalló un viejo tanque T-55 que terminó matando a un tanquista.
Y no, no fue el homenaje inmolatorio que el general quizá pudo imaginar: fue la batería recalentada de un armatoste que hacía tiempo no salía de su cobertizo y que sólo salió para desfilar en honor del que se estaba yendo.
Así, en ese estado de precariedad explosiva, están los tanques rusos que garantizan, al contrario de lo que dijo el general, que ningún invasor saldrá en cajón o en bolsa. Si invasores hubiese, todos saldrían, más bien, en estatuto de impunidad. El Perú es el único país que ha decretado un desarme unilateral de cara al vecino más armado de América. ¡Somos Costa Rica por razones de presupuesto!
No hubo hazañas militares en la vida del general. Hubo, eso sí, una hazaña de Records World Guinness: haber producido, a nombre del ejército peruano y en compañía de la universidad Alas Peruanas, esa película titulada “Vidas paralelas”, considerada, junto a “La muerte llega en el segundo show” (guión de Mario Castro Arenas), la peor película peruana (lo que es mucho decir).
Alguien que vio “Vidas paralelas” me comentó que era tan maniquea e inverosímil, tan groseramente institucional y propagandística, que las verdaderas vidas paralelas debían ser las de la directora (Rocío Lladó) y el ciempiés en uniforme que le escribió el guión. Me dijo también que si Ed Wood hubiese visto “Vidas paralelas” habría sentido una devoradora envidia.
La verdad es que este columnista simpatizó con el general cuando su comandante en jefe, o sea el doctor García, se puso la mayordomía a cuestas y llamó a la señora Bachelet para pedirle disculpas por unas palabras sacadas de contexto y dichas en clave de humor negro y patriotismo inercial.
Y seguiría simpatizando con el general si no hubiese visto parte de su caballuna despedida. Ya es mucho escuchar a un general lloriquear. Pero escuchar a un general gimotear, es algo intolerable. Y ver a un general haciendo pucheros, es algo de salir despavorido. Y tener que oír la apología que hizo de sí mismo, es toda una lección. El general demostró tener el ego de un mamut montado sobre la calavera emocional del cuy mágico.
Eso no fue lo peor, sin embargo. Lo peor fue ese desfile duplicado, esa ronda del general montado en un caballo de paso amaneradísimo -porque el caballo de paso es, legítimamente, el gay de los equinos-, ese número de circo que quedará para la historia del ridículo.
Hubo un momento de confusión y relincho y aplausos de caballería en el que era imposible saber si la segunda pasada ante el respetable la había decidido el general que coqueteaba con la posteridad o el coqueto caballo que lo zarandeaba de modo tan profesional.
No era el caballo alado que fue hijo de Medusa y ayudó a liberar a Andrómeda y a matar la Quimera. No era Pegaso. Era una bestia ambigua de amblar torcido llevando a un general ambiguo al que la política espera con los brazos abiertos.
Todo eso y mucho más era este general. Fue el único al que se le ocurrió que los desfiles marciales podían ser a paso ligero y con bastones de waripolera.
Fue también el único que contaba chistes que no hacían reír y lanzaba amenazas que sí hacían reír y decía, en broma, que buscaba a sus oficiales en las discotecas de ambiente.
Fue el único general que podía jactarse de tener galones de alto octanaje y el que se negó siete veces (siete) a acudir a la cita de la señorita Marlene Berrú, que no era un plan sino la fiscal anticorrupción que investiga cómo hicieron en la Región Sur para desaparacer 80,000 galones de combustible sin dejar ni siquiera una manguera de rastro.
En el ejército era conocido como “el loco” y en el Larco Herrera lo llamaban “el general”.
La verdad es que el personaje era una clara demostración de que en las Fuerzas Armadas peruanas hace tiempo que la calificación y los ascensos no pasan por el despistaje psiquiátrico, la sonda probatoria y la tomografía axial del cráneo.
En su defensa, algunos han dicho que más que loco parecía un lelo con mucho de angelical (a pesar de la inmodestia terrenal que exhibía), pero es comprensible que esa defensa, digna de escuderos desentrenados, haya sido rechazada por el general en cuestión.
El asunto es que el día de su despedida, que él imaginó apoteósica, estuvo precedido por los malos presagios y las entrañas leídas con aire sombrío.
En el cuartel Hoyos Rubio, del Rímac, luego de pronunciados los discursos, corridas las lágrimas y estallados los aplausos, estalló un viejo tanque T-55 que terminó matando a un tanquista.
Y no, no fue el homenaje inmolatorio que el general quizá pudo imaginar: fue la batería recalentada de un armatoste que hacía tiempo no salía de su cobertizo y que sólo salió para desfilar en honor del que se estaba yendo.
Así, en ese estado de precariedad explosiva, están los tanques rusos que garantizan, al contrario de lo que dijo el general, que ningún invasor saldrá en cajón o en bolsa. Si invasores hubiese, todos saldrían, más bien, en estatuto de impunidad. El Perú es el único país que ha decretado un desarme unilateral de cara al vecino más armado de América. ¡Somos Costa Rica por razones de presupuesto!
No hubo hazañas militares en la vida del general. Hubo, eso sí, una hazaña de Records World Guinness: haber producido, a nombre del ejército peruano y en compañía de la universidad Alas Peruanas, esa película titulada “Vidas paralelas”, considerada, junto a “La muerte llega en el segundo show” (guión de Mario Castro Arenas), la peor película peruana (lo que es mucho decir).
Alguien que vio “Vidas paralelas” me comentó que era tan maniquea e inverosímil, tan groseramente institucional y propagandística, que las verdaderas vidas paralelas debían ser las de la directora (Rocío Lladó) y el ciempiés en uniforme que le escribió el guión. Me dijo también que si Ed Wood hubiese visto “Vidas paralelas” habría sentido una devoradora envidia.
La verdad es que este columnista simpatizó con el general cuando su comandante en jefe, o sea el doctor García, se puso la mayordomía a cuestas y llamó a la señora Bachelet para pedirle disculpas por unas palabras sacadas de contexto y dichas en clave de humor negro y patriotismo inercial.
Y seguiría simpatizando con el general si no hubiese visto parte de su caballuna despedida. Ya es mucho escuchar a un general lloriquear. Pero escuchar a un general gimotear, es algo intolerable. Y ver a un general haciendo pucheros, es algo de salir despavorido. Y tener que oír la apología que hizo de sí mismo, es toda una lección. El general demostró tener el ego de un mamut montado sobre la calavera emocional del cuy mágico.
Eso no fue lo peor, sin embargo. Lo peor fue ese desfile duplicado, esa ronda del general montado en un caballo de paso amaneradísimo -porque el caballo de paso es, legítimamente, el gay de los equinos-, ese número de circo que quedará para la historia del ridículo.
Hubo un momento de confusión y relincho y aplausos de caballería en el que era imposible saber si la segunda pasada ante el respetable la había decidido el general que coqueteaba con la posteridad o el coqueto caballo que lo zarandeaba de modo tan profesional.
No era el caballo alado que fue hijo de Medusa y ayudó a liberar a Andrómeda y a matar la Quimera. No era Pegaso. Era una bestia ambigua de amblar torcido llevando a un general ambiguo al que la política espera con los brazos abiertos.
sábado, 6 de diciembre de 2008
Un libro dedicado
Me envía Javier Valle Riestra un libro de 741 páginas titulado “Manual de los derechos humanos” (Ediciones Jurídicas, noviembre del 2008) y me lo envía con una dedicatoria fervorosamente inexacta: “A mi genial antipatizante César Hildebrandt”.
Este tocho con pinta de imprescindible, este mamotreto que suena a río, este río que trae piedras caídas de una montaña de conocimientos, le sirve al jurisconsulto Valle Riestra para hacer benévolo abuso de su ingenio dedicatorial.
Sin tomar en cuenta ni remotamente lo de genial, que es un cumplido versallesco, debo desmentir, con energía, lo de antipatizante.
Valle Riestra, al contrario, me simpatiza. Es un barroco de palabra y un duelista que se ha quedado sin contendores. Y a mí los barrocos me caen bien porque el barroquismo, aunque chirríe y a veces linde con la cursilería, siempre demandará cultura, riqueza de léxico, amor por el oxímoron y comercio con otras depravaciones del idioma.
No conozco a ningún barroco que provenga de la vulgaridad. Valle Riestra, como Max Hernández, vienen de la sofisticación, aunque el jurista haya llegado al cinismo filosófico y Max se haya quedado en agonista y dramaturgo de su propia existencia.
Y si los barrocos me caen bien porque los siento cofrades, los duelistas que se han quedado solos –al revés que en el cuento largo de Conrad- me caen todavía mejor. Y eso es lo que ha pasado con Valle Riestra, que es viudo de Congreso y huérfano de memoria parlamentaria.
La verdadera razón por la que Valle Riestra quiere largarse de ese Congreso donde Raffo y Espinoza no son incidentales, es porque no ya no tiene con quién polemizar. Instalada la afasia involuntaria y la grisura con diplomas, lo que reina en el Congreso es el silencio.
Ya no están los que debieran de estar y están, en grandes sumas, los sobreros. De tal modo que Valle Riestra es un espadachín a solas y un polemista sin remedio enfrentado a la propia sombra. Un sobreviviente, en suma, que va al salón de los pasos perdidos y no encuentra a nadie.
Valle Riestra es, fundamentalmente, un solitario que le dio vacaciones a su hurañez dejándose amar por algunas mujeres. Y es, por supuesto, un aprista que se quedó sin Apra, un hayista que no se resigna a Alan, un niño bien que jugó a la revolución siempre y cuando la revolución se quedara en discurso de Haya y en emoción retórica.
Si Washington Delgado quiso construirse un Perú con palabras, Valle Riestra es el arquitecto de la revolución que no se hace (porque eso cuesta sangre y mil probables infamias) pero que se lee y, ante todo, se escucha.
Así huyó Valle Riestra del sonsonete bruto de las derechas. Es más, si la derecha peruana hubiese estado llena de personajes como Riva Agüero, Valle Riestra no se habría movido de ese balcón aristocrático de los González Olaechea. Porque el tribuno no se hizo aprista leyendo la prosa pesada e imperfecta de Haya sino escuchando al líder que inventaba la eternidad con cada párrafo. Valle Riestra, como Haya, corresponden a la fase oral del marxismo latinoamericano.
Dicen que García es un gran orador. Lo dicen los que jamás escucharon a Haya, que no es que hablara sólo bien sino que tenía la prudencia de llenar de sentido las palabras. Haya no era un parlanchín en trance sino un hombre de ideas en un país en el que jamás interesaron las ideas. Su desmoralización final empezó con ese primordial desencuentro.
Valle Riestra tiene la nobleza de la decadencia ilustrada. Es un fin de época, el último ejemplar de una raza de políticos que asaltaron en su niñez las bibliotecas y se hicieron adictos al buen decir, aunque al final no tuvieran a quién decírselo.
Pertenezco a la generación de García y alguna vez fui hasta su amigo. No obstante, hay en la mirada de García un paisaje de dunas muertas, un ruido de borborigmo y un apagón de todas las ilusiones. Valle Riestra, a pesar de sus mil contradicciones, más allá de su condición de rara avis in terris, luce ahora más vivo y más prójimo que ese líder vencido por las circunstancias.
Así que, como se ve, no soy antipatizante de Valle Riestra. Ambos somos duelistas que, para nuestro tormento, nos hemos declarado la paz.
Este tocho con pinta de imprescindible, este mamotreto que suena a río, este río que trae piedras caídas de una montaña de conocimientos, le sirve al jurisconsulto Valle Riestra para hacer benévolo abuso de su ingenio dedicatorial.
Sin tomar en cuenta ni remotamente lo de genial, que es un cumplido versallesco, debo desmentir, con energía, lo de antipatizante.
Valle Riestra, al contrario, me simpatiza. Es un barroco de palabra y un duelista que se ha quedado sin contendores. Y a mí los barrocos me caen bien porque el barroquismo, aunque chirríe y a veces linde con la cursilería, siempre demandará cultura, riqueza de léxico, amor por el oxímoron y comercio con otras depravaciones del idioma.
No conozco a ningún barroco que provenga de la vulgaridad. Valle Riestra, como Max Hernández, vienen de la sofisticación, aunque el jurista haya llegado al cinismo filosófico y Max se haya quedado en agonista y dramaturgo de su propia existencia.
Y si los barrocos me caen bien porque los siento cofrades, los duelistas que se han quedado solos –al revés que en el cuento largo de Conrad- me caen todavía mejor. Y eso es lo que ha pasado con Valle Riestra, que es viudo de Congreso y huérfano de memoria parlamentaria.
La verdadera razón por la que Valle Riestra quiere largarse de ese Congreso donde Raffo y Espinoza no son incidentales, es porque no ya no tiene con quién polemizar. Instalada la afasia involuntaria y la grisura con diplomas, lo que reina en el Congreso es el silencio.
Ya no están los que debieran de estar y están, en grandes sumas, los sobreros. De tal modo que Valle Riestra es un espadachín a solas y un polemista sin remedio enfrentado a la propia sombra. Un sobreviviente, en suma, que va al salón de los pasos perdidos y no encuentra a nadie.
Valle Riestra es, fundamentalmente, un solitario que le dio vacaciones a su hurañez dejándose amar por algunas mujeres. Y es, por supuesto, un aprista que se quedó sin Apra, un hayista que no se resigna a Alan, un niño bien que jugó a la revolución siempre y cuando la revolución se quedara en discurso de Haya y en emoción retórica.
Si Washington Delgado quiso construirse un Perú con palabras, Valle Riestra es el arquitecto de la revolución que no se hace (porque eso cuesta sangre y mil probables infamias) pero que se lee y, ante todo, se escucha.
Así huyó Valle Riestra del sonsonete bruto de las derechas. Es más, si la derecha peruana hubiese estado llena de personajes como Riva Agüero, Valle Riestra no se habría movido de ese balcón aristocrático de los González Olaechea. Porque el tribuno no se hizo aprista leyendo la prosa pesada e imperfecta de Haya sino escuchando al líder que inventaba la eternidad con cada párrafo. Valle Riestra, como Haya, corresponden a la fase oral del marxismo latinoamericano.
Dicen que García es un gran orador. Lo dicen los que jamás escucharon a Haya, que no es que hablara sólo bien sino que tenía la prudencia de llenar de sentido las palabras. Haya no era un parlanchín en trance sino un hombre de ideas en un país en el que jamás interesaron las ideas. Su desmoralización final empezó con ese primordial desencuentro.
Valle Riestra tiene la nobleza de la decadencia ilustrada. Es un fin de época, el último ejemplar de una raza de políticos que asaltaron en su niñez las bibliotecas y se hicieron adictos al buen decir, aunque al final no tuvieran a quién decírselo.
Pertenezco a la generación de García y alguna vez fui hasta su amigo. No obstante, hay en la mirada de García un paisaje de dunas muertas, un ruido de borborigmo y un apagón de todas las ilusiones. Valle Riestra, a pesar de sus mil contradicciones, más allá de su condición de rara avis in terris, luce ahora más vivo y más prójimo que ese líder vencido por las circunstancias.
Así que, como se ve, no soy antipatizante de Valle Riestra. Ambos somos duelistas que, para nuestro tormento, nos hemos declarado la paz.
viernes, 5 de diciembre de 2008
Fujimori está de fiesta
Javier Villa Stein ha llegado a la presidencia de la Suprema. Es, por lo tanto, el flamante jefazo del Poder Judicial. Alberto Fujimori debe de estar más que feliz. Su malevaje congresal brinca de alegría. Montesinos debe de estar guiñándole el ojo a algún secuaz.
Leyendo el blog “Útero de Marita”, recuerdo:
Villa Stein ha opinado que los vladivideos no debieron de ser considerados como pruebas porque fueron obtenidos sin la autorización de un juez.
Villa Stein ha señalado que los hermanos Wolfenson fueron víctimas de una politización de su caso cuando el tribunal anticorrupción respectivo los condenó a la cárcel por haber sido las jetas y el drenaje del SIN fujimontesinista.
Villa Stein también defendió a sujeto tan pringado como Eduardo Calmell del Solar, (a) “Chapulín”, director de “Expreso” cuando ese diario competía con los mayores vertederos de Lima.
Villa Stein ha asesorado a José Villanueva Ruesta, uno de los generales ladrones del fujimorismo.
Villa Stein ha asesorado a Blanca Nélida Colán, la “mami” del ministerio público, cuando ministerio público se escribía con minúsculas por públicas razones.
Villa Stein ha asesorado a Alberto Kouri, el baboso de los quince mil dólares y el camioncito refrigerado con el que iba a repartir pejerreyes y lornas.
Villa Stein es, aunque no venga al caso, orgulloso papá del abogado Ernesto Villa Morán, que trabajó hasta hace poco para el estudio Nakazaki y que actualmente es asesor del congresista fujimorista Rolando Sousa.
Villa Stein es gran amigo de Robinson González, el supremo rabiosamente fujimorista que espera hacerse con el “caso Fujimori” apenas llegue a esa instancia (y por encargo, por supuesto, de Villa Stein).
A esta ayuda-memoria se suma lo que Villa Stein ha declarado ayer en “Caretas”:
-Que los vladivideos siguen siendo pruebas prohibidas.
-Que el dinero encontrado en las cuentas de Montesinos “no prueba necesariamente” que se haya cometido un delito (con lo que Villa Stein pasa de jurisperito fujimorista a potencial secuaz de la banda que secuestró al Perú durante una década).
-Villa Stein sigue insistiendo en que Calmell del Solar fue víctima de “una cacería de brujas”. Lo probaría el hecho de que la justicia de Chile se negó a extraditarlo.
-Sigue diciendo que “hubo mucha beligerancia y mucho encono” en el caso de los hermanos Wolfenson, olvidando las simas de miseria moral que las publicaciones de los hermanos Wolfenson alcanzaron.
Y ahora, siempre según la entrevista concedida a “Caretas”, Villa Stein ha incorporado a su agenda dos ambiciones que coinciden también con las del Apra que gobierna y las del alanismo sin escrúpulos:
-revisar la estructura legal que permite al Consejo Nacional de la Magistratura nombrar y ratificar a los jueces;
-y tumbarse el Tribunal Constitucional, convirtiéndolo en una sala de la Corte Suprema.
De modo que estamos advertidos.
La alianza apro-fujimorista, que ya controlaba la Corte Superior de Lima, acaba de tomar el mando supremo del Poder Judicial.
Y todo esto sucede mientras la atención pública disfruta del espectáculo menor de un sinvergüenza que se ríe de unos congresistas venidos a menos.El Apra tiene vocación de arrasadora neoplasia.
No necesitamos a la oposición.
Necesitamos a un ejército de oncólogos.
Sólo el INEN salvará al Perú.
Leyendo el blog “Útero de Marita”, recuerdo:
Villa Stein ha opinado que los vladivideos no debieron de ser considerados como pruebas porque fueron obtenidos sin la autorización de un juez.
Villa Stein ha señalado que los hermanos Wolfenson fueron víctimas de una politización de su caso cuando el tribunal anticorrupción respectivo los condenó a la cárcel por haber sido las jetas y el drenaje del SIN fujimontesinista.
Villa Stein también defendió a sujeto tan pringado como Eduardo Calmell del Solar, (a) “Chapulín”, director de “Expreso” cuando ese diario competía con los mayores vertederos de Lima.
Villa Stein ha asesorado a José Villanueva Ruesta, uno de los generales ladrones del fujimorismo.
Villa Stein ha asesorado a Blanca Nélida Colán, la “mami” del ministerio público, cuando ministerio público se escribía con minúsculas por públicas razones.
Villa Stein ha asesorado a Alberto Kouri, el baboso de los quince mil dólares y el camioncito refrigerado con el que iba a repartir pejerreyes y lornas.
Villa Stein es, aunque no venga al caso, orgulloso papá del abogado Ernesto Villa Morán, que trabajó hasta hace poco para el estudio Nakazaki y que actualmente es asesor del congresista fujimorista Rolando Sousa.
Villa Stein es gran amigo de Robinson González, el supremo rabiosamente fujimorista que espera hacerse con el “caso Fujimori” apenas llegue a esa instancia (y por encargo, por supuesto, de Villa Stein).
A esta ayuda-memoria se suma lo que Villa Stein ha declarado ayer en “Caretas”:
-Que los vladivideos siguen siendo pruebas prohibidas.
-Que el dinero encontrado en las cuentas de Montesinos “no prueba necesariamente” que se haya cometido un delito (con lo que Villa Stein pasa de jurisperito fujimorista a potencial secuaz de la banda que secuestró al Perú durante una década).
-Villa Stein sigue insistiendo en que Calmell del Solar fue víctima de “una cacería de brujas”. Lo probaría el hecho de que la justicia de Chile se negó a extraditarlo.
-Sigue diciendo que “hubo mucha beligerancia y mucho encono” en el caso de los hermanos Wolfenson, olvidando las simas de miseria moral que las publicaciones de los hermanos Wolfenson alcanzaron.
Y ahora, siempre según la entrevista concedida a “Caretas”, Villa Stein ha incorporado a su agenda dos ambiciones que coinciden también con las del Apra que gobierna y las del alanismo sin escrúpulos:
-revisar la estructura legal que permite al Consejo Nacional de la Magistratura nombrar y ratificar a los jueces;
-y tumbarse el Tribunal Constitucional, convirtiéndolo en una sala de la Corte Suprema.
De modo que estamos advertidos.
La alianza apro-fujimorista, que ya controlaba la Corte Superior de Lima, acaba de tomar el mando supremo del Poder Judicial.
Y todo esto sucede mientras la atención pública disfruta del espectáculo menor de un sinvergüenza que se ríe de unos congresistas venidos a menos.El Apra tiene vocación de arrasadora neoplasia.
No necesitamos a la oposición.
Necesitamos a un ejército de oncólogos.
Sólo el INEN salvará al Perú.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Para reconocer un derrame cerebral
¿Reconocería usted un accidente cerebrovascular en progreso? La revista estadounidense Emergency Medicine Journal ha llegado a la conclusión, luego de estudiar a 400 pacientes, de que el 58 por ciento de las personas que padecen un accidente cerebro-vascular son incapaces de distinguir sus síntomas y, por lo tanto, de acudir de inmediato a una sala de emergencias.
Y es que el tiempo es clave para determinar el tamaño y el alcance del daño que se sufrirá.
En el estudio que estamos citando el tiempo promedio entre el primer malestar y la ida al médico fue de tres horas y media. Si ese lapso hubiese sido de una hora, o de hora y media, algunas de las lesiones que podrían considerarse irreversibles y no pocas de las largas y costosas rehabilitaciones, se habrían podido evitar.
Un accidente cerebrovascular es una rotura de vasos sanguíneos (lo que se conoce como hemorragia cerebral o subaracnoidea) o, por el contrario, una interrupción del flujo sanguíneo que irriga el cerebro a causa de un coágulo que tapona los vasos (lo que se llama isquemia cerebral por trombosis).
Por cualquiera de las dos vías lo que se produce, a los pocos minutos de ocurrido el fenómeno, es la muerte masiva de células cerebrales. Esto da una idea de cuán importante es el factor tiempo.
Un vaso sanguíneo obstruido por un coágulo o roto por la debilidad de sus paredes son la tercera causa de muerte en el mundo y cada año dos millones de personas mueren por esa causa. Muchas veces, cuando la matanza neuronal ha sido extensa, la sobrevivencia quizá sea lo menos deseable.
El problema es que un accidente cerebrovascular no da ninguna advertencia. Es cierto que la hipertensión, el colesterol alto, el sedentarismo, la diabetes, el tabaquismo y la comida chatarra son parte de los antecedentes comunes de este tipo de pacientes, pero es también cierto que hay un factor genético y emotivo que puede producir un derrame o una isquemia cerebral en personas atléticamente virtuosas y clínicamente aprobadas.
En todo caso, Emergency Medicine Journal recomienda estar atentos a los siguientes síntomas para poder distinguir el momento en que nuestro cerebro ha empezado a clamar por sangre o está empezando a inundarse con ella:
-Entumecimiento súbito, debilidad o parálisis en la cara, brazo o pierna. Por lo general será una mitad del cuerpo la afectada.
-Afasia, o dificultad para hablar y entender el lenguaje. Este síntoma se presentará si el suceso ha ocurrido en el hemisferio izquierdo del cerebro.
-Problemas repentinos con la visión de uno o ambos ojos.
-Dificultad repentina
para erguirse, caminar, coordinar funciones y conservar el equilibrio.
-Problemas de memoria y percepción.
-Dolor de cabeza abrupto y severo.
Posdata.- Ahora bien, si usted es peruano y vive en el Perú podría ayudarse a identificar un accidente cerebrovascular que esté padeciendo detectando los siguientes síntomas:
a)Chichi Valenzuela le ha empezado a parecer inteligente.
b)Alan García le resulta creíble.
c)Acaba de estar seguro de que Rómulo León es un calumniado consultor de negocios.
d)Ha ido a la cocina y ha gritado: “¡Fernando Rospigliosi es un moralista!”
e)Le acaba de enviar una carta de felicitación a Carlos Raffo.
f)Ha visto “El tribunal de la tele” y le ha parecido genial.
g)Ha confundido al general Donayre con Andrés Avelino Cáceres.
h)Ha podido leer “Ojo” sin vomitar.
i)Está convencida de que Nakazaki podría actuar en “La ley y el orden”.
j)Ha apostado a que Susy Díaz es humana.
k)Acaba de encender la tele para ver “Magnolia Merino”.
l)Ha llegado al noveno renglón de la columna de Fritz Du Bois y lo ha hecho con sumo placer.
ll)Ha llamado a su agente para que le compre un paquete de acciones mineras en la Bolsa de Valores de Lima.
Todos estos síntomas pueden presentarse acompañados de lividez neuronal, vocación de chanchullo, palidez sináptica, alanismo urgente, disfunción eréctil de origen aprista y pasajero estrabismo. Acuda al médico de inmediato.
Y es que el tiempo es clave para determinar el tamaño y el alcance del daño que se sufrirá.
En el estudio que estamos citando el tiempo promedio entre el primer malestar y la ida al médico fue de tres horas y media. Si ese lapso hubiese sido de una hora, o de hora y media, algunas de las lesiones que podrían considerarse irreversibles y no pocas de las largas y costosas rehabilitaciones, se habrían podido evitar.
Un accidente cerebrovascular es una rotura de vasos sanguíneos (lo que se conoce como hemorragia cerebral o subaracnoidea) o, por el contrario, una interrupción del flujo sanguíneo que irriga el cerebro a causa de un coágulo que tapona los vasos (lo que se llama isquemia cerebral por trombosis).
Por cualquiera de las dos vías lo que se produce, a los pocos minutos de ocurrido el fenómeno, es la muerte masiva de células cerebrales. Esto da una idea de cuán importante es el factor tiempo.
Un vaso sanguíneo obstruido por un coágulo o roto por la debilidad de sus paredes son la tercera causa de muerte en el mundo y cada año dos millones de personas mueren por esa causa. Muchas veces, cuando la matanza neuronal ha sido extensa, la sobrevivencia quizá sea lo menos deseable.
El problema es que un accidente cerebrovascular no da ninguna advertencia. Es cierto que la hipertensión, el colesterol alto, el sedentarismo, la diabetes, el tabaquismo y la comida chatarra son parte de los antecedentes comunes de este tipo de pacientes, pero es también cierto que hay un factor genético y emotivo que puede producir un derrame o una isquemia cerebral en personas atléticamente virtuosas y clínicamente aprobadas.
En todo caso, Emergency Medicine Journal recomienda estar atentos a los siguientes síntomas para poder distinguir el momento en que nuestro cerebro ha empezado a clamar por sangre o está empezando a inundarse con ella:
-Entumecimiento súbito, debilidad o parálisis en la cara, brazo o pierna. Por lo general será una mitad del cuerpo la afectada.
-Afasia, o dificultad para hablar y entender el lenguaje. Este síntoma se presentará si el suceso ha ocurrido en el hemisferio izquierdo del cerebro.
-Problemas repentinos con la visión de uno o ambos ojos.
-Dificultad repentina
para erguirse, caminar, coordinar funciones y conservar el equilibrio.
-Problemas de memoria y percepción.
-Dolor de cabeza abrupto y severo.
Posdata.- Ahora bien, si usted es peruano y vive en el Perú podría ayudarse a identificar un accidente cerebrovascular que esté padeciendo detectando los siguientes síntomas:
a)Chichi Valenzuela le ha empezado a parecer inteligente.
b)Alan García le resulta creíble.
c)Acaba de estar seguro de que Rómulo León es un calumniado consultor de negocios.
d)Ha ido a la cocina y ha gritado: “¡Fernando Rospigliosi es un moralista!”
e)Le acaba de enviar una carta de felicitación a Carlos Raffo.
f)Ha visto “El tribunal de la tele” y le ha parecido genial.
g)Ha confundido al general Donayre con Andrés Avelino Cáceres.
h)Ha podido leer “Ojo” sin vomitar.
i)Está convencida de que Nakazaki podría actuar en “La ley y el orden”.
j)Ha apostado a que Susy Díaz es humana.
k)Acaba de encender la tele para ver “Magnolia Merino”.
l)Ha llegado al noveno renglón de la columna de Fritz Du Bois y lo ha hecho con sumo placer.
ll)Ha llamado a su agente para que le compre un paquete de acciones mineras en la Bolsa de Valores de Lima.
Todos estos síntomas pueden presentarse acompañados de lividez neuronal, vocación de chanchullo, palidez sináptica, alanismo urgente, disfunción eréctil de origen aprista y pasajero estrabismo. Acuda al médico de inmediato.
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