viernes, 12 de febrero de 2010

El fraude de Paracas

Una cierta prensa, conquistada por el lobismo huachafiento, pretende convencernos de que Paracas es un nuevo paraíso costero lleno de posibilidades hoteleras y mares amables.
Así que hasta Paracas nos fuimos hace poco, al hotel “Double Tree-Hilton”, de la franquicia Hilton, con precios dignos de esa cadena que la señorita Paris Hilton se ha empeñado en desacreditar a ver si la convierten en perpetua (a la cadena, digo).
El hotel no está nada mal en apariencia. Al contrario, es de las mejores instalaciones que pueden verse en el litoral próximo a Lima.
Claro que las apariencias engañan. Y una cosa es el cemento y la obra y otra el manejo y la gestión.
Tú llegas y te pueden pasar las siguientes cosas:
a) que la cortina que te impide ser visto desde “la playa privada del hotel” no funcione; entonces vendrá “Mantenimiento” y estará un buen rato haciendo manipulaciones diversas hasta que reconocerá que “no se puede hacer nada hasta mañana porque hace falta un repuesto”;
b) a la mañana siguiente, dos operarias de “Mantenimiento” se pondrán a hacer lo suyo durante más de una hora, hasta que te dirán: “esta cortina no tiene arreglo; tenemos que cambiarla”. El cambio demorará otra hora;
c) querrás bañarte –idiota tú- en “la playa privada del hotel”, pero una señorita, amabilísima, te advertirá: “No se lo aconsejo: hay pastelitos”. Cuando usted pregunte: “¿Y qué son pastelitos?”, la respuesta será: “Unos bichos que le pueden clavar un aguijón muy doloroso; no es una picada tóxica, pero sí muy dolorosa”. Entonces usted preguntará, entre falsamente heroico y patéticamente obstinado: “¿Y si me pongo zapatillas?” La respuesta será digna de una película B de terror: “No se lo aconsejo: las atraviesa”. Entonces usted mirará ese mar quieto, oscuro, ancestral y repleto de algas y malaguas como lo que es en realidad: un decorado más bien sombrío, un mar muerto y de adorno para bañistas desavisados, un cuento chino de peruanos;
d) descubrirás una mañana que el agua del inodoro de tu habitación ha sido cortada; irás a Recepción donde el gerente, que intentará hacerse el hombre invisible porque sabe a qué vienes, y le preguntarás qué está pasando. Te dirá: “Se nos ha roto una tubería”. Tú le dirás: “¿Pero qué hotel es este?”. Te dirá: “Tenemos problemas, señor Hildebrandt”. Dirás: “Más problemas van a tener en Indecopi”.
e) aprenderás muy rápidamente que en este hotel, de cinco o más estrellas, el jefe de cocina, que ofrece sus exquisiteces en un comedor donde el aire acondicionado te cae en la cabeza como una estalactita de 14 grados, no sabe cocinar: sus espaguetis al ajo saben a nada, sus pizzas están semicrudas, sus cebiches podrían provocar el suicidio de Gastón Acurio;
f) otra mañana no podrás entrar a tu habitación porque tu llave electrónica habrá sido cancelada sin ninguna razón; te darán otras dos pero no te ofrecerán disculpa alguna.
En fin, te divertirás todo lo que puedas y lo harás, sobre todo, lejos del hotel: en las siempre fascinantes islas Ballestas, adonde llegarás después de ser parte de un tumulto sudoroso que espera turno en el embarcadero; o en la bahía de aguas oscuras, a bordo de un catamarán impulsado por el buen viento y un buen timonel y mojándote con el oleaje excitado por la embarcación; es en ese momento que, a lo lejos, el hotel parece apenas una silueta inofensiva y te sientes feliz lejos de su mala vibra.
Para que todo termine como empezó, la noche previa a la despedida se desata un temporal de arena, un viento loco y perverso que viene del mar y llena de arena ojos, oídos, cavidades varias. Y a la hora de la partida, una tormenta a todo meter, una “paraca” de naturaleza criminal que convierte el hotel, mal diseñado para estas furias, en un cuartel de la Legión Extranjera.
Sólo un empleado maletero pone las maletas en su sitio mientras la arena nos acribilla y Rebeca, con un pañuelo de seda sobre la cabeza, se bate contra los remolinos de arena sucia y parece la más bella de las guerreras saharawis.
Toda una experiencia.
Como para que la cadena Hilton lo piense otra vez antes de darle tan costosa franquicia a cualquiera.

jueves, 11 de febrero de 2010

“Cambio” ha muerto

En Colombia existía, desde 1994, una revista importantísima llamada “Cambio”.
La publicación pertenecía al grupo editorial “El Tiempo”, cuyo accionista mayoritario es, desde el año 2007, el potente grupo español Planeta, fundado en 1949 en Barcelona y dueño de “Antena 3”, pionera en TV basura, la radio “Onda Cero”, cachorra del PP, el diario gratuito “ADN”, y la única publicación que está a la derecha del “ABC”, o sea “La Razón”.
Planeta, que tiene intereses en 25 países, tiene el 55 por ciento de las acciones de la llamada “Casa Editorial El Tiempo” y el 40 por ciento del canal televisivo bogotano “City TV”, que es parte del mismo paquete.
La legendaria familia Santos tiene el resto de las acciones. Entre esos Santos están el vicepresidente de la república Francisco Santos y el ex ministro Juan Manuel Santos.
“Cambio” se distinguió en los últimos tiempos por descubrir una serie de enjuagues y hediondeces del gobierno de Álvaro Uribe. Su gran virtud fue la cantidad de datos que aportaba, lo riguroso de sus investigaciones, la seriedad y el pluralismo de sus búsquedas.
Entre otros temas, “Cambio” destapó el asunto de los subsidios enormes a agricultores ricos –en Santa Marta una suma multimillonaria en ayuda gubernamental fue a parar a manos de cuatro familias-, la farsa detrás de los cambios en el sector salud, la ilegitimidad de la segunda reelección uribista, el feo asunto de la “parapolítica” –la alianza de los paramilitares derechistas y un sector del gobierno-, o el grandioso asunto de la corrupción generalizada, un fenómeno que la revista, en octubre pasado, calculó en unos 2,024 millones de dólares anuales de pérdida para el erario nacional (cuatro billones de pesos Colombianos al cambio actual): una mancha de caciquismo maloliente que cubre los 32 departamentos del país y que incluye a jueces, diputados, miembros del Ejecutivo, directivos de los organismos públicos.
En fin, que “Cambio” hacía la tarea que no hacía “El Tiempo”, su casa matriz -considerado el diario más importante de Colombia- y que habían dejado de hacer la mayoría de los medios de comunicación de este país, que la derecha peruana pone siempre como ejemplo, desde sus iletradas columnas, de libertad y sentido común.
Pues bien, el “Grupo Planeta” y la familia Santos han decidido cerrar la revista “Cambio”.
Y esto que “Cambio” tenía una circulación, oficialmente anunciada, de 133,684 ejemplares y una “lecturabilidad”, como se dice tan horriblemente en Colombia, de 233,600 lectores.
Aun así, el muy fariseo señor Luis Fernando Santos, presidente del grupo “El Tiempo”, ha anunciado que el cierre de “Cambio” se debe a un supuesto fracaso comercial.
“A partir de ahora, la revista dejará de salir semanalmente, será un mensuario que se ocupará de temas más livianos”, dijo este Santos sin aureola pero con muchísimo poder.
Lo que no dijo es que la mayor presión vino del grupo “Planeta”, deseoso de hacerse con una nueva frecuencia de televisión que entrará en subasta en los próximos días, y de los círculos oligárquicos más próximos al uribismo duro. La mezcla de siempre: negocios a cambio de cabezas de periodistas.
Al promediar la semana pasada se dijo que “Cambio” saldría hasta fines de febrero, pero este lunes pasado tanto el director, Rodrigo Pardo, como la editora general, María Elvira Samper, fueron obligados a dejar sus oficinas y a echar a la basura el material que ya habían preparado.
La BBC de Londres escribió una larga y emotiva crónica, que contenía estas palabras:
“Ante el anuncio, Pardo y Samper fueron despedidos en medio de una salva de aplausos por decenas de periodistas y empleados de la Casa editorial El Tiempo, que improvisaron una calle de honor...Hubo besos, abrazos y lágrimas, le dijo una periodista del diario El Tiempo a BBC Mundo. Y añadió: Estamos muy tristes por el mensaje que significa el cierre de la revista para el periodismo Colombiano”.
La familia Santos tiene mucha influencia en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). ¿Dirá algo la SIP sobre este atentado? ¿O volverá a decir, entre líneas, que las empresas pueden hacer lo que les dé la gana y que los periodistas son plumíferos que se contratan en la calle?
Y aquí, ¿protestarán por esta medida vergonzosa los que hablan y se desgañitan y se sueltan los moños sólo por lo que sucede en Venezuela?
La libertad de prensa ha sufrido un severo golpe con el cierre de “Cambio”. Colombia ya no será la misma sin ese semanario.
El liberalismo asustado aplica ahora en tierras Colombianas la fórmula aplicada con éxito en el Perú: a la televisión se la administra por el chantaje político, a la prensa radial se la manipula por la extorsión publicitaria, a la prensa escrita o se la controla o se la asusta o se la estrangula (y esto que en nuestro medio “Cambio” no tiene parecido manifiesto con ninguna publicación).
La fórmula funcionará hasta que la gente, asqueada, encuentre otros cauces para informarse y otras maneras para oponerse. Y hasta que los periodistas de esta región lo permitamos.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La muerte

Siempre es bueno saber.
Inclusive querer saber lo que nadie puede saber.
Yo, por ejemplo, siempre me pregunto cómo será ese asunto de la muerte, ese muy complicado asunto de morir.
¿Será una luz la que te derribe o será un puñetazo de sombra?
¿O será que te recuestas y ya no más? ¿Cómo se apagarán las luces de bengala del cerebro?
¿Habrá un pito parecido al de los monitores de “Dr. House” cuando el cerebro deje de transmitir y vuelva a ser la masa grasienta, apretada por redecillas negruzcas, que siempre fue en el fondo?
¿Será una señal electroquímica, un morse proteínico los que le digan a tu hígado que pare, al bazo que no insista, a tus venas que dejen de esforzarse, al corazón que firme sobre las líneas punteadas?
¿Será un apagón, será un incendio, será helado? ¿Será un tubo de escape o un agujero negro? ¿Una disolvencia a la pantalla oscura?
¿O vendrá, como todos los días, una tibieza a visitarte, una tibieza que esta vez, sin embargo, sacará una daga de la manga y te la clavará en plena barriga?
¿Será que vuelas por un túnel de luz blanca, que ves el resumen de tu vida en un segundo, tal como dicen los que dicen haber regresado?
¿O será, más bien, que te resbalas y caes interminablemente mientras todo latido huye de tus miserias como si de una estampida se tratara?
¿Será una huelga general de neurotransmisores? ¿Un relevo ordenado? ¿Será un golpe de Estado del cansancio? ¿Una huelga general de orín y plasma?
¿Será un golpe preciso o un callejón oscuro?
¿Será un párrafo o una palabra? ¿Un segundo o una secuencia sin tiempo, lenta como las pesadillas, inexorable como el miedo? ¿Será dolor o será alivio? ¿Y para cuándo será?
Será, sencillamente. Y será sin cielo y sin infierno, sin atenuantes, sin apelación y sin recodos. Será, sin duda, el episodio más importante de la vida.

martes, 9 de febrero de 2010

El Veco

El Veco ha muerto de un ataque de su mejor amigo: el corazón.
Sí, porque El Veco era un sentimental.
Y con esto no quiero ofenderlo sino situarlo.
El Veco estaba convencido, desde el corazón, que el fútbol peruano existía, que sus clubes valían la pena hasta dedicarles una vida, que sus dirigentes no se merecían otra cosa que no fuera una cierta anuencia.
Por eso quizá El Veco no usaba su inteligencia para juzgar el deporte agonizante que glosaba sino para armar sus secuencias y hacer atractivo su programa.
Porque El Veco era un hombre cultivado, tal como se exige en la prensa deportiva del río de la Plata. Cultivado y con la labia a flor de piel.
Y su prosa profesional, aunque un tanto rebuscada, es pieza maestra frente a las burradas que en el Perú pasan por columnismo deportivo.
Por eso es que al Veco no le costó mucho instalarse a todo meter en este país donde los periodistas deportivos suelen dar más vergüenza que la selección peruana de fútbol.
Es cierto: El Veco no entró jamás en la mermelada que a tantos endulza la vida, pero tampoco se metió a criticar lo criticable.
Muchos hubieran esperado de él una guía para navegantes perdidos, pero El Veco se sumergió en las honduras de la neutralidad, se sintió demasiado extranjero para decirle sinvergüenza a quien lo era y le puso a su último programa “El show de El Veco”, con lo que ya todo estaba dicho: el show era él.
Nunca nos enteramos en “El show de El Veco” por qué el Perú se desdichaba en el fútbol, por qué sus clubes históricos hacían el ridículo en la Copa Toyota o en la Libertadores, por qué sus dirigentes eran parásitos endémicos –como los de la Federación-, o bobos endeudados –como los Pinasco en la “U” y sus homólogos en Alianza-.
No, El Veco no nos enteraba de nada de eso. Nos hacía creer, gracias a su dicción enfática y a su tono de noticiario recién horneado, que el clásico a jugarse era “el partido del año”. O que hasta el “Alianza Atlético” merecía ciertas venias y guardaba secretos ofensivos (cuando todos sabíamos que el “Alianza Atlético” daba y dará pena).
¿Se acomodó El Veco a la resignación peruana, a la neblina, al cuento de la promesa eterna? ¿O nos quiso hacer el favor de no sacarnos del estado hipnótico, de ese sonambulismo que nos empuja a ver el fútbol peruano como si tuviera todo el futuro por delante y ningún pasado vergonzante pesando como una losa?
Nunca se sabrá. Lo que es cierto es que el éxito de El Veco consistía en ser cauto con los dirigentes, amable con los jugadores, irreprochable con las altas autoridades y, felizmente, siempre diverso y universal: por su show sí desfilaban los magos de la Fórmula 1, los reyes del tenis, los amos de las motos de 250 centímetros cúbicos.
Sobradamente alfabeto, uruguayo hasta la orilla del frente, poeta a su manera, correcto siempre, El Veco se ha ido dejando la radio huérfana de toda orfandad. Los que quedan, en su emisora y en las que por allí gritan, no alcanzarían ni para ser sus asistentes.
Hasta la vista, Emilio.

domingo, 7 de febrero de 2010

Las vacas y el liberalismo

Matanza de vacas. Las miro subidas al camión que las lleva a la muerte. Me conmuevo. ¿Por qué los animales me tocan tan de cerca?
Fui un niño sin límites que podía ser cruel con los animales. Fui un adulto lo suficientemente preocupado por mí mismo como para no entender nada que fuera de veras importante.
Pero si en algún sentido mejoré, si en algún sentido adquirí algunos valores que me permitieron avanzar, fue aprendiendo a amar a los animales.
Ni “los éxitos logrados” ni los “reconocimientos” que me dieron, ni el cariño inexplicable de mucha gente, ni los artículos o libros que pude publicar, ni el pantallazo de la tele y su notoriedad de cartón y espejismo, nada, digo, fue más importante que mi educación sentimental respecto de los animales.
Amo a los animales, entre otras cosas, por su desamparo. Los amo más por su indefensión que por su belleza. Y es que también hay mucho de bello en esa vulnerabilidad, en esa dependencia que, a veces, llega a ser trágica.
Los animales son vida concentrada y sin remilgos, fuerza que no hace preguntas, lealtad que no duda. Son la vida que no piensa en la muerte. Su tiempo eterno es el presente, su fe consiste en durar, su plenitud es latir.
Y para mí, en la gradación de mis querencias, detrás de los perros están las vacas. Amo a las vacas porque las condenamos como a muchos hombres: siendo inocentes.
No hay en las vacas una sola malicia. Son lentas y enormes y te miran con bondad y te lamen sin cálculo y, cuando han parido o van a parir, la tetamancia les cuelga como una bolsa suiza de lactancia.
No son territoriales sino masivas, comen como en un internado y tienen la mansedumbre de la hierba santa y la paciencia de algunas jubiladas.
Mirándonos con sus ojos agradecidos -como si nos debieran algo-, las vacas no saben lo que es prisa y aprueban lo que les toca emitiendo un tono de tuba.
La preñez, como se sabe, las hace más hermosas y aún más plácidas y pronuncia las venas de sus vientres como si fueran aquellas matronas y señoras que Federico Fellini ponía en las casas del pecado.
Y así están las señoras vacas pastando en el desayuno, almorzando forraje, siendo leche, las vacas y sus mandíbulas siempre en movimiento, las vacas que un día desaparecen y son llevadas en camiones al matadero.
Así estaban las vacas, predispuestas sin saberlo a la hamburguesa, hasta que unos canallas decidieron subirles la ración de liberalismo y de mercado.
Esa dieta, que aceleraba la tasa de retorno y hacía más suculenta la ganadería, fue la famosa harina cárnica, es decir polvo de cementerio, bovino molido, escarcha de cadáver.
Y las vacas no sabían que comían vacas, residuos cadavéricos de abuelos y amistades.
Entonces apareció el prión de la encefalitis espongiforme y pasó a la cadena alimenticia. Y de allí al hombre. Y cuando Bruselas prohibió el consumo de esos forrajes esqueléticos, Gran Bretaña, la cuna de la enfermedad, los exportó. Porque así es Gran Bretaña muchas veces, pregúntenle a Ghandi.
Y cuando cundió el pánico, entonces Bruselas decidió que debían morir cientos de miles de vacas, millones de vacas infectadas de avaricia humana.
Empezaron a matarlas como el hombre mata a las vacas: en serie y con denuedo.
Y allí se las podía ver a las señoras vacas mirando por la rendija del camión que las llevaría a la muerte. Mirando con sus ojos marrones claros, tratando de mirar por entre la nube negra que dejaba el camión petrolero. Ajenas a la inmundicia de los hombres, servidoras públicas jamás reconocidas, más puras que nunca.
Como decía, nada cambió más intensamente mi vida que amar, sin condición alguna, a los animales. Que acercarme un poco a su grandeza. Que compartir su luz.
Sé que muchos miserables -empezando por Hitler- pudieron y pueden querer intensamente a sus perros, gatos, peces o caballos.
Pero si es cierto que hubo y hay infames que podrían desacreditar el amor por los animales, tampoco tengo dudas de que nadie debería emparejarse con alguien que es capaz de patear a un perro, aplaudir a un torero, cazar por deporte, ponerse una chinchilla alrededor del cuello y, en fin, suponer -como suponen todos los imbéciles- que el hombre es el rey de la creación.