Después de siete años la Ronda de Doha ha fracasado en su intento de avanzar en la liberalización del comercio agrícola y los bienes industriales. La lúcida y perseverante diplomacia brasileña –de alianzas múltiples y presión por el máximo cambio posible– estuvo a punto de lograr un acuerdo que avanzaba en el reequilibrio de las ganancias y pérdidas en el comercio mundial. Se hubiese equilibrado, también, el TLC del Perú con los Estados Unidos.
Al 29 de julio se habían acordado 18 de los 20 temas de la agenda negociadora. Entre ellos el quid pro quo entre los países desarrollados y los en desarrollo: EEUU y la Unión Europea aceptaron reducir en 70% y 80%, respectivamente, los subsidios a sus productores agrícolas. Para Washington significaba bajar el tope de sus subsidios de 17,000 millones dólares a 14,500. En contrapartida, los países emergentes (China, India, Brasil) se comprometían a rebajar sus aranceles de productos industriales en un 23%. El “acuerdo imposible” buscado desde el 2001 se había logrado. Para el Brasil significaba aumentar anualmente sus exportaciones agrícolas en aproximadamente 3,200 millones de dólares agrícolas. La fórmula aunque no en topes maximalistas beneficiaba a todos los países en desarrollo, especialmente a los más pobres, pues se habían acordado tratos preferenciales no desdeñables.
En ese escenario irrumpió la crisis e inflación alimentaria. Muchos países en desarrollo han aprendido o ratificado que la seguridad alimentaria obliga a proteger a sus pequeños agricultores de masivas importaciones de alimentos. Su preocupación encajaba con la discusión del Mecanismo de Salvaguardia Especial. Técnicamente una cláusula de protección que permitiría a los países en desarrollo aumentar los aranceles si sus importaciones agrícolas crecen mucho. Sobre la cláusula había acuerdo. El problema era fijar el detonador de su aplicación. Los emergentes planteaban fuera el 10% de aumento en las importaciones. EEUU y la Unión Europea exigieron un 40%. Pascal Lamy, Director General de la OMC como última carta planteó el 30%. No fue aceptado por los Estados Unidos ni por China e India. La ronda colapsó el mismo 29 de julio.
Para Fred Bergsten, director del Instituto Peterson, se trata del inicio de una nueva era de proteccionismo. Sin ir tan lejos, lo cierto es que cada vez son más los países desarrollados o en desarrollo que no quieren liberalización agrícola sin seguridad alimentaria.
Al Perú, que no estuvo entre los 7 países que negociaron en primera línea ni entre los 36 que lo hicieron en la retaguardia, el fracaso de Doha lo afecta seriamente. El TLC que excluyó normas sobre la reducción de las subvenciones agrícolas estadounidenses, seguirá siendo liberalización agrícola para el Perú y proteccionismo agrícola para los Estados Unidos. La inflación alimentaria despeja su camino.
Artículo escrito por Manuel Dammert
Publicado en “La Primera”.
martes, 5 de agosto de 2008
lunes, 4 de agosto de 2008
Muerte de un grande
Ayer ha muerto Alexandr Soljenitsin. Este columnista leyó a este ruso deslumbrante cuando estaba de moda restarle importancia –desde la izquierda-, o dársela sólo en el plano de la política –desde la derecha-.
Alguna vez, en una entrevista que me hiciera una estudiante de la UPC, me permití decir que el mundo de Joyce era el que más me había atraído pero que, como novelista, Soljenitsin era una cumbre en muchos sentidos solitaria.
La literatura rusa tiene una belleza especial y es, por su vigorosa identidad, una de las pocas literaturas que toleran el conflictivo predicado de “nacional”. Se diría que hay una manera eslava de narrar, así como hay un modo francés de pensar y puntuar y una respiración característica del español.
Soljenitsin tenía todos los méritos de sus antecesores –Tolstoi y Dostoievski principalmente- pero había hecho del típico descriptivismo ruso un arte inigualable, un arte-río que parecía incorporar en su torrente todos los elementos (incluyendo malezas, podredumbre) y llevarse de encuentro cualquier defensa que el lector opusiese. Con él no había escapatoria. Leerlo era ser hipnotizado.
“Un día en la vida de Iván Denísovich” es la mejor novela corta que haya leído jamás. Y “Pabellón del cáncer”, el mejor retrato del estalinismo que mi experiencia de lector puede ahora recordar. Pero “Agosto,1914”, el monumental fresco de la decadencia zarista previa a la primera guerra mundial, demostró que el arte de este gigante de la literatura aspiraba (y llegaba al borde de la hazaña) a lo que Vargas Llosa ha llamado con insistencia “la novela total”, esa manía afiebrada de remedar a Dios creando un mundo paralelo tan convincente como aquel en el que amamos y morimos.
En los años 70, cuando empecé a leerlo, a Soljenitsin le hacían mucha publicidad los chicos de la caverna internacional. Y es que él se había convertido en un símbolo de la resistencia a la dictadura del comité central del partido comunista. De modo que cuando abrí “Un día en la vida de Iván Denísovich” lo hice con el mismo miedo con el que abordé a Boris Pasternak.
¿Sería Alexandr Soljenitsin un Nobel propagandístico, como lo fue Pasternak, o estábamos frente a un creador de verdad que el conservadurismo –bajo su responsabilidad- había convertido en arma “antisoviética”?
Me bastó leer las primeras páginas de “Un día en la vida de Iván Denísovich” para reconocer la mezquindad de mi sospecha. No, este no era el talentoso aunque sobrevalorado Pasternak. Ni era el casi inventado Andrei Siniavski. Ni el “preferido de Susan Sontag”, Víctor Serge. Este era un genio, un tipo que escribía con la naturalidad de una función corporal.
A Soljenitsin no le permitieron salir de la URSS, en 1970, para recibir el Nobel de literatura. Los vejetes que habían ordenado, dos años antes, la invasión de Checoslovaquia (y de los que hoy nadie se acuerda) añadieron una vergüenza más a la muy gorda lista de abusos y crímenes del estalinismo.
No les bastó que el novelista hubiese pasado ocho años de su vida en distintos campos de confinamiento –incluyendo un hospital oncológico donde fue recluído sin padecer de cáncer-.
Y en 1974, luego de la publicación de “Archipiélago Gúlag” –quizá su obra menos importante- esos mismos vejetes –un poco más depravados por el uso- lo despojaron de la nacionalidad soviética y lo expulsaron de sus territorios. Fue a la vez una bendición y una maldición.
Bendición por el banquete de libertad que supuso. Maldición porque Soljenitsin, arropado por la derecha más estrafalaria, se convirtió, políticamente hablando, en una caricatura de sí mismo, un portavoz de las nostalgias de los Romanov, un modo sobrio de ser Yeltsin.
Desde el punto de vista literario, Soljenitsin ya no podía ofrecer más. Se dedicó a ser usado y a dictar conferencias mientras preparaba un ensayo –que publicaría en el 2001- sobre la convivencia de rusos y judíos a lo largo de los dos últimos siglos.
Extinguida la Unión Soviética –con vejetes y todo-, volvió a Rusia en 1994. En los últimos tiempos pareció comprender, con amargura, que lo que Occidente le pedía a los rusos no era la democracia (más o menos conquistada) ni el capitalismo (entusiastamente asumido, taras y mafias incluidas) sino la estricta sumisión.
Y hace dos años, por fin, se enfrentó a la Unión Europea y a su brazo armado (la OTAN) por el asunto del escudo misilístico con el que Washington decidió acorralar a la Federación.
Pero Soljenitsin no era el comentarista político que muchos quisieron callar o aprovechar. Fue el maravilloso novelista que termina con estas palabras ese homenaje a la perfección que es “Un día en la vida de Iván Denísovich” (parte clave de su autobiografía carcelaria):
“Ha pasado un día, un día que nada ha podido oscurecer, un día casi feliz. De estos días, cuando termine su condena, habrá pasado tres mil seiscientos cincuenta y tres. Los tres de más, a causa de los años bisiestos”.
Alguna vez, en una entrevista que me hiciera una estudiante de la UPC, me permití decir que el mundo de Joyce era el que más me había atraído pero que, como novelista, Soljenitsin era una cumbre en muchos sentidos solitaria.
La literatura rusa tiene una belleza especial y es, por su vigorosa identidad, una de las pocas literaturas que toleran el conflictivo predicado de “nacional”. Se diría que hay una manera eslava de narrar, así como hay un modo francés de pensar y puntuar y una respiración característica del español.
Soljenitsin tenía todos los méritos de sus antecesores –Tolstoi y Dostoievski principalmente- pero había hecho del típico descriptivismo ruso un arte inigualable, un arte-río que parecía incorporar en su torrente todos los elementos (incluyendo malezas, podredumbre) y llevarse de encuentro cualquier defensa que el lector opusiese. Con él no había escapatoria. Leerlo era ser hipnotizado.
“Un día en la vida de Iván Denísovich” es la mejor novela corta que haya leído jamás. Y “Pabellón del cáncer”, el mejor retrato del estalinismo que mi experiencia de lector puede ahora recordar. Pero “Agosto,1914”, el monumental fresco de la decadencia zarista previa a la primera guerra mundial, demostró que el arte de este gigante de la literatura aspiraba (y llegaba al borde de la hazaña) a lo que Vargas Llosa ha llamado con insistencia “la novela total”, esa manía afiebrada de remedar a Dios creando un mundo paralelo tan convincente como aquel en el que amamos y morimos.
En los años 70, cuando empecé a leerlo, a Soljenitsin le hacían mucha publicidad los chicos de la caverna internacional. Y es que él se había convertido en un símbolo de la resistencia a la dictadura del comité central del partido comunista. De modo que cuando abrí “Un día en la vida de Iván Denísovich” lo hice con el mismo miedo con el que abordé a Boris Pasternak.
¿Sería Alexandr Soljenitsin un Nobel propagandístico, como lo fue Pasternak, o estábamos frente a un creador de verdad que el conservadurismo –bajo su responsabilidad- había convertido en arma “antisoviética”?
Me bastó leer las primeras páginas de “Un día en la vida de Iván Denísovich” para reconocer la mezquindad de mi sospecha. No, este no era el talentoso aunque sobrevalorado Pasternak. Ni era el casi inventado Andrei Siniavski. Ni el “preferido de Susan Sontag”, Víctor Serge. Este era un genio, un tipo que escribía con la naturalidad de una función corporal.
A Soljenitsin no le permitieron salir de la URSS, en 1970, para recibir el Nobel de literatura. Los vejetes que habían ordenado, dos años antes, la invasión de Checoslovaquia (y de los que hoy nadie se acuerda) añadieron una vergüenza más a la muy gorda lista de abusos y crímenes del estalinismo.
No les bastó que el novelista hubiese pasado ocho años de su vida en distintos campos de confinamiento –incluyendo un hospital oncológico donde fue recluído sin padecer de cáncer-.
Y en 1974, luego de la publicación de “Archipiélago Gúlag” –quizá su obra menos importante- esos mismos vejetes –un poco más depravados por el uso- lo despojaron de la nacionalidad soviética y lo expulsaron de sus territorios. Fue a la vez una bendición y una maldición.
Bendición por el banquete de libertad que supuso. Maldición porque Soljenitsin, arropado por la derecha más estrafalaria, se convirtió, políticamente hablando, en una caricatura de sí mismo, un portavoz de las nostalgias de los Romanov, un modo sobrio de ser Yeltsin.
Desde el punto de vista literario, Soljenitsin ya no podía ofrecer más. Se dedicó a ser usado y a dictar conferencias mientras preparaba un ensayo –que publicaría en el 2001- sobre la convivencia de rusos y judíos a lo largo de los dos últimos siglos.
Extinguida la Unión Soviética –con vejetes y todo-, volvió a Rusia en 1994. En los últimos tiempos pareció comprender, con amargura, que lo que Occidente le pedía a los rusos no era la democracia (más o menos conquistada) ni el capitalismo (entusiastamente asumido, taras y mafias incluidas) sino la estricta sumisión.
Y hace dos años, por fin, se enfrentó a la Unión Europea y a su brazo armado (la OTAN) por el asunto del escudo misilístico con el que Washington decidió acorralar a la Federación.
Pero Soljenitsin no era el comentarista político que muchos quisieron callar o aprovechar. Fue el maravilloso novelista que termina con estas palabras ese homenaje a la perfección que es “Un día en la vida de Iván Denísovich” (parte clave de su autobiografía carcelaria):
“Ha pasado un día, un día que nada ha podido oscurecer, un día casi feliz. De estos días, cuando termine su condena, habrá pasado tres mil seiscientos cincuenta y tres. Los tres de más, a causa de los años bisiestos”.
domingo, 3 de agosto de 2008
Todos los fuegos, el fuego
El Cardenal Juan Luis Cipriani sostuvo ayer por las ondas de la radio gubernamental (o sea RPP) que estaba de acuerdo con eso de reformar el alma –la metafísica propuesta del doctor Alan García en su mensaje a la nación-.
Qué bien que el cardenal Cipriani, vocero del Opus Dei, esté de acuerdo también en esto con el doctor García. Y digo también porque, en relación al concepto que ambos tienen sobre los derechos humanos, la coincidencia viene de lejos. Y en relación a la simpatía moral respecto del fujimorismo, esa es la tercera hermandad que vincula al jefe católico con el jefe de Estado, al que tan bien le queda el morado de la procesión.
Me he puesto a pensar, sin embargo, qué entenderá monseñor Cipriani por “reforma del alma”, teniendo en cuenta, sobre todo, el pasado de la institución eclesiástica con casa matriz en el Estado Vaticano.
Como se sabe, una de las más grandes reformas del alma de todos los tiempos fue la que propusieron los custodios de la fe cristiana tal como se entendía en Roma. Me refiero, por supuesto, a los operadores de la Inquisición, una instancia de la justicia canónica que el Papa Inocencio III impuso desde el año 1198.
En busca de mis viejos libros, tratando de hallar documentación para esta columna, me tropecé con la versión aggiornada del libro que el inquisidor catalán Nicolau Eimeric escribió en Aviñón hacia el año 1376. Me refiero al Directorium inquisitorum, que a lo largo de muchas traducciones y reediciones se ha llegado a titular “Manual de los inquisidores”.
Nicolau Eimeric, nacido en 1320 en Gerona, no fue sólo un compilador de ancho horizonte, un filósofo eclesiástico y un teólogo punitivo de amplísima cultura. Este dominico, que entró a esa Orden a los 14 años de edad, fue un teórico que sabía de lo que hablaba, dado que en 1357 fue nombrado por Roma Inquisidor General de Cataluña, Aragón, Valencia y Mallorca.
En su Directorium inquisitorum, Eimeric se propone concordar todo el derecho inquisitorial expuesto hasta la fecha y llenar todos los vacíos que pudieran poner en duda la jurisdicción de la iglesia, la gravedad de las ofensas y la naturaleza de las herejías que la Inquisición debía examinar. Y, según los entendidos, realiza esta labor con docta paciencia y serena maestría.
¿Quiénes eran los peores para este remoto padre de la derecha católica? Los peores enfermos del alma eran los heresiarcas, es decir los que creaban las herejías. Herejes eran los que profesaban cualquier celestial felonía, heresiarcas los doctrineros que ideaban el cisma.
Claro que lo primero es lo primero. Y lo primero, para este Manual, es hablar pestes de quienes, sin tener vínculo alguno con el pensamiento eclesiástico, propusieron doctrinas que resultaron incompatibles con la fe cristiana. Leer a estos autores, por lo tanto, es delito de lesa fe. Y estamos hablando, entre muchos otros, de Platón, Pitágoras, Epicuro, Aristóteles y hasta el mansamente teórico Demócrito de Abdera, el primero que creyó en la estructura atómica de la materia. La lista resulta interminable y es un catálogo minucioso del oscurantismo como voluntad divina.
Y luego hay una enumeración de vocación infinita de los “errados dentro de la doctrina”, o sea de aquellos que delinquen teniendo el deber de acatar las revelaciones de Dios, la interpretación romana de las escrituras y las sucesivas correcciones impuestas por los Concilios.
Entre estos urgidos de una reforma del alma al estilo patrístico están los carpocratianos, que tuvieron la insolencia de decir que Jesús había sido un hombre procreado por una pareja humana. Los adamitas resultaron peores: vivían calatos porque así –decían- imitaban la desnudez del paraíso primordial. Fuegos iguales esperaban a los acuarios, que al cáliz no le echaban vino sino agua. Llamas más severas eran el destino de los cátaros, que eran puritanos fanáticos, y de los maniqueos, discípulos del pensador persa Manes, que admitía dos naturalezas: la del bien y la del mal.
Y así el mapa de la maldad herética parece cubrir, a lo Borges, la faz de la Tierra y las islas ignotas adyacentes. Llamaradas eternas para los simoníacos, que comercializaban los sacramentos (algo que debía ser monopolio de Roma), y para los tesaresdecatitas, que propusieron celebrar la Pascua en la decimocuarta luna de diciembre. Y ya no hablemos de los acéfalos, que así se llamaban porque carecían gustosamente de caudillo, y de los fotinianos, que aceptaban que Jesús fue engendrado luego de un coito marital de María y José.
En este libro –impreso por vez primera en 1503- está todo lo que los patriarcas de la disciplina canónica, tibiamente resucitada por Juan Pablo II, dictaron como norma y revelaron como prohibición.
¿Qué era un hereje? Alguien que cree o enseña cosas contrarias a la fe de Cristo y de su Iglesia.
¿Cómo pescar a un hereje? Eso era tarea de la Inquisición. Ardiente tarea se diría. Ardiente y a veces enrevesadamente póstuma. Como ocurrió con el cadáver de fray Pierre Jean, de la orden de Frailes Menores, exhumado por orden del Papa Clemente VI, proclamado hereje sin obvia posibilidad de réplica, fracturado hueso a hueso y quemado en una hoguera. Y todo porque, años después de la muerte del fraile, el Inquisidor General de Béziers descubrió papeles heréticos que parecían comprometerlo.
Para no terminar de fatigar al lector con más detalles sobre la termorreforma del alma, sólo citaré, una vez más, a Eimeric justo en el momento en el que, insólitamente, se permite una doble duda: ¿Qué tipo de ejecución se merece un hereje relapso (es decir reincidente)? ¿Debe morir a hierro o por fuego? El autor acude, como casi siempre, a las voces oficiales. En este caso se trata de los Papas Inocencio IV, Alejandro IV y Clemente V: “Que todos los patarinos y todos los herejes, sea cual fuere su nombre, sean condenados a muerte. Se les quemará vivos en público, librados en público al juicio de las llamas”.
Eimeric añade un servicial detalle: no olvidar atarles la lengua o amordazarlos antes de encender la hoguera “pues si conservan la capacidad de hablar pueden herir con sus blasfemias la piedad de los que asisten a la ejecución...”
Por eso es que cuando alguien como monseñor Cipriani habla de reformas del alma propuestas por el doctor García, yo, blasfemo sin redención posible, hijo y padre de herejes, hago, modestamente y salvando las distancias, lo que dicen que hacía Stalin cuando alguien le hablaba de cultura. O sea que busco mi revólver.
Qué bien que el cardenal Cipriani, vocero del Opus Dei, esté de acuerdo también en esto con el doctor García. Y digo también porque, en relación al concepto que ambos tienen sobre los derechos humanos, la coincidencia viene de lejos. Y en relación a la simpatía moral respecto del fujimorismo, esa es la tercera hermandad que vincula al jefe católico con el jefe de Estado, al que tan bien le queda el morado de la procesión.
Me he puesto a pensar, sin embargo, qué entenderá monseñor Cipriani por “reforma del alma”, teniendo en cuenta, sobre todo, el pasado de la institución eclesiástica con casa matriz en el Estado Vaticano.
Como se sabe, una de las más grandes reformas del alma de todos los tiempos fue la que propusieron los custodios de la fe cristiana tal como se entendía en Roma. Me refiero, por supuesto, a los operadores de la Inquisición, una instancia de la justicia canónica que el Papa Inocencio III impuso desde el año 1198.
En busca de mis viejos libros, tratando de hallar documentación para esta columna, me tropecé con la versión aggiornada del libro que el inquisidor catalán Nicolau Eimeric escribió en Aviñón hacia el año 1376. Me refiero al Directorium inquisitorum, que a lo largo de muchas traducciones y reediciones se ha llegado a titular “Manual de los inquisidores”.
Nicolau Eimeric, nacido en 1320 en Gerona, no fue sólo un compilador de ancho horizonte, un filósofo eclesiástico y un teólogo punitivo de amplísima cultura. Este dominico, que entró a esa Orden a los 14 años de edad, fue un teórico que sabía de lo que hablaba, dado que en 1357 fue nombrado por Roma Inquisidor General de Cataluña, Aragón, Valencia y Mallorca.
En su Directorium inquisitorum, Eimeric se propone concordar todo el derecho inquisitorial expuesto hasta la fecha y llenar todos los vacíos que pudieran poner en duda la jurisdicción de la iglesia, la gravedad de las ofensas y la naturaleza de las herejías que la Inquisición debía examinar. Y, según los entendidos, realiza esta labor con docta paciencia y serena maestría.
¿Quiénes eran los peores para este remoto padre de la derecha católica? Los peores enfermos del alma eran los heresiarcas, es decir los que creaban las herejías. Herejes eran los que profesaban cualquier celestial felonía, heresiarcas los doctrineros que ideaban el cisma.
Claro que lo primero es lo primero. Y lo primero, para este Manual, es hablar pestes de quienes, sin tener vínculo alguno con el pensamiento eclesiástico, propusieron doctrinas que resultaron incompatibles con la fe cristiana. Leer a estos autores, por lo tanto, es delito de lesa fe. Y estamos hablando, entre muchos otros, de Platón, Pitágoras, Epicuro, Aristóteles y hasta el mansamente teórico Demócrito de Abdera, el primero que creyó en la estructura atómica de la materia. La lista resulta interminable y es un catálogo minucioso del oscurantismo como voluntad divina.
Y luego hay una enumeración de vocación infinita de los “errados dentro de la doctrina”, o sea de aquellos que delinquen teniendo el deber de acatar las revelaciones de Dios, la interpretación romana de las escrituras y las sucesivas correcciones impuestas por los Concilios.
Entre estos urgidos de una reforma del alma al estilo patrístico están los carpocratianos, que tuvieron la insolencia de decir que Jesús había sido un hombre procreado por una pareja humana. Los adamitas resultaron peores: vivían calatos porque así –decían- imitaban la desnudez del paraíso primordial. Fuegos iguales esperaban a los acuarios, que al cáliz no le echaban vino sino agua. Llamas más severas eran el destino de los cátaros, que eran puritanos fanáticos, y de los maniqueos, discípulos del pensador persa Manes, que admitía dos naturalezas: la del bien y la del mal.
Y así el mapa de la maldad herética parece cubrir, a lo Borges, la faz de la Tierra y las islas ignotas adyacentes. Llamaradas eternas para los simoníacos, que comercializaban los sacramentos (algo que debía ser monopolio de Roma), y para los tesaresdecatitas, que propusieron celebrar la Pascua en la decimocuarta luna de diciembre. Y ya no hablemos de los acéfalos, que así se llamaban porque carecían gustosamente de caudillo, y de los fotinianos, que aceptaban que Jesús fue engendrado luego de un coito marital de María y José.
En este libro –impreso por vez primera en 1503- está todo lo que los patriarcas de la disciplina canónica, tibiamente resucitada por Juan Pablo II, dictaron como norma y revelaron como prohibición.
¿Qué era un hereje? Alguien que cree o enseña cosas contrarias a la fe de Cristo y de su Iglesia.
¿Cómo pescar a un hereje? Eso era tarea de la Inquisición. Ardiente tarea se diría. Ardiente y a veces enrevesadamente póstuma. Como ocurrió con el cadáver de fray Pierre Jean, de la orden de Frailes Menores, exhumado por orden del Papa Clemente VI, proclamado hereje sin obvia posibilidad de réplica, fracturado hueso a hueso y quemado en una hoguera. Y todo porque, años después de la muerte del fraile, el Inquisidor General de Béziers descubrió papeles heréticos que parecían comprometerlo.
Para no terminar de fatigar al lector con más detalles sobre la termorreforma del alma, sólo citaré, una vez más, a Eimeric justo en el momento en el que, insólitamente, se permite una doble duda: ¿Qué tipo de ejecución se merece un hereje relapso (es decir reincidente)? ¿Debe morir a hierro o por fuego? El autor acude, como casi siempre, a las voces oficiales. En este caso se trata de los Papas Inocencio IV, Alejandro IV y Clemente V: “Que todos los patarinos y todos los herejes, sea cual fuere su nombre, sean condenados a muerte. Se les quemará vivos en público, librados en público al juicio de las llamas”.
Eimeric añade un servicial detalle: no olvidar atarles la lengua o amordazarlos antes de encender la hoguera “pues si conservan la capacidad de hablar pueden herir con sus blasfemias la piedad de los que asisten a la ejecución...”
Por eso es que cuando alguien como monseñor Cipriani habla de reformas del alma propuestas por el doctor García, yo, blasfemo sin redención posible, hijo y padre de herejes, hago, modestamente y salvando las distancias, lo que dicen que hacía Stalin cuando alguien le hablaba de cultura. O sea que busco mi revólver.
sábado, 2 de agosto de 2008
Poetas malditos y/o expulsados
Acabo de leer un magnífico artículo de Pablo Macera sobre Alfredo Torero en la revista cultural que, felizmente, sigue publicando la Biblioteca Nacional del Perú.
Y leyendo ese artículo compruebo que la cultura oficial –la que domina los periódicos, la que acampa en las ferias librescas, la que se cree albacea de la historia- poco o nada tiene que ver con figuras como la de Torero o la de la arqueóloga peruana Rosa Fung.
Esa separación entre una seudoaristocracia intelectual y el trabajo de algunos de los verdaderos protagonistas de la cultura peruana se me hizo risible hace unos días leyendo a Abelardo Oquendo, el amargo de angostura del viejo cóctel de la cultura peruviana vista desde el hotel Maury.
Contaba el señor Oquendo en su muy leída columna –y no había sino placer en sus palabras- a cuántos poetas peruanos se había salteado José Miguel Oviedo –el otrora brillante y libre crítico literario- en los cuatro tomos de su aparente “Historia de la literatura hispanoamericana”.
Oquendo gozaba comentando a qué pocos poetas había dejado entrar en su castillo de Alianza Editorial el señor Oviedo y a quiénes se les había permitido el ingreso a pesar de “graves reparos”. Como si Oviedo fuera el destino y Oquendo un jubiloso enterrador auxiliado magistralmente por la bilis. Era para morirse de la risa.
Y bien, ¿quiénes estaban entre los excluidos del parnaso ovetense? O sea, ¿a cuántos había matado el gusto temible y decisivo, decisivo y temible, de don José Miguel Oviedo?
Bueno, digamos que el cementerio propio de este doctor Procopio salido de Biondi era como el Presbítero Maestro. Así de grande era la mortandad provocada por este crítico convertido en epidemia. Y en la primera tumba estaba el pobre Mariano Melgar, con Silvia y todo. Chocano se había salvado con las justas del paredón pero, eso sí, allí estaban (por no estar), es decir allí brillaban por su ausencia los excluidos de Oviedo, los que no aprobaron su feroz examen de admisión.
¿Quiénes, aparte de Melgar?
Pues los hermanos Felipe y José Pardo Aliaga, el muy romántico Carlos Augusto Salaverry, el brillante José Eufemio Lora y Lora, que murió de Metro de París a los 23 años de edad. Eso para empezar.
¿Y José Gálvez? Negado. ¿Y Alberto Ureta? Omitido. ¿Y César Atahualpa Rodríguez? Puenteado. ¿Y Juan Parra del Riego? Ninguneado. ¿Y Ricardo Peña? Tarjeta roja. ¿Y Alberto Hidalgo? ¡Brinca la tablita!
Así este sarraceno del “buen gusto” va entrando a la república de la poesía y va separando cuerpos de cabezas y regando de sangre las solapas y las contratapas.
A Luis Fabio Xammar, por ejemplo, lo ignora. Quizá porque su poesía es “muy social”, un criterio que parece estar detrás de esta masacre antológica. Esa mirada aduanera debe estar detrás también de la exclusión, en la corriente del nativismo, de un poeta como Mario Florián.
Menos explicables aún son las expulsiones de Luis Nieto y Juan Ríos y del todo imperdonable la de Xavier Abril. Desde su tumba, dolido por tan trágico suceso, Abril podría haber escrito por segunda vez su hermoso “Xavier Abril ha muerto”. Que así de letal es don José Miguel con su escogencia de crítico implacable. (Y ya no hablemos de Vicente Azar, que ni siquiera por su apócrifo apellido estuvo entre los señalados).
Pero es en relación a la poesía reciente que el señor Oviedo despliega con mayor brío su furia de arma blanca (bueno, casi blanca).
Allí están, para demostrarlo, amontonados, los cadáveres más notorios. ¡Y de qué esqueletos hablamos!
Por supuesto, muerto por exclusión está Gustavo Valcárcel, un poeta combatiente y para remate comunista. Sin embargo, habría que apelar a la memoria para recrear el pasado de sonetista romántico y hasta barroco de Valcárcel (factor que el señor Oviedo pudo tener en cuenta para no expulsarlo de su paraíso y dedicarle, aunque fuese, una línea). ¿O es que no valen versos como estos?
“Si pájaro de amor de amor moría,/ era
su amor el ala que volaba,/ geografía amorosa le surcaba,/ aérea remembranza le envolvía./ Su pico temporal se estremecía,/ al recuerdo de rama que anidaba,/ dulce aroma en la noche que cavaba/ en pos del cuello, amor que amanecía./ El cielo en su plumaje desplegado,/ el viento en lejanía gemebundo,/ a pluma de nostalgia desterrado./ Sola moría el ave bajo el mundo,/ y la estrella en su pico iluminado/ era trino de amor ya moribundo”.
¿Y Manuel Scorza? Tampoco, tampoco. Ese sí que debe estar entre los malditos más indignos del gusto de don José Miguel, crítico que, con el tiempo, ha adquirido algunas de las manías de don Clemente Palma. Para señalar una causa de su mortal exclusión basta recordar de Scorza el comienzo de su poema “Pueblos amados” del libro “Las imprecaciones”: “Pueblos amados,/ poetas fulgurantes,/ padres remotos,/ amigos queridos,/ dais asco./ Me voy./ ¡Que conste!/ ¡No me complico!/ A mí no me vengan con la patria espuma./ La patria hiede,/ desgraciadamente la patria vomita buitres./ A mí no me digan: hay visitas...”
Más adelante, tampoco están -¿es necesario decirlo?- ni Marco Martos ni Manuel Morales ni Cecilia Bustamante ni Juan Cristóbal ni Arturo Corcuera ni Jorge Pimentel ni muchísimos otros y otras de todos los sexos y todos los timbres. Sí está, en cambio (y bien merecido que lo tiene) Abelardo Sánchez León.
Y, por último, otro que no fue escogido por este Chemo del Solar de la poesía peruana, este matador señor Oviedo, es nada menos que don Juan Gonzalo Rose.
¿Le importará al difunto Juan Gonzalo no estar entre los políticamente correctos según los cánones del señor Oviedo? ¿Puede importarle este desaire de connotaciones casi condecorativas a alguien que escribió poesía pura, poesía manchada de rabia, poesía más dura que las antologías mentecatas y los críticos que se creen porteros del futuro?
Yo creo que Juan Gonzalo, desde la tumba, mirará al señor Oviedo, beberá un sorbo de cerveza, bajará la cabeza, volverá a mirar, pegará otro sorbo, eructará discretamente y brindará con sus amigos. Al fin y al cabo, Juan Gonzalo escribió:
“¿Quién es el Rey? ¿quién es el Rey?
preguntan.
El Rey es lo que queda
después de los incendios.
El Rey sólo es el Tiempo.
Y esto, Guamán,
el Rey no lo sabía”.
Y leyendo ese artículo compruebo que la cultura oficial –la que domina los periódicos, la que acampa en las ferias librescas, la que se cree albacea de la historia- poco o nada tiene que ver con figuras como la de Torero o la de la arqueóloga peruana Rosa Fung.
Esa separación entre una seudoaristocracia intelectual y el trabajo de algunos de los verdaderos protagonistas de la cultura peruana se me hizo risible hace unos días leyendo a Abelardo Oquendo, el amargo de angostura del viejo cóctel de la cultura peruviana vista desde el hotel Maury.
Contaba el señor Oquendo en su muy leída columna –y no había sino placer en sus palabras- a cuántos poetas peruanos se había salteado José Miguel Oviedo –el otrora brillante y libre crítico literario- en los cuatro tomos de su aparente “Historia de la literatura hispanoamericana”.
Oquendo gozaba comentando a qué pocos poetas había dejado entrar en su castillo de Alianza Editorial el señor Oviedo y a quiénes se les había permitido el ingreso a pesar de “graves reparos”. Como si Oviedo fuera el destino y Oquendo un jubiloso enterrador auxiliado magistralmente por la bilis. Era para morirse de la risa.
Y bien, ¿quiénes estaban entre los excluidos del parnaso ovetense? O sea, ¿a cuántos había matado el gusto temible y decisivo, decisivo y temible, de don José Miguel Oviedo?
Bueno, digamos que el cementerio propio de este doctor Procopio salido de Biondi era como el Presbítero Maestro. Así de grande era la mortandad provocada por este crítico convertido en epidemia. Y en la primera tumba estaba el pobre Mariano Melgar, con Silvia y todo. Chocano se había salvado con las justas del paredón pero, eso sí, allí estaban (por no estar), es decir allí brillaban por su ausencia los excluidos de Oviedo, los que no aprobaron su feroz examen de admisión.
¿Quiénes, aparte de Melgar?
Pues los hermanos Felipe y José Pardo Aliaga, el muy romántico Carlos Augusto Salaverry, el brillante José Eufemio Lora y Lora, que murió de Metro de París a los 23 años de edad. Eso para empezar.
¿Y José Gálvez? Negado. ¿Y Alberto Ureta? Omitido. ¿Y César Atahualpa Rodríguez? Puenteado. ¿Y Juan Parra del Riego? Ninguneado. ¿Y Ricardo Peña? Tarjeta roja. ¿Y Alberto Hidalgo? ¡Brinca la tablita!
Así este sarraceno del “buen gusto” va entrando a la república de la poesía y va separando cuerpos de cabezas y regando de sangre las solapas y las contratapas.
A Luis Fabio Xammar, por ejemplo, lo ignora. Quizá porque su poesía es “muy social”, un criterio que parece estar detrás de esta masacre antológica. Esa mirada aduanera debe estar detrás también de la exclusión, en la corriente del nativismo, de un poeta como Mario Florián.
Menos explicables aún son las expulsiones de Luis Nieto y Juan Ríos y del todo imperdonable la de Xavier Abril. Desde su tumba, dolido por tan trágico suceso, Abril podría haber escrito por segunda vez su hermoso “Xavier Abril ha muerto”. Que así de letal es don José Miguel con su escogencia de crítico implacable. (Y ya no hablemos de Vicente Azar, que ni siquiera por su apócrifo apellido estuvo entre los señalados).
Pero es en relación a la poesía reciente que el señor Oviedo despliega con mayor brío su furia de arma blanca (bueno, casi blanca).
Allí están, para demostrarlo, amontonados, los cadáveres más notorios. ¡Y de qué esqueletos hablamos!
Por supuesto, muerto por exclusión está Gustavo Valcárcel, un poeta combatiente y para remate comunista. Sin embargo, habría que apelar a la memoria para recrear el pasado de sonetista romántico y hasta barroco de Valcárcel (factor que el señor Oviedo pudo tener en cuenta para no expulsarlo de su paraíso y dedicarle, aunque fuese, una línea). ¿O es que no valen versos como estos?
“Si pájaro de amor de amor moría,/ era
su amor el ala que volaba,/ geografía amorosa le surcaba,/ aérea remembranza le envolvía./ Su pico temporal se estremecía,/ al recuerdo de rama que anidaba,/ dulce aroma en la noche que cavaba/ en pos del cuello, amor que amanecía./ El cielo en su plumaje desplegado,/ el viento en lejanía gemebundo,/ a pluma de nostalgia desterrado./ Sola moría el ave bajo el mundo,/ y la estrella en su pico iluminado/ era trino de amor ya moribundo”.
¿Y Manuel Scorza? Tampoco, tampoco. Ese sí que debe estar entre los malditos más indignos del gusto de don José Miguel, crítico que, con el tiempo, ha adquirido algunas de las manías de don Clemente Palma. Para señalar una causa de su mortal exclusión basta recordar de Scorza el comienzo de su poema “Pueblos amados” del libro “Las imprecaciones”: “Pueblos amados,/ poetas fulgurantes,/ padres remotos,/ amigos queridos,/ dais asco./ Me voy./ ¡Que conste!/ ¡No me complico!/ A mí no me vengan con la patria espuma./ La patria hiede,/ desgraciadamente la patria vomita buitres./ A mí no me digan: hay visitas...”
Más adelante, tampoco están -¿es necesario decirlo?- ni Marco Martos ni Manuel Morales ni Cecilia Bustamante ni Juan Cristóbal ni Arturo Corcuera ni Jorge Pimentel ni muchísimos otros y otras de todos los sexos y todos los timbres. Sí está, en cambio (y bien merecido que lo tiene) Abelardo Sánchez León.
Y, por último, otro que no fue escogido por este Chemo del Solar de la poesía peruana, este matador señor Oviedo, es nada menos que don Juan Gonzalo Rose.
¿Le importará al difunto Juan Gonzalo no estar entre los políticamente correctos según los cánones del señor Oviedo? ¿Puede importarle este desaire de connotaciones casi condecorativas a alguien que escribió poesía pura, poesía manchada de rabia, poesía más dura que las antologías mentecatas y los críticos que se creen porteros del futuro?
Yo creo que Juan Gonzalo, desde la tumba, mirará al señor Oviedo, beberá un sorbo de cerveza, bajará la cabeza, volverá a mirar, pegará otro sorbo, eructará discretamente y brindará con sus amigos. Al fin y al cabo, Juan Gonzalo escribió:
“¿Quién es el Rey? ¿quién es el Rey?
preguntan.
El Rey es lo que queda
después de los incendios.
El Rey sólo es el Tiempo.
Y esto, Guamán,
el Rey no lo sabía”.
viernes, 1 de agosto de 2008
Escenario del 2011
Si el Perú fuera un país menos aluvional, en la derecha del 2011 estaría Rafael Belaunde, que tiene ideas y las tiene claras, compitiendo con Yehude Simon, que podría encarnar una socialdemocracia de los tiempos de Google.
Pero como aquí la cacasenería es una vieja inmortal tipo Ña Catita, seguro que tendremos a Luis Castañeda Lossio, el mudo del SAT, por un lado, y a algún inverosímil clon de Ollanta Humala, por el otro.
Castañeda Lossio ha precipitado insolentemente la ruptura de Unidad Nacional porque quizá ya tenga en la mochila el acuerdo con Alan García para el 2011.
Ese contrato mataría dos pájaros de un tiro: haría posible la elección de un continuista ortodoxo como el alcalde de Lima y abortaría las ambiciones presidenciales de Jorge del Castillo.
García no quiere a Jorge del Castillo. Y menos lo quiere como candidato. Lo querría si estuviese convencido de su derrota (como lo estuvo con Luis Alva Castro en 1990). El problema es que Del Castillo podría ganar. Y eso es algo que el narcisismo alanista no está dispuesto a tolerar.
Un Castañeda respaldado por la maquinaria nacional del Apra –cada vez más un PRI andino- tendría grandes oportunidades de hacerse con el poder. A no ser que el Apra se declarase en rebeldía, desacatase la voz del caudillo y apoyase al candidato que surgiera de las primarias del 2010. Pero esto implicaría un clima de beligerancias y desgarros que podría hacer temblar la relativa estabilidad de la economía.
Como un aporte surrealista y provocador a las profecías sobre el 2011, Carlos Ferrero ha previsto ayer una plancha Castañeda-Keiko-Del Castillo, que sería algo así como la versión tumoral de la “Convivencia” de 1956. Es un modo de decir que los escrúpulos de García son lo suficientemente escasos como para proponerle a Del Castillo ser segundón de Keiko, lo que, en la biografía del Apra, podría llamarse el broche de oro de la promiscuidad.
Pero ese vaticinio tragicómico exigiría el suicidio a lo Mishima de Jorge del Castillo, alguien que sigue construyendo, con paciencia y buen humor, su búnker personal de cara al 2011.
Si Castañeda fuera el candidato alanista-aprista, Lourdes Flores la representante posiblemente redundante del centro-derecha, Alejandro Toledo el hombre con experiencia “que tú ya conoces” y Humberto Lay (o alguien parecido) el sobrero infaltable, al centro-izquierda le bastaría con un candidato de polendas para pasar a la segunda vuelta y convertirse en una opción de cambio que no atemorice sino que, más bien, alivie. Cambio que, a esas alturas de la crisis internacional, sonará a música celestial para millones de electores.
Claro, se me dirá, pero ya no está Barrantes. Pero es que Barrantes nunca fue serio, a pesar de su éxito, su carisma, su bonhomía y su talento. Barrantes inventó el barrantismo, que lo que aportó a las ideas fue un buen vaso de leche en polvo. Y eso de “la izquierda unida jamás será vencida” era para sacarle pica a Hugo Blanco, que fue su bestia negra.
Y después de Barrantes, mucho después, llegó Ollanta Humala, que es un buen hombre y un pésimo candidato. Humala patentó el humalismo, que es algo así como frasear el malestar pero sin saber adónde se quiere llegar.
Barrantes era una federación de urgencias. Humala es un chilcano de furias. Pero ambos, en el poder, no hubieran salido del día a día. Y a ambos los atormentaba un zafarrancho de ideas que los hacía contradecirse cada semana.
Y, sin embargo, el Perú necesita dotarse de un candidato que no esté en el tablero de los Romero y los Miró Quesada, un candidato de las izquierdas renovadas. Yo no sé si a Yehude Simon le alcanza el cuero para la tarea. Lo que sí sé es que es el único que se ha atrevido a proponer un par de novedades en la grasienta agenda política del poder regional.
Como no sé, de igual modo, si Rafael Belaunde tendrá ganas de repetir el itinerario de candidato programático en un país que vota muchas veces por los cromos y los miedos mediáticos. Lo que sí sé es que él es de las pocas cosas buenas y prometedoras que le han ocurrido a la política peruana. ¡Y pensar que estuvo callado tantos años sólo por no contrariar a su padre!
En todo caso, ojalá gente como Simon o Belaunde ventilen el aire pasmado y acaroso que nos envenena. Es que o nos renovamos o tendremos al picapedrero Castañeda haciendo de las suyas (pero en grande) en el 2011. Y con Marquito Parra de Contralor General, cómo no.
Pero como aquí la cacasenería es una vieja inmortal tipo Ña Catita, seguro que tendremos a Luis Castañeda Lossio, el mudo del SAT, por un lado, y a algún inverosímil clon de Ollanta Humala, por el otro.
Castañeda Lossio ha precipitado insolentemente la ruptura de Unidad Nacional porque quizá ya tenga en la mochila el acuerdo con Alan García para el 2011.
Ese contrato mataría dos pájaros de un tiro: haría posible la elección de un continuista ortodoxo como el alcalde de Lima y abortaría las ambiciones presidenciales de Jorge del Castillo.
García no quiere a Jorge del Castillo. Y menos lo quiere como candidato. Lo querría si estuviese convencido de su derrota (como lo estuvo con Luis Alva Castro en 1990). El problema es que Del Castillo podría ganar. Y eso es algo que el narcisismo alanista no está dispuesto a tolerar.
Un Castañeda respaldado por la maquinaria nacional del Apra –cada vez más un PRI andino- tendría grandes oportunidades de hacerse con el poder. A no ser que el Apra se declarase en rebeldía, desacatase la voz del caudillo y apoyase al candidato que surgiera de las primarias del 2010. Pero esto implicaría un clima de beligerancias y desgarros que podría hacer temblar la relativa estabilidad de la economía.
Como un aporte surrealista y provocador a las profecías sobre el 2011, Carlos Ferrero ha previsto ayer una plancha Castañeda-Keiko-Del Castillo, que sería algo así como la versión tumoral de la “Convivencia” de 1956. Es un modo de decir que los escrúpulos de García son lo suficientemente escasos como para proponerle a Del Castillo ser segundón de Keiko, lo que, en la biografía del Apra, podría llamarse el broche de oro de la promiscuidad.
Pero ese vaticinio tragicómico exigiría el suicidio a lo Mishima de Jorge del Castillo, alguien que sigue construyendo, con paciencia y buen humor, su búnker personal de cara al 2011.
Si Castañeda fuera el candidato alanista-aprista, Lourdes Flores la representante posiblemente redundante del centro-derecha, Alejandro Toledo el hombre con experiencia “que tú ya conoces” y Humberto Lay (o alguien parecido) el sobrero infaltable, al centro-izquierda le bastaría con un candidato de polendas para pasar a la segunda vuelta y convertirse en una opción de cambio que no atemorice sino que, más bien, alivie. Cambio que, a esas alturas de la crisis internacional, sonará a música celestial para millones de electores.
Claro, se me dirá, pero ya no está Barrantes. Pero es que Barrantes nunca fue serio, a pesar de su éxito, su carisma, su bonhomía y su talento. Barrantes inventó el barrantismo, que lo que aportó a las ideas fue un buen vaso de leche en polvo. Y eso de “la izquierda unida jamás será vencida” era para sacarle pica a Hugo Blanco, que fue su bestia negra.
Y después de Barrantes, mucho después, llegó Ollanta Humala, que es un buen hombre y un pésimo candidato. Humala patentó el humalismo, que es algo así como frasear el malestar pero sin saber adónde se quiere llegar.
Barrantes era una federación de urgencias. Humala es un chilcano de furias. Pero ambos, en el poder, no hubieran salido del día a día. Y a ambos los atormentaba un zafarrancho de ideas que los hacía contradecirse cada semana.
Y, sin embargo, el Perú necesita dotarse de un candidato que no esté en el tablero de los Romero y los Miró Quesada, un candidato de las izquierdas renovadas. Yo no sé si a Yehude Simon le alcanza el cuero para la tarea. Lo que sí sé es que es el único que se ha atrevido a proponer un par de novedades en la grasienta agenda política del poder regional.
Como no sé, de igual modo, si Rafael Belaunde tendrá ganas de repetir el itinerario de candidato programático en un país que vota muchas veces por los cromos y los miedos mediáticos. Lo que sí sé es que él es de las pocas cosas buenas y prometedoras que le han ocurrido a la política peruana. ¡Y pensar que estuvo callado tantos años sólo por no contrariar a su padre!
En todo caso, ojalá gente como Simon o Belaunde ventilen el aire pasmado y acaroso que nos envenena. Es que o nos renovamos o tendremos al picapedrero Castañeda haciendo de las suyas (pero en grande) en el 2011. Y con Marquito Parra de Contralor General, cómo no.
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