El antiaprismo feroz quiere que el doctor Luis Alva Castro se quede en la cima del ministerio del Interior.
Y es que nadie mejor que Alva Castro para que el antiaprismo cunda, se derrame como la lisura.
Alva Castro es la imagen del aprismo entendido como sebo de culebra y discurso de Melquíades presentándote el hielo como una novedad de los sabios de Memphis.
-La policía no llevó armas –miente Alva como marrano al referirse a los disparos que mataron a dos campesinos durante el último paro regional de Ayacucho.
Y claro que las llevó y por supuesto que las disparó, como lo sostienen un fiscal al que han silenciado en el ministerio público, el examen forense de la morgue donde llevaron a las dos víctimas, y hasta la Novena Dirección Territorial –con sede en Ayacucho- de la mismísima Policía Nacional.
-La licitación ha sido un proceso limpio –babea Alva Castro. Y por supuesto que ha sido inmunda, arreglada con una firma de traferos que querían vender 687 patrulleros chinos marca “Joy Way” (o algo así) a precios de carros japoneses, y abortada sólo porque la prensa independiente descubrió el miriñaque a tiempo.
-La policía tiene ahora los recursos para hacer sentir su presencia en todo el país –ventosea Alva Castro mientras descubren la enésima banda de ladrones y asesinos dirigida por un oficial de la policía en actividad y en el mismo momento en que el general Jordán tiene que rendirse ante una muchedumbre enardecida porque alguien, cumpliendo órdenes de Alva Castro, arrojó bombas lacrimógenas sobre la gente y desató el enfrentamiento: 700 policías versus 15,000 manifestantes.
Y así sucesivamente, sin remedio, inexorable como el herpes, Alva Castro va mintiendo y “haciendo política”, describiendo lo que no se hizo, reclamando los éxitos de ultratumba que no se lograron, profetizando lo que no se hará. Es decir, entendiendo la política –y casi la vida- como el arte del hueveo y la gracia de la impostura zarzuelera.
Este director que fuera de “La antorcha leonciopradina”, doctor honoris causa por las universidades apristas Federico Villarreal, Garcilaso de la Vega y Antenor Orrego, fue el que puso la primera piedra en el monumento a la ruina que empezó a levantarse en 1985 y fue autor específico del asalto a los certificados en dólares que el Estado perpetró cuando él era primer ministro, segundo de a bordo, tercero en discordia y cuarto del rescate a la hora de Alí Babá y los 40 principales.
Fue en esa época en que salió publicado su libro “El futuro comienza hoy”. Bueno, la verdad es que comenzó ese día y terminó a la semana siguiente (un viernes) porque lo demás fue pesadilla de intis que desaparecían, pollos que levitaban y una corrupción tan hedionda que, comparada, convirtió a Sodoma y Gomorra en parte del tour de los lugares santos y a Sin City en un parque temático de la cadena Disney.
Y después, cuando Fujimori quería matar a García, Alva Castro no es que se jugara la vida ni mucho menos. Por allí anduvo, dedicado “al estudio de Haya de la Torre” –pobre Haya- y al cultivo de diversas amistades. Una de esas camaraderías tuvo que ver con Humberto Abanto Verástegui, que llegó a ser gerente general de la empresa Algamarca (de los Sánchez Paredes) mientras asesoraba congresal y personalmente a Alva Castro. ¿Cuál es en este momento la naturaleza de ese vínculo, jamás negado por ninguna de las partes? La pregunta es pertinente si se recuerda que los Sánchez Paredes, dueños de varias minas y denuncios, tienen conflictos por lo menos con una comunidad campesina y con una empresa minera que reclama los mismos derechos que hoy hace prevalecer, judicialmente, esta familia diezmada por los ajustes de cuenta a plomo limpio.
El mejor retrato de Alva Castro lo pintó él mismo, cuando dijo que la plata que metió como publicidad estatal en RBC (280,000 soles) se justificaba “por la sintonía del Canal”. ¿Cómo podía saber Alva Castro qué sintonía tiene el canal del ex fujimorista Morey si hace años que nadie mide la temperatura de su antena polar? ¿O no sabe que Canal 11 no está en las encuestas de Ibope dado que no quiere pagar la cuota que pagan los otros?
Y ahora anuncia Alva Castro que para el paro de pasado mañana saldrá la Fuerza Armada “a resguardar el orden”. ¿Este señor pretende que los tanques intimiden a la CGTP, que los soldados de la II División patrullen las calles y que el general Edwin Donayre se haga cargo de la papa que a él le quema las manitas? ¿Qué quiere este padre exuberante de todas las incompetencias? ¿Que la policía sea sustituida de una vez por las Fuerzas Armadas?
Lo que quiere Alva Castro es un misterio. Lo que quiere la mayoría de la población en relación a tan distinguido funcionario sí está claro según todas las encuestas: que se largue. ¿No es que el Apra ha cambiado y ha dejado de ser sectaria, excluyente y mitómana? ¡Que lo demuestre!
lunes, 7 de julio de 2008
domingo, 6 de julio de 2008
Carta contra mí mismo
Recibo una carta del caricaturista CABE (Carlos Bernales). Considero un deber moral publicar ese texto por lo que tiene de testimonial y por algunas revelaciones involuntarias agazapadas detrás de unos cuantos conceptos y hasta de su sintaxis. Y lo hago a pesar de la distancia que me separa de la estética del señor Bernales.
Lo que debe quedar claro es que jamás le pedí a nadie que el señor Bernales saliera de La Primera. Décadas de ejercicio profesional y un nutrido puñado de reporteros podrán dar fe de que no está en mi naturaleza pedir que echen a alguien porque lo que hace me pueda parecer, en algún momento, sublevante o indigno. En esta vida pública uno está expuesto a todo (inclusive a ser hermanoseado por Eloy Jáuregui, discípulo de Bryce no precisamente por sus novelas) y lo que hago ante episodios como el de la caricatura de Bernales –esa de los apellidos europeos “de tal calaña”– es responder en el estilo de mi amiga Carmen González: de frente y sin máscaras, que estamos hartos de tanto carnaval dizque veneciano.
No hablé sobre el señor Bernales ni con César Lévano, director de este periódico, ni con sus propietarios, ni con el editor general. No hablé ni pedí nada a nadie. Por teléfono, el señor Arturo Belaunde me comunicó, tras la publicación de mi columna, que había tomado la decisión de retirar del periódico al señor Bernales. No hice comentario alguno porque la noticia del señor Belaunde la rescaté de un mensaje guardado en mi teléfono móvil. Y tuve la distraída descortesía de no devolver la llamada. De modo que al acusarme arbitrariamente de haber exigido su salida, el señor Bernales vuelve a ser mezquino y odioso. No importa. Lo que más importa es que el señor Bernales vea publicado su texto.
Y que sepa que si los señores Belaunde me preguntaran ahora cuál sería mi opinión respecto del posible retorno del señor Bernales, expresaría mi total acuerdo. Pero es que no me van a preguntar nada. Como que nunca me han preguntado nada en relación a sus soberanas decisiones. Y eso es lógico: soy un colaborador con algunas prerrogativas, nada más. Y ese estatuto no me da poder alguno, diría que felizmente, en las decisiones empresariales de este periódico donde escribo a gusto y con absoluta libertad. Aquí va la carta, casi sin editar.
Señor César Hildebrandt:
Ha logrado usted que La Primera me considere ilegal y me deporte del periódico. Todo, como dice la ranchera, “por un mal entendimiento” o por varios malos entendimientos.
El primero, suponer que mi caricatura era respuesta a su nota sobre los sudacas, lo que no es cierto. Mi caricatura y su nota aparecieron el mismo día.
Segundo, suponer que yo propongo la deportación de todos los europeos. Eso lo dijo Heduardo en una caricatura que también salió publicada el mismo día en “Perú 21”. En realidad no estoy por la deportación de nadie, tal como explica mi respuesta a usted...
Tercero, suponer que yo he insultado su apellido. Por principio, estoy en contra de cualquier insulto, aunque muchas veces las caricaturas se acercan peligrosamente a esos bordes. El mensaje de mi caricatura era señalar lo que pasaría si en el Perú se expulsara a los “indeseables”. Le recuerdo que en Estados Unidos y Europa ilegal o indeseable es lo mismo.
En ese momento pensé en apellidos que provengan de la oligarquía financiera, luego a los políticos, Lauer apareció en mi mente asociado a los apellidos “cambas” de Bolivia más que por su alanismo, y luego al repasar fujimoristas, lo siento mucho pero apareció el apellido más distinguible de entre ellos.
Habiendo leido lo que usted ha escrito sobre su media hermana, no tuve reparos en incluirla y pensé que mi caricatura dejaba en claro que no estaba dirigida contra usted. Lamentablemente, usted no entendio la distinción.
No es fácil hacer caricaturas a la distancia. Se extraña la sala de redacción, la consulta al editor, estar al día con los chistes del momento. Mi antiguo amigo Carlín señala que acude a los puestos de periódicos para escuchar lo que dice la gente y por allí asoman sus ideas.
Cuarto, ¿por qué se suma usted a Aldo M. al acusarme de actuar digitado por ¿el castrismo terminal? No soy castrista, nunca lo fui, aunque no niego mi admiración por lo que fue la revolución cubana y la rusa de 1917. Nadie dicta mis caricaturas, quienes me conocen saben de mi independencia.
Tengo casi 25 años ganándome la vida en EE.UU. haciendo caricaturas y escribiendo notas políticas, además de entrevistas y reportajes, con absoluta libertad.
No me financia ninguna potencia enemiga o los petrodólares sino el humilde deseo de contribuir con lo que puedo a la causa de la justicia social en el Perú, que creí encontrar en La Primera, sacando tiempo de donde no tengo, comenzando el día muy temprano para leer, mínimo dos horas, los periódicos peruanos. Luego, escuchando Radio San Borja, que muchas veces grabo por no tener tiempo para seguirla en simultáneo, también viendo el espantoso noticiero de Canal 4.
Además, me toma dos o tres horas hacer el dibujo y pensar casi todo el día en el tema a tratar y buscando el humor, una tarea que es más difícil que cualquier drama.
Como dijo alguna vez Chumi Chumez, a quien tuve la suerte de conocer, “no es fácil hacer reir, fácil es hacer llorar, para comenzar podría contarles mis problemas ersonales...”
Todo eso ha sido tirado por la borda del mal entendimiento y lo que es peor se me expulsa sin derecho a pataleo, sin explicarle al público mi retiro y las causas de ello. Es decir, además de ilegal-indeseable y deportado, paso a la condición de desaparecido.
Esta nota salió más larga de lo que pensé. Le ruego me disculpe por ello. Para terminar, le pido que, como se decía en las solicitudes de papel sello quinto, interponga usted sus buenos oficios para que se publique esta carta de respuesta y concluir así mi paso por La Primera”.
Carlos Bernales.
Lo que debe quedar claro es que jamás le pedí a nadie que el señor Bernales saliera de La Primera. Décadas de ejercicio profesional y un nutrido puñado de reporteros podrán dar fe de que no está en mi naturaleza pedir que echen a alguien porque lo que hace me pueda parecer, en algún momento, sublevante o indigno. En esta vida pública uno está expuesto a todo (inclusive a ser hermanoseado por Eloy Jáuregui, discípulo de Bryce no precisamente por sus novelas) y lo que hago ante episodios como el de la caricatura de Bernales –esa de los apellidos europeos “de tal calaña”– es responder en el estilo de mi amiga Carmen González: de frente y sin máscaras, que estamos hartos de tanto carnaval dizque veneciano.
No hablé sobre el señor Bernales ni con César Lévano, director de este periódico, ni con sus propietarios, ni con el editor general. No hablé ni pedí nada a nadie. Por teléfono, el señor Arturo Belaunde me comunicó, tras la publicación de mi columna, que había tomado la decisión de retirar del periódico al señor Bernales. No hice comentario alguno porque la noticia del señor Belaunde la rescaté de un mensaje guardado en mi teléfono móvil. Y tuve la distraída descortesía de no devolver la llamada. De modo que al acusarme arbitrariamente de haber exigido su salida, el señor Bernales vuelve a ser mezquino y odioso. No importa. Lo que más importa es que el señor Bernales vea publicado su texto.
Y que sepa que si los señores Belaunde me preguntaran ahora cuál sería mi opinión respecto del posible retorno del señor Bernales, expresaría mi total acuerdo. Pero es que no me van a preguntar nada. Como que nunca me han preguntado nada en relación a sus soberanas decisiones. Y eso es lógico: soy un colaborador con algunas prerrogativas, nada más. Y ese estatuto no me da poder alguno, diría que felizmente, en las decisiones empresariales de este periódico donde escribo a gusto y con absoluta libertad. Aquí va la carta, casi sin editar.
Señor César Hildebrandt:
Ha logrado usted que La Primera me considere ilegal y me deporte del periódico. Todo, como dice la ranchera, “por un mal entendimiento” o por varios malos entendimientos.
El primero, suponer que mi caricatura era respuesta a su nota sobre los sudacas, lo que no es cierto. Mi caricatura y su nota aparecieron el mismo día.
Segundo, suponer que yo propongo la deportación de todos los europeos. Eso lo dijo Heduardo en una caricatura que también salió publicada el mismo día en “Perú 21”. En realidad no estoy por la deportación de nadie, tal como explica mi respuesta a usted...
Tercero, suponer que yo he insultado su apellido. Por principio, estoy en contra de cualquier insulto, aunque muchas veces las caricaturas se acercan peligrosamente a esos bordes. El mensaje de mi caricatura era señalar lo que pasaría si en el Perú se expulsara a los “indeseables”. Le recuerdo que en Estados Unidos y Europa ilegal o indeseable es lo mismo.
En ese momento pensé en apellidos que provengan de la oligarquía financiera, luego a los políticos, Lauer apareció en mi mente asociado a los apellidos “cambas” de Bolivia más que por su alanismo, y luego al repasar fujimoristas, lo siento mucho pero apareció el apellido más distinguible de entre ellos.
Habiendo leido lo que usted ha escrito sobre su media hermana, no tuve reparos en incluirla y pensé que mi caricatura dejaba en claro que no estaba dirigida contra usted. Lamentablemente, usted no entendio la distinción.
No es fácil hacer caricaturas a la distancia. Se extraña la sala de redacción, la consulta al editor, estar al día con los chistes del momento. Mi antiguo amigo Carlín señala que acude a los puestos de periódicos para escuchar lo que dice la gente y por allí asoman sus ideas.
Cuarto, ¿por qué se suma usted a Aldo M. al acusarme de actuar digitado por ¿el castrismo terminal? No soy castrista, nunca lo fui, aunque no niego mi admiración por lo que fue la revolución cubana y la rusa de 1917. Nadie dicta mis caricaturas, quienes me conocen saben de mi independencia.
Tengo casi 25 años ganándome la vida en EE.UU. haciendo caricaturas y escribiendo notas políticas, además de entrevistas y reportajes, con absoluta libertad.
No me financia ninguna potencia enemiga o los petrodólares sino el humilde deseo de contribuir con lo que puedo a la causa de la justicia social en el Perú, que creí encontrar en La Primera, sacando tiempo de donde no tengo, comenzando el día muy temprano para leer, mínimo dos horas, los periódicos peruanos. Luego, escuchando Radio San Borja, que muchas veces grabo por no tener tiempo para seguirla en simultáneo, también viendo el espantoso noticiero de Canal 4.
Además, me toma dos o tres horas hacer el dibujo y pensar casi todo el día en el tema a tratar y buscando el humor, una tarea que es más difícil que cualquier drama.
Como dijo alguna vez Chumi Chumez, a quien tuve la suerte de conocer, “no es fácil hacer reir, fácil es hacer llorar, para comenzar podría contarles mis problemas ersonales...”
Todo eso ha sido tirado por la borda del mal entendimiento y lo que es peor se me expulsa sin derecho a pataleo, sin explicarle al público mi retiro y las causas de ello. Es decir, además de ilegal-indeseable y deportado, paso a la condición de desaparecido.
Esta nota salió más larga de lo que pensé. Le ruego me disculpe por ello. Para terminar, le pido que, como se decía en las solicitudes de papel sello quinto, interponga usted sus buenos oficios para que se publique esta carta de respuesta y concluir así mi paso por La Primera”.
Carlos Bernales.
sábado, 5 de julio de 2008
Bienvenido el debate
No sé cómo habrá salido o saldrá el debate de esta mañana entre Jorge del Castillo y Mario Huamán, pero me parece que la importancia de este encuentro no ha sido subrayada debidamente.
Los debates son esenciales para que la democracia se riegue y florezca. Y al final hay dos pasiones razonadas y dos razones apasionadas que se escuchan y dejan la estela de una cierta bravura intelectual. En un debate quien gana es el oyente.
Pero en el Perú la usanza preferida por los políticos es el monólogo y la música que se pone a todo volumen es la del eco, con acompañamiento de uno mismo y dúo bamba con el otro yo haciendo de segunda.
La cultura de la argumentación contradicha a viva voz y el goce intelectual del debate empezó a decaer entre nosotros con la desaparición de las ideas y su reemplazo por los programas electorales.
Y cuando las ideas hicieron mutis por el foro es que ya se habían muerto (de lo más intestados) quienes podían sostenerlas, crearlas o enriquecerlas.
Era inevitable que Mariátegui y Haya debatieran. Y es que ambos tenían cómo hacerlo. Fue delicioso que Federico More provocara tanto. Y es que en su caso el talento y la cultura se daban la mano.
El último gran debate de la política peruana fue protagonizado por Luis Bedoya Reyes y Héctor Cornejo Chávez. Dos ideas sobre el Perú discutieron aquella vez. Hubo ironías pero no insultos, esgrima y no chaveta. La política se nutrió esa noche. Y el idioma también.
En los años ochenta, y con las excepciones del caso, un manto de ceniza salida del Vesubio de la mediocridad nos hizo pompeyanos sin que nos enteráramos del todo. Esa lava arrasadora alcanzó su mayor incandescencia cuando Fujimori, alentado por los asesores apristas que le hacían los guiones, le dijo a Vargas Llosa que haber fumado marihuana en su juventud poco menos que lo descalificaba como candidato.
En el cementerio de las ideas (que Sendero había ayudado a poblar), Fujimori se sintió como en su casa y bailó el baile del FMI como Michael Jackson entre sus cadáveres.
El divorcio de la política y los libros creó a una nueva raza de políticos: los que necesitaron de traducción simultánea para que los entendiéramos. Memorable, en ese sentido, resulta la figura de Gilberto Siura, congresista fujimorista de usos múltiples. Cuando Siura hablaba –es un modo retórico de decirlo– la estupidez callaba, superada hasta la vergüenza.
Gente como Siura –pero hay mil ejemplos y de todo el espectro partidario– no hubiera podido debatir ni con Marcel Marceau maquillado de yeso y carmín.
O sea que la separación a botellazos de la política y las librerías dejó muchos huérfanos. Al principio fue un asunto de Dickens y Cáritas, pero, con el tiempo, los hijos de los hijos de esos huérfanos de imprenta llegaron a las nomenclaturas, a los comités ejecutivos, a la Onpe, y sucedió lo que tenía que suceder: estas FARC de la chusquedad secuestraron a la política peruana y juraron que no la soltarían hasta que la banda sonora de Fahrenheit 451 se convirtiese en el nuevo himno nacional.
Algunos de estos ñaños tuvieron la suerte de no descubrir que eran disléxicos hasta que recibieron su primer cheque, monografía que debieron leer a la fuerza como se comprenderá. Y una buena parte de ellos iría, en bermudas hasta la baja pantorrilla, a militar en la blanquiazul Alianza Fujimorista, que ganó campeonatos interpretando auténticamente el marcador final luego de que Martin Rivas se hiciera cargo del árbitro.
Lo que quiero decir pero me distraigo es que cuando política y cultura empezaron a odiarse lo que se impuso fue la supresión de la polémica y el apego a la certeza que no resiste el riesgo de la confrontación.
De modo que el debate programado para esta mañana en Radioprogramas es una de las mejores cosas que le ha sucedido al clima político de este país de tantas voces divas. Bienvenido el debate.
Los debates son esenciales para que la democracia se riegue y florezca. Y al final hay dos pasiones razonadas y dos razones apasionadas que se escuchan y dejan la estela de una cierta bravura intelectual. En un debate quien gana es el oyente.
Pero en el Perú la usanza preferida por los políticos es el monólogo y la música que se pone a todo volumen es la del eco, con acompañamiento de uno mismo y dúo bamba con el otro yo haciendo de segunda.
La cultura de la argumentación contradicha a viva voz y el goce intelectual del debate empezó a decaer entre nosotros con la desaparición de las ideas y su reemplazo por los programas electorales.
Y cuando las ideas hicieron mutis por el foro es que ya se habían muerto (de lo más intestados) quienes podían sostenerlas, crearlas o enriquecerlas.
Era inevitable que Mariátegui y Haya debatieran. Y es que ambos tenían cómo hacerlo. Fue delicioso que Federico More provocara tanto. Y es que en su caso el talento y la cultura se daban la mano.
El último gran debate de la política peruana fue protagonizado por Luis Bedoya Reyes y Héctor Cornejo Chávez. Dos ideas sobre el Perú discutieron aquella vez. Hubo ironías pero no insultos, esgrima y no chaveta. La política se nutrió esa noche. Y el idioma también.
En los años ochenta, y con las excepciones del caso, un manto de ceniza salida del Vesubio de la mediocridad nos hizo pompeyanos sin que nos enteráramos del todo. Esa lava arrasadora alcanzó su mayor incandescencia cuando Fujimori, alentado por los asesores apristas que le hacían los guiones, le dijo a Vargas Llosa que haber fumado marihuana en su juventud poco menos que lo descalificaba como candidato.
En el cementerio de las ideas (que Sendero había ayudado a poblar), Fujimori se sintió como en su casa y bailó el baile del FMI como Michael Jackson entre sus cadáveres.
El divorcio de la política y los libros creó a una nueva raza de políticos: los que necesitaron de traducción simultánea para que los entendiéramos. Memorable, en ese sentido, resulta la figura de Gilberto Siura, congresista fujimorista de usos múltiples. Cuando Siura hablaba –es un modo retórico de decirlo– la estupidez callaba, superada hasta la vergüenza.
Gente como Siura –pero hay mil ejemplos y de todo el espectro partidario– no hubiera podido debatir ni con Marcel Marceau maquillado de yeso y carmín.
O sea que la separación a botellazos de la política y las librerías dejó muchos huérfanos. Al principio fue un asunto de Dickens y Cáritas, pero, con el tiempo, los hijos de los hijos de esos huérfanos de imprenta llegaron a las nomenclaturas, a los comités ejecutivos, a la Onpe, y sucedió lo que tenía que suceder: estas FARC de la chusquedad secuestraron a la política peruana y juraron que no la soltarían hasta que la banda sonora de Fahrenheit 451 se convirtiese en el nuevo himno nacional.
Algunos de estos ñaños tuvieron la suerte de no descubrir que eran disléxicos hasta que recibieron su primer cheque, monografía que debieron leer a la fuerza como se comprenderá. Y una buena parte de ellos iría, en bermudas hasta la baja pantorrilla, a militar en la blanquiazul Alianza Fujimorista, que ganó campeonatos interpretando auténticamente el marcador final luego de que Martin Rivas se hiciera cargo del árbitro.
Lo que quiero decir pero me distraigo es que cuando política y cultura empezaron a odiarse lo que se impuso fue la supresión de la polémica y el apego a la certeza que no resiste el riesgo de la confrontación.
De modo que el debate programado para esta mañana en Radioprogramas es una de las mejores cosas que le ha sucedido al clima político de este país de tantas voces divas. Bienvenido el debate.
viernes, 4 de julio de 2008
Tasadores de “Prisa”
Han venido los muchachos de “Prisa”, el imperio que empezó con un señor que vendía textos escolares en combina con los ministerios de Educación de Sudamérica, para ver cómo está el mercado de la tele y en qué andan las prensas de estos reinos.
Pues me cuentan que ya se han enterado de que aquí el diario más leído se llama “Trome”, que vende 400,000 copias diarias a un sexto de dólar cada una. Y es el más leído porque casi no tiene nada que leer. Es un diario de cromos perfecto para el analfabetismo funcional, que aquí es tan norma como en la España negra de la vieja Andalucía. Su modernidad consiste en que la contraportada siempre tiene una chica rolliza fotografiada desde la estética del proxenetismo, que es todo un arte que privilegia, por razones que el psicoanálisis les explicará, los cuartos traseros.
Sabrán también los hijos de Jesús de Polanco (los verdaderos y los putativos, que siempre son los más) que este aporte a las letras peruanas proviene de la familia Miró Quesada, que en estos años ha prosperado como lo hicieron los industriales franceses que se alinearon con la ocupación alemana.
Porque no hay que quitarle méritos a la capacidad evolutiva de los Miró Quesada. En efecto, hasta el año 1999 esta distinguida estirpe perteneció al entorno cercano de los Fujimori y los Joy Way y rompió varias marcas de utilidades brutas y netas. No digo que no mereciera el fruto de sus trabajos. Sólo describo un hecho refrendado por las cifras y los análisis financieros.
Hoy los Miró Quesada son dueños de cuatro periódicos y dos canales de televisión –el único informativo que tiene el cable y el de señal abierta más importante del medio–. La última modernización de su imprenta y la inversión para comprar el 66% de acciones de América TV, el canal de los reos Crousillat rematado en el régimen de las grandes bacanales (el de Toledo), fueron fruto de un préstamo avalado por el Estado peruano bajo el paraguas del actual régimen, lo que confirma el ecumenismo omnívoro de tan distinguida familia.
El problema es que la joya de la corona entre los Miró Quesada se llama, como decía, “Trome” y es al periodismo lo que Francis Drake era al honor marino, lo que Fanny Hill al recato y lo que Oliver North al juego limpio. Pero, en fin, da de comer y mantiene experimentos como el de Perú 21, un diario muy bien hecho por un puñado de funcionarios del fujimorismo que se han inoculado el virus de la autoamnesia, cepa peruana que te ahorra veinte mil dólares de exorcismos en el diván.
Y por más que han hecho en “El Comercio” para dotarlo de seriedad, nadie les cree. Su Unidad de Investigación, por ejemplo, es de lo más humorística. Y es que fraguando documentos, inventando declaraciones, haciendo alusiones sin sustento (y amenazando con sus abogados, el primero de los cuales fue el procurador preferido de Fujimori) no se hace periodismo de investigación sino, más bien, prensa investigable.
El otro grupo importante en la prensa escrita es el de los hermanos Agois, cuya obra mayor es “Ajá”, un periódico con figuritas surtidas que acaba de cumplir 14 años de clamorosos éxitos y que es inteligente en un dialecto de remotas raíces quizá euskeras (“Elvira mete cucú en TV”, decía uno de sus titulares menos misteriosos de su edición de ayer).
Los hermanos Agois, a quienes Hacienda nunca ha comprendido, han fabricado también “El Bocón”, un prodigio de la tartamudez mental y que es el diario deportivo que lee murmurando el Puma Carranza. “El Bocón” también tiene una chica a medio vestir entre sus atractivos. La de ayer tenía un pie de foto que decía: “Esta está para ser goleada”. Toda una fineza.
En fin, también se habrán enterado los de “Prisa” que la TV de señal abierta en el Perú, prescindiendo del canal que compró “El Comercio” a precio de ganga, está en manos, sucesivamente, de un señor que adora a Ehud Olmert y que le debe 54 millones de soles a Hacienda, de un anciano inmortal que le debe el sueldo hasta a los camarógrafos y de un mexicano mafioso al que le deben la vida porque si no te manda matar y al que le dicen “El fantasma”. Esto para no hablar del canal 11, que es brillante cuando no transmite, y del 13, que es el patio trasero y la caja chica de “El Fantasma”.
De modo, señores de Prisa, que la situación está rebuena, como diría cualquier Azcárraga, para la aventura conjunta, la subasta invertida y el cambalache bursátil. Y ayer, al conversar con el doctor Alan García, habrán comprobado que el que ayer fuera socialdemócrata hoy es demócrata de la página de Sociales, más o menos como ustedes, distinguidísimos, que empezaron gloriosamente defendiendo los fueros del periodismo y hoy son la armada invencible de la Polanco Navigation Company.
Pregúntenle a los chilenos. El Perú está barato. El tiempo de los espejitos como que ha vuelto. Y hay varios potosíes a la vuelta de la esquina.
Ah, me olvidaba. Telefónica, vuestra competidora, tiene tres canales en su Cable Mágico. Uno es milagrosamente futbolero en un país donde hace años que ya no se juega fútbol sino una variante del fracaso. El otro tiene programas para idiotas (entre los que destaca “3 G”), y en el tercero, el 20, sólo penan y es como Poltergeist pero con gordos y adivinas. ¡Jauja ha regresado!
Pues me cuentan que ya se han enterado de que aquí el diario más leído se llama “Trome”, que vende 400,000 copias diarias a un sexto de dólar cada una. Y es el más leído porque casi no tiene nada que leer. Es un diario de cromos perfecto para el analfabetismo funcional, que aquí es tan norma como en la España negra de la vieja Andalucía. Su modernidad consiste en que la contraportada siempre tiene una chica rolliza fotografiada desde la estética del proxenetismo, que es todo un arte que privilegia, por razones que el psicoanálisis les explicará, los cuartos traseros.
Sabrán también los hijos de Jesús de Polanco (los verdaderos y los putativos, que siempre son los más) que este aporte a las letras peruanas proviene de la familia Miró Quesada, que en estos años ha prosperado como lo hicieron los industriales franceses que se alinearon con la ocupación alemana.
Porque no hay que quitarle méritos a la capacidad evolutiva de los Miró Quesada. En efecto, hasta el año 1999 esta distinguida estirpe perteneció al entorno cercano de los Fujimori y los Joy Way y rompió varias marcas de utilidades brutas y netas. No digo que no mereciera el fruto de sus trabajos. Sólo describo un hecho refrendado por las cifras y los análisis financieros.
Hoy los Miró Quesada son dueños de cuatro periódicos y dos canales de televisión –el único informativo que tiene el cable y el de señal abierta más importante del medio–. La última modernización de su imprenta y la inversión para comprar el 66% de acciones de América TV, el canal de los reos Crousillat rematado en el régimen de las grandes bacanales (el de Toledo), fueron fruto de un préstamo avalado por el Estado peruano bajo el paraguas del actual régimen, lo que confirma el ecumenismo omnívoro de tan distinguida familia.
El problema es que la joya de la corona entre los Miró Quesada se llama, como decía, “Trome” y es al periodismo lo que Francis Drake era al honor marino, lo que Fanny Hill al recato y lo que Oliver North al juego limpio. Pero, en fin, da de comer y mantiene experimentos como el de Perú 21, un diario muy bien hecho por un puñado de funcionarios del fujimorismo que se han inoculado el virus de la autoamnesia, cepa peruana que te ahorra veinte mil dólares de exorcismos en el diván.
Y por más que han hecho en “El Comercio” para dotarlo de seriedad, nadie les cree. Su Unidad de Investigación, por ejemplo, es de lo más humorística. Y es que fraguando documentos, inventando declaraciones, haciendo alusiones sin sustento (y amenazando con sus abogados, el primero de los cuales fue el procurador preferido de Fujimori) no se hace periodismo de investigación sino, más bien, prensa investigable.
El otro grupo importante en la prensa escrita es el de los hermanos Agois, cuya obra mayor es “Ajá”, un periódico con figuritas surtidas que acaba de cumplir 14 años de clamorosos éxitos y que es inteligente en un dialecto de remotas raíces quizá euskeras (“Elvira mete cucú en TV”, decía uno de sus titulares menos misteriosos de su edición de ayer).
Los hermanos Agois, a quienes Hacienda nunca ha comprendido, han fabricado también “El Bocón”, un prodigio de la tartamudez mental y que es el diario deportivo que lee murmurando el Puma Carranza. “El Bocón” también tiene una chica a medio vestir entre sus atractivos. La de ayer tenía un pie de foto que decía: “Esta está para ser goleada”. Toda una fineza.
En fin, también se habrán enterado los de “Prisa” que la TV de señal abierta en el Perú, prescindiendo del canal que compró “El Comercio” a precio de ganga, está en manos, sucesivamente, de un señor que adora a Ehud Olmert y que le debe 54 millones de soles a Hacienda, de un anciano inmortal que le debe el sueldo hasta a los camarógrafos y de un mexicano mafioso al que le deben la vida porque si no te manda matar y al que le dicen “El fantasma”. Esto para no hablar del canal 11, que es brillante cuando no transmite, y del 13, que es el patio trasero y la caja chica de “El Fantasma”.
De modo, señores de Prisa, que la situación está rebuena, como diría cualquier Azcárraga, para la aventura conjunta, la subasta invertida y el cambalache bursátil. Y ayer, al conversar con el doctor Alan García, habrán comprobado que el que ayer fuera socialdemócrata hoy es demócrata de la página de Sociales, más o menos como ustedes, distinguidísimos, que empezaron gloriosamente defendiendo los fueros del periodismo y hoy son la armada invencible de la Polanco Navigation Company.
Pregúntenle a los chilenos. El Perú está barato. El tiempo de los espejitos como que ha vuelto. Y hay varios potosíes a la vuelta de la esquina.
Ah, me olvidaba. Telefónica, vuestra competidora, tiene tres canales en su Cable Mágico. Uno es milagrosamente futbolero en un país donde hace años que ya no se juega fútbol sino una variante del fracaso. El otro tiene programas para idiotas (entre los que destaca “3 G”), y en el tercero, el 20, sólo penan y es como Poltergeist pero con gordos y adivinas. ¡Jauja ha regresado!
jueves, 3 de julio de 2008
Betancourt y McCain
Las últimas imágenes internacionales de Álvaro Uribe, el presidente de Colombia, procedieron de sus conversaciones con John McCain, el prisionero de guerra del Vietcong que hoy quiere llegar a la presidencia de los Estados Unidos para continuar el legado de George W. Bush.
Era rara esta visita de John McCain a Colombia, pero lo que era evidente es que ambos personajes querían decirle algo al mundo. Algo así como que “estamos juntos y creemos en lo mismo”. Y “lo mismo” es, fundamentalmente, el Plan Colombia, cuyo eje conceptual es una nueva alianza con los Estados Unidos y una apuesta por la subordinación continental a la primera potencia militar del mundo.
No tengo ninguna duda de que Uribe aceleró la visita de John McCain a Colombia para que fuera parte de una secuencia triunfal, terminada ayer con la histórica liberación de Ingrid Betancourt y los tres agentes de la CIA derribados por las FARC cuando hacían un vuelo de reconocimiento y barrido electrónico en una zona controlada por la guerrilla.
Pocas horas antes de la gran noticia de ayer, en la conferencia de prensa ofrecida en Cartagena de Indias, McCain, sintomáticamente, subrayó estas palabras: “Felicito al presidente Uribe por los progresos contra la insurgencia marxista de las FARC y espero que estos avances produzcan pronto la liberación de los rehenes, incluyendo a los tres ciudadanos norteamericanos cautivos”.
Está claro que McCain sabía lo que se venía en las horas siguientes. Y está claro que al reeleccionista Uribe le conviene un McCain y no un Obama en la Casa Blanca. Al impregnar a McCain con algo del brillo de la “Operación Jaque”, Uribe le da una mano a la causa republicana y recibe, a su vez, el espaldarazo de los duros de Washington, esos que confían en que podrán demoler a Obama en lo que falta de campaña.
El vocero de McCain dijo en Bogotá, apenas aterrizado, que “con este viaje el senador reconoce que Colombia es un gran aliado de los Estados Unidos y que, a diferencia de Obama, él sí conoce la problemática de América Latina”.
Todas estas circunstancias como que pretenden ensuciar la estupenda noticia del rescate de esa heroína de la resistencia llamada Ingrid Betancourt. Felizmente, por encima de Uribe y sus bizarros enroques de presidente auxiliado por los paras, está la sonrisa de Ingrid y la alegría mundial por habérnosla devuelto.
Qué decir de este personaje, por el que clamamos hace meses en esta misma página, sino que encarna el espíritu de la libertad. Y qué otra cosa se le puede desear a Ingrid Betancourt que no sea que recupere, en todo lo que pueda, estos siete años que le robaron los salvajes.
Sí, porque hay que ser salvaje para interpretar el marxismo secuestrando por años a civiles ajenos al enfrentamiento y a militares rendidos en acción, encadenándolos a árboles al anochecer, negándoles alimentación adecuada o asistencia médica, torturándolos psicológicamente con el fin de quitarles toda esperanza y negarles la última migaja de voluntad. Y sólo el comunismo de mosquito y prontuario puede pretender que “la doctrina” del rapto interminable le hace bien a una causa que pretende liberar a Colombia.
Las FARC ya no es que estén gravemente heridas. Las FARC agonizan. Y ni siquiera les espera la epopeya del combate final sino la lápida del ridículo –además de la deserción, la traición pagada y las cadenas logísticas y de mando rotas en mil pedazos–. Porque sólo puede calificarse de tragicómica la vulnerabilidad de sus altos mandos ante la grosera operación de inteligencia que les hizo creer en un traslado aéreo inexplicable promovido por una organización humanitaria inexistente. Las FARC empezaron como sucesoras de Gaitán y están terminando como las enanas en el circo de Macondo.
Le hace bien a Colombia que las FARC agonicen. Ya era tiempo de que el foquismo bandolero recibiera una lección de esta magnitud. Pero no le hace bien a Colombia que sea Álvaro Uribe, mayordomo de Washington, quien usufructúe la victoria. Porque Uribe no es que quiera ser el Fujimori colombiano. Ese papel le parece pequeño. Este señor tiene la aspiración de convertir a Colombia en el Israel latinoamericano. Y, claro, en esa hipótesis Venezuela será Irán, Ecuador será Siria, Nicaragua un Irak por invadir y Cuba, como siempre, el escondrijo imaginario de todos los Bin Laden que en el mundo han sido. Uribe usa a Chávez para engordar bajo la sombra norteamericana. Y usa a las FARC para montar un caudillismo de raíces asesinas.
La buena noticia es que Ingrid está libre. La mala es que Uribe podrá ahora sentirse más fuerte para arremeter en contra de la Corte Suprema. Y es que se juega la vida con esa investigación abierta sobre Yidis Medina, la congresista que, al cambiar su voto por el encanto de un soborno, posibilitó la reelección del presidente colombiano.
Ayer que escuchaba a Ingrid Betancourt alabar a Uribe de un modo tan intenso como extraño a su habitual talante, me preguntaba, en medio de la alegría indescriptible que compartía con millones de televidentes, si esta mujer excepcional no había sido liberada de las zarpas de las FARC para caer –espero que por poco tiempo– en el dulce cautiverio del uribismo armado.
Era rara esta visita de John McCain a Colombia, pero lo que era evidente es que ambos personajes querían decirle algo al mundo. Algo así como que “estamos juntos y creemos en lo mismo”. Y “lo mismo” es, fundamentalmente, el Plan Colombia, cuyo eje conceptual es una nueva alianza con los Estados Unidos y una apuesta por la subordinación continental a la primera potencia militar del mundo.
No tengo ninguna duda de que Uribe aceleró la visita de John McCain a Colombia para que fuera parte de una secuencia triunfal, terminada ayer con la histórica liberación de Ingrid Betancourt y los tres agentes de la CIA derribados por las FARC cuando hacían un vuelo de reconocimiento y barrido electrónico en una zona controlada por la guerrilla.
Pocas horas antes de la gran noticia de ayer, en la conferencia de prensa ofrecida en Cartagena de Indias, McCain, sintomáticamente, subrayó estas palabras: “Felicito al presidente Uribe por los progresos contra la insurgencia marxista de las FARC y espero que estos avances produzcan pronto la liberación de los rehenes, incluyendo a los tres ciudadanos norteamericanos cautivos”.
Está claro que McCain sabía lo que se venía en las horas siguientes. Y está claro que al reeleccionista Uribe le conviene un McCain y no un Obama en la Casa Blanca. Al impregnar a McCain con algo del brillo de la “Operación Jaque”, Uribe le da una mano a la causa republicana y recibe, a su vez, el espaldarazo de los duros de Washington, esos que confían en que podrán demoler a Obama en lo que falta de campaña.
El vocero de McCain dijo en Bogotá, apenas aterrizado, que “con este viaje el senador reconoce que Colombia es un gran aliado de los Estados Unidos y que, a diferencia de Obama, él sí conoce la problemática de América Latina”.
Todas estas circunstancias como que pretenden ensuciar la estupenda noticia del rescate de esa heroína de la resistencia llamada Ingrid Betancourt. Felizmente, por encima de Uribe y sus bizarros enroques de presidente auxiliado por los paras, está la sonrisa de Ingrid y la alegría mundial por habérnosla devuelto.
Qué decir de este personaje, por el que clamamos hace meses en esta misma página, sino que encarna el espíritu de la libertad. Y qué otra cosa se le puede desear a Ingrid Betancourt que no sea que recupere, en todo lo que pueda, estos siete años que le robaron los salvajes.
Sí, porque hay que ser salvaje para interpretar el marxismo secuestrando por años a civiles ajenos al enfrentamiento y a militares rendidos en acción, encadenándolos a árboles al anochecer, negándoles alimentación adecuada o asistencia médica, torturándolos psicológicamente con el fin de quitarles toda esperanza y negarles la última migaja de voluntad. Y sólo el comunismo de mosquito y prontuario puede pretender que “la doctrina” del rapto interminable le hace bien a una causa que pretende liberar a Colombia.
Las FARC ya no es que estén gravemente heridas. Las FARC agonizan. Y ni siquiera les espera la epopeya del combate final sino la lápida del ridículo –además de la deserción, la traición pagada y las cadenas logísticas y de mando rotas en mil pedazos–. Porque sólo puede calificarse de tragicómica la vulnerabilidad de sus altos mandos ante la grosera operación de inteligencia que les hizo creer en un traslado aéreo inexplicable promovido por una organización humanitaria inexistente. Las FARC empezaron como sucesoras de Gaitán y están terminando como las enanas en el circo de Macondo.
Le hace bien a Colombia que las FARC agonicen. Ya era tiempo de que el foquismo bandolero recibiera una lección de esta magnitud. Pero no le hace bien a Colombia que sea Álvaro Uribe, mayordomo de Washington, quien usufructúe la victoria. Porque Uribe no es que quiera ser el Fujimori colombiano. Ese papel le parece pequeño. Este señor tiene la aspiración de convertir a Colombia en el Israel latinoamericano. Y, claro, en esa hipótesis Venezuela será Irán, Ecuador será Siria, Nicaragua un Irak por invadir y Cuba, como siempre, el escondrijo imaginario de todos los Bin Laden que en el mundo han sido. Uribe usa a Chávez para engordar bajo la sombra norteamericana. Y usa a las FARC para montar un caudillismo de raíces asesinas.
La buena noticia es que Ingrid está libre. La mala es que Uribe podrá ahora sentirse más fuerte para arremeter en contra de la Corte Suprema. Y es que se juega la vida con esa investigación abierta sobre Yidis Medina, la congresista que, al cambiar su voto por el encanto de un soborno, posibilitó la reelección del presidente colombiano.
Ayer que escuchaba a Ingrid Betancourt alabar a Uribe de un modo tan intenso como extraño a su habitual talante, me preguntaba, en medio de la alegría indescriptible que compartía con millones de televidentes, si esta mujer excepcional no había sido liberada de las zarpas de las FARC para caer –espero que por poco tiempo– en el dulce cautiverio del uribismo armado.
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