sábado, 11 de abril de 2009

Limpiemos el Vrae

La emboscada senderista de ayer en Huanta, Ayacucho, es un nuevo discurso del crimen organizado.
Apenas supe de esta desgraciada ocurrencia pensé que lo que Sendero quería era protestar, a su modo, por la condena dada a Fujimori.
Me explico: Sendero encontró la cima de su locura asesina cuando los Colina viajaban por el país haciendo su tarea, cuando la democracia era esa ruina que Fujimori había cambiado por el fortín de la dictadura, cuando era imposible imaginar que algún día los peruanos podrían discrepar en paz y enfrentarse sólo en el plano de las ideas.
Entre Sendero y el fujimorismo había una mutualidad siniestra. Era el diálogo de dos fascismos que se odiaban y que, sin embargo, como en esos maridajes turbios, se necesitaban. A más dinamitazos, más guerra sucia; a más guerra sucia, más salvajismo polpotiano. Sendero fue el estado de la barbarie. Fujimori llegó a ser el Estado bárbaro. Sendero pareció justificar a Fujimori. Fujimori y su 5 de abril le dieron una sombría legitimidad a la perversidad senderista.
Tiempo después, cuando Montesinos se sentó a hablar con Guzmán para firmar “los acuerdos de paz”, parecía claro que ambas partes tenían más de un común denominador.
Y ahora que el Perú parece salir del sargazo que lo atascó en la cochinada, viene otra vez la vocación por el crimen de lo que queda de Sendero: unas bandas de narcotraficantes ideologizados, un puñado de bandoleros y rufianes que ya no sueñan con el Kmer Rouge sino con los muchachos de Pablo Escobar y su Envigado bajo control.
Démosles gusto, de una vez por todas. Exterminemos estas bandas con la voluntad limpia e higiénica que una democracia puede tener ante quien la amenaza o la reta.
Respetando los derechos humanos, separando la paja del trigo y la coca del cacao, limpiemos, por la disuasión armada o el combate franco, el Vrae. Sellemos Vizcatán y acabemos con estos remanentes que viven de los carteles colombianos. Desacatemos, de una vez por todas, el “discurso étnico” de una coca nutritiva y milenaria a la que no hay que tocar porque si la tocamos resentimos a los Apus. Dejémosle ese anacronismo racista a los presidentes que hacen huelga de hambre por recomendación de sus dietistas y exigencia de sus mujeres.
Hace tiempo que, desde diversas fuentes, me viene la versión de que hay servicios policiales y militares dispuestos a no apretar las tuercas en la batalla en contra del narcosenderismo. Piensan estos irresponsables que así, manteniendo una hoguera viva, los presupuestos de Inteligencia y Logística seguirán fluyendo y ellos justificarán sus relativos privilegios.
¿O es que hay escalas más altas donde se elaboran estas “doctrinas” de ralentización calculada? ¿O es que el fujimorismo, enquistado todavía en ciertos sectores de las Fuerzas Armadas, ha querido, otra vez, dar una mano enviando una patrulla al descubierto?
Bien haría el señor Flores Aráoz en darnos una explicación de por qué demonios no podemos librarnos de estas bandas que actúan desde la maleza y con pleno conocimiento del terreno. ¿O es que hay quienes aspiran a que recordemos con nostalgia la época en que se masacraban aldeas enteras después de una emboscada?
Con Sendero Luminoso –y menos con esta versión impregnada de delito común- no caben paciencia ni dilaciones ni negociaciones. Ningún peruano razonable se quejará de la extirpación de este cáncer.
Y ahora más que nunca, las ONG que lucharon por la preservación de los derechos humanos deberían dar la cara y exigir al senderismo maoista y homicida que capitule o se atenga a las consecuencias.
¿O es que hay en la izquierda oenegera y en el marxismo militante y con partido remanentes de esa duda aciaga que los hizo cómplices de Sendero, ambiguos ante el crimen, silenciosos ante el asesinato de policías, soldados y oficiales?
¿O es que nunca podremos mirarnos a la cara?
Es hora de actuar. Es una obligación actuar. Sería un crimen adicional no actuar. Y que no nos vengan las Nancy Obregón a decir ahora que en el Vrae los cocaleros de la humeante Arcadia nada tienen que ver con lo que está sucediendo. ¿O es que se la venden a Papá Noel?

viernes, 10 de abril de 2009

¡Llegaron las putiencuestas!

La putiencuesta de Manolito Saavedra, el hombre de CPI, ya está aquí. También vienen las de la Universidad de Lima, la de las hermanitas Susy y Cucharita Díaz, la del Bartolomé Herrera espectral y la de “La Razón” & Company, que siempre es la más creíble porque se hace sin recursos ni prejuicios ni preguntas.
Manolito Saavedra siempre fue uno de los científicos de la demoscopía que Fujimori llamaba a Palacio y pagaba al contado para que le dijera qué hacer cuando algún periodista incómodo había descubierto una porquería que debía ser tapada con un psicosocial, un milagro de utilería o un carraspeo terrorífico de Martha Chávez.
Gran consultor era Manolito. Yo lo conocí cuando era muy decente y estaba en el negocio de los conteos rápidos a boca de urna, así que fuimos dupla segura en varias elecciones. Y la verdad es que el hombre la achuntaba con frecuencia. En esos tiempos era un hombre modesto que vivía bien gracias a su trabajo.
Lo volví a ver, años después, en la época en que Baruch Ivcher le hacía la vida imposible con una tonelada de juicios. Lo acusaba de trampear con las cifras del rating. Y nunca supe quién tenía la razón en esto de las sintonías y los contoneos.
De lo que sí me di cuenta es de que ya el hombre estaba “trabajado” por el fujimorismo –con todo lo que eso puede implicar-. Esquivaba la mirada, hablaba más bajito que nunca, estaba secuestrado por una sucesión de subjuntivos que lo hacían indescifrable. Y una finísima caspa le veteaba los hombros, como si acabara de bajar de alguna altura alpina.
En ese periodo de su mutación, uno podía preguntarle si no creía que la gente estaba asqueada de tanta mugre nipo-peruana y el hombre te respondía:
“En los sectores A y B podría estar produciéndose, no sé si un rechazo o una especie de darse cuenta de que..., es decir, de percatarse de algunas diferencias entre el discurso del presidente y lo que podría estar haciéndose, pero, como tú sabes, César, esos sectores no son representativos...”
Entonces uno, por fregar, insistía:
-¿Y en el sector C?
-“Bueno, allí, donde tampoco tenemos un gran peso de acuerdo al padrón electoral, podrían estar sucediendo, muy discretamente, algunos cambios que, de mantenerse, y esto es una hipótesis, alterarían en un porcentaje mínimo ciertas cifras...”
El hombre se había convertido en el seguro servidor del sake y en el cortador del sashimi de Fujimori. Hablaba con la voz de un ábaco y uno presentía que tenía un kimono pervertido colgado en el baño.
En todo caso, demostró su sólida conversión al fujimorismo durante el largo vestíbulo de la segunda reelección (ilegal) del sátrapa.
Recuerdo perfectamente las maniobras que Saavedra y Forrado –y a veces Apoyo- hicieron para desalentar a la oposición, para desacreditar los discursos alternativos, para demoler a Andrade, para favorecer al Congreso hediondo y para gritar a los vientos, con sus cifras de contadores de Enron en la mano, que Fujimori era imprescindible, que su régimen tendía a la eternidad por aclamación y que el descontento era un invento del rencor.
¡Si le hubiésemos creído a Saavedra y a su harén de sumas teológicas jamás nos habríamos librado –Baygón en ristre- del fujimorismo ladrón y asesino!
Saavedra no sólo ganaba dinero aconsejando a Fujimori y dándole las encuestas que, a todo costo, le solicitaba Montesinos. Saavedra era también poderoso, íntimo y cercanísimo.
Y cuando hizo su Cepri propia y vendió su patente monopólica de mediciones de sintonía, la fortuna le llegó por fin. Ahora era un hombre encumbrado y con plata.
¡Cómo ha sufrido Manolito todos estos años de casi viudez despensionada!
Por eso es que ayer, más melancólico que nunca, este abanderado del fujimorismo nos regaló con una encuesta hecha –esa fue la fallida intención- para demostrarnos que “la condena a Fujimori es rechazada por el 59 por ciento de limeños”. Así decía el titular colgado en el portal de RPP. Parecía escupido por Carlitos Raffo.
¿Cincuenta y nueve por ciento de limeños rechaza la condena? –me pregunté antes de enterarme de que detrás de los números estaba Saavedra.
De inmediato, claro está, RPP, la radio de Manuel Delgado Parker –que pronto pondrá, en “Mi novela favorita”, “Pantaleón y los visitadores del SIN”- rebotó el regalito con todos los titulares posibles y con todos los Chemas y todos los Raúles reverberando.
Pero como los años a algunos mejoran y a otros les sancochan la azotea, resulta que las cifras de Manolito Saavedra no cuadran. O sea, se cuadran ante el jefazo de siempre pero resultan, como muchas de las de antes -las de los tiempos del cólera-, un verdadero fraude.
Un fraude al que el fujimorismo gregoriano de RPP se ha prestado.
Porque lo cierto es que si uno examina con atención los números de CPI –más allá del sesgo de las preguntas sentimentaloides- encontrará que la verdad es exactamente lo contrario de lo que nos han querido hacer creer.
Veamos. El 36 por ciento de los encuestados está plenamente conforme con la condena. Todavía hay un 4 por ciento que piensa que el veredicto debió ser más contundente. Allí tenemos ya un 40 por ciento.
Luego viene lo bueno. Si uno escarba detrás del curare que Saavedra y RPP le pusieron a los cuadros encuentra que hay un 28 por ciento de limeños que han sido puestos en el rubro del fujimorismo doliente porque han dicho que no están de acuerdo con la magnitud de la condena. No es que consideren a Fujimori inocente. No es que consideren injusto que haya sido sometido a un proceso y condenado. En lo que no están de acuerdo es –Saavedra dixit- en la cantidad de años impuesta. ¿Eso los hace parte de la corte que Saavedra y RPP integran vestidos a lo Pompadour?
No. Y por eso es que hablamos de una auténtica manipulación de resultados. Frente a la pregunta específica de si Fujimori debió ser o no condenado, sólo un 26 por ciento, según los propios números semiencriptados de Saavedra, está por la absolución.
De modo que si sumamos el 36 por ciento de conformes, el 4 por ciento que piensa que debieron ser más años y el 28 por ciento de los que no rechazan una condena pero sí la severidad de la del martes, tenemos que el 68 por ciento de los encuestados han rechazado la idea de la inocencia y la absolución y que sólo un 26 por ciento se ha manifestado por la liberación sin cargos del señor Fujimori.
¿Ven hasta dónde puede llegar el criollismo del trío Los Chemas (Saavedra, Salcedo y Manuel Delgado)?
No importa. Estas majaderías de lloronas que solicitan su montepío era de esperarse. Ahora lo que aguardamos con fervor es la encuesta Benavente-Ilse, financiada por la rabia cuantiosa de quienes prosperaron hasta la grosería gracias a las leyes de la dictadura.
En otro cuadro, Saavedra ha puesto la pica en Flandes (o en Palacio de Gobierno). Dice que un 52 por ciento de encuestados de la capital estaría muy de acuerdo con que Alan García indulte a Fujimori.
Ese era el asunto de fondo. Primero te cuento lo de la injusticia y el clamor gimiente de las masas. Después te invito a que abras la reja. Ojalá que García, que en estos días parece haber recordado que es un Presidente, no caiga en estos cantos de manatí.

jueves, 9 de abril de 2009

Valle Riestra y Fujimori

A mí no me extraña que Javier Valle Riestra, a quien le tengo estima traicionándome, esté hecho una furia por la condena merecidísima de quien fue, durante dos meses, su Presidente y superior.
Y digo que no me extraña porque de don Javier es posible esperar hasta la sinceridad. Y en esto de Fujimori, don Javier se ha presentado en ropas menores para expresar su ira de ex primer ministro y su desprecio de jurisconsulto no consultado (“la condena es putrefacta”, ha dicho desde el aroma de jazmines que lo envuelve).
El mismo día de la condena, alabada por el Colegio de Abogados que don Javier integra casi patriarcalmente, el tribuno preferido de “La Razón” pretendió rectificar a la sala presidida por César San Martín con un punto de vista de lo más provocador y punzante.
Ese punto de vista es el siguiente: si la pregunta básica de los criminalistas es “¿A quién beneficia el crimen?”, ¿cómo es posible pensar –argumenta Valle Riestra- que Alberto Fujimori se benefició de algún modo con “la ejecución de esos actos de barbarie inútiles?”
Pero el crimen estrictamente utilitario está reservado a los mortales comunes y corrientes: el marido que se beneficiará con una póliza, el legatario que apura los funerales del testador, el hombre que mata a un testigo que lo sorprendió robando y así por el estilo.
En los crímenes de índole política, esas ventajas mezquinas se consideran de otra manera.
¿Era importante para el aparato exterminador creado por Fujimori sembrar el terror donde pudiera ser sembrado y dejarlo flotando como una respuesta de Estado frente al terror que desataron Sendero y el MRTA?
Claro que lo era. Y en la concepción que de la autoridad tenía –y tiene- Fujimori, inspirar miedo era vital y demostrar que el Estado podía burlar el cerco de la ley y matar tan salvajemente como el terrorismo, era imprescindible.
De modo, que hasta en la lógica de Valle Riestra, hubo móvil y hubo provecho.
Pero Valle Riestra se pregunta pertinentemente: “Si el objetivo era intimidar, ¿por qué se ocultó entonces los cuerpos?”.
Precisamente, don Javier: para intimidar. Pregúnteles a las Madres de la Plaza de Mayo qué es más terrorífico: un hijo exterminado pero de cuerpo presente o un hijo desaparecido.
Y, al fin y al cabo, como bien sabe el erudito doctor Valle Riestra, sin cadáver no hay crimen y sin crimen no hay investigación y sin cadáver ni crimen ni investigación tampoco hay culpables. Con lo que todo resulta más temible aún: un Estado plagado de criminales que puede borrar huellas, negar detenciones o quemar esqueletos que se entierran dos veces en distintos lugares. O, como en el caso de Barrios Altos, dejar los cadáveres como escarmentadora exhibición.
¿Se benefició Stalin mandando matar a Trotsky después de matar a casi todo el politburó leninista de la Rusia soviética? A la larga no, pero en el plazo breve de su biografía miserable, por supuesto que sí. La mano larga de su red demostró hasta dónde podía llegar el internacionalismo del sicariato comunista. Stalin sólo se concebía produciendo terror.
¿Se benefició Pinochet dándole carta libre a las hienas que mataron a patadas y balazos al cantante Víctor Jara? Desde luego que sí. Pinochet necesitaba paralizar de miedo.
Si la pregunta de Valle Riestra fuese la del siglo, el infame Adolfo Hitler podría haber dicho algo parecido en relación al holocausto de judíos, homosexuales, comunistas y gitanos. ¿Qué provecho podía obtener el Tercer Reich, que aspiraba conquistar a Europa y que tenía la simpatía de la plutocracia de medio continente, matando inocentes por miles y dándole la razón a Winston Churchill? Pues el provecho del terror.
¿Qué provecho podía obtener Videla permitiendo que en la Escuela Mecánica de la Armada las vaginas de las interrogadas fuesen escarbadas por ratas vivas rabiosas? El de convertirse en la pesadilla maligna que llegó a ser.
Y el recientemente condenado a cadena perpetua coronel Theoneste Bagosora, oficial ruandés que dio el primer paso hacia la masacre de tutsis en la Ruanda de 1994, ¿qué provecho sacó llamando al exterminio de “las cucarachas” y exigiendo a sus tropas que no respetaran colegios ni embajadas ni orfelinatos? Ahora que está condenado, da la impresión de que no obtuvo nada de esa matazón. Pero cuando la instigó, su poder se hizo indiscutible.
Los crímenes de lesa humanidad no pueden medirse desde la criminalística vulgar. Son crímenes que parten de doctrinas degeneradas, de locuras que aspiran a ser ideológicas, de crueldades imbéciles e intolerancias sin sentido.
Cuando Martin Rivas le disparó en la cabeza a un niño de ocho años en Barrios Altos, ¿actuaba por su cuenta o interpretaba aquel marco ideológico y doctrinario creado por Fujimori y su entorno?
Y en la hipótesis de que hubiese actuado por su cuenta –dado que, según Valle Riestra, no hay órdenes escritas ni verbales en el expediente-, ¿entonces por qué Rivas fue después felicitado, ascendido, encubierto por Martha Chávez y el Congreso fujimorista y, más tarde, dos veces amnistiado por el mismo Fujimori?
La solución para Valle Riestra es, ahora, la amnistía o el indulto. El derecho internacional prohíbe esas “salidas” para los crímenes por los que ha sido sentenciado Fujimori. Valle Riestra sostiene que hasta la amnistía para el grupo Colina “fue convalidada por sentencia del Tribunal Constitucional (1997)”. ¿Es que Valle Riestra quisiera ver a Rivas y a su banda caminando por el barrio?
Todo es posible en un tribuno tan amplio y generoso como don Javier, quien justifica aun los secuestros de Gorriti y Dyer llamándolos “arrestos por horas” y diciendo “que se produjeron en estado de suspensión de garantías legítimo”.
Yo no puedo olvidar que el 11 de noviembre del 2008, en uno de sus flambeados escritos en defensa de Fujimori, Valle Riestra llegó a decir que fue timorata la actitud de quienes no incluyeron en la amnistía de 1945 a Carlos Steer Lafont.
Steer Lafont, según Valle Riestra, “fue protagonista de un asesinato cruel...pero político”.
Para mis lectores jóvenes, que deben de ser pocos pero son, habré de aclarar que Steer Lafont fue el fanático aprista que mató a balazos, en plena Plaza San Martín, a don Antonio Miró Quesada, director de “El Comercio”, y a su esposa María Laos de Miró Quesada.
Era mayo de 1935 y la primera declaración de Steer Lafont ante la policía fue que “había decidido matar, desde hace muchos meses, al señor Miró Quesada porque con los editoriales de su periódico incitaba a matarse entre peruanos...” (Dictamen del agente fiscal de Lima, 22 de julio de 1935).
Cuando le preguntaron por qué había matado también a María Laos de Miró Quesada dijo que la señora lo golpeó con su bolso de mano y que, luego de ver a su marido en el piso, la que sería su segunda víctima intentó abrir ese mismo bolso; que él (Steer Lafont) sospechó que María Laos podía estar tratando de sacar un arma y que, ante la sospecha, disparó a quemarropa y en el pecho.
¿Un asesinato cruel...pero político? ¿Una amnistía que debió darse?
¿A qué barbarie nos quieren regresar con tal de defender a Fujimori?
¿Por qué Javier Valle Riestra ha decidido huir de la posteridad benévola que parecía estar esperándolo? ¿Por qué un hombre de su inteligencia parece ahora el segundo de a bordo del Estudio Nakazaki? ¿Qué provecho puede obtener de tan extravagante crimen?

miércoles, 8 de abril de 2009

La rabia de la derecha

La condena a 25 años de Alberto Fujimori no sólo es una obra maestra del derecho y de la lógica, una construcción mental de impecable claridad y un encadenamiento irrefutable de hechos, documentos y testimonios.
La condena al hombre que confederó los vicios de la república y las peores flaquezas de la sociedad peruana, es un momento histórico pero también, y fundamentalmente, una manera de recuperar la decencia nacional.
Somos bastante mejores como país desde el día de ayer. El fujimorismo gutural quería que siguiéramos siendo, en muchos sentidos, una tribu sin ley que festejara la infamia y que sólo tuviera por norma la conveniencia de su cabecilla.
La sala penal que ha juzgado y condenado al usurpador de nombre Alberto Fujimori nos devuelve al mundo civilizado. Podemos decir ahora que, a diferencia de Chile, hemos aplicado la ley a quien jamás la acató. Porque si Pinochet sufrió ciertos aprestos judiciales -infligidos sobre todo gracias al juez español Garzón y al fuero londinense- murió, sin embargo, de larga vida y muchas muertes y jamás fue condenado.
Fujimori, en cambio, podrá ahora apelar a las instancias políticas de la siempre intervenida Corte Suprema, pero la condena de ayer lo marca para siempre y marca un antes y un después en la historia judicial peruana.
La historia del Poder Judicial en el Perú ha sido una historia de corrupción general y de muy pocas grandezas. La mayor de esas escasas grandezas, la grandeza mayúscula, ha ocurrido ayer. Y gracias a estos jueces con vocación de historia, tendremos que mirar de un modo distinto a la judicatura.
La corrupción no es inexorable. Los jueces paradigmáticos que ayer le han lavado el rostro al Perú demuestran que, al final, la elección entre el honor y la sordidez será siempre un asunto personal. Y que las personas dignas, más allá de las presiones y las turbas amenazantes, producirán siempre actos dignos.
Frente a tantos años de canalla abogadil y jueces no sólo sin rostro sino también sin honra, la sala penal presidida por César San Martín e integrada por los vocales Víctor Prado Saldarriaga y Hugo Príncipe Trujillo nos reconcilia con la esperanza: los jefes de Estado no son impunes, la democracia también es depuración y limpieza, no es una fatalidad aceptar el crimen ni resignarse ante la inmundicia.
Si hubo un San Martín importado y amable que juró la independencia en 1821, ayer ha habido un San Martín nacional que nos ha librado de una dominación tan indeseable como la que España impuso en estas tierras: la dominación del deshonor.
Fujimori es la interpretación más cabal y el resumen biográfico más perfecto del deshonor. No hubo deshonor que le fuera ajeno ni traición que lo asqueara ni felonía que le mereciese algún reparo.
Traicionó a la democracia que juró respetar, a la Constitución que debía cumplir, a la esposa que lo catapultó, a los evangelistas a quienes debía la victoria, a los apristas a quienes había amado tanto, a los tontos que lo creyeron “populista”.
Y cuando la ola de podre lo salpicó, traicionó a los traidores Montesinos y Hermoza Ríos, lo que es un refinamiento no sé si romano o delicadamente oriental.
Y cuando la cobardía lo ensilló por enésima vez -porque la cobardía es madre de la crueldad, según Michel de Montaigne, y Alberto Fujimori fue cruel hasta con los cadáveres-, cuando la cobardía lo azuzó, digo, perpetró la que sería la traición más transoceánica de su historia personal: renunció a la presidencia desde Tokio (“porque temía por mi vida”, diría después), se hizo japonés extrayendo la nacionalidad secreta que siempre había negado tener, se vinculó a círculos mafiosos y fascistas de la política del Japón, apareció de pronto en Chile creyendo que en el Perú lo esperaban las masas y, cuando la policía chilena lo detuvo, candidateó sin éxito al Parlamento nipón para blindarse.
Esa trayectoria ha terminado ayer con una condena que nos enaltece como país. Y esa condena se yergue ahora como un aporte de los jueces peruanos al derecho internacional y a la lucha que Latinoamérica ha librado en contra de la barbarie.
Sendero Luminoso y el MRTA le declararon la guerra al país. Pero, como lo demostró Antonio Ketín Vidal, enfrentarse al salvajismo marxista de Sendero y del MRTA no implicaba convertirnos en gentuza que celebrara en una playa militar una fiesta borracha tras el asesinato de nueve estudiantes y un profesor.
Fujimori vivió a sus anchas cuando Sendero y el MRTA le permitieron actuar como si todo le estuviese permitido. La captura relativamente precoz de Guzmán, debida al GEIN y no a los sicarios mandados desde Palacio, lo desconcertó.
Pronto, sin embargo, encontraría nuevos motivos para continuar su campaña destinada a “prolongar” la guerra todo lo que fuera posible. Un país normalizado no era conveniente porque podía permitir que la gente mirara el otro lado de la luna: el masivo latrocinio del presupuesto militar, las coimas grandiosas que irían a parar a Suiza y a la banca sucia del Caribe, la venta mafiosa de las empresas públicas, la compra de tractores chinos sobrevaluados y de aviones de guerra que costaban la mitad de lo que se decía que costaban, el uso de dineros públicos para comprar a los congresistas tránsfugas y sostener la prensa de estercolero dedicada a denigrar a “los enemigos”.
En estos días hemos visto y oído al fujimorismo, en todos sus matices, expresarse con plena libertad. Desde las objeciones de Valle Riestra, ese tribuno de “La Tribuna” y ese primer ministro goloso de la dictadura, hasta la señora Keiko Fujimori, que hasta ahora no nos dice cuándo devolverá el dinero sucio que recibió de su padre, pasando por Jaime Bayly, ese fujimorista que salió del clóset para anunciar que votará por quienes siempre lo asustaron y a los que siempre aduló.
Fujimori condenado. Las turbas que Raffo recolecta entre el lumpen harán lo suyo. “La Razón” gritará lo previsto. Martha Chávez, Martha Hildebrandt, Luz Salgado y Carmen Losada de Gamboa regurgitarán sus viejos argumentos. Valle Riestra usará, más que nunca, la corbata del luto por sí mismo. Los canales que le deben a la Sunat lo que la Sunat jamás permitiría a otros que se le debiera, seguirán reciclando chicharrones de prensa.
Pero todo eso será episódico. Desde ahora, el condenado Fujimori ya no es la víctima de una persecución que sus parásitos jamás pudieron demostrar. Desde ayer, Fujimori es un reo. Y el Perú ha amanecido distinto. El Perú ha jalado la cadena.
Es importante no olvidar algo que podría ser fundamental. No sólo los Saravá están de duelo. Están también de duelo, aunque quisieran aparentar lo contrario, los empresarios que apostaron todo por Fujimori.
No sólo en “La Razón” -el diario que justifica la masacre de Gaza tanto como la matanza de Barrios Altos- están de duelo. También lloran como viudas y viudos repentinos en “Eisha”, en la Confiep servil, en las oficinas de Dionisio Romero, en las gerencias de Saga y Ripley.
Porque Fujimori no fue sólo Barrios Altos y La Cantuta. Fujimori fue también la ejecución del consenso de Washington y del liberalismo en dosis de caballo.
El liberalismo no llegó a América Latina demandado por los pobres, como dicen los pobres diablos. El liberalismo llegó a Chile de la mano ensangrentada de Pinochet y a Argentina de la zarpa de Rafael Videla.
El Perú no podía ser distinto. Una política de persecución de los derechos adquiridos por los trabajadores, de supresión de los sindicatos, de ajuste para los de abajo y ganancias excepcionales para los de arriba y para las corporaciones que los de arriba muchas veces representan, sólo podía ejecutarse en medio del estado de excepción, la Constitución suspendida y la democracia quebrada.
La condena a Fujimori tiene connotaciones políticas. Pero no son las que el fujimorismo pretenderá esgrimir estos días. El sustrato político en todo esto es que la condena de ayer no sólo alcanza al autor mediato de crímenes abominables y al cómplice encumbrado de asesinos sombríos, sino al operador de una política que hoy, con la crisis mundial desatada, se muestra no sólo como injusta sino también como insostenible en el largo plazo.
La derecha llora por Fujimori. ¿Quién dijo que los cocodrilos no lloraban de verdad?

martes, 7 de abril de 2009

De película

La cultura de la coca y el tarantinismo sin regulación alguna han logrado que en Estados Unidos se mate tanto en la vida real como en las películas.
Matan en los cines donde hay gente viendo matar y entran los maridos desalentados al dormitorio, donde la mujer está viendo una película en la que se mata sin cesar, y mata a la mujer y mata a la película y se mata él mismo en un gesto de redundancia pero también de plenitud.
Las pantallas no paran de mostrar gente que mata por placer y en las calles los operadores de la muerte que clonan al cine creen estar filmando su propia película, editada a balazos y terminada para siempre. Matar a muchos es la inmortalidad de los canallas. Pero ese “heroísmo” depravado es un préstamo tomado de la pantalla.
Pier Paolo Pasolini decía que la muerte funcionaba como edición porque con su llegada todos los fotogramas de la vida encontraban el orden que habían estado buscando y cada episodio ocupaba el lugar que le correspondía.
Ahora esa intuición genial del italiano se está cumpliendo de la manera más brutal en el país que ha hecho del culto de la muerte un rubro de exportación de seis mil millones de dólares.
Matan en las películas y matan en la TV. En las películas matan tan bien y con tanto detalle y tantos muñones que las muertes parecen de verdad. Y la televisión publica tanta muerte de veras que ya parece mentira.
Estados Unidos manda matar para prevenir que otros maten y dice que así lucha contra el terrorismo. Y cuando los israelíes, tan aliados y a veces tan asesinos, matan en Gaza con la ira de Dios en las cacerinas y el grito de la tierra prometida en cada cohete, parece que se tratara de la misma función: el continuum de una sola muerte en versión de Cecil B. de Mille, lunes entradas 2x1.
En las películas de hoteles jaqueados por un asesino serial la muerte llega tan de sorpresa como cuando un desempleado del medio oeste entra a la que fue su oficina y mata a nueve con la precisión de Steven Seagal y las movidas felinas de Jean Claude Van Damme.
Y cuando el cable se ensaña mostrando mil veces, casi en cada corte promocional, a una gacela derribada por un león hambriento no es que nos quiera enseñar ciencias naturales. Lo que quiere es que hociquemos y caigamos vencidos ante el manjar irresistible de la muerte.
Ningún país ha amado la muerte tanto como los Estados Unidos. Y nadie ha hecho tanto por el prestigio de la muerte y la alabanza del asesinato, como Hollywood.
Me dirán algunos que calumnio a los Estados Unidos diciendo esto. No lo creo.
Es cierto que Wilson fue aislacionista al comienzo de la primera guerra mundial. Pero miren qué bien lo hizo cuando se animó. Y ya no hablemos de la faena estadounidense en la segunda guerra mundial –para no recordar la matanza de Virginia en la guerra de secesión-.
Y, claro, están los tres millones de vietnamitas. Y la creación, por responsabilidad mediata, de Pol Pot, que jamás habría llegado al poder si los Estados Unidos no le hubiesen mostrado a los camboyanos el infierno del napalm y el poder desertificador del agente naranja.
Como sea, Estados Unidos ya parece una película B, un reality hemorrágico, un thriller en tiempo real, un episodio de su política en el medio oriente, un rodaje donde el encargado de las armas ha puesto balas de verdad, un contrapicado de huesos, un cementerio para youtube, una pesadilla en la que un hombre mata a sus cinco hijos y el otro fulmina un cumpleaños y un tercero se deshace del mal recuerdo matando a la familia entera de su ex suegra, vaya terapia radical.
De continuar las cosas así, las fronteras estadounidenses serán esas cintas amarillas que dicen crime scene. Y la Casa Blanca se mudará a Los Ángeles.