domingo, 10 de agosto de 2008

El caso Arana

“El Comercio” y RPP son naves insignias de la armada vencible del periodismo. Porque “El Comercio” y RPP se las ingenian siempre para sacarle provecho crediticio a los gobiernos, obtener publicidad estatal a camionadas y favorecer a todo aquel que haya pasado por la bendición de la Confiep y la hostia de los doce apóstoles resucitados al tercer día.
Con Fujimori, “El Comercio” fue comprensivo, taimado y aprovechador hasta el año 2000, el año terminal de esa sepsis que padeció el Perú. Hasta el 2000, en suma, “El Comercio” se agachó ante la dictadura, le sacó ventajas publicitarias y fue un diario que Fujimori leía sin temor alguno cada mañana.
¿Y RPP? Pues RPP producía algunas arcadas. Se la pasó toda la dictadura adulando al dictador, prestándose a los sicosociales que preparaba el SIN y –lo que es peor- ignorando los crímenes y desacreditando a sus testigos y a las víctimas. Una voz cavernosa franeleaba, otra voz, que después llegó al Congreso en la lista del fujimorismo triunfador, sobaba y una tercera voz –la de Humberto Martínez Morosini, qué vergüenza- silbaba. Las tres voces componían el trío imaginario “Los Panchos del SIN”.
¿Y no vimos, acaso, en los vladivideos, a Manuel Delgado Parker –dueño de RPP- pidiéndole favores (y obteniéndolos) a Vladimiro Montesinos y casi armando paneles de periodistas con ese delincuente?
A mí que no me vengan con que no me acuerdo y desconozco mayormente. Porque yo sí me acuerdo y tengo los audios, los videos y los recortes necesarios para demostrar que “El Comercio” y RPP fueron funcionales al fujimorismo, cobardes cuando las papas quemaban y más bien sordidones cuando se trató de recibir favores judiciales de la dictadura.
¿O es que ya nadie recuerda que la fiscal fujimorista Julia Eguía fue la que archivó, por órdenes de Montesinos, el proceso penal que pudo mandar a la cárcel a medio directorio de “El Comercio”, acusado por el gerente general del periódico (nada menos) de evasión de impuestos, estafa y delitos contra la fe pública?
Pues bien, continuando con la tradición, “El Comercio” y RPP han sido y son fieles defensores del gobierno de Alan García. Cuando García leyó su mamotreto del 28 de julio del 2008 –reciencito nomás-, “El Comercio” escribió en su editorial: “En suma, vamos por buen camino. Mantenemos el programa económico y nos enrumbamos al desarrollo económico que debe ser también social”. ¡Mejor ni “La Tribuna”!
Y en cuanto a RPP, todos los días don Raúl Vargas nos recuerda que el miedo existe, el acomodo existe, el silencio existe. Por eso es que Vargas es un existencialista de renombre. Y si examinamos a Chema Salcedo –tan afónico él en la época podrida de Fujimori- encontraremos el mismo contenido (sólo que euforizado por dos litros de Red Bull o algo parecido).
Claro que el actual gobiernismo del Chema no tiene la intensidad de su amorío con el fujimorismo, que mucho tuvo de obsesión y desvarío –el otro día dijo que estaba muy bien lo de “Los iracundos” cantándole “Happy Birthday” al acusado de instigar el asesinato, entre muchos otros, de un niño de 8 años-.
En resumen, que “El Comercio” y RPP siguen siendo dos importantes miedos de comunicación (corrector: he puesto miedos de comunicación).
El problema, sin embargo, es que, de tanto acomodo por aquí y de tanto silencio por allá, “El Comercio” y RPP están recibiendo noticias no muy agradables.
En el último boletín sobre lectoría de periódicos, la muy seria CPI confirma un dato que más o menos se intuía pero que no deja de sorprender: en ninguna de las15 ciudades más importantes del país figura “El Comercio” como el diario más leído. Pero ni de lejos.
En Arequipa está en sétimo lugar, después de “Líbero”. En Chiclayo figura en el noveno. En Chimbote está penúltimo (hasta “Perú 21”, su joven promesa, está encima de él). En el Cusco anda en el quinto puesto mientras que en Huancayo tiene una participación de 3,6% de lectoría frente al 71,6% del líder, que es el “Correo” huancaíno.
Y así, esta megamuestra de CPI, basada en 10,200 entrevistas hechas en casa y 3,400 planteadas en la calle, demuestra que “El Comercio” es, cada día más, un diario desdeñado en provincias, insignificante en el rebelde interior del país. “El Comercio”, en suma, corre el riesgo de convertirse en un limeñismo, un tic de Eisha, una manía heredada y siempre reaccionaria.
¿Y RPP? Pues resulta que a CPN, que siempre estuvo pisada cuando la subfinanciaba Romero Caro y la dirigía un señor llamado Ku, la han comprado unos mineros que quieren convertirla en competencia para RPP. Ya le jalaron a Fernando Armas, su mejor humorista sin contar al señor Vargas, y están preparando una parrilla que puede arder muy bien.
Los análisis de mercado de ambas firmas –“El Comercio” y RPP- apuntan a que una de las debilidades que más los perjudica es ese airecito oficialista, esa facha inevitable de Angie Cepeda ganándose el pan con el sudor de su frente en lo de Pantaleón.
Así que el otro día a ambas firmas les cayó como anillo al dedo que García tratara absurdamente mal a un reportero balbuceante y desinformado que fue, en efecto, a ver si lograba algo.
Y claro que lo logró. Al día siguiente “El Comercio” se vistió de opositor y salió a la calle en bividí, a ver si despierta las pasiones de antaño. Y salió Raúl Vargas a decir que “el periodismo es incómodo por definición”. Y salió de la nada hasta Juan Paredes para decir –como nadie lo diría- que el asunto del nombramiento de Carlos Arana “es muy importante para el país”. Y así fue saliendo el elenco de la prensa confiepista –incluyendo a las guasonas de la noche y a los pájaros fruteros- a advertirle a García que si no hace lo que ellos quieren, y con los modos que ellos demandan, se acabó la relación, cada uno a su catre y a ver qué golpe a lo Bustamante y Rivero te armamos.
A mí el señor Arana ni me va ni me viene. Ni lo conozco ni lo conoceré. Y creo que todos saben qué pienso de muchos aspectos de este gobierno.
Pero no me voy a sumar a histerias teatrales ni voy a aplaudir a la división blindada de la derecha mediática saliendo con sus tanques a la calle.
He oído los audios y examinado el asunto y tengo que decir que el señor Wálter Samuel Neyra, el reportero de RPP que comenzó todo este escandalete, no honra al gremio. Primero porque es capaz de decir “una resolución en el cual”. Segundo, porque no sabía nada del asunto y lo demostró admitiendo que las irregularidades achacadas a Arana eran, realmente, “supuestas irregularidades”. Y tercero, porque, en efecto, dio la impresión de estar haciéndoles el cover a “El Comercio” y a Augusto Álvarez Rodrich.
No sé si Arana es un búfalo con ganas de entrar a saco en la administración pública. Lo que sí sé es que, en lo formal, el expediente que lo cuestiona como dador de datos falsos en relación a una empresa constructora está en el tribunal del Consucode, a la espera de un veredicto. Por lo tanto, se trata de un acusado y no de un convicto. De un cuestionado, no de un reo.
Y la prensa no puede ser llevada de las narices por “El Comercio” y RPP, que lo que quieren es volver a demostrar que en este país quienes mandan son los de toda la vida y que cholos levantiscos como Arana –que de eso también se trata, de su pizca de clasismo racista- no deberían estar en cargos de confianza. Sobre todo si no lo ha escudriñado Vega Llona, aprobado Roque Benavides y fotografiado la señorita Peschiera, editora de Sociales de “El Comercio”.
Que los payasos entiendan: hay periodistas que estamos hartos de que la derecha decida qué banalidad distractiva debe ir en primera plana. Y todo para disimular el verdadero menú que quisieran esconder: su entusiasmo egoista por el modelo económico que García ejecuta como si del mariscal Benavides se tratara.

sábado, 9 de agosto de 2008

¡Abajo las Olimpiadas!

Me niego a sumarme al embeleso-embeleco de las Olimpiadas. Y no es porque sea China la anfitriona. Porque, aunque Abimael Guzmán diga que es hijo de Mao, a mí el Central Imperio que inventó el papel siempre me ha merecido mucho respeto.
En cambio, las Olimpiadas siempre me han producido el mismo mortal aburrimiento.
Para empezar, la frase esa que Juvenal puso en sus “Sátiras” -eso de mente sana en cuerpo sano- resulta ampliamente desmentida en muchos gimnasios, en la mar de discotecas y se diría que en la totalidad de los establecimientos dedicados al patrístico oficio del puterío.
Yo conozco a gente que sale a correr con uniforme de campeón declatonista y que hace pesas y respira como un fuelle automatizado y que, sin embargo, le pega a su mujer, patea el perro del vecino cada vez que no lo ven y ama intensamente a Fujimori, con Saravá y todo.
Y lo que no se dice de la tal batalla de Maratón, es que el famoso mensajero, el que corrió a avisar a los atenienses de que los persas habían sido derrotados por Milcíades, terminó muy mal porque cayó muerto por el esfuerzo apenas llegó a la ciudad. O sea que la leyenda del deporte greco-olímpico empezó con un fracaso atlético de consecuencias mortales, consecuencia de una exigencia de naturaleza criminal.
Me captura el fútbol pero el olimpismo me da grima. Y es que en el fútbol se emplean el cerebro, la malicia y hasta la conspiración corporativa, pero no hay nada más lejano del plano encefálico y de la densidad neuronal que un corredor que ya no tiene nada que improvisar o que un lanzador de balas que se la ha pasado lanzando balas durante tres horas diarias los últimos cuatro años de su vida. ¡Socorro!
Ese olvidado pero importante escritor que se llamó Jean Giraudoux fue campeón nacional francés de los 400 metros planos cuando estudiaba en la Escuela Normal Superior y, muchos años después, escribiría un raro libro que tituló “El deporte”. Allí escribió esta frase agudísima: “El deporte consiste en delegar al cuerpo algunas de las virtudes más fuertes del alma: la energía, la audacia, la paciencia”.
Pues bien, yo no creo en esas delegaciones. Comparto, más bien, la creencia de quienes piensan que el cuerpo es prisión, miseria dispéptica, puñalada renal, condena gravitatoria. O sea que padezco de un agnosticismo de indeleble marca judeocristiana.
Mis únicos recuerdos adolescentes de verdad espantosos son los de un cornetudo toque de diana a las 5 y 45 de la mañana, un buzo puesto entre apuros, los gritos de un teniente llamado “Pluto” y una marcha a paso ligero hacia la clase de gimnasia. Por eso es que durante años me vengué negándome las primeras horas de la mañana y jurando que no haría nunca lo que el maniático de Buffon le mandó hacer a su mayordomo para poder escribir a marchas forzadas su “Historia natural”: despertarlo antes de las seis de la mañana con un jarro de agua fría en la cara.
Resultará entonces que la señorita Mengana batirá la marca del salto con pértiga, que Perencejo lanzará la jabalina doce centímetros más allá que el bodoque polaco de la última Olimpiada, que saldrá un jamaiquino o un hijo del Bronx y rebajará en 9 milésimas de segundo los 100 metros llanos. Y así sucesivamente.
Y, además, hay 204 países representados. ¿Es que hay 204 países en el mundo? ¿Usted puede creer que Tonga, un archipiélago oceánico y monárquico de 700 kilómetros cuadrados, está allí para competir? ¿O que alguien de la delegación de Madagascar subirá a un podio? ¿O que las gimnastas de Bonaire resplandecerán de llamadas? ¡No, por supuesto! Hay una docena de competidores y los demás, incluyendo a la delegación peruana, son comparsa y extritas.
Por último, ¿no es obsceno que China se jacte de haber gastado cuarenta y dos mil millones de dólares en organizar toda esta vaina? ¿Qué pensarán los países pobres que creyeron que la prosperidad de la República Popular China tendría otros ingredientes y bastante menos frivolidad?
Bueno, pensarán lo correcto. Que China ha pasado por el aro. Por los cinco aros del suntuoso olimpismo.

viernes, 8 de agosto de 2008

“Claro” y sus mensajes indeseables

¿Qué cartel de Guadalajara o Sinaloa, qué banda de Chihuahua, qué poderes ocultos de Cancún están detrás de “Claro”, la compañía mexicana que reemplazó a la seria e italiana “Tim”?
“Claro” te ofrece, por ejemplo, cambiarte el teléfono por un precio simbólico. Y entonces vas a “Claro” y presentas el papelucho que la empresa te ha enviado a casa.
Entonces la ventanillera masculla su dialecto y dice:
-Pero el cambio de teléfono viene con cambio de contrato.
-¿Y el cambio de contrato supone más altas tarifas? –preguntas con tu mejor cara de idiota.
-Así es –dice ella con la más dura cara que ha podido aprender.
-¿O sea que me han hecho venir para subirme la tarifa y el anzuelo ha sido este papel? –preguntas sabiendo cuál va a ser la respuesta.
La ventanillera calla pero asiente. Hasta se diría que parece avergonzada.
Entonces sales de esa oficina de chingados con ganas de no saber nada de “Claro” durante un buen tiempo.
-¿Y entonces, por qué está usted en “Claro”? –podrían preguntarme.
Y es que yo fui uno de los raptados de “Claro”. Yo estaba en “Tim”, que era una empresa incapaz de truhanerías, cuando un día llegaron los paisanos de Díaz Ordaz y López Portillo y de todos los ladrones que han pasado por la presidencia de México y dijeron con voz de “estas son las mañanitas que cantaba el rey David”:
-Como que se reventaron mis cuates: ¡hemos comprado “Tim”!
Los italianos no dieron ninguna explicación y se largaron. En ese momento fueron más palermitanos que milaneses y más berlusconianos (por su proceder) que la podrida “Juventus” del malogrado campeonato italiano de fútbol.
Yo, apenas me enteré de que Carlos Slim estaba detrás de “Claro”, quise largarme también a la italiana. No pude hacerlo. Me lo impidió el hecho de que aquí no existiera la llamada “portabilidad” de tu número telefónico (o sea el derecho que en la mayoría de países civilizados se respeta y que consiste en que “tu” número “te” pertenece y te lo puedes llevar a otra empresa).
Soy un rehén de “Claro” porque la “portabilidad numérica” recién estará vigente en este país de falsas rancheras y verídicos falsetes ¡en el 2010! Y es que así son de arrastrados estos gobiernos peruanos cuando de la inversión extranjera se trata. Y así de maleva y mercenaria es esa casa verde llamada Osiptel, local de alterne sito en ese amplio barrio rojo llamado Ministerio de Transportes (el que regenta madame Zavala y al que acuden, a la misma hora de Fujimori y su congresista faldera de turno, los chevalier sans peur et sans reproche).
Pero volviendo al relato banal de esta columna. Te vas de esa oficina de “Claro” con ganas de no saber nada de ellos hasta que te llegue la próxima factura mensual de ciento y veinte dólares, pero lo que no sabes es lo que te espera.
Porque al día siguiente de haber averiguado, en directo y en vivo, qué cosa es “Claro” y qué poco respeta a sus usuarios, la venganza de los del cartel te llena el aparatito de mensajes. Sólo en las últimas horas he recibido vibrantes alarmas que me han remitido a los siguientes mensajes:
Mensaje 1: “Te recordamos que las claves de recarga de tu “Claro” son secretas. Cuida de no revelarlas y no te dejes sorprender por terceros con falsos concursos o premios”. (¿Pero es que estos son libretistas de telenovelas? ¿No saben que no hago recargas ni tengo claves y me importa un carajo todo este asunto?)
Mensaje 2: “Estimado cliente: para ver detalle de llamadas y recibo por Internet suscríbete a www.claroenlinea.com.pe en centros de atención al cliente”. (¿Acaban de ganar un concurso de estúpidos? ¿Y para eso me hacen sonar la alarma? ¿Qué castigo proponen los mermeleros de Osiptel para este spam cautivo?)
Mensaje 3: Repetición exacta del mensaje 2.
Mensaje 4: “Por 35 soles envía CLARO al 2442, acumula puntos y podrás ganar 1 de los 5 autos Gol 0 km. que CLARO te trae”. (¿Esta gavilla de chicanos panchovillanos supone que todos los peruanos somos retardados mentales? ¿No se dan cuenta de que con ese método queda en evidencia cómo es que financian (y con creces) los dos automóviles que dicen regalar?)
Mensaje 5: “Para poder enviar SMS en Roaming, asegúrate de tener configurado el +511997990000 como centro de servicio/ mensajes en el menú de configuración/ ajustes de SMS”. (Si emparentan ese texto con las borracheras de José José, las jaladas de Alejandra Guzmán, las suciedades de Azteca Televisión y los robos monumentales del PRI a lo largo de 70 años, no los culparé).
Mensaje 6: “Aprovecha: si tienes un saldo mínimo de 5 soles marca *779, luego 6 y elige entre ocho opciones de bono para llamadas y mensajes de texto. Tienes hasta el 11/8 para hacerlo”. (Aquí ya está Felipe Calderón en persona, con su cara de ladrón mayor, robándose las cifras del cómputo, negando las del PRD (que de seguro también eran falsas) y lanzando tiros al aire para celebrar su victoria a la bandolera. O sea que estos chimoltrufios de “Claro” hacen aquí en Perú lo que ni en el D.F., capital de todos los tlatelolcos que en el mundo han sido, les estaría permitido).
Todos estos últimos días, puntual como la cagarruta de una cuculí, he recibido un mensaje de mis raptores.
¿Cuántos rehenes de “Claro” tenemos que sufrir su hampa publicitaria, su persecución babosa y sus métodos de Porfirio Díaz?
¿Cuánto le paga “Claro” a Osiptel para que le permitan estos desmanes? ¿Y cómo se arregla con Indecopi, esa otra casa de citas que decretó que Bryce no le había plagiado nada a Morote? ¿Y dónde está mi amigo Yonhy Lescano, que sólo parece tener oídos para los excesos de Telefónica?
A mí me pasa con “Claro” lo que me pasó con el Banco Santander. Yo era un feliz cuentacorrentista del Santander hasta que un día me llegó una carta que decía:
“El Banco Santander se ha ido del Perú. Ahora es usted cliente del Banco de Crédito”.
Los hijos putativísimos del muy epónimo Emilio Botín se largaron una medianoche. Y ahora estoy en las redes del BCP, que debe estar por debajo del Banco Central de Dacca y por encima de cualquier ley o corte judicial del Perú.
Y es que parte del problema de esta economía de mercado que tantas erecciones produce en la UPC y en el mundo de los admiradores de Cheney, es el elenco que la encarna, las entidades que la sostienen y los sistemas regulatorios que deberían de mantenerla lo más limpia posible.
Porque una cosa es estar en manos de una empresa italiana acostumbrada a tratar con ciudadanos y otra es estar en las manos de un cartel telefónico con casa matriz en los bajos fondos de Jalisco. Y una cosa es estar en un banco pulcro y comedido y otra en uno donde se considera un favor imposible entregar un corte anticipado del mes corriente.
Porque una cosa es la economía de mercado y otra el mercado de las coimas y los silencios que este gobierno ha empezado a regar con la mejor orina de búfala de América Latina. Y ustedes serán testigos de qué flores del mal de invernadero vamos a empezar a ver a la vera del camino.
-¿Aló, Indecopi? Quiero formular una queja.
-Estamos ocupados.

jueves, 7 de agosto de 2008

¡Productividad, eso queremos!

Uno de los últimos japoneses asesinado por el abuso corporativo fue un ingeniero de la Toyota Corporation, presionado por sus jefes en Tokio para adelantar el prototipo del modelo híbrido del Camry.
En los dos meses anteriores a su muerte el hombre había hecho más de ciento sesenta horas extras, ochenta por mes, 3,3 horas por día. ¡Productividad, eso queremos!
Cumplida su jornada, se quedaba por las noches casi todas las noches y se llevaba el trabajo a casa durante los fines de semana. Fue enviado varias veces al extranjero para conversar con otros ejecutivos de la Toyota y para enterarse todo lo que pudiera de los avances de la competencia en materia de híbridos (es decir, autos que emplean gasolina y baterías eléctricas alternativamente).
El asunto era que la Toyota debía presentar un modelo híbrido de su modelo Camry en el Salón Internacional de Detroit.
Un día antes de un viaje a los Estados Unidos, estalló. Su hija, que fue a despertarlo, lo encontró muerto en su cama. Un derrame cerebral lo había librado de sus obligaciones de esclavo con tarjeta de crédito dorada.
La Toyota emitió un comunicado ofreciendo sus condolencias a la viuda y a la familia.
A la viuda el tal comunicado le pareció una ironía, así que fue al bufete del abogado Mikio Mizuno, experto en el asunto del karoshi –palabra que en japonés designa el estrés laboral- desde que le ganara, precisamente a Toyota, un célebre proceso por indemnización.
Un empleado de esa firma murió a los 30 años de edad fulminado por un infarto de miocardio. Su viuda Hiroko Uchino planteó el caso ante los tribunales, que en primera instancia le dieron la razón a Toyota. Cuando el abogado Mikio Mizuno tomó el asunto, las cosas cambiaron de color.
Mizuno pudo demostrar, desde un punto de vista clínico y asistido por especialistas, el vínculo entre el deterioro coronario de su cliente y la conducta de la corporación, empeñada en metas siempre superlativas y prescindentes de toda consideración por la salud de sus mandos medios y altos.
Todo indica que este abogado tiene en sus manos un nuevo triunfo judicial. Su tarea se facilita porque en 1987 el ministerio de Salud japonés reconoció el “karoshi” como una enfermedad laboral.
Alguna vez, invitado por el gobierno japonés, recorrí parte de ese gran y admirable país. Una de las paradas obligatorias de ese viaje me llevó a Nagoya, donde estaba la fábrica de Toyota.
Cito este recuerdo porque es pertinente y porque nos remite a otra Toyota. Lo que yo conocí, en todo caso, fue una suerte de Disneylandia capitalista donde los trabajadores cantaban el himno de Toyota temprano por la mañana, izaban la bandera de la fábrica y se ponían a trabajar casi diciendo Jojó, como los enanos diamanteros de Blanca Nieves.
Es más: en la línea de montaje –de unos tres kilómetros de extensión y con forma de serpentín ovalado- había un cordón que cualquier trabajador podía jalar si se sentía mal. El jalón hacía sonar una alarma y paralizaba la línea de montaje.
Yo no vi un campo de concentración en esa Toyota que dedicaba el 3 por ciento de sus enormes utilidades en I+D (investigación y desarrollo). Vi, al contrario, un sistema de producción que deseaba imitar al europeo del Estado del bienestar y alejarse de las crueldades predadoras del estadounidense.
Ahora, con esto de la aldea global y con China al galope, con el retroceso mundial de los derechos laborales y el triunfo episódico de los hijitos de Friedman, Toyota, por lo que se lee, se parece a una hilandería inglesa del XIX. Si Sarkozy quiere hacerlo en Francia y Berlusconi ya lo hace en Italia, ¿por qué el Japón debía ser un caso aparte?
Se trata de producir todo lo que den las usinas para obligar a consumir todo lo que puedan tragarse los consumidores, los mismos que, con su voracidad bien entrenada por la tele, obligarán a otra hornada hiperproductiva que tendrá que ser devorada con la ayuda de la publicidad y el señuelo de la emulación y la fantasía de la felicidad que mastica y conduce, conduce y mastica, mastica mientras conduce y un huevo de etcéteras veloces y de buen diente.
El capitalismo-Hulk, que es la receta mundialmente aceptada por el trogloditismo neocon, produce siempre espejismos. Los que están arriba prometen que se harán tan ricos que los demás podrán saciarse con las sobras. Los de abajo esperarán en vano.
Pero no esperarán para toda la eternidad, como creen los fukiyamitas aquí presentes, señoras y señores. Esperarán hasta que otro barbudo envenenado y genial los dote de los argumentos necesarios y arme sus rabias como si de un geniograma se tratara. Entonces, otro fantasma recorrerá Europa y el mundo. Cuando eso suceda, no se quejen, friedmanitas. Han sido mil veces advertidos.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Homenaje a Albert Einstein

"Para ser miembro irreprochable
de un rebaño de ovejas, hace
falta primero ser oveja”. (Einstein).

Albert Einstein fue probablemente el hombre más importante del siglo XX. Y no sólo por su descomunal inteligencia sino por el rol ejemplar que cumplió en relación a los valores que harán posible, algún día, la paz.
Los judíos en general, sin embargo, no lo recuerdan como debieran recordarlo. Ni siquiera este año, que ha sido el del sexagésimo aniversario de la creación del estado de Israel, la figura de Einstein ha merecido el homenaje que las comunidades judías podrían haber programado como un modo de recordarnos qué tipo de compromiso debe adquirir la ciencia con los problemas del mundo y sus posibles soluciones.
Quizá esa conducta se deba a que Einstein jamás dejó de insistir, por ejemplo, en que la única solución para Palestina era la convivencia armoniosa de árabes y judíos. En un famoso discurso sobre el tema, Einstein sostuvo que el referente ideal para esa coexistencia basada en el mutuo respeto debía ser Suiza, “que representa un grado superior en el desarrollo del Estado, precisamente porque está constituida por varios grupos nacionales”.
Y enfatizó: “Establecer una cooperación satisfactoria entre árabes y judíos no es problema inglés sino nuestro. Nosotros, es decir judíos y árabes, nosotros mismos tenemos que ponernos de acuerdo respecto a las exigencias de ambos pueblos para una vida comunitaria”.
Einstein fue, por supuesto, sionista. Pero fue enemigo del sionismo armado y terrorista que muchos judíos asumieron como “una penosa necesidad”. Por eso es que el 10 de abril de 1948, requerido por una asociación judía norteamericana que buscaba fondos para la llamada “Banda Stern” –organización terrorista fundada por Abraham Stern y dedicada a expulsar a los árabes de ese territorio que debía ser binacional- el preclaro judío Albert Einstein respondió de esta manera:
“Cuando una catástrofe real y final recaiga sobre nosotros en Palestina, el primer responsable de ella serán los británicos y el segundo responsable serán las organizaciones terroristas nacidas de nuestras propias filas. No estoy dispuesto a ver a nadie asociarse con esta gente criminal y descarriada”.
Einstein era judío y sionista, pero entendió siempre el movimiento fundado por Herzl como una solución y no como una fuente crónica de odio y crímenes recíprocos.
¿Qué hubiera dicho Einstein de los crímenes de Estado perpetrados de manera sistemática por Israel? ¿Cómo habría reaccionado ante lo sucedido en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, donde el general Sharon permitió el asesinato de unos dos mil palestinos civiles y desarmados, incluidas decenas de niños, mujeres y ancianos?
Einstein habría sido, como muchos judíos pacifistas, un escandalizado enemigo de “la solución militar” que hoy secuestra a los políticos israelíes.
Porque Einstein odió doctrinariamente el militarismo y fue un instigador elocuente de la objeción de conciencia y de la desobediencia ante el llamado al servicio militar. En una declaración sobre la conferencia del desarme de 1932, dijo explícitamente: “El Estado debe de ser nuestro servidor y no nosotros esclavos del Estado. Este principio es negado por el Estado cuando nos obliga a hacer el servicio militar o participar en una guerra, sobre todo considerando que con ello se pretende la destrucción de otros hombres...”
-Ah, eso era en 1932– dirá alguien. La verdad es que Einstein mantuvo su consistencia de pacifista luego del holocausto perpetrado por el nazismo y aun terminada la segunda guerra mundial. Invitado a hablar sobre la paz por la viuda de Roosevelt, en 1951, leyó, desde Princeton, una declaración que parece haber sido escrita para estos días sombríos de los Bush y sus guerras:
“Toda la política exterior está dominada por un único punto de vista: ¿Cómo actuar para, en caso de guerra, vencer al enemigo? Estableciendo bases militares..., armando y apoyando...a los aliados potenciales. Y en el interior de los Estados Unidos, concentrando gran parte del poder financiero en manos de los militares, militarizando a la juventud, controlando la lealtad de los individuos y sobre todo de los funcionarios, intimidando a quienes piensan políticamente de otro modo, e influenciando en la mentalidad de la población por medio de la prensa, la radio y la escuela, así como poniendo en práctica una creciente censura de las comunicaciones bajo el pretexto del secreto militar”.
Einstein siempre creyó que la mejor religión consistía en amar la vida, todas las vidas, las de todos los prójimos.
“El judaísmo no es una fe –escribió en unas líneas dedicadas a separar la religión judía de todo parentesco con cualquier fanatismo-. Está claro –añadió- que servir a Dios es lo mismo que servir a los seres vivientes...La comunidad de los vivos es sentida hasta tal punto como un ideal, que los mandamientos que rigen la santificación del Sabbat incluyen expresamente a los animales. Más prístina se destaca todavía la solidaridad entre los humanos y no es un azar si las reivindicaciones socialistas salieron sobre todo de judíos...”
A Einstein el capitalismo tragaldabas y la economía puramente de mercado tampoco lo convencieron:
“Es posible conseguir en menos horas de trabajo la cuota de alimentos y de bienes que la gente necesita. En cambio, el problema de la distribución de esos bienes y del trabajo se ha vuelto más difícil. Todos sentimos que el libre juego de las fuerzas económicas, así como el desenfrenado afán de riqueza y poder por parte de los individuos, no ofrecen salidas al problema”.
El creador de la teoría de la relatividad, el hombre que había ampliado el horizonte intelectual del ser humano hasta rozar con la lógica de las estrellas y la niebla de la materia oscura, siempre tuvo un pie en tierra para pensar en sus semejantes y en las injusticias. Por eso ironizó respecto del “sacro egoísmo ilimitado que conduce a consecuencias funestas en la vida económica...”
Y por eso, siendo un hombre con una enorme vocación por la soledad, no huyó de su responsabilidad social y luchó siempre por ideales que hoy parecen, fatalmente, ensuciados por la pasión, desterrados por el dinero o abolidos por el odio.
Sionista y democrático, judío y socialista, más agnóstico que otra cosa en materia de religión, pacifista y justiciero, Einstein merecería ser, otra vez, el mayor orgullo de la nación judía. Él y no Ariel Sharon, ese Karadzic del sur libanés. Él y no aquellos que sembraron vientos para luego cosechar tempestades que llamarán a otros vientos y a otras tantas tempestades, y así hasta la náusea y hasta la muerte, siempre.