viernes, 9 de enero de 2009

Hay que subirse a los postes

La interceptación telefónica que ayer se ha descubierto es una rama del árbol podrido del montesinismo sobreviviente.
Pero lo más importante es decir que una cosa es el chuponeo de los celulares y otra muy diferente la intromisión en una línea de teléfono fijo.
Para los celulares puede bastar un rastreador electrónico digital de amplio rango. El aparato se detendrá en la frecuencia de onda que capte con mayor fuerza.
La otra opción para los móviles es un interventor de orientación, que requiere una cierta proximidad del aparato y un software apropiado.
El caso que ayer ha revelado la Fiscalía, y que implica a varios herederos apócrifos de Grau, tiene que ver, entre otros, con el asunto de Discover Petroleum.
Por lo tanto, estamos hablando de teléfonos alámbricos que dependen de la infraestructura y el cableado de una empresa servidora.
Hace más de veinte años Javier Diez Canseco, entonces aguerrido y brillante diputado, y el diario “La República”, pusieron al descubierto un centro de espionaje telefónico con sede en una de las oficinas céntricas de la que entonces era Compañía Peruana de Teléfonos.
Hubo un breve escándalo pero a las pocas semanas todos parecían haber olvidado la importancia del hallazgo.
En esa sucursal mafiosa de la empresa paraestatal que daba el servicio telefónico Diez Canseco descubrió una serie de artilugios en red dirigidos a interceptar y grabar conversaciones.
Se encontró, además, el sistema informático que ya era operativo en los 80 y que hoy se ha sofisticado aún más.
Es decir, se graba durante muchas horas y se le da al software de soporte una lista de palabras claves (nombres, lugares, apodos, cifras, aeropuertos, empresas y un largo etcétera). La computadora escogerá los minutos que contengan esas palabras y los separará para el trabajo posterior del analista.
Después vendría el sistema que hoy se ha extendido por todo el mundo y que es más selectivo (aunque más riesgoso para el interceptor): la grabación se activará sólo ante la mención de las palabras preprogramadas. Esta opción suele aplicarse en casos de vigilancias masivas o de espionaje industrial.
Lo que es significativo y comprometedor es que los sistemas de chuponeo que actualmente operan en el Perú –y que, como se ve, tienen como pantalla empresas privadas infestadas de ex militares- requieren, cuando de líneas domiciliarias se trata, de los postes, la anuencia y la negada complicidad de la compañía que brinda el servicio.
A mí, chuponeado hace décadas por gentuza privada y servicios de Inteligencia de distintos uniformes, no me van a venir con el cuento de que los marinos pescados por el ministerio público no tuvieron la amistosa y delictiva ayuda de los sucesores privadísimos (y extranjerísimos) de lo que fue la Compañía Peruana de Teléfonos.
No vaya a ser que dado el poder y el dinero de estas empresas –poder que las hace impunes, poder que las hace ganar en Lima lo que jamás ganarían en España o México- la investigación se detenga entre las cuatro paredes de Business Track S.A., que así se llama la empresa de estos mercenarios de la oreja.
Vamos a ver hasta dónde llegan las agallas de la doctora Echaíz. Que no le vayan a contar el cuento de que Business Track hizo este trabajo de semanas y meses sin trepar postes, sin poner ingenios físicos en los terminales de las líneas y sin avisar a la empresa en cuestión para que sus técnicos, en caso de algún desperfecto de un par colgado del mismo poste, se hicieran de la vista gorda.
¿Quieren llegar al fondo del asunto en este asunto que tanto le interesa a Rospigliosi?
Pues consulten con los especialistas y tóquenle la puerta a Telefónica y a Claro. Esperamos que, en el caso de la Fiscalía, el billetón no aceite del mismo modo como aceita (y broncea) en un gran sector de la prensa.
Telefónica, al fin y al cabo, también tiene la f de Franco. Y Claro, con el tal Slim, lo más transparente que posee es el nombre.

jueves, 8 de enero de 2009

Qué señora tan obtusa

La pobre señora no entendió nada. Me refiero a la Medina, claro. La verdad es que no sabía que las penalidades que se buscó con tanto ahínco la habían vuelto tan obtusa. ¿Vuelto? ¿O es que siempre fue así pero con el éxito la barajaba?
En fin, que las caras se pueden rehacer y las dentaduras rearmar y hasta las pantorrillas reformular, pero lo que titila en las sinapsis no hay quien lo arregle. O sea que no hay doctor Morillas para el cerebro.
Estimada y aletargada señora: lo que hice en la columna que leíste con el odio que te es característico (y que atribuyes a los demás) fue precisamente quejarme de quienes te usan de Potosí y de cajero automático.
Me refiero al mafioso Fantasma que es el dueño de tu canal y a sus empleados domésticos, que siempre te han visto cara de tanda publicitaria y que te han hecho creer que mientras más sin escrúpulos parezcas mejor será para el negocio de las 9 en el 9.
Decía en esas líneas, precisamente, que de esa cárcel tenías que librarte: la cárcel de la presión del mafioso Fantasma que teledirige todo desde su covacha en Miami y la cárcel del personaje que construiste y que ahora parece abrumarte.
Ese personaje que finge dureza cuando no está seguro de casi nada, que simula arrepentimiento cuando las papas queman, que dice que se rectificará cuando se lo mande la Suprema y no la conciencia profesional (masacrada en el camino), y que habla de depresión y deterioro emocional mientras insulta y convierte otra vez el set en una alcantarilla.
¿O es que no eres tan obtusa? ¿O es que el mafioso Fantasma y sus esbirros nativos aquí en Lima te exigieron que me insultaras porque fui el único que recordó que la propiedad del Canal 9 es ilegal y la del 13 es turbia y que el negocio de 30 millones de dólares anuales de tu Canal es una sucia fuga de capital hacia las arcas de un sujeto que bien podría pertenecer al Cartel de Sinaloa?
No creo que hayas obedecido una orden. Mejor es para tu imagen que quedes como una mujer cuyas luces vienen de bulbos pavonados. Es decir, como la señora que no entiende lo que lee y que no lee lo que podría mejorarla (me refiero a esas cosas que todavía venden las librerías).
En fin, señora Medina: que por angas o por mangas has quedado como una hija del Fantasma, como una Uma Thurman de Chihuahua, como dócil socia del chingado propietario que tu Canal se maneja.
Eso se ha visto muy feo, señora. Primero, porque no me has agradecido lo bien que te puse en mi columna (como una víctima de las demandas dinerarias de tu Canal, como el deshumanizado e involuntario cajero automático del Chómpiras ese, casi como ajena a todo el lado oscuro del negocio). Y segundo, porque eso de apelar a tu estado emocionalmente quebradizo mientras insultas a quien se mete con la mafia que se ha adueñado de tu Canal, eso, estimada señora, es tan grosero como desconfigurar una cámara de fotos con tal de no dar tu brazo a torcer.
Y eso de darte besitos simbólicos con tu abogado, francamente, señora, ya no sólo parece promiscuo sino que resulta aburrido. ¿Que no entiendes que gracias a Nakazaki te han condenado a dos años de cárcel (aunque la prisión se te haya suspendido)? ¿Que no entiendes que los consejos cerriles de Nakazaki te han conducido a la trampa de zorros donde has metido la pata? ¿Y así lo entrevistas como si de un héroe se tratara?
Y si no mentiste, ¿por qué anuncias, toda modosita, que si la Suprema te lo pide vas a rectificarte en público? Eso no lo dice una persona inocente. Una persona inocente no se retracta así la Suprema se lo demande con la policía.
Al anunciar tu posible rectificación lo que has confirmado es que mentiste. Y que mentiste después de mentir. Y que seguiste mintiendo cuando dijiste que Nextel había borrado unos registros telefónicos y esa empresa te obligó a rectificar –ella sí- porque pone muchos avisos en tu Canal y tiene el peso que no tiene el futbolista al que difamaste.
Ese es el problema, señora. Te haces la víctima, enterneces a Chuiman y a unos cuantos tontos o medrosos porque eres la mejor actriz secundaria de la televisión, pero, en el fondo, lo que te preocupa es que has quedado como una mentirosa. O sea que tu credibilidad está tan caída como el rating de Magnolia Merino.
Por eso insultas a quien planteó la posibilidad de que te liberaras del personaje que ahora sólo conviene al Canal 9 conservar. Por eso distraes al soberano que se entretiene con tus calzones bajados y tus humos subidos y tus monólogos turbulentos y tus groserías casi siempre impunes.
Además, señora: hay que tener una mentalidad muy servil para creer que mis contadas visitas a tu programa me convertían, para siempre, en tu encadenado fan. Eso está bien para la Natacha de la telenovela. Así ni siquiera piensa la Chimoltrufia, paisana del jefazo.
Hay que recordar que si estuve en ese set, cosa que siempre agradecí, fue porque me invitaste. Y porque era noticia invitarme. Y porque la sintonía no se resintió (sino al contrario) con mi visita. De tal modo que si yo fuera tonto también podría decir que fui usado.
Y hay que recordar, como lo podría hacer tu gentil asistente Kurt Woll, que por lo menos en dos ocasiones desistí de ir a tu programa a pesar de sendas invitaciones.
De modo, señora, que estamos parejos. A mí jamás se me ha ocurrido llamar a alguien a pedirle que no me vaya a criticar porque estuvo de visita en mi programa. Me sonaría patético.
Y en cuanto a eso de que me invitaste cuando era “un apestado de la televisión”, eso es de peor gusto que algunos tintes de pelo color cucaracha.
Es cierto, he sido un apestado de la televisión porque en catorce oportunidades la televisión peruana me ha considerado un réprobo, un desobediente, un rebelde. Y siempre ha sido por el mismo asunto: los fueros de la libertad de expresión, las denuncias que el sistema no acepta, las verdades que la hipocresía quisiera siempre tapar.
De modo que sí, he sido un apestado. Y en muchos sentidos, lo sigo siendo. Y a mucha honra. Y fue muy bueno para tu programa (y bueno para mí) que me invitaras en pleno destierro de la pantalla cuando, por ejemplo, mostré por primera vez el cheque de 20 millones de soles que el gobierno de Toledo le entregó a Baruch Ivcher como compensación “por su martirologio”.
Un apestado, sí. Que no es lo mismo que apestar moralmente, mi estimada señora.

miércoles, 7 de enero de 2009

Vallejo en la calle

Una universitaria del último semestre de ciencias de la comunicación me acaba de confesar que jamás leyó nada de César Vallejo.
-En el colegio no me lo pidieron –dijo-.
-Y en la universidad, ¿tampoco? –pregunté-.
-Para nada –contestó-.
-¿Y tus compañeros, están en lo mismo?
-Supongo. Nunca hemos hablado del tema.
Es como si los egresados de la secundaria en Cardiff, País de Gales, no supieran quién es Dylan Thomas (aunque sea cierto que Richard Burton siempre será más famoso que Thomas). O como si en la Universidad de Buenos Aires se ignorara a Leopoldo Lugones. O en la de Concepción a Pablo Neruda. O en la de Managua a Rubén Darío.
Que nuestra educación es un remedo y muchos catedráticos y maestros unos impostores y algunos decanos unos jubilados de la cabeza, eso como que ya me lo sabía.¿Pero que una niña salga virgen de Vallejo después de toda la secundaria y de cinco años de universidad?
Y si es virgen de Vallejo, imagino que Martín Adán no la habrá tocado ni con el pétalo de una rosa de la espinela. Y puedo apostar también que está invicta de Moro, ilesa de Westphalen, sana y sagrada respecto de Washington Delgado.
Y esta señorita es periodista inminente. Y ha estudiado en una universidad privada y cara.
Se diría que en el Perú, por lo general, la incultura se cultiva y lo culto se entierra. Pero si esa es la norma, con el Apra el desprecio por la educación y la cultura se considera una virtud viril.
Basta saber a quiénes se vocea como posibles ministros de Cultura –y quién dirige el INC- para comprobar que el Apra odia a la inteligencia desde que la inteligencia como clase y como sensibilidad la abandonó por ser (el Apra) tan meliflua y cabrona.
Ahora bien, esto no quiere decir que el Apra sea la responsable mayor. El responsable mayor es el civilismo crónico que nos ha gobernado y que entendió precozmente que mientras más ignorancia se sembrase mayores serían los votos de la cuchipanda y mejores los candidatos de las dádivas.
Hubo algunos paréntesis como el del odriismo, es cierto, pero la constante de la derecha gatopardista ha sido invertir poco en educación y aparentemente mucho en obra social, o sea en caridad.
Así que en vez de salarios dignos, asistencia, y en lugar de trabajo comprometido, contratos basura, y en vez de respeto, palo. Y, claro, en vez de libros, “Trome” y en lugar de Vallejo, lo que “Alfaguara” diga.
Pero volviendo al tema educación, lo que acabo de comprobar interrogando a una universitaria del primer tercio es que el problema de la educación peruana está en la raíz.
Hace 30 años hice una encuesta sobre Vallejo para “Caretas” y el resultado fue deprimente. La titulé, como este artículo, “Vallejo en la calle” porque la mayoría de los viandantes abordados no tenía la menor idea de quién era ese cholo que se hizo universal sin agitprop ni mañas ni agentes catalanas.
Pero esos consultados eran, sobre todo, gente que no había pasado por la universidad. Treinta años después, saber que en los colegios privados y en las universidades mejor dotadas ningún profesor habla de Vallejo tiene peso de losa y sabor acre. Tiene pinta de derrota.
Y eso es lo que es el Perú, así algunos chillen su optimismo de charros: un país por ahora derrotado en el campo que más duele, en el campo que decide el futuro, la competitividad y, fundamentalmente, la naturaleza de nuestra democracia. Porque no hay democracia posible entre ignorantes.

martes, 6 de enero de 2009

Estruendos mudos

¿Y los intelectuales? ¿Dónde veranean? ¿En cuántos idiomas se callan? ¿O es que esperan el premio Jerusalén?
Y ese poeta borrachoso y alguna vez divertido que tiene la voz guarapera y desprecia a todos los que no se emborrachan y esnifan y jura que es el Guinsberg de la calle de las pizzas, ¿en qué cocina de Torre Tagle sirve y con qué bocaditos se atraganta?
Repúblicas del silencio, torres de jade, almas con sordina, viejos apolillados, jóvenes veletas, pendejos de todas las falanges:
¿Dónde están que nadie los oye mientras los niños son troceados en Gaza?
¿Que esos niños están muy lejos y no nos conciernen?
Gaza está aquí nomás, a tiro de Al Jazeera: ustedes son los que están lejos.
Además, valgan verdades, a ustedes ni los niños de Lima les conciernen.
Las becas Fullbright, las becas Guggenheim, las becaciones, las vacaciones, las contemplaciones: todo eso, muchachos, los ha sacado de la historia, los ha librado del dolor, los ha vuelto esa prosa oscura y fingidamente autista, esa poesía que se empeña en no decir nada y lo logra admirablemente, esa manera tan bien pagada de hacerse los cojudos.
De los viejos, digamos, hechas las excepciones tan escasas y visibles, no cabe esperar mucho. La mayor parte de ellos envidia a Pablo Macera, que se cansó de ser honesto y bailó para Fujimori mientras tramaba la pensión de la 20530 (diez mil trescientos soles que se lleva cada mes por haber estado sesenta días en el Congreso).
Los viejos empezaron a volverse incrédulos cuando ya nadie creía en ellos. Así pasa cuando la procesión va por dentro.
Pero, ¿y los jóvenes?
Nadie dice que salgan a las calles y quemen banderas. Eso sí que puede estar pasado de moda.
¿Pero no pueden decir algo, escribir algo, balbucear algo, gritar un poco, enviar cartas, llorar por los niños de Gaza que son los mismos de Sabra y Chatila?
¿Y el señor Abugattás? ¿No es que era medio palestino? ¿Cómo están las exportaciones de textiles, señor Abugattás?
¿Y el señor Mufarech está de acuerdo con la ruleta de las balas israelíes? ¿O sólo hay tiempo para hacerse la cara de nuevo?
¿Y los Saba? ¿Tampoco tienen nada que decir? ¡Pues qué bien que lo dicen!
Y así sucesivamente.
¿Es que en el Perú ya está la Fox News?
El silencio de la mayor parte de los periodistas tiene una explicación servil.
Pero el silencio de los poetas y de las poetas, como se dice ahora, es un estruendo mudo, una afonía oportunista, una manera de congraciarse con lo peor.
En Gaza los niños son bombardeados.
En el Perú los niños pueden morir más despacio, en la cámara lenta de la tuberculosis y la anemia, caídos por el plomo de La Oroya.
En Gaza y en el Perú, en suma, los niños se mueren por causas evitables.
Pero a los intelectuales eso no les importa.
A los poetas y a las poetas no les importa.
A los novelistas que no han leído a Arguedas pero adoran a Bayly les importa menos.
A toda esa tribu la convencieron de que si su obra se metía con la realidad, entonces la realidad se metería con ellos y con ellas.
Y entonces nada de críticas arregladas en el dominical de “El Comercio”. Nada con la mafia malogradaza de los cuetos. Nada con postular a becas de los Estados Unidos, donde viven los faverón y despachan los viejos que el sistema desbravó hace un montón de años.
Por eso es que en mucho de lo que se publica, todo parece de cartón o mineralizado, abstracto hasta la desaparición del hombre, amoratado a golpes de evasión.
El sistema les dijo: no se contaminen y ellos no se contaminaron. Trabajan en quirófanos (donde opera el sistema).
Creen que si una rabia auténtica cruza por su prosa o tensa su poesía, entonces vendrán los viejos amaestrados en Texas y les dirán:
-Hum, suena a poesía social y a populismo literario. Mala cosa.
Y entonces tendrán que guardar sus pasaportes y sus venias.
Por eso odian al pobre de Juan Gonzalo Rose, que amó tanto a los demás que su poesía parece un parque para enamorados, un asilo, un colegio que sirve de refugio, un templo de la cólera.
Y por todas estas razones estos muchachos creen que hablar de Gaza infecta y hablar de la pobreza impertérrita te vuelve anecdótico y hablar de las mentiras de la aldea global ensucia lo que debe parecer siempre aséptico y salido de un laboratorio de palabras.
¿Qué ensucia Gaza, en realidad?
No ensucia nada.
Porque la página en blanco –blanca como un mandil desinfectado- sigue en blanco después de ser llenada con esas frases que son como las buganvilias estériles y que están hechas para entusiasmar a los que creen que escribir es una manera de hacerse con un puesto en la cola de las visas.
Páginas que se quedan en blanco. Páginas en blanco que están más en blanco que nunca cuando son editadas (y aplaudidas por la crítica políticamente correcta).
Páginas blancas, pálidas de miedo.

lunes, 5 de enero de 2009

No hay secreto en el procedimiento ante la Corte

Por Manuel Rodríguez Cuadros

El canciller ha señalado que el proceso sobre delimitación marítima ante la Corte Internacional de Justicia es secreto. Y que esa calidad tendría la memoria que el Perú deberá presentar a más tardar el 20 de marzo del 2009. Esto no es verdad. El proceso ante la Corte, conforme a su estatuto, reglamento e instrucciones procesales es en principio público (Art. 46 del Estatuto) . Esta naturaleza es inherente a los intereses de Estado que se ventilan y al principio de igualdad procesal entre las partes.
El procedimiento se inicia con el registro de la demanda y la fijación de fechas para que las partes presenten por escrito sus argumentos y pruebas. Las piezas de la demanda y la inicial ordenanza procesal son publicadas por la Corte y entregadas a la prensa.
Fijados los primeros plazos se inicia la fase escrita del proceso. Comprende la presentación de la memoria de la parte demandante y la contra memoria de la defensa, así como de una réplica y una dúplica. La Corte está facultada para pedir a las partes la exhibición de pruebas adicionales o de explicaciones sobre las ya presentadas. Posteriormente, las partes presentan sus conclusiones, las mismas que deben ser el enunciado preciso y concreto de lo que se pide a los jueces que decidan. Las conclusiones son esenciales. Definen el alcance de la demanda y el marco dentro del cual se solicita el pronunciamiento de la Corte.
Como bien ha señalado Philippe Couvreur, ‘Greffier’ de la Corte, “para asegurar la serenidad del debate el procedimiento escrito tiene un carácter confidencial”, obviamente no secreto. El secretismo violaría las normas más elementales del proceso judicial. Lo confidencial es aquello que durante un lapso no se hace público, no por el contenido de los recursos sino por un sano criterio de conveniencia.
Con ese carácter de confidencialidad, la Corte distribuye las piezas en cerca de 123 ejemplares que se hacen llegar a todos los estados miembros, especialmente a aquellos que deseen intervenir en el proceso.
Terminado el procedimiento escrito, confidencial, se pasa al procedimiento oral que es enteramente público. Al iniciarse esta fase, la Corte distribuye a la prensa todos los documentos escritos presentados por las partes. Se envían también ejemplares a todas las bibliotecas y centros de documentación de Naciones Unidas y al centro de información de La Haya. La sentencia es evidentemente pública.
Al interior de los estados litigantes, cada gobierno define el ámbito de la confidencialidad de sus recursos escritos. Lo normal en una sociedad democráticas, es que esas piezas -confidencialmente- sean conocidas, de preferencia antes de presentarlas, por el presidente de la Corte Suprema, los líderes de las principales fuerzas políticas y los entes pertinentes del Congreso.