“Se aprovechan de la situación. Nuestros soldados están en sus bases y los terroristas atacan desde lejos. Atacan a mansalva y en cualquier momento”.
Esta frase no proviene de un retrasado mental ni de un amante de las obviedades y ni siquiera de Perogrullo, aquel que decía que nadie podría ver las estrellas al mediodía.
Esa frase pertenece al repertorio del señor ministro de Defensa, don Rafael Rey, y fue dicha ayer como glosa de lo ocurrido en Vizcatán: un soldado muerto y otros cuatro heridos a causa de un ataque neosenderista.
Con lo que ya van 41 efectivos del ejército asesinados por la pandilla de alias José en los últimos meses.
Y claro, señor Rey, que las bases del ejército no se mueven (porque por eso se llaman bases) y que las guerrillas sí se mueven (porque por algo son guerrillas) y por supuesto que los irregulares aprovecharán siempre la ventaja de su naturaleza evanescente y desde luego que atacarán a mansalva y lo más lejos que puedan –o lo más cerca si de una emboscada se trata-.
Porque lo que pretende una guerrilla es escoger un escenario propicio y jaquear a las tropas oficiales llevando la iniciativa, demostrando temeridad y desmoralizando al adversario.
Una guerrilla es un matorral que dispara, un árbol que ejecuta, un señuelo que cuesta vidas, un recodo de plomo.
Así fue desde los tiempos de David –cuando los ejércitos judíos combatían exitosamente en contra de los cananeos- y así lo creyó Sun Tzu nada menos que cinco siglos antes de Cristo, cuando en “El arte de la guerra” teorizó, precisamente, sobre el modo de imponerse desde la sorpresa y la velocidad de movimientos.
Es más, Sun Tzu fue el primer ensayista que escribió sobre el papel de la inteligencia militar y lo hizo, con su habitual brillo, en el capítulo 13 del libro, aquel titulado “Sobre el uso de los espías”.
Como se sabe, la versión que hoy conocemos de “El arte de la guerra” es una síntesis y todo apunta a que cada capítulo de la edición que occidente conoce fue en realidad un libro en la versión ancestral.
De modo que cuando don Rafael Rey nos habla, entre la furia y la conmoción, de “la alevosía de los narcoterroristas” lo que está demostrando es que de Defensa no sabe nada y que de manuales antiguerrillas sabe todavía menos y que el papel que cumple es el de guardia suizo del Vaticano fungiendo de ministro en el ministerio que debiera librarnos de la amenaza neosenderista.
Pero si el ministro de Defensa es un amateur y un comandante en jefe de la nada, lo menos que podría hacer el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas es poner las cosas en su sitio.
Y la única manera de hacerlo es replanteando la estrategia en el Vrae. Ese cambio se logrará retomando la iniciativa del combate, renunciando inclusive al concepto de las bases con tal de quitarle al enemigo la ventaja de la predictibilidad, desplegando enérgicas acciones de inteligencia, recuperando el uso del espacio aéreo, poniendo al día el sistema de comunicaciones entre las patrullas y el mando central y, sobre todo, ganándose a la población a través de una benévola presencia del Estado –precursora de proyectos de desarrollo que, más tarde, reciban beneficios tributarios especiales y demanden mano de obra intensiva-.
Si hacemos todo ello, es probable que en un plazo no menor de cinco años podamos decir que el boscoso santuario de Sendero ha sido derrotado.
De lo que podemos estar seguros por ahora es de que la presencia de Rafael Rey en el sector Defensa es algo que alias José nunca terminará de celebrar.
Y cuando nombro a alias José me refiero también a aquella izquierda ambigua –felizmente microscópica- que sigue creyendo que la solución maoísta es la que el Perú se merece.
viernes, 6 de noviembre de 2009
jueves, 5 de noviembre de 2009
Conflicto de intereses
Hace unas horas, el congresista Ricardo Belmont logró que la Comisión de Transportes y Comunicaciones del Congreso creara un grupo de trabajo que estudiará los métodos que emplea la empresa Ibope para medir la sintonía de los programas de televisión.
La empresa Ibope es privada y, aunque sus métodos sean discutibles, no es fácil entender por qué la Comisión de Transportes y Comunicaciones tendrá que examinarla como si de una entidad pública se tratara.
El señor Belmont tiene en este asunto un visible conflicto de intereses. Es un congresista súbito a raíz de la muerte de Alberto Andrade y es, al mismo tiempo, el archifamoso propietario del Canal 11, desde el que habla, para regocijo de sus miles de televidentes, casi todas las noches.
Como congresista imprevisto tiene el derecho de presentar las iniciativas que se le ocurran. Pero como congresista y propietario de un canal no puede presentar propuestas que conciernan a la televisión. Y menos todavía propuestas que estén destinadas a hostilizar o presionar a una empresa que tiene tanto que ver con el negocio de la televisión.
Es como si Juvenal Silva, presidente de la mencionada comisión congresal y dirigente del club Cienciano, presentara en el pleno una iniciativa que favoreciera a los equipos de fútbol provincianos en desmedro de los limeños.
O como si Carlos Raffo, vice presidente de la misma comisión, propusiera que los publicistas de campañas electorales están exonerados de rendir cuentas ante la justicia en el caso de que hubiesen recibido dineros negros de manos sucias.
Sería mostrar el fustán de un modo por lo menos impropio y el plumero de una manera por lo menos ridícula.
El señor Belmont fue convencido por el señor Anchorena para que reingresara al ámbito de Ibope.
Cuando las cifras que mostró Ibope no le gustaron, el señor Belmont despidió al señor Anchorena aduciendo, precisamente, que la nueva programación no era lo que él había esperado.
Yo nunca he creído en Ibope, a pesar de que en muchos momentos de mi carrera sus mediciones me ponían por las nubes.
Pero una cosa es no creer en Ibope y otra es tratar de intimidar a Ibope aprovechando el cargo congresal y sacándole el jugo a la amistad con Alan García -que le dio hace poco las gracias por los servicios prestados- y con Luis Alva Castro, de cuya proximidad se ha jactado en el canal y en el hemiciclo.
Ricardo Belmont cree que su cargo de congresista puede ser usado para prácticos fines personales.
Lo increíble es que la Comisión de Transportes le siga el juego. Y que gente como Lescano lo acompañe en algunas de sus aventuras.
El 29 de octubre, por ejemplo, Belmont presentó un proyecto de ley que, de aprobarse, castigará con prisión efectiva (de 2 a 6 años) “al Director, Editor o responsable de las publicaciones o ediciones, a transmitirse a través de medios de comunicación social, tales como diarios, revistas, afiches, paneles, volantes, radio, televisión, o cualquier otro medio que produzca un efecto de comunicación similar, que publiciten imágenes, mensajes o audios obscenos o pornográficos”.
La cita es textual e incluye los atropellos al idioma y el cocido cerebral que de ese modo se revela.
En los considerandos, que llevan su indudable huella digital, Belmont, firmante protagónico de la iniciativa, cita a Joseph Pulitzer como fuente de inspiración ética, ignorando lo mucho que la prensa sensacionalista y amarillenta le debe al rival de William Randolph Hearst.
Y después de llamar a Pulitzer “el gran benefactor de una institución como la Columbia University Graduate School of Journalism”, añade:
“Que, (sic) el Pueblo Peruano no puede asistir impasible, ni mantenerse indiferente a los procesos de degradación moral que se yergue (sic) en estos momentos sobre nuestra sociedad...”
Y suma:
“De otro lado, no dejemos de reparar en lo siguiente, (sic) que no sólo hay excesos en la televisión sino en otro tipo de medios de comunicación, como la prensa escrita. Pero en todos estos casos, desde el punto de vista moral, cristiano y social, las imágenes carnales íntimas muchas veces caen dentro de la pornografía. En ese sentido, no creamos lo que dicen los que defienden la pornografía de que sólo “la más fuerte”... es dañina o ilegal. Pues hay estudios que confirman que la pornografía considerada “leve” (la que se ve en algunos programas de televisión, diarios o revistas indecentes) causan (sic) más crímenes sexuales que la pornografía más desembozada y fuerte” (varias veces sic).
Y no sigo porque estimo vuestro tiempo y vuestra salud mental, amables lectores. En todo caso, ahora entenderán cabalmente por qué tuve que largarme de Canal 11.
Ya veo al cura Oviedo decidiendo qué es pornografía y qué es erotismo permisible. O sea, separando la paja del trigo.
La empresa Ibope es privada y, aunque sus métodos sean discutibles, no es fácil entender por qué la Comisión de Transportes y Comunicaciones tendrá que examinarla como si de una entidad pública se tratara.
El señor Belmont tiene en este asunto un visible conflicto de intereses. Es un congresista súbito a raíz de la muerte de Alberto Andrade y es, al mismo tiempo, el archifamoso propietario del Canal 11, desde el que habla, para regocijo de sus miles de televidentes, casi todas las noches.
Como congresista imprevisto tiene el derecho de presentar las iniciativas que se le ocurran. Pero como congresista y propietario de un canal no puede presentar propuestas que conciernan a la televisión. Y menos todavía propuestas que estén destinadas a hostilizar o presionar a una empresa que tiene tanto que ver con el negocio de la televisión.
Es como si Juvenal Silva, presidente de la mencionada comisión congresal y dirigente del club Cienciano, presentara en el pleno una iniciativa que favoreciera a los equipos de fútbol provincianos en desmedro de los limeños.
O como si Carlos Raffo, vice presidente de la misma comisión, propusiera que los publicistas de campañas electorales están exonerados de rendir cuentas ante la justicia en el caso de que hubiesen recibido dineros negros de manos sucias.
Sería mostrar el fustán de un modo por lo menos impropio y el plumero de una manera por lo menos ridícula.
El señor Belmont fue convencido por el señor Anchorena para que reingresara al ámbito de Ibope.
Cuando las cifras que mostró Ibope no le gustaron, el señor Belmont despidió al señor Anchorena aduciendo, precisamente, que la nueva programación no era lo que él había esperado.
Yo nunca he creído en Ibope, a pesar de que en muchos momentos de mi carrera sus mediciones me ponían por las nubes.
Pero una cosa es no creer en Ibope y otra es tratar de intimidar a Ibope aprovechando el cargo congresal y sacándole el jugo a la amistad con Alan García -que le dio hace poco las gracias por los servicios prestados- y con Luis Alva Castro, de cuya proximidad se ha jactado en el canal y en el hemiciclo.
Ricardo Belmont cree que su cargo de congresista puede ser usado para prácticos fines personales.
Lo increíble es que la Comisión de Transportes le siga el juego. Y que gente como Lescano lo acompañe en algunas de sus aventuras.
El 29 de octubre, por ejemplo, Belmont presentó un proyecto de ley que, de aprobarse, castigará con prisión efectiva (de 2 a 6 años) “al Director, Editor o responsable de las publicaciones o ediciones, a transmitirse a través de medios de comunicación social, tales como diarios, revistas, afiches, paneles, volantes, radio, televisión, o cualquier otro medio que produzca un efecto de comunicación similar, que publiciten imágenes, mensajes o audios obscenos o pornográficos”.
La cita es textual e incluye los atropellos al idioma y el cocido cerebral que de ese modo se revela.
En los considerandos, que llevan su indudable huella digital, Belmont, firmante protagónico de la iniciativa, cita a Joseph Pulitzer como fuente de inspiración ética, ignorando lo mucho que la prensa sensacionalista y amarillenta le debe al rival de William Randolph Hearst.
Y después de llamar a Pulitzer “el gran benefactor de una institución como la Columbia University Graduate School of Journalism”, añade:
“Que, (sic) el Pueblo Peruano no puede asistir impasible, ni mantenerse indiferente a los procesos de degradación moral que se yergue (sic) en estos momentos sobre nuestra sociedad...”
Y suma:
“De otro lado, no dejemos de reparar en lo siguiente, (sic) que no sólo hay excesos en la televisión sino en otro tipo de medios de comunicación, como la prensa escrita. Pero en todos estos casos, desde el punto de vista moral, cristiano y social, las imágenes carnales íntimas muchas veces caen dentro de la pornografía. En ese sentido, no creamos lo que dicen los que defienden la pornografía de que sólo “la más fuerte”... es dañina o ilegal. Pues hay estudios que confirman que la pornografía considerada “leve” (la que se ve en algunos programas de televisión, diarios o revistas indecentes) causan (sic) más crímenes sexuales que la pornografía más desembozada y fuerte” (varias veces sic).
Y no sigo porque estimo vuestro tiempo y vuestra salud mental, amables lectores. En todo caso, ahora entenderán cabalmente por qué tuve que largarme de Canal 11.
Ya veo al cura Oviedo decidiendo qué es pornografía y qué es erotismo permisible. O sea, separando la paja del trigo.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Copiar y pegar
Lima, 3 de noviembre 2009 (Associated Press).-El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique cometió plagio, ratificó el martes la entidad peruana defensora de la propiedad intelectual.
La Sala de Propiedad Intelectual del Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (Indecopi) confirmó en segunda instancia que Bryce plagió 16 artículos periodísticos publicados en diversos medios de comunicación locales e internacionales, según un comunicado divulgado por esa entidad estatal.
************************
Julio Ortega, ese valedor de la teoría de que el plagio no existe porque todo es lo mismo, se aparecerá ahora diciendo que el Indecopi es un ente burgués que protege esa antigualla que es el derecho de autor.
Es que ayer el Indecopi ha confirmado lo que todos ya sabíamos: que don Alfredo Bryce Echenique es, como colaborador periodístico, más activo que Francis Drake, más exitoso que William Walker –el pirata que juramentó en inglés como “presidente de Nicaragua” en 1856- y más viajero que Henry Morgan, tan orgullosamente inglés como los otros y como el linaje del escritor en cuestión.
O sea que Bryce es autor de dieciséis plagios comprobados por el Indecopi, aunque su abogado, el mago Enrique Ghersi, haya querido ocultarlo todo y aunque Bryce haya dicho ayer, desde Madrid, que “ahora sí tendré que apelar al poder judicial, un organismo más fiable”. ¡Cómo no!
En vez de pedir disculpas y decir que fue una mala racha, que la carga de trabajo era inmensa, que el surmenage era inminente, que fue préstamo y no apropiación, Bryce, con la ayuda valorable de Ghersi, insiste en la mentira.
Allá él. La investigación de Indecopi, que tenía listo su dictamen desde el mes de enero de este año, acredita que don Alfredo aterrizó como mosquito hematófago en la vena (literaria) de varios autores –la mayor parte de ellos catalanes- y publicó sin asco, bajo su firma y cobrando por ello, textos de otros.
A veces cambiaba alguna que otra palabra, o metía un gerundio, o reemplazaba un verbo por otro equivalente. Pero la mayoría de las veces la copiandanga era fotográfica, clónica y computacional. Para el prolífico novelista la modernidad llegó bajo el lema copiar y pegar del nunca mejor llamado mouse.
Y así entró en los domicilios literarios de Oswaldo de Rivero (“Quehacer”, mayo 2005), Eulalia Solé (La Vanguardia, julio del 2005), Nacho Para (El Periódico de Cataluña, diciembre del 2005), Carlos Sentis (La Vanguardia, julio del 2005), Jordi Cebriá y Víctor Cabré (Revista Jano, España, octubre del 2005), Sergi Pamies (Revista Jano, abril del 2004), Juan Carlos Ponce (Revista Jano, marzo del 2002), Blas Gil Extremera (Revista Jano, mayo del 2005), Jorge de la Paz (Revista Anuies, México, julio 1986), Benjamín Herrera (Revista Jano, marzo del 2002), Cristóbal Pera (Revista Jano, octubre del 2005), Luis Iruela (Revista Jano, octubre del 2005), Francesc-Marc Alvaro (La Vanguardia, noviembre del 2006), Josep Maria Puigjaner (La Vanguardia julio del 2005), y otra vez Oswaldo de Rivero (WWW.Contexto.Org).
Dieciséis plagios, quince autores. El único doblemente cogoteado es Oswaldo de Rivero. Digamos que se trata de una pincelada nacionalista.
El ensañamiento con la revista Jano es explicable. Jano es una gran revista dedicada a la medicina y a las humanidades. De allí el título de algunos de los artículos plagiados: “La estupidez perjudica seriamente la salud”, “La angustia de Kafka”, “El psicoanálisis de Woody Allen”, “La enfermedad de la nostalgia”.
La pregunta que habría que formularle a la “intelligenza” peruana es muy sencilla: ¿Puede hablarse de la anomia de la sociedad peruana, de la crisis de valores de la política, de la separación entre ética y función pública sin pronunciarse sobre este asunto?
Sin necesidad de hacerlo, un escritor talentoso y de éxito, famoso y reconocido, entra a saco en ingenios ajenos y firma 16 textos expropiados y recibe su cheque respectivo. Hasta que alguien –una investigadora chilena, para nuestra vergüenza- lo descubre y, claro, hay que llamar al Indecopi, que se demora meses en publicar el resultado de sus comprobaciones.
¿Y cómo reaccionan los intelectuales del Perú, las “fuerzas vivas” del espíritu, los herederos novoandinos de Voltaire?
Pues igual que los otorongos pacharacos: purito gremialismo, misma Sicilia, mismos cuñados de los Soprano.
Y después pretenden dar lecciones. Y hablar desde sus púlpitos.
La Sala de Propiedad Intelectual del Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (Indecopi) confirmó en segunda instancia que Bryce plagió 16 artículos periodísticos publicados en diversos medios de comunicación locales e internacionales, según un comunicado divulgado por esa entidad estatal.
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Julio Ortega, ese valedor de la teoría de que el plagio no existe porque todo es lo mismo, se aparecerá ahora diciendo que el Indecopi es un ente burgués que protege esa antigualla que es el derecho de autor.
Es que ayer el Indecopi ha confirmado lo que todos ya sabíamos: que don Alfredo Bryce Echenique es, como colaborador periodístico, más activo que Francis Drake, más exitoso que William Walker –el pirata que juramentó en inglés como “presidente de Nicaragua” en 1856- y más viajero que Henry Morgan, tan orgullosamente inglés como los otros y como el linaje del escritor en cuestión.
O sea que Bryce es autor de dieciséis plagios comprobados por el Indecopi, aunque su abogado, el mago Enrique Ghersi, haya querido ocultarlo todo y aunque Bryce haya dicho ayer, desde Madrid, que “ahora sí tendré que apelar al poder judicial, un organismo más fiable”. ¡Cómo no!
En vez de pedir disculpas y decir que fue una mala racha, que la carga de trabajo era inmensa, que el surmenage era inminente, que fue préstamo y no apropiación, Bryce, con la ayuda valorable de Ghersi, insiste en la mentira.
Allá él. La investigación de Indecopi, que tenía listo su dictamen desde el mes de enero de este año, acredita que don Alfredo aterrizó como mosquito hematófago en la vena (literaria) de varios autores –la mayor parte de ellos catalanes- y publicó sin asco, bajo su firma y cobrando por ello, textos de otros.
A veces cambiaba alguna que otra palabra, o metía un gerundio, o reemplazaba un verbo por otro equivalente. Pero la mayoría de las veces la copiandanga era fotográfica, clónica y computacional. Para el prolífico novelista la modernidad llegó bajo el lema copiar y pegar del nunca mejor llamado mouse.
Y así entró en los domicilios literarios de Oswaldo de Rivero (“Quehacer”, mayo 2005), Eulalia Solé (La Vanguardia, julio del 2005), Nacho Para (El Periódico de Cataluña, diciembre del 2005), Carlos Sentis (La Vanguardia, julio del 2005), Jordi Cebriá y Víctor Cabré (Revista Jano, España, octubre del 2005), Sergi Pamies (Revista Jano, abril del 2004), Juan Carlos Ponce (Revista Jano, marzo del 2002), Blas Gil Extremera (Revista Jano, mayo del 2005), Jorge de la Paz (Revista Anuies, México, julio 1986), Benjamín Herrera (Revista Jano, marzo del 2002), Cristóbal Pera (Revista Jano, octubre del 2005), Luis Iruela (Revista Jano, octubre del 2005), Francesc-Marc Alvaro (La Vanguardia, noviembre del 2006), Josep Maria Puigjaner (La Vanguardia julio del 2005), y otra vez Oswaldo de Rivero (WWW.Contexto.Org).
Dieciséis plagios, quince autores. El único doblemente cogoteado es Oswaldo de Rivero. Digamos que se trata de una pincelada nacionalista.
El ensañamiento con la revista Jano es explicable. Jano es una gran revista dedicada a la medicina y a las humanidades. De allí el título de algunos de los artículos plagiados: “La estupidez perjudica seriamente la salud”, “La angustia de Kafka”, “El psicoanálisis de Woody Allen”, “La enfermedad de la nostalgia”.
La pregunta que habría que formularle a la “intelligenza” peruana es muy sencilla: ¿Puede hablarse de la anomia de la sociedad peruana, de la crisis de valores de la política, de la separación entre ética y función pública sin pronunciarse sobre este asunto?
Sin necesidad de hacerlo, un escritor talentoso y de éxito, famoso y reconocido, entra a saco en ingenios ajenos y firma 16 textos expropiados y recibe su cheque respectivo. Hasta que alguien –una investigadora chilena, para nuestra vergüenza- lo descubre y, claro, hay que llamar al Indecopi, que se demora meses en publicar el resultado de sus comprobaciones.
¿Y cómo reaccionan los intelectuales del Perú, las “fuerzas vivas” del espíritu, los herederos novoandinos de Voltaire?
Pues igual que los otorongos pacharacos: purito gremialismo, misma Sicilia, mismos cuñados de los Soprano.
Y después pretenden dar lecciones. Y hablar desde sus púlpitos.
martes, 3 de noviembre de 2009
El caso Malpartida
El Perú en el que Sendero juntaba la pólvora de las minas y la hacía reventar en coches o sobre cadáveres, no era precisamente un país que Montesquieu hubiese saludado como ejemplo.
No era un país: era la anarquía que aspiraba llegar al terror, era el terror que quería la anarquía. Era una hemorragia y una sucesión de difuntos.
Y en ese país espantoso, muchos sobrevivieron fingiendo que acataban las órdenes de la mula, doblemente estéril, del senderismo. La otra alternativa era oponerse y morir. O colaborar con el enemigo y morir con un letrero de soplón sobre el pecho.
Ese fue el caso, según todos los datos que se pueden tener a la mano, de la parlamentaria andina Elsa Malpartida.
¿Tiene algún sentido sacar de las vejeces judiciales este asunto?
Sólo lo tendría si se demostrara que la Malpartida ha vuelto a “obedecer” a lo que queda de Sendero –ese muñón llamado Camarada José, maoísta que no terminó de leer “Coquito”-.
O si se pudiera probar que la Malpartida, al simular que acataba a las hordas senderistas, participó en algún homicidio o en algún atentado.
Si nada de eso se puede ni decir ni comprobar, la única razón para sacar de las secretarías este asunto es continuar con la evidente campaña que, desde diversos sectores, se ha emprendido en contra del Partido Nacionalista.
Quien escribe esta columna ha criticado muchas veces a Ollanta Humala. Y lo seguirá haciendo, a pesar de las rabietas de sus íntimos y de sus percebes.
Pero esa independencia me da cierta autoridad como para decir que, en el caso de Elsa Malpartida, el huaqueo periodístico en cuestión parece proceder del Apra y de los servicios de inteligencia cercanos a cierta vicepresidencia.
La apuesta es alta: si se logra meter en la cabeza de buena parte del electorado la idea de que Sendero ha infiltrado al humalismo, la derecha se habrá librado de su más serio enemigo y podrá dedicarse a uniformar y pasteurizar el resto de la campaña electoral.
Porque aquí de lo que se trata es de que ningún candidato cuestione “el sistema”, esa cuchipanda de sacro mercado, cholo barato, prensa alquilada y reprimarización total de la economía.
Ese escenario, que algunos llaman “el modelo”, no puede desmontarse. Puede cambiar el elenco, puede el director ser sustituido, pueden las candilejas encenderse con otros colores, pero lo que no puede cambiar es la obra ni el teatro ni la tramoya.
Y en ese sentido, sólo Humala es, por ahora, la nube gris que nubla su camino. Y a Humala hay que darle duro y como sea, como en el 2006.
El problema es que este Thriller selvático se presenta justo en el momento en que Canáan está en Lima, los petroaudios amenazan y las revelaciones sobre el maridaje García-BusinessTrack tienen muy nervioso al califato entero de Alí Babá Kurí.
O sea que estamos ante una descarada bomba de humo.
-----------------------------------
Posdata: No entiendo muy bien cómo es este asunto del voto facultativo. ¿Es que los pobres, por ahorrarse el microbús, van a dejar de votar y por eso hay que obligarlos a hacerlo? ¿Y la conciencia de clase? ¿Y el trabajo de las izquierdas construyendo esa conciencia? ¿Y si tanto importan los pobres, por qué el PPC y el fujimorismo se oponen, también rabiosamente, al voto libre?
No era un país: era la anarquía que aspiraba llegar al terror, era el terror que quería la anarquía. Era una hemorragia y una sucesión de difuntos.
Y en ese país espantoso, muchos sobrevivieron fingiendo que acataban las órdenes de la mula, doblemente estéril, del senderismo. La otra alternativa era oponerse y morir. O colaborar con el enemigo y morir con un letrero de soplón sobre el pecho.
Ese fue el caso, según todos los datos que se pueden tener a la mano, de la parlamentaria andina Elsa Malpartida.
¿Tiene algún sentido sacar de las vejeces judiciales este asunto?
Sólo lo tendría si se demostrara que la Malpartida ha vuelto a “obedecer” a lo que queda de Sendero –ese muñón llamado Camarada José, maoísta que no terminó de leer “Coquito”-.
O si se pudiera probar que la Malpartida, al simular que acataba a las hordas senderistas, participó en algún homicidio o en algún atentado.
Si nada de eso se puede ni decir ni comprobar, la única razón para sacar de las secretarías este asunto es continuar con la evidente campaña que, desde diversos sectores, se ha emprendido en contra del Partido Nacionalista.
Quien escribe esta columna ha criticado muchas veces a Ollanta Humala. Y lo seguirá haciendo, a pesar de las rabietas de sus íntimos y de sus percebes.
Pero esa independencia me da cierta autoridad como para decir que, en el caso de Elsa Malpartida, el huaqueo periodístico en cuestión parece proceder del Apra y de los servicios de inteligencia cercanos a cierta vicepresidencia.
La apuesta es alta: si se logra meter en la cabeza de buena parte del electorado la idea de que Sendero ha infiltrado al humalismo, la derecha se habrá librado de su más serio enemigo y podrá dedicarse a uniformar y pasteurizar el resto de la campaña electoral.
Porque aquí de lo que se trata es de que ningún candidato cuestione “el sistema”, esa cuchipanda de sacro mercado, cholo barato, prensa alquilada y reprimarización total de la economía.
Ese escenario, que algunos llaman “el modelo”, no puede desmontarse. Puede cambiar el elenco, puede el director ser sustituido, pueden las candilejas encenderse con otros colores, pero lo que no puede cambiar es la obra ni el teatro ni la tramoya.
Y en ese sentido, sólo Humala es, por ahora, la nube gris que nubla su camino. Y a Humala hay que darle duro y como sea, como en el 2006.
El problema es que este Thriller selvático se presenta justo en el momento en que Canáan está en Lima, los petroaudios amenazan y las revelaciones sobre el maridaje García-BusinessTrack tienen muy nervioso al califato entero de Alí Babá Kurí.
O sea que estamos ante una descarada bomba de humo.
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Posdata: No entiendo muy bien cómo es este asunto del voto facultativo. ¿Es que los pobres, por ahorrarse el microbús, van a dejar de votar y por eso hay que obligarlos a hacerlo? ¿Y la conciencia de clase? ¿Y el trabajo de las izquierdas construyendo esa conciencia? ¿Y si tanto importan los pobres, por qué el PPC y el fujimorismo se oponen, también rabiosamente, al voto libre?
domingo, 1 de noviembre de 2009
La isla de los libros
Si me fuera impuesto recluirme en una isla con unos pocos libros –tan pocos que pudieran contarse con los dedos de una mano-, pues me sentiría muy desdichado porque son muchos más los libros de mi querencia y algo de traición tendría el hecho de tener que elegir a sólo cinco.
No he tenido una vida sedentaria ni mucho menos, pero tengo la impresión de que si contara las horas que tomé para leer ese tiempo sumaría bastantes más días de los que dediqué a muchas otras cosas.
Gracias a los libros sé de países que nunca hubiera podido conocer y de atmósferas que no podía ni siquiera imaginar y de infamias que no se me habrían ocurrido y de amores que sólo brillan cuando se los contempla por escrito.
Mucho de mi vida viene de los libros y eso es algo que no me produce ningún remordimiento. Me perdí muchos tumultos y no estuve en las bodas de los importantes, pero leí como un poseso y pasé junto a Raskolnikov y le vi las ojeras recién cavadas.
Renuncié a decenas de asuntos por los que otros se desviven, pero sé de qué color tenía las enaguas Emma Bovary cada vez que salía a amortizarse y ese consuelo pequeñajo me conforma.
Pero si se tratara de nombrar a algunos de los libros que me llevaría a esa isla, no dudo en decir que uno de ellos sería el Ulyses de Joyce y otro, modestamente, El mundo es ancho y ajeno, de Alegría.
Nunca he podido explicar la primera impresión que me causó el libro de Joyce. Si fuera un mentiroso cósmico diría que alguien me raptó y me llevó en un platillo al Ganímedes de la literatura, es decir al Dublín de 1904.
Para ser más precisos: a las horas que van de las 8 de la mañana del jueves 4 de junio de 1904 a las 2 de la madrugada del viernes 5, que eso es lo que dura la jornada al alimón de Bloom y Dédalus.
Secuestro más que lectura, al Ulyses no había que leerlo solamente. Había que internarse en él durante algunos meses –un verano entero por lo menos- y padecerlo, como si de una maestría de lector se tratara.
Hablando del poderío y la influencia del Ulyses, el gran T.S. Eliot escribió: “Quisiera, egoistamente, no haberlo leído”. Y el crítico Edmund Wilson afirmó: “Desde que he leído Ulyses la calidad de los demás novelistas me parece insoportablemente floja y descuidada”.
Ese monstruo genial llamado Nabokov idolatraba a Joyce, tanto como Pound. Y uno que nunca lo quiso, como Orwell, admitió que Joyce, al describir la corriente de la conciencia, había descubierto “una América que todo el mundo tenía delante de sus narices”.
Bueno, yo no sabía nada de esto cuando leí el Ulyses. Era un lector palurdo, presuntamente precoz y lo suficientemente loco como para sacrificarlo todo con tal de leer lo que me cayera. Nunca pude volver a leer con la condescendencia de antes. Y nunca dudé de que la ironía en relación a “las grandezas del hombre” –algo que había aprendido con Joyce- me acompañaría siempre.
Y he mencionado El mundo es ancho y ajeno porque hace unos días el señor Bryce, que escribió hace muchos años una excelente novela titulada Un mundo para Julius, se ha atrevido a menospreciar a Alegría y a ponerlo en un sarcófago.
Pobre Bryce. No sabe que el cholo Alegría está más allá del veneno anecdótico de un escritor menor. Menor no sólo frente a Vargas Llosa. Menor frente al propio Alegría.
Alegría no tuvo el desgarro de Arguedas y es seguro que en La serpiente de oro y aun en Los perros hambrientos su estilo puede discutirse. Pero El mundo es ancho y ajeno fue y será un referente monumental de la literatura peruana y quienes hayan leído a Alegría saben de qué hablo.
Volviendo a lo de la isla, lo he pensado bien. No iría con cinco libros. Naufragaría en la travesía llevando parte de mi biblioteca en la barcaza.
Porque no podría vivir sin abrir, de vez en cuando, aquella Nada de Carmen Laforet, o aquel Galíndez de Manuel Vázquez Montalbán, o algún libro de Wilde, o un poco de Westphalen y siempre Conrad y definitivamente Cortázar y Moro y Vallejo y Góngora y la Woolf.
¡Que se vayan al diablo con eso de los cinco libros! Moriría como traté de vivir: en desacato.
No he tenido una vida sedentaria ni mucho menos, pero tengo la impresión de que si contara las horas que tomé para leer ese tiempo sumaría bastantes más días de los que dediqué a muchas otras cosas.
Gracias a los libros sé de países que nunca hubiera podido conocer y de atmósferas que no podía ni siquiera imaginar y de infamias que no se me habrían ocurrido y de amores que sólo brillan cuando se los contempla por escrito.
Mucho de mi vida viene de los libros y eso es algo que no me produce ningún remordimiento. Me perdí muchos tumultos y no estuve en las bodas de los importantes, pero leí como un poseso y pasé junto a Raskolnikov y le vi las ojeras recién cavadas.
Renuncié a decenas de asuntos por los que otros se desviven, pero sé de qué color tenía las enaguas Emma Bovary cada vez que salía a amortizarse y ese consuelo pequeñajo me conforma.
Pero si se tratara de nombrar a algunos de los libros que me llevaría a esa isla, no dudo en decir que uno de ellos sería el Ulyses de Joyce y otro, modestamente, El mundo es ancho y ajeno, de Alegría.
Nunca he podido explicar la primera impresión que me causó el libro de Joyce. Si fuera un mentiroso cósmico diría que alguien me raptó y me llevó en un platillo al Ganímedes de la literatura, es decir al Dublín de 1904.
Para ser más precisos: a las horas que van de las 8 de la mañana del jueves 4 de junio de 1904 a las 2 de la madrugada del viernes 5, que eso es lo que dura la jornada al alimón de Bloom y Dédalus.
Secuestro más que lectura, al Ulyses no había que leerlo solamente. Había que internarse en él durante algunos meses –un verano entero por lo menos- y padecerlo, como si de una maestría de lector se tratara.
Hablando del poderío y la influencia del Ulyses, el gran T.S. Eliot escribió: “Quisiera, egoistamente, no haberlo leído”. Y el crítico Edmund Wilson afirmó: “Desde que he leído Ulyses la calidad de los demás novelistas me parece insoportablemente floja y descuidada”.
Ese monstruo genial llamado Nabokov idolatraba a Joyce, tanto como Pound. Y uno que nunca lo quiso, como Orwell, admitió que Joyce, al describir la corriente de la conciencia, había descubierto “una América que todo el mundo tenía delante de sus narices”.
Bueno, yo no sabía nada de esto cuando leí el Ulyses. Era un lector palurdo, presuntamente precoz y lo suficientemente loco como para sacrificarlo todo con tal de leer lo que me cayera. Nunca pude volver a leer con la condescendencia de antes. Y nunca dudé de que la ironía en relación a “las grandezas del hombre” –algo que había aprendido con Joyce- me acompañaría siempre.
Y he mencionado El mundo es ancho y ajeno porque hace unos días el señor Bryce, que escribió hace muchos años una excelente novela titulada Un mundo para Julius, se ha atrevido a menospreciar a Alegría y a ponerlo en un sarcófago.
Pobre Bryce. No sabe que el cholo Alegría está más allá del veneno anecdótico de un escritor menor. Menor no sólo frente a Vargas Llosa. Menor frente al propio Alegría.
Alegría no tuvo el desgarro de Arguedas y es seguro que en La serpiente de oro y aun en Los perros hambrientos su estilo puede discutirse. Pero El mundo es ancho y ajeno fue y será un referente monumental de la literatura peruana y quienes hayan leído a Alegría saben de qué hablo.
Volviendo a lo de la isla, lo he pensado bien. No iría con cinco libros. Naufragaría en la travesía llevando parte de mi biblioteca en la barcaza.
Porque no podría vivir sin abrir, de vez en cuando, aquella Nada de Carmen Laforet, o aquel Galíndez de Manuel Vázquez Montalbán, o algún libro de Wilde, o un poco de Westphalen y siempre Conrad y definitivamente Cortázar y Moro y Vallejo y Góngora y la Woolf.
¡Que se vayan al diablo con eso de los cinco libros! Moriría como traté de vivir: en desacato.
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