Martha Hildebrandt, que cuando carajeaba bajo el paraguas del fujimorismo mató al Tribunal Constitucional de una sola bocanada de oficialismo meningocócico, está muy preocupada en estos días por el cumplimiento cabal del artículo 17 de la Constitución de 1993.
La desvela que la Constitución que ella misma irrespetó cuando mordía a quien cuestionara la segunda reelección de su patrón (para esa cochinada el pobre Torres Lara tuvo que “interpretar auténticamente” el artículo 112) no sea acatada en eso de que la educación universitaria gratuita depende “de un rendimiento satisfactorio” y “de no contar con los recursos económicos necesarios...”
Es cierto. Ese artículo 17 deja abierta la puerta a replantear la gratuidad absoluta del nivel universitario estatal... ¡en el caso de que tal gratuidad existiera! La verdad es que las universidades del Estado, tan desatendidas desde el presupuesto, se valen de mil argucias, de muchos parágrafos y otra vez de mil excusas administrativas para sacarle al alumno la plata que no paga en matrícula o pensiones.
Esa es una verdad de a puño que la doctora Hildebrandt no menciona, desde luego. Otra es que el paso por un colegio privado más o menos caro no es garantía, en muchas ocasiones, de solvencia económica continuada sino fruto del sobrehumano esfuerzo que hacen padres pluriempleados con tal de huir de la mentalmente castradora “educación estatal” en primaria y secundaria. Esos padres esperan, con todo derecho, un respiro a la hora de la educación superior. Ahora deberán esperar a que la doctora Hildebrandt, que ayudó a reformar la educación estatal durante el gobierno de Velasco Alvarado, defina eso del “rendimiento satisfactorio”. Cómo será, pues.
Otra verdad que oculta la doctora Hildebrandt es el nivel social y económico que puebla el universo de los centros superiores del Estado. Hace muchos años que la doctora Hildebrandt no va a San Marcos, por ejemplo. Por eso habla, desde la mala fe y el exhaustivo desconocimiento, “de los que van en camionetas 4x4 a recibir educación gratuita”. ¿Camionetas 4x4 en el estacionamiento de San Marcos? La doctora Hildebrandt debería saber que ni en La Católica abundan las todoterreno que ella sí puede usar a cuenta del Congreso. Supongo que la doctora Hildebrandt no va a San Marcos desde la época en que, pudiendo pagar, se educó felizmente gratis en esa institución. Tampoco recuerda que fue San Marcos la que la presentó a una beca decisiva para su rica hoja académica. Y todo gratis, como debía de ser.
Pero lo más divertido de todo esto es escuchar a la doctora Hildebrandt hablar de la Constitución que ella usó como baldosa, primero, y trapeador, después, durante el shogunato de Fujimori. Si el irredento artículo 17 de la Constitución le quita el sueño, ¿por qué recién ahora, quince años después de la promulgación de eso que Alberto Borea llama “el documento de 1993”, es que lo dice? ¿O es que ahora quiere hacerle un favor al Apra creando un “psicosocial” en plena etapa de alzas y cuando las estimaciones de la inflación empiezan a ser sombrías?
En todo caso, si le preocupa el artículo 17, que le preocupe también el 24, que a la letra dice:
“Artículo 24.- El trabajador tiene derecho a una remuneración equitativa y suficiente, que procure, para él y su familia, el bienestar material y espiritual”.
O que gima por el 27, que está aquicito nomás y que a la letra dice:
“Artículo 27.- La ley otorga al trabajador adecuada protección contra el despido arbitrario”.
O que se tire de los pelos por el 28, pegadito al 27, y que establece dos puntos:
“Artículo 28.- El Estado reconoce los derechos de sindicación, negociación colectiva y huelga. Cautela su ejercicio democrático...”
Pero esos artículos no conmueven el corazón marmóreo de la doctora Hildebrandt. A ella sólo la sobresalta y la hace gritar el 17. Quiere volver a ser la chica del 17. Con el aplauso de García y Chang.
jueves, 5 de junio de 2008
miércoles, 4 de junio de 2008
Tránsfugas absueltos
La señora Luz Salgado, que aportó una buena dosis de labia al decenio fujimorista, exige desde anoche que le pidamos perdón. Que se lo pida su santa abuela o su más que santa madre. Que se lo pida la Santa Paciencia y el Santo Cachón. Este columnista pensaría en pedirle perdón si ella, antes y de rodillas, le dice a la gente que Fujimori maltrató, a los deudos de las víctimas que Fujimori mandó matar y al público reunido en una Plaza de Armas festiva para la ocasión, que está arrepentida de haber sido una de las peores brujas de la dictadura y que ha tenido tiempo para la reflexión y la limpieza y que no lo volverá a hacer. Pero no me va a hacer caso, por supuesto, porque el fujimorismo –que vicepreside dos veces el gobierno con Giampietri y la señora Mendoza del Solar– está recargado, alentado por Alan, forrado con las putiencuestas, reencarnado en Castañeda (por si acaso) y rejuvenecido hasta el milagro por un transplante de células de la puta madre.
La señora Salgado dice que le debíamos pedir perdón porque durante ocho años ella sufrió “un proceso judicial promovido por el odio”. Se refiere al juicio que involucró a algunas nanas del fujimorismo (como ella y Carmen Lozada de Gamboa) y a trece tránsfugas que completaron “la mayoría parlamentaria” que Fujimori mandó a hacerse en la sastrería panameña de Montesinos.
En efecto, no se les pudo probar ni a Luz Salgado ni a Carmen Lozada que hubiesen recibido dinero tintineante para sus campañas congresales reeleccionistas y para su vociferante participación en la ilegal segunda reelección del asesino mediato de Barrios Altos y La Cantuta. Bastará que las recordemos fulminando a quien pensaba distinto, salivando toda clase de coartadas para decir que los millones de Montesinos eran limpios y bien ganados, y calumniando con todo tipo de ocurrencias excrementicias a quien se atreviera a enfrentarse al poder siniestro detrás del cual chillaban.
Si la justicia peruana “las absuelve”, la memoria de la gente decente no las olvidará.
Lo de los tránsfugas es un plato más fuerte todavía. Para vergüenza de la judicatura y alegría del chinomontesinismo chavetero, la mayor parte de los tránsfugas comprados al peso en el año 2000 no fueron culpables de nada.
Un poder judicial que sigue hediendo a lo mismo desde los tiempos de Simón Bolívar –o sea el olor del dinero que se esconde entre los calcetines, el olor del dinero abovedado en el sobaco– ha decidido que nueve de los que se vendieron no se vendieron sino que se regalaron.
Que jueces que tienden a subastarse inversamente decidan que los congresistas vendidos no cobraron por la felonía electoral que cocinaron en las salas del SIN, que el transfuguismo –fundado en ese periodo por Betito Kouri y su camión frigorífico– sea algo que se deba premiar pasando por la lavadora de la Corte Suprema, son hechos que ya no nos deberían sorprender. Pero que encima salgan miembros de esa pandilla a decir que todo se aclaró, que ellos se pasaron de la oposición que los encumbró al fujimorismo que los inhaló “porque el país lo requería para aliviar la tensión”, o “porque entendimos, después de las elecciones, la enorme responsabilidad que teníamos en nuestras manos”, bueno, eso sí que es pasarse de la raya y asomarse a la arcada.
Que los tránsfugas sepan que en la corte suprema de la memoria, que es la que vale para las herencias, ellos siempre serán las ratas que Fujimori adquirió para el papel de extras a la hora de la quemazón general. La productora se llamaba Laura Bozzo. La película no era precisamente de Kurosawa sino de Saravá y los efectos especiales (que también eran falsos) los ponían las Fuerzas Armadas acantonadas en Putis y Cayara. El guión fue de Montesinos, los diálogos de Faisal, la banda (sonora) de Raúl Romero, los trucajes de Guido Pennano y todo se inspiró en un cuento inédito de Poe y en las posdatas fascistas que dejó Mishima antes de practicarse el harakiri.
Cuando algunos de los colaboradores de Viriato lo mataron por prometedora gestión de Cepión, reclamaron a Roma una recompensa. La recompensa les fue negada con la siguiente respuesta:
-Roma no paga a traidores.
Ustedes, señores tránsfugas, absueltos por los jueces del montesinismo que sobrenada pero víctimas de agudas punzadas venidas del recuerdo, ustedes, rematados por la memoria de quienes les dieron su confianza, ustedes, digo, no son traidores. Porque para traicionar, como decía Harold Philby, primero hay que pertenecer. Y ustedes traicionaron a una democracia en la que nunca creyeron y a la que no pertenecían. Ustedes no son traidores. Son ratas nomás.
La señora Salgado dice que le debíamos pedir perdón porque durante ocho años ella sufrió “un proceso judicial promovido por el odio”. Se refiere al juicio que involucró a algunas nanas del fujimorismo (como ella y Carmen Lozada de Gamboa) y a trece tránsfugas que completaron “la mayoría parlamentaria” que Fujimori mandó a hacerse en la sastrería panameña de Montesinos.
En efecto, no se les pudo probar ni a Luz Salgado ni a Carmen Lozada que hubiesen recibido dinero tintineante para sus campañas congresales reeleccionistas y para su vociferante participación en la ilegal segunda reelección del asesino mediato de Barrios Altos y La Cantuta. Bastará que las recordemos fulminando a quien pensaba distinto, salivando toda clase de coartadas para decir que los millones de Montesinos eran limpios y bien ganados, y calumniando con todo tipo de ocurrencias excrementicias a quien se atreviera a enfrentarse al poder siniestro detrás del cual chillaban.
Si la justicia peruana “las absuelve”, la memoria de la gente decente no las olvidará.
Lo de los tránsfugas es un plato más fuerte todavía. Para vergüenza de la judicatura y alegría del chinomontesinismo chavetero, la mayor parte de los tránsfugas comprados al peso en el año 2000 no fueron culpables de nada.
Un poder judicial que sigue hediendo a lo mismo desde los tiempos de Simón Bolívar –o sea el olor del dinero que se esconde entre los calcetines, el olor del dinero abovedado en el sobaco– ha decidido que nueve de los que se vendieron no se vendieron sino que se regalaron.
Que jueces que tienden a subastarse inversamente decidan que los congresistas vendidos no cobraron por la felonía electoral que cocinaron en las salas del SIN, que el transfuguismo –fundado en ese periodo por Betito Kouri y su camión frigorífico– sea algo que se deba premiar pasando por la lavadora de la Corte Suprema, son hechos que ya no nos deberían sorprender. Pero que encima salgan miembros de esa pandilla a decir que todo se aclaró, que ellos se pasaron de la oposición que los encumbró al fujimorismo que los inhaló “porque el país lo requería para aliviar la tensión”, o “porque entendimos, después de las elecciones, la enorme responsabilidad que teníamos en nuestras manos”, bueno, eso sí que es pasarse de la raya y asomarse a la arcada.
Que los tránsfugas sepan que en la corte suprema de la memoria, que es la que vale para las herencias, ellos siempre serán las ratas que Fujimori adquirió para el papel de extras a la hora de la quemazón general. La productora se llamaba Laura Bozzo. La película no era precisamente de Kurosawa sino de Saravá y los efectos especiales (que también eran falsos) los ponían las Fuerzas Armadas acantonadas en Putis y Cayara. El guión fue de Montesinos, los diálogos de Faisal, la banda (sonora) de Raúl Romero, los trucajes de Guido Pennano y todo se inspiró en un cuento inédito de Poe y en las posdatas fascistas que dejó Mishima antes de practicarse el harakiri.
Cuando algunos de los colaboradores de Viriato lo mataron por prometedora gestión de Cepión, reclamaron a Roma una recompensa. La recompensa les fue negada con la siguiente respuesta:
-Roma no paga a traidores.
Ustedes, señores tránsfugas, absueltos por los jueces del montesinismo que sobrenada pero víctimas de agudas punzadas venidas del recuerdo, ustedes, rematados por la memoria de quienes les dieron su confianza, ustedes, digo, no son traidores. Porque para traicionar, como decía Harold Philby, primero hay que pertenecer. Y ustedes traicionaron a una democracia en la que nunca creyeron y a la que no pertenecían. Ustedes no son traidores. Son ratas nomás.
martes, 3 de junio de 2008
LECCIÓN DE PERIODISMO, ÉTICA Y DIGNIDAD
Escuchar siempre es bueno. Escuchar nos hace bien. Porque escuchando se aprende, se asimilan cosas nuevas, se empieza ha salir de la penumbra de la ignorancia.
Claro, eso depende de quién esté al frente; los pobres diablos nunca podrían enseñar nada, salvo su pobre diablura. Pero si quien está hablando, es alguien de la calidad de César Hildebrandt, es mejor sentarse, escuchar, tomar nota y aprender. Y eso es lo que haremos, escuchando esta extraordinaria conferencia, dada por el periodista de Radio San Borja, hace unos días, en la universidad San Marcos, y que fuese poco promocionada por algunos colegas de la prensa.
Tomado del blog "Matices de Opinión"
Claro, eso depende de quién esté al frente; los pobres diablos nunca podrían enseñar nada, salvo su pobre diablura. Pero si quien está hablando, es alguien de la calidad de César Hildebrandt, es mejor sentarse, escuchar, tomar nota y aprender. Y eso es lo que haremos, escuchando esta extraordinaria conferencia, dada por el periodista de Radio San Borja, hace unos días, en la universidad San Marcos, y que fuese poco promocionada por algunos colegas de la prensa.
Tomado del blog "Matices de Opinión"
lunes, 2 de junio de 2008
García y el Chapulín
El doctor Alan García ha invitado a Palacio a Roberto Gómez Bolaños, (a) Chavo del Ocho, (a) Chapulín Colorado, (a) Chespirito.
No estaba prevista esa cortesía protocolar pero la oficina de prensa del doctor García la ha demandado pensando, quizás, en los puntos de popularidad que el presidente del Perú puede subir codeándose con personaje tan multitudinario. La mano de Carlos Espá, el asesor de imagen más importante del doctor García, puede estar detrás de tal astucia. Ojalá la cultura proporcionara alguna renta electoral: quizás así se habría logrado que Alejandro Romualdo obtuviese la pensión digna que muchos reclamamos para sus últimos meses.
En todo caso, Gómez Bolaños llegará a Lima por todo lo alto y volverá a demostrar que en esta ciudad es también un héroe del humor latinoamericano. Y es que las mayorías absolutas, en plebiscito de carcajadas, adoran al Chavo y veneran al Chapulín. Este columnista los detesta. Y está demás decir que este columnista se siente muchas veces un previsible militante de las escuálidas minorías.
Si tuviera que explicárselo a un niño que no lo hubiese visto le diría que el Chavo es, desde esta perspectiva antipática, un niño idiota y vagamente huérfano que vive en un barril. El barril –añadiría– domicilia en un callejón donde, catalizados por el Chavo, se gritan y pegan, se malquieren y malentienden, un sinvergüenza y su hija cretina y una hipotética viuda y su hijo imbécil; callejón al que, eventualmente, acuden un rentista gordo que también es estúpido y un profesor cursi que es el más tarado del elenco. Como se ve, el chiste consiste en apostar por la memez colectiva en el caso de los adultos y por el abierto cretinismo de los niños, que compiten por el trofeo al daño cerebral más agudo.
Por eso es que el Chavo es una serie que siempre vieron más adultos que niños. Y conozco, de hecho, casos en los que algunos niños se han negado a sumarse a la ceremonia de ver y aplaudir ese programa que los caricaturiza y los agravia.
Es significativo que en el mundo latinoamericano que México colonizó con su habitual mal gusto de masas la serie haya sido un éxito clamoroso, lo que no ha sucedido, por ejemplo, en la parte sudamericana que mira al Atlántico –Buenos Aires, Montevideo, por ejemplo–. Y es curioso que en el humor anglosajón los niños sean más bien, y por lo general, precocidades avispadas que dominan la escena.
¿No será que en el México grande que el Perú integra nos place maltratar a los niños hasta en la ficción televisiva? Es una pregunta que no aspiro a responder pero que dejo allí porque creo que es legítima.
Pero lo peor del Chavo no es la unanimidad de sus niños fronterizos sino el conformismo social que propaga. La serie se transmitió 25 años y en ese cuarto de siglo nada cambió en el solar. El mensaje resultaba de lo más conveniente para el archipodrido PRI y para Televisa, su parásito comunicacional más obeso. Entre los saqueadores de México y los fabricantes de la bazofia sentimental “más cautivante de América” (o sea Televisa) siempre hubo un pacto de provechos mutuos. Parte de ese comercio ilícito fueron las telenovelas que le enseñaron a América Latina a pensar en cursi y a hablar en spam, Raúl Velasco y sus amarres faranduleros, y Chespirito y sus narcóticos con risas grabadas.
De modo que el Chavo del 8 ni siquiera puede decir que es inocente. En cuanto al Chapulín Colorado, es posible que el doctor García ame a ese personaje por su imaginaria cercanía. Al fin y al cabo, el Chapulín siempre se plantea tareas enormes, metas inalcanzables, salvaciones temerarias. Chapulín es, básicamente, un impostor, un demagogo, un superhéroe de pura labia al que las cosas no le salen. Y, además, sostiene siempre que, más allá del desenlace de la historia, él ya se ganó con eso de que no contaron con su astucia. De modo que cuando el doctor García salude al Chapulín deberá rendirle el homenaje correspondiente. Otra cosa sería ingratitud.
No estaba prevista esa cortesía protocolar pero la oficina de prensa del doctor García la ha demandado pensando, quizás, en los puntos de popularidad que el presidente del Perú puede subir codeándose con personaje tan multitudinario. La mano de Carlos Espá, el asesor de imagen más importante del doctor García, puede estar detrás de tal astucia. Ojalá la cultura proporcionara alguna renta electoral: quizás así se habría logrado que Alejandro Romualdo obtuviese la pensión digna que muchos reclamamos para sus últimos meses.
En todo caso, Gómez Bolaños llegará a Lima por todo lo alto y volverá a demostrar que en esta ciudad es también un héroe del humor latinoamericano. Y es que las mayorías absolutas, en plebiscito de carcajadas, adoran al Chavo y veneran al Chapulín. Este columnista los detesta. Y está demás decir que este columnista se siente muchas veces un previsible militante de las escuálidas minorías.
Si tuviera que explicárselo a un niño que no lo hubiese visto le diría que el Chavo es, desde esta perspectiva antipática, un niño idiota y vagamente huérfano que vive en un barril. El barril –añadiría– domicilia en un callejón donde, catalizados por el Chavo, se gritan y pegan, se malquieren y malentienden, un sinvergüenza y su hija cretina y una hipotética viuda y su hijo imbécil; callejón al que, eventualmente, acuden un rentista gordo que también es estúpido y un profesor cursi que es el más tarado del elenco. Como se ve, el chiste consiste en apostar por la memez colectiva en el caso de los adultos y por el abierto cretinismo de los niños, que compiten por el trofeo al daño cerebral más agudo.
Por eso es que el Chavo es una serie que siempre vieron más adultos que niños. Y conozco, de hecho, casos en los que algunos niños se han negado a sumarse a la ceremonia de ver y aplaudir ese programa que los caricaturiza y los agravia.
Es significativo que en el mundo latinoamericano que México colonizó con su habitual mal gusto de masas la serie haya sido un éxito clamoroso, lo que no ha sucedido, por ejemplo, en la parte sudamericana que mira al Atlántico –Buenos Aires, Montevideo, por ejemplo–. Y es curioso que en el humor anglosajón los niños sean más bien, y por lo general, precocidades avispadas que dominan la escena.
¿No será que en el México grande que el Perú integra nos place maltratar a los niños hasta en la ficción televisiva? Es una pregunta que no aspiro a responder pero que dejo allí porque creo que es legítima.
Pero lo peor del Chavo no es la unanimidad de sus niños fronterizos sino el conformismo social que propaga. La serie se transmitió 25 años y en ese cuarto de siglo nada cambió en el solar. El mensaje resultaba de lo más conveniente para el archipodrido PRI y para Televisa, su parásito comunicacional más obeso. Entre los saqueadores de México y los fabricantes de la bazofia sentimental “más cautivante de América” (o sea Televisa) siempre hubo un pacto de provechos mutuos. Parte de ese comercio ilícito fueron las telenovelas que le enseñaron a América Latina a pensar en cursi y a hablar en spam, Raúl Velasco y sus amarres faranduleros, y Chespirito y sus narcóticos con risas grabadas.
De modo que el Chavo del 8 ni siquiera puede decir que es inocente. En cuanto al Chapulín Colorado, es posible que el doctor García ame a ese personaje por su imaginaria cercanía. Al fin y al cabo, el Chapulín siempre se plantea tareas enormes, metas inalcanzables, salvaciones temerarias. Chapulín es, básicamente, un impostor, un demagogo, un superhéroe de pura labia al que las cosas no le salen. Y, además, sostiene siempre que, más allá del desenlace de la historia, él ya se ganó con eso de que no contaron con su astucia. De modo que cuando el doctor García salude al Chapulín deberá rendirle el homenaje correspondiente. Otra cosa sería ingratitud.
domingo, 1 de junio de 2008
Volando alto
Como estamos saliendo de la pobreza con la bota de siete suelas que Nicolás de Bari Hermoza Ríos le prestó al almirante Giampietri, y como vamos al galope hacia el primer mundo, y dado que las olimpiadas del 2020 no se nos escapan, entonces la oficial Agencia Andina de Noticias nos anunció el día de ayer que los peruanos ya pueden visitar el espacio por el módico precio de 580 mil soles por asiento (unos doscientos mil dólares).
La primicia fue dada originalmente en un programa noticioso de Canal 7, la televisión estatal, de modo que a este columnista no le cabe duda de que el doctor Alan García ha intervenido directamente en el asunto de su difusión. Así de ecuménico y optimista anda el grande y querido líder de esta Corea neocon que es el Perú.
De hecho, la directora de la agencia de viajes que vende esos cosmoboletos, la señorita Rosario Flórez, dijo que este tipo de turismo estaba sólo reservado para la gente rica del primer mundo pero que ahora servicio tan exquisito puede aterrizar en el Perú “porque somos vistos con muy buenos ojos por la comunidad internacional gracias a nuestro crecimiento sostenido”.
Gracias al liderazgo precisamente estelar del doctor García y al rumbo de ese copiloto de la NASA que se hace llamar Luis Carranza, decolamos de la pista de algún cono y nos dirigimos en rumbo turbo al limbo donde todos comen con corbata y nacen herederos y mueren asistidos. O sea, el primer mundo. Es cierto que en el camino tenemos que solucionar algunos problemas menores –detalles, se diría– pero el rumbo fijado es el correcto y eso está probado porque lo dice Bush, que tanto ha hecho por la economía de su país (me refiero a Irak), y lo dice PPK, que tanto ha hecho por la economía de su país (es decir, Estados Unidos), y lo confirma la UPC, la IPC, la RPP y hasta la Unifé.
¿Quiénes están en contra de esta navegación? ¿Acaso que más del 65% de peruanos desapruebe al gobierno significa algo? ¿Qué pasaría si hiciéramos de la democracia un régimen en el que las mayorías prevalecieran?
A la primera pregunta es muy fácil responder: están en contra de la capitanía colombina del doctor García sólo los desadaptados y los deprimidos, los locutores de Radio San Borja de las 9 de la mañana y los aguafiestas que no tienen ni el TV a colores.
¿Que el 65% de peruanos se opone? ¿Pero no es cierto que esa misma mayoría de peruanos rechazó a Bolívar hace dos siglos y a Billinghurst hace casi uno? Y entonces vamos a la tercera interrogante: si las mayorías prevalecieran, ¿acaso no habría ganado Haya de la Torre las elecciones de 1962, las que, en efecto, ganó y que por eso mismo tuvieron que ser abolidas y repetidas bajo control un año más tarde? Si la democracia fuese el gobierno de las mayorías, Ollanta Humala sería ahora presidente de la República. Y esa tragedia cívico-patriótica, ¿adónde nos habría conducido? ¡Al golpe de Estado de la Confiep y la inversión chilena! Es decir, si hubiésemos respetado la democracia como sistema de mayorías, ya no tendríamos democracia. Como no hicimos eso, podemos conservar la democracia que jamás podremos tolerar a plenitud. Si la democracia fuese el engendro populista que el centro-izquierda imagina, ¿la televisión podría estar en manos de Baruch Ivcher, la radio en las zarpas del fascista Zavala, la gran prensa en poder de quienes compraron Canal 4 con un préstamo avalado por Alan García? ¿Es que no lo entienden, papanatas?
Pero volviendo a lo nuestro, que es un tema tan dominical. Si usted es uno de esos millones de peruanos que aparecen con cara de orgasmo en el programa de la Chichi y tiene un sencillo de doscientos mil dólares que le sobren, no se compre un Audi con vibradores ni un vibrador con GPS. Cómprese un boleto donde Rosario Flórez, que tiene la franquicia de “Virgin Galactic”. Al final de los breves trámites, que incluyen un examen médico, se sentará en uno de los seis asientos del transbordador civil “White Knight 2”, cuyas ventanas panorámicas le permitirán una vista astronáutica del planeta Tierra. El vuelo durará dos horas pero la experiencia será para toda la vida. Y desde el espacio extremo quizás vea a la poderosa “Enterprise” del doctor García batiendo marcas de velocidad. El señor Spock está a su lado. Las Olimpiadas 2020 son nuestras.
La primicia fue dada originalmente en un programa noticioso de Canal 7, la televisión estatal, de modo que a este columnista no le cabe duda de que el doctor Alan García ha intervenido directamente en el asunto de su difusión. Así de ecuménico y optimista anda el grande y querido líder de esta Corea neocon que es el Perú.
De hecho, la directora de la agencia de viajes que vende esos cosmoboletos, la señorita Rosario Flórez, dijo que este tipo de turismo estaba sólo reservado para la gente rica del primer mundo pero que ahora servicio tan exquisito puede aterrizar en el Perú “porque somos vistos con muy buenos ojos por la comunidad internacional gracias a nuestro crecimiento sostenido”.
Gracias al liderazgo precisamente estelar del doctor García y al rumbo de ese copiloto de la NASA que se hace llamar Luis Carranza, decolamos de la pista de algún cono y nos dirigimos en rumbo turbo al limbo donde todos comen con corbata y nacen herederos y mueren asistidos. O sea, el primer mundo. Es cierto que en el camino tenemos que solucionar algunos problemas menores –detalles, se diría– pero el rumbo fijado es el correcto y eso está probado porque lo dice Bush, que tanto ha hecho por la economía de su país (me refiero a Irak), y lo dice PPK, que tanto ha hecho por la economía de su país (es decir, Estados Unidos), y lo confirma la UPC, la IPC, la RPP y hasta la Unifé.
¿Quiénes están en contra de esta navegación? ¿Acaso que más del 65% de peruanos desapruebe al gobierno significa algo? ¿Qué pasaría si hiciéramos de la democracia un régimen en el que las mayorías prevalecieran?
A la primera pregunta es muy fácil responder: están en contra de la capitanía colombina del doctor García sólo los desadaptados y los deprimidos, los locutores de Radio San Borja de las 9 de la mañana y los aguafiestas que no tienen ni el TV a colores.
¿Que el 65% de peruanos se opone? ¿Pero no es cierto que esa misma mayoría de peruanos rechazó a Bolívar hace dos siglos y a Billinghurst hace casi uno? Y entonces vamos a la tercera interrogante: si las mayorías prevalecieran, ¿acaso no habría ganado Haya de la Torre las elecciones de 1962, las que, en efecto, ganó y que por eso mismo tuvieron que ser abolidas y repetidas bajo control un año más tarde? Si la democracia fuese el gobierno de las mayorías, Ollanta Humala sería ahora presidente de la República. Y esa tragedia cívico-patriótica, ¿adónde nos habría conducido? ¡Al golpe de Estado de la Confiep y la inversión chilena! Es decir, si hubiésemos respetado la democracia como sistema de mayorías, ya no tendríamos democracia. Como no hicimos eso, podemos conservar la democracia que jamás podremos tolerar a plenitud. Si la democracia fuese el engendro populista que el centro-izquierda imagina, ¿la televisión podría estar en manos de Baruch Ivcher, la radio en las zarpas del fascista Zavala, la gran prensa en poder de quienes compraron Canal 4 con un préstamo avalado por Alan García? ¿Es que no lo entienden, papanatas?
Pero volviendo a lo nuestro, que es un tema tan dominical. Si usted es uno de esos millones de peruanos que aparecen con cara de orgasmo en el programa de la Chichi y tiene un sencillo de doscientos mil dólares que le sobren, no se compre un Audi con vibradores ni un vibrador con GPS. Cómprese un boleto donde Rosario Flórez, que tiene la franquicia de “Virgin Galactic”. Al final de los breves trámites, que incluyen un examen médico, se sentará en uno de los seis asientos del transbordador civil “White Knight 2”, cuyas ventanas panorámicas le permitirán una vista astronáutica del planeta Tierra. El vuelo durará dos horas pero la experiencia será para toda la vida. Y desde el espacio extremo quizás vea a la poderosa “Enterprise” del doctor García batiendo marcas de velocidad. El señor Spock está a su lado. Las Olimpiadas 2020 son nuestras.
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