Luis Giampietri, que es a Miguel Grau lo que Fujimori a la honradez y lo que García a la veracidad y lo que la Caverna a Dios todopoderoso, ha dicho que la Corte Interamericana de Derechos Humanos preocupa a los peruanos por la naturaleza de sus sentencias. Y ha añadido que sería bueno, entonces, crear “una tercera instancia” que revise esas sentencias a la luz de los intereses de los Estados.
Como se sabe, al señor Giampietri le fascinan las declaraciones explosivas y le preocupan los derechos humanos de los marinos que ejecutan prisioneros rendidos a pedido del presidente de la República. Además, el señor Giampietri es un fujimorista hidrófobo y un socio moral de Alex Kouri, lo que lo emparenta con Rififí, Landrú, El Coleccionista (de huesos), Alain Charnier (o sea Fernando Rey en aquel “Contacto en Francia” que no tiene que ver con Alan García) y la mismísima y tierna Baby Jane.
En resumen, a Giampietri le preocupa la Corte. No sólo la que le zumba a García, que cada día tiene el mentón más imperial, ni la de los milagros, que es el Apra congresal y angurrienta, sino la de San José, que quiere castigar a los carniceros –cosa terrible–, sancionar a los discípulos de Jack el Destripador –qué injusticia– y sentar precedentes en relación a los “héroes” del Frontón, Cayara y Los Cabitos –tres escenarios donde nuestras fuerzas armadas vencieron a divisiones desarmadas y hasta a niños a los que se adivinaba aviesas intenciones bajo el chullo, qué barbaridad–.
Y como el señor Giampietri ha dicho lo que ha dicho, ayer ha salido en su auxilio el muy distinguido congresista Wálter Menchola a darle la razón. Transcribo unas palabras del cable de la agencia oficial Andina:
“Lima, may. 05 (ANDINA).- El primer vicepresidente de la República, Luis Giampietri, tiene razón al proponer “una tercera instancia” en el sistema interamericano que revise los fallos polémicos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) porque estas sentencias preocupan a los peruanos, dijo hoy el congresista Wálter Menchola”.
A nosotros no nos sorprende que al señor Giampietri lo respalde de modo tan incondicional el señor Menchola. Es como si nos sorprendiera que al señor Fujimori lo ampare el señor Alan García. O que al presidente del Banmat lo enaltezca el Ratón Pérez. Lo que sí nos llama la atención es que el señor Menchola haya hecho estas declaraciones mientras preside la comisión que investigará, en el Congreso, las llamadas Casas de Alba. Porque si el señor Menchola ya se alineó con el señor Giampietri y el señor Giampietri ya ha dicho que las Casas de Alba son antros chavistas y cabeceras de playa del intervencionismo comunista con sede en Caracas, entonces –nos preguntamos– ¿qué va a investigar el ex novio de la muy rural señorita Kú? Lo mejor que puede hacer es entregar su informe mañana mismo, antes de que Chávez venga a convencernos de aquello que Giampietri y Menchola jamás le creerán.
Porque así se manejan también los asuntos externos del Perú: con Giampietri dinamitando esta vez la política oficial sobre la Corte Interamericana de los Derechos Humanos y el ex novio de la señorita Kú haciéndole dúo.
Pero esa no ha sido, a pesar del esfuerzo de ambos protagonistas, la noticia más tragicómica de las últimas horas. La más tragicómica fue el pedido de la congresista ecuatoriana María Soledad Vela para que se incorpore a la Constitución de su país un nuevo derecho femenino: “el de la felicidad sexual”.
Serios problemas debe tener en su dormitorio tan honorable damita para pensar que algo tan elusivo como fugaz, tan solitariamente heroico como meticuloso, pueda convertirse en un derecho permanente. No, doña María Soledad Vela (¿y cómo se atreve a decir lo que ha dicho con ese apellido?): la plenitud sexual no es como el monte de Venus –que siempre está allí, por lo menos hasta los 55 años– sino como el de Sísifo, que se conquista para perderse y se reconquista para volver a subirlo y se vuelve a perder en la rodada, todo un tango. Es imposible, mi correista señora, promulgar una ley del orgasmo que calme las hambres y aquiete los ánimos. En vez de soñar con una ley imposible como la estatización del meneo, sométase usted, darling, a la siempre asequible ley de la gravedad y sáltele al marido desde la terraza. Porque es cierto que la Constitución de los Estados Unidos habla del “derecho a la felicidad”, pero todos los que la han estudiado coincidirán en que Thomas Jefferson no se refirió al toma y daca de los bajos vientres –a pesar de que fue especialista en la materia ya que tuvo seis hijos con su mujer y siete con una esclava negra llamada Sally Hemings– sino, más bien, como dice Fukuyama, al acceso libérrimo a la propiedad.
Al Perú y al Ecuador nos hermanan ahora, también, el humor y el ridículo. Siempre supimos que éramos un solo pueblo.
martes, 6 de mayo de 2008
lunes, 5 de mayo de 2008
Una España, varias Bolivias
Para la Caverna, está muy bien que Bolivia se desmembre. Está muy mal que Puno, que es tan gemelo de Bolivia, hable de federalismo.
Está muy mal, para la Caverna, que Evo Morales (“indio maldito” según algunas paredes cruceñas pintadas por el odio camba), esgrima el veredicto de los jueces y del ente electoral para inhabilitar el referéndum separatista. Pero está muy bien, para la Caverna, que el referéndum de los fonavistas no se cumpla en el Perú, a pesar del fallo del Tribunal Constitucional. Porque una cosa es la ley y otra cosa es la ley –según convenga–.
La Caverna peruana –filial de la casa matriz de Fernando VII– quiere a Evo Morales linchado como aquel alcalde de Ilave.
La Caverna boliviana, aceitada con el dinero de la CIA, atizada por el ustachi Branko Mirankovic –ustachi: colaborador de los nazis durante la ocupación alemana en la II guerra mundial–, el gorila Rubén Costas, el prefecto que llamó al referéndum, y los medios de comunicación alineados con la balcanización del país –entre ellos la cadena de TV que responde a los intereses cada vez más consevadores del grupo Prisa español–.
“Morales desconoce victoria de los autonomistas”, titula la agencia norteamericana Associated Press. ¿Cómo que desconoce? ¿No era que la consulta era declaradamente ilegal porque rompe con la Constitución unitarista –la vigente y la nueva, esta última que no ha podido ser aprobada por el sabotaje de las fuerzas conservadoras–?
“The Miami Herald” prefería el siguiente titular: “En Bolivia van las urnas contra Morales”. Ir contra Morales no es lo importante. Lo importante es ir en contra de Chávez y lo que, a pesar de sus chirriantes defectos, representa (la resistencia más ruidosa en contra del plan norteamericano de militarizar de nuevo, si se hace necesario, la subregión andina).
“Ha nacido una nueva Bolivia”, decía, entusiasmado, el prefecto Costas. “Nosotros también queremos otro país, no este país de mendigos”, decía a la agencia Reuters un poblador de Plan 3000, una barriada inmensa surgida de la migración interna en Santa Cruz.
“Hemos parado la cubanización de Bolivia”, dijo Branko Marinkovic, dueño de extensas plantaciones aceiteras. Y a continuación se refirió a la ayuda venezolana que recibe Morales para algunos de sus proyectos de asistencia social. Si Chávez supiera cuánto daño le ha hecho a Morales haciendo ostentación de esa ayuda de veras dirigida a aliviar la pobreza, de seguro que sería más discreto.
Las Fuerzas Armadas bolivianas habían advertido en un comunicado que el referéndum “afecta la seguridad y la defensa nacional del Estado”. Y la OEA, ante el disgusto de Washington, había hecho un llamado “a la unidad en democracia de los bolivianos”.
Pero ayer los cruceños estaban de fiesta. Habían obtenido el 85 por ciento de los votos y, si la consulta fuera de cumplimiento obligatorio, mañana Santa Cruz tendría parlamento propio, banco central ajeno a los designios de La Paz, ejército autonómico, cobro de tributos y presupuesto prescindentes del poder central. Los cruceños no quieren diferenciarse. Quieren una Croacia altiplánica, a la que se unirían, casi de inmediato, el Montenegro del Beni, la Macedonia de Pando y el Kósovo de Tarija.
La lección de ese descuartizamiento sería magistral y mensajera, brutal y pedagógica: que se cuide Chávez y su rica Zulia, Lula y su Rio Grande do Sul (con su 90 por ciento de población blanca y su creciente importancia económica), Correa y su Guayas siempre díscolo y orgullosamente costeño. En fin, que se cuiden todos porque las desigualdades extremas crean fuerzas centrífugas y sentimientos de no pertenencia. Que lo diga Putin, que cada vez que reta a los Estados Unidos por haber hecho de la OTAN una pistola Colt puesta en la sien de los rusos, asiste a la escalada de la tensión en la frontera con Georgia (este fin de semana Georgia acusó a Rusia y a Abjasia de haber derribado un avión de reconocimiento de su flota de naves espías).
Claro, para las Cavernas globales las fronteras hirvientes y los separatismos que finiquitan países son algo muy bueno si las víctimas son Yugoslavia o Bolivia. Pero cuando Inglaterra ahogaba en sangre a Irlanda, eso estaba de maravillas. Y ahora, cuando España asfixia y encarcela ya no a ETA –organización terrorista– sino a agrupaciones políticas independentistas que actúan a la luz del día y en los ayuntamientos, eso también es un ejemplo de democracia que se defiende. Porque España es una, pero Bolivias pueden ser varias.
¿Y qué ha dicho nuestro canciller? ¿Cuál es nuestra política frente a la crisis boliviana?
Pues es la mejor que puede salir del cerebro de Joselo García Belaunde: ¡ninguna!
Está muy mal, para la Caverna, que Evo Morales (“indio maldito” según algunas paredes cruceñas pintadas por el odio camba), esgrima el veredicto de los jueces y del ente electoral para inhabilitar el referéndum separatista. Pero está muy bien, para la Caverna, que el referéndum de los fonavistas no se cumpla en el Perú, a pesar del fallo del Tribunal Constitucional. Porque una cosa es la ley y otra cosa es la ley –según convenga–.
La Caverna peruana –filial de la casa matriz de Fernando VII– quiere a Evo Morales linchado como aquel alcalde de Ilave.
La Caverna boliviana, aceitada con el dinero de la CIA, atizada por el ustachi Branko Mirankovic –ustachi: colaborador de los nazis durante la ocupación alemana en la II guerra mundial–, el gorila Rubén Costas, el prefecto que llamó al referéndum, y los medios de comunicación alineados con la balcanización del país –entre ellos la cadena de TV que responde a los intereses cada vez más consevadores del grupo Prisa español–.
“Morales desconoce victoria de los autonomistas”, titula la agencia norteamericana Associated Press. ¿Cómo que desconoce? ¿No era que la consulta era declaradamente ilegal porque rompe con la Constitución unitarista –la vigente y la nueva, esta última que no ha podido ser aprobada por el sabotaje de las fuerzas conservadoras–?
“The Miami Herald” prefería el siguiente titular: “En Bolivia van las urnas contra Morales”. Ir contra Morales no es lo importante. Lo importante es ir en contra de Chávez y lo que, a pesar de sus chirriantes defectos, representa (la resistencia más ruidosa en contra del plan norteamericano de militarizar de nuevo, si se hace necesario, la subregión andina).
“Ha nacido una nueva Bolivia”, decía, entusiasmado, el prefecto Costas. “Nosotros también queremos otro país, no este país de mendigos”, decía a la agencia Reuters un poblador de Plan 3000, una barriada inmensa surgida de la migración interna en Santa Cruz.
“Hemos parado la cubanización de Bolivia”, dijo Branko Marinkovic, dueño de extensas plantaciones aceiteras. Y a continuación se refirió a la ayuda venezolana que recibe Morales para algunos de sus proyectos de asistencia social. Si Chávez supiera cuánto daño le ha hecho a Morales haciendo ostentación de esa ayuda de veras dirigida a aliviar la pobreza, de seguro que sería más discreto.
Las Fuerzas Armadas bolivianas habían advertido en un comunicado que el referéndum “afecta la seguridad y la defensa nacional del Estado”. Y la OEA, ante el disgusto de Washington, había hecho un llamado “a la unidad en democracia de los bolivianos”.
Pero ayer los cruceños estaban de fiesta. Habían obtenido el 85 por ciento de los votos y, si la consulta fuera de cumplimiento obligatorio, mañana Santa Cruz tendría parlamento propio, banco central ajeno a los designios de La Paz, ejército autonómico, cobro de tributos y presupuesto prescindentes del poder central. Los cruceños no quieren diferenciarse. Quieren una Croacia altiplánica, a la que se unirían, casi de inmediato, el Montenegro del Beni, la Macedonia de Pando y el Kósovo de Tarija.
La lección de ese descuartizamiento sería magistral y mensajera, brutal y pedagógica: que se cuide Chávez y su rica Zulia, Lula y su Rio Grande do Sul (con su 90 por ciento de población blanca y su creciente importancia económica), Correa y su Guayas siempre díscolo y orgullosamente costeño. En fin, que se cuiden todos porque las desigualdades extremas crean fuerzas centrífugas y sentimientos de no pertenencia. Que lo diga Putin, que cada vez que reta a los Estados Unidos por haber hecho de la OTAN una pistola Colt puesta en la sien de los rusos, asiste a la escalada de la tensión en la frontera con Georgia (este fin de semana Georgia acusó a Rusia y a Abjasia de haber derribado un avión de reconocimiento de su flota de naves espías).
Claro, para las Cavernas globales las fronteras hirvientes y los separatismos que finiquitan países son algo muy bueno si las víctimas son Yugoslavia o Bolivia. Pero cuando Inglaterra ahogaba en sangre a Irlanda, eso estaba de maravillas. Y ahora, cuando España asfixia y encarcela ya no a ETA –organización terrorista– sino a agrupaciones políticas independentistas que actúan a la luz del día y en los ayuntamientos, eso también es un ejemplo de democracia que se defiende. Porque España es una, pero Bolivias pueden ser varias.
¿Y qué ha dicho nuestro canciller? ¿Cuál es nuestra política frente a la crisis boliviana?
Pues es la mejor que puede salir del cerebro de Joselo García Belaunde: ¡ninguna!
sábado, 3 de mayo de 2008
Javier Heraud desenterrado
Javier Heraud había nacido seis años antes que yo, así que cuando se murió de treinta balazos disparados por la Guardia Civil yo tenía quince años, estaba en el colegio militar Leoncio Prado y apenas me enteré del asunto.
Dos años después, sin embargo, liberado de la ceguera que imponía el colegio, leí a Heraud, quise a Heraud y juré que jamás lo olvidaría.
Más tarde, en “Caretas”, cuando entrevisté a su familia para una nota, percibí que a ellos –sus padres, su hermana– lo que había hecho Heraud les parecía romántico y suicida pero no heroico.
Heraud era mellizo generacional de César Calvo, con quien compartió el premio “El poeta joven del Perú”. Pero mientras a César lo habían secuestrado las palabras y las mujeres –en ese orden–, a Javier lo raptaron las ideas.
Había estudiado en el “Markham”, donde siempre fue uno de los primeros, y había ingresado a la Católica con el primer puesto en Letras. Era buenmozo sin remordimientos, talentoso hasta la precocidad, tierno y buenazo hasta la pared de enfrente.
Con “El viaje” había ganado un premio –en esa época los premios no se daban al toma que te doy– y con “El río”, en 1960, había sorprendido a la crítica. Su poesía tenía mucho de agua limpia que discurre y alimenta y a mí lo primero que me impactó fue la limpia de retórica que Heraud había hecho con sus textos. Heraud no quería escribir para impresionar y por eso impresionaba, no aspiraba a ser citado y por eso llamó tanto la atención y no quiso hacer poesía social al uso en los cincuenta y por eso sus poemas tenían la serenidad geográfica de un mundo que él no parecía crear sino descubrir al mismo tiempo que sus lectores. Y por todo eso era casi imposible aceptar que el autor de “El río” tenía apenas 18 años. Sólo la poesía francesa había producido precipitaciones tan magníficas.
Todo en Javier fue vértigo impaciente. Fue profesor de inglés y lenguaje a los 17 años, apenas salido del colegio, y teacher en el Guadalupe a los 18. Y habiendo ingresado a la Católica se matricula también en San Marcos, donde empezaría sin ganas una carrera que sólo podía hacerlo infeliz: la abogacía.
La revolución cubana tronaba en sus oídos, los movimientos anticoloniales cantaban himnos y ganaban guerras, a Jacobo Arbenz lo había depuesto la CIA hacía seis años, Juan Bosch estaba a punto de gobernar República Domicana –la CIA lo sacaría del poder siete meses después y luego Lyndon Johnson enviaría 50,000 hombres para respaldar al mequetrefe de Balaguer–, a Jesús Galíndez no le encontraban el cadáver, a Patricio Lumumba ya lo habían empezado a matar entre belgas y norteamericanos, y por todas partes los jóvenes peleaban para que el mundo fuese más de Gramsci que de Mussolini, más de los justos que de los esbirros.
Así que Heraud se fue a la Unión Soviética, invitado; a París, por gracia de unos amigos próximos al socialprogresismo peruano –al que Heraud se había adscrito–; y a Cuba, invitado por el régimen que en ese momento parecía encarnar todas las virtudes y carecer de todos los defectos.
De regreso, Javier no pudo ser el mismo. ¿Le mortificaba la conciencia haber sido un niño de clase media al que nada le faltó? ¿Lo envenenaba esa culpa gratuita que persiguió a Vallejo, cuya tumba parisina había visitado? ¿Lo convencieron los argumentos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, una escisión temprana del Apra decidida a imponer por la fuerza un modelo de sociedad más próximo a los valores de la civilización? ¿Fue engatusado –como dicen los mezquinos y los parásitos de las becas– por astutos camaradas que lo llevaron al suicidio?
Lo que se sabe es que el 15 de mayo de 1963 Javier Heraud está huyendo de un destacamento policial que ha dado con su paradero de guerrillero perdido en medio de la selva. Heraud y Alain Elías, que sobreviviría milagrosamente, van corriente abajo por el río Madre de Dios cuando los policías los avistan. Los primeros testigos –los que valen– dijeron que, viéndose perdidos, uno de ellos mostró y agitó algo blanco en señal de rendición. Pero ya en 1963 era difícil rendirse en el Perú. Los policías dispararon sus FAL calibre 7.62. Al cadáver de Heraud le contaron, para el protocolo de la morgue, 29 impactos. “El río” se había ensangrentado para siempre. El poeta caudaloso y el guerrillero estupefacto desaparecieron. Y la consigna de la Caverna peruana –o sea la derecha analfa que lee sus periódicos y sigue siendo analfa– ha sido silenciar a Heraud, prohibir su entrada a los parnasos a los que él jamás hubiese querido entrar.
Ayer, en una silenciosa ceremonia de tono familiar, lo que quedaba de Heraud fue trasladado del cementerio “Los Pioneros”, en Puerto Maldonado, a los Jardines de la Paz, en Lima. Allí están sitos sus huesos, junto a los de su padre y 45 años después de la tragedia.
Si Javier hubiese tenido las prerrogativas de Cristo y hubiese resucitado ayer, en plena ceremonia, podría haber repetido las palabras de otro gran poeta odiado por la Caverna española –o sea la casa matriz de los de aquí–: Gabriel Celaya:
“Pensadlo: ser poeta no es decirse a sí mismo.
Es asumir la pena de todo lo existente,
es hablar por los otros, es cargar con el peso
mortal de lo no dicho, contar años por siglos,
ser cualquiera o ser nadie, ser la voz ambulante
que recorre los limbos procurando poblarlos”.
Dos años después, sin embargo, liberado de la ceguera que imponía el colegio, leí a Heraud, quise a Heraud y juré que jamás lo olvidaría.
Más tarde, en “Caretas”, cuando entrevisté a su familia para una nota, percibí que a ellos –sus padres, su hermana– lo que había hecho Heraud les parecía romántico y suicida pero no heroico.
Heraud era mellizo generacional de César Calvo, con quien compartió el premio “El poeta joven del Perú”. Pero mientras a César lo habían secuestrado las palabras y las mujeres –en ese orden–, a Javier lo raptaron las ideas.
Había estudiado en el “Markham”, donde siempre fue uno de los primeros, y había ingresado a la Católica con el primer puesto en Letras. Era buenmozo sin remordimientos, talentoso hasta la precocidad, tierno y buenazo hasta la pared de enfrente.
Con “El viaje” había ganado un premio –en esa época los premios no se daban al toma que te doy– y con “El río”, en 1960, había sorprendido a la crítica. Su poesía tenía mucho de agua limpia que discurre y alimenta y a mí lo primero que me impactó fue la limpia de retórica que Heraud había hecho con sus textos. Heraud no quería escribir para impresionar y por eso impresionaba, no aspiraba a ser citado y por eso llamó tanto la atención y no quiso hacer poesía social al uso en los cincuenta y por eso sus poemas tenían la serenidad geográfica de un mundo que él no parecía crear sino descubrir al mismo tiempo que sus lectores. Y por todo eso era casi imposible aceptar que el autor de “El río” tenía apenas 18 años. Sólo la poesía francesa había producido precipitaciones tan magníficas.
Todo en Javier fue vértigo impaciente. Fue profesor de inglés y lenguaje a los 17 años, apenas salido del colegio, y teacher en el Guadalupe a los 18. Y habiendo ingresado a la Católica se matricula también en San Marcos, donde empezaría sin ganas una carrera que sólo podía hacerlo infeliz: la abogacía.
La revolución cubana tronaba en sus oídos, los movimientos anticoloniales cantaban himnos y ganaban guerras, a Jacobo Arbenz lo había depuesto la CIA hacía seis años, Juan Bosch estaba a punto de gobernar República Domicana –la CIA lo sacaría del poder siete meses después y luego Lyndon Johnson enviaría 50,000 hombres para respaldar al mequetrefe de Balaguer–, a Jesús Galíndez no le encontraban el cadáver, a Patricio Lumumba ya lo habían empezado a matar entre belgas y norteamericanos, y por todas partes los jóvenes peleaban para que el mundo fuese más de Gramsci que de Mussolini, más de los justos que de los esbirros.
Así que Heraud se fue a la Unión Soviética, invitado; a París, por gracia de unos amigos próximos al socialprogresismo peruano –al que Heraud se había adscrito–; y a Cuba, invitado por el régimen que en ese momento parecía encarnar todas las virtudes y carecer de todos los defectos.
De regreso, Javier no pudo ser el mismo. ¿Le mortificaba la conciencia haber sido un niño de clase media al que nada le faltó? ¿Lo envenenaba esa culpa gratuita que persiguió a Vallejo, cuya tumba parisina había visitado? ¿Lo convencieron los argumentos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, una escisión temprana del Apra decidida a imponer por la fuerza un modelo de sociedad más próximo a los valores de la civilización? ¿Fue engatusado –como dicen los mezquinos y los parásitos de las becas– por astutos camaradas que lo llevaron al suicidio?
Lo que se sabe es que el 15 de mayo de 1963 Javier Heraud está huyendo de un destacamento policial que ha dado con su paradero de guerrillero perdido en medio de la selva. Heraud y Alain Elías, que sobreviviría milagrosamente, van corriente abajo por el río Madre de Dios cuando los policías los avistan. Los primeros testigos –los que valen– dijeron que, viéndose perdidos, uno de ellos mostró y agitó algo blanco en señal de rendición. Pero ya en 1963 era difícil rendirse en el Perú. Los policías dispararon sus FAL calibre 7.62. Al cadáver de Heraud le contaron, para el protocolo de la morgue, 29 impactos. “El río” se había ensangrentado para siempre. El poeta caudaloso y el guerrillero estupefacto desaparecieron. Y la consigna de la Caverna peruana –o sea la derecha analfa que lee sus periódicos y sigue siendo analfa– ha sido silenciar a Heraud, prohibir su entrada a los parnasos a los que él jamás hubiese querido entrar.
Ayer, en una silenciosa ceremonia de tono familiar, lo que quedaba de Heraud fue trasladado del cementerio “Los Pioneros”, en Puerto Maldonado, a los Jardines de la Paz, en Lima. Allí están sitos sus huesos, junto a los de su padre y 45 años después de la tragedia.
Si Javier hubiese tenido las prerrogativas de Cristo y hubiese resucitado ayer, en plena ceremonia, podría haber repetido las palabras de otro gran poeta odiado por la Caverna española –o sea la casa matriz de los de aquí–: Gabriel Celaya:
“Pensadlo: ser poeta no es decirse a sí mismo.
Es asumir la pena de todo lo existente,
es hablar por los otros, es cargar con el peso
mortal de lo no dicho, contar años por siglos,
ser cualquiera o ser nadie, ser la voz ambulante
que recorre los limbos procurando poblarlos”.
viernes, 2 de mayo de 2008
García y los derrumbes asesinos
El ingeniero Ernesto Ciriani Pérez-Alcázar llamó hace más de tres meses a una radio donde el alcalde Manuel Masías se estaba luciendo derramando promesas litradas y a granel.
Ciriani le planteó un problema específico de comercio ilegal que ya obraba en poder del municipio y tenía número de expediente y todo. Alguien había incumplido una norma en la calle José Gálvez, cuadra 5, Miraflores.
–No se preocupe: hoy mismo, esta tarde misma, lo recibiré y veré su reclamo, que me parece justo –dijo Masías sin que se le moviera una pestaña.
–Muchas gracias, señor alcalde. Allí estaré –dijo Ciriani, quien estaba grabando la conversación.
La locutora no cabía en su pellejo. Masías resolvía las cosas en tiempo real, los oyentes parecían quedar estupefactos ante tanta atención, Miraflores progresaba desde una cabina radial.
Ciriani fue esa tarde pero nadie lo atendió.
Regresó al día siguiente pero nadie lo atendió.
Fue a la siguiente semana pero nadie lo atendió.
Pasaron tres meses y nadie lo atendió.
Hasta hoy nadie lo atiende.
Ese es el retrato robot de Manuel Masías: un irresponsable demagogo, un mentiroso al menudeo, un señor al que debiera levantarse el secreto bancario en vista de tantas remodelaciones inútiles, tantas veredas vueltas a hacer para ganar 60 centímetros de ancho, tanto cemento que redunda y huele mal.
Ahora dice Masías que “investigará hasta las últimas consecuencias”.
Las últimas consecuencias deberían llegar hasta su puerta. Porque Masías –si el Perú fuera un país y no un cobertizo– tendría que ir a parar a la cárcel junto a los mandamases de “Inversiones Jaqueline” (promotores) y “JIJ Ingenieros SAC” (dizque constructores). Este triángulo bermudiano tiene responsabilidad penal en el asunto porque desde el 11 de febrero de este año el señor Alejandro Pinglo Meza Cuadra –cuya vivienda, contigua a la construcción salvaje, ya tenía daños estructurales– había hecho una advertencia pública sobre lo que podía ocurrir.
“Apenas empezaron a excavar, mis paredes se rajaron. Era evidente que lo estaban haciendo mal y allí mismo las autoridades debieron parar la obra”, declaró Pinglo Meza Cuadra al diario “La República”.
¿Qué pasó entonces? ¿Por qué no mandaron a parar?
Masías admite ahora “que los técnicos del municipio inspeccionaron la obra y no encontraron nada irregular”.
¿Y cuánto costó que no encontraran? ¿Cuánto hubo en juego para que no se dieran cuenta de lo que era clamorosamente evidente?
¿O es que los técnicos del municipio de Miraflores sólo son imbéciles?
Pero tanto si son chulos de la construcción como si son ordinariamente imbéciles, las huellas llegan hasta la responsabilidad de Manuel Masías.
Masías ofrece ahora hoteles para los damnificados, asesoría legal para los familiares de las víctimas, cara de circunstancias para las cámaras, voz adolorida para los micrófonos, seriedad de enterrador para las fotos. Y se atreve a decir que la culpa la puede tener “la desburocratización, el destrabamiento de las licencias, el premio a la rapidez y el descuido, quizás, de la seguridad”. Es cierto que una ley construida por el Apra (y Graña Montero) permite lo inimaginable en materia de edificaciones. Pero también es cierto que quien tiene vigilar –aun corrigiendo de facto a la ley– que la celeridad administrativa no permita que rufianes de la construcción maten obreros, es el alcalde.
Ya el presidente del Colegio de Ingenieros del Perú ha dicho que, luego de ver el grosor de la calzatura, es posible afirmar “que en esa obra los ingenieros especialistas brillaron por su ausencia”.
Y el viceministro de Trabajo, Jorge Villasante, ha sido preciso: “Esta tragedia pudo evitarse”.
Y el jefe de Defensa Civil se ha sumado: “Aquí (en Reducto, Miraflores) se han cometido las mismas faltas que en Gamarra (donde murieron hace poco ocho obreros sepultados por otro derrumbe)”.
El día de la tragedia, muy temprano, hubo un leve deslizamiento de piedras. Los obreros que estaban en la zanja de 20 metros de profundidad –donde iban a ir los cimientos de un edificio de cinco pisos con dos sótanos de estacionamiento– se miraron unos a otros. ¿Sería un presagio, un aviso? Lo cierto es que en ese momento los trabajadores presentes en la excavación eran once. Siete de ellos salieron antes del derrumbe de aquel muro criminalmente levantado. De modo que –para usar el lenguaje de la Cámara Peruana de la Construcción– podemos sentir algún alivio: los muertos pudieron ser una oncena.
Pero si el expediente policial conduce a la casa de Manuel Masías, el político le toca el timbre a Alan García. En efecto, este gobierno que tan bien se vende ha promulgado, con la anuencia del Congreso en su fase de tapizón de tránsito intenso, la ley que permite, en efecto, el crimen organizado en la construcción civil.
Me refiero a la ley 29090, aquella que –a la caza del perro del hortelano– salió de la presión de las constructoras (y de su chequera), aquella que García firmó con alegría cementera, aquella que permite construcciones sin licencia, sin perfil técnico, sin supervisiones de ninguna clase. Y las permite para urbanizaciones “de no más de cinco hectáreas”, “edificios que no superen los tres mil metros cuadrados y tengan hasta cinco pisos”, “viviendas de hasta 120 metros cuadrados” y “ampliaciones que no superen los 200 metros cuadrados”.
O sea que García, los constructores y Garrido Lecca, con su bandera de huesos cruzados flameando en el mástil, han decretado la informalidad homicida en la industria de la construcción. Pero de eso nadie habla. A esos temas se les echa tierra. Como a los obreros.
¿Dónde están los matanceros de Gamarra? ¿A cuántos años los condenaron?
¿Dónde estarán los de JIJ Constructores?
Quizás tomándose un preocupado cafecito con algún inspector municipal.
Ciriani le planteó un problema específico de comercio ilegal que ya obraba en poder del municipio y tenía número de expediente y todo. Alguien había incumplido una norma en la calle José Gálvez, cuadra 5, Miraflores.
–No se preocupe: hoy mismo, esta tarde misma, lo recibiré y veré su reclamo, que me parece justo –dijo Masías sin que se le moviera una pestaña.
–Muchas gracias, señor alcalde. Allí estaré –dijo Ciriani, quien estaba grabando la conversación.
La locutora no cabía en su pellejo. Masías resolvía las cosas en tiempo real, los oyentes parecían quedar estupefactos ante tanta atención, Miraflores progresaba desde una cabina radial.
Ciriani fue esa tarde pero nadie lo atendió.
Regresó al día siguiente pero nadie lo atendió.
Fue a la siguiente semana pero nadie lo atendió.
Pasaron tres meses y nadie lo atendió.
Hasta hoy nadie lo atiende.
Ese es el retrato robot de Manuel Masías: un irresponsable demagogo, un mentiroso al menudeo, un señor al que debiera levantarse el secreto bancario en vista de tantas remodelaciones inútiles, tantas veredas vueltas a hacer para ganar 60 centímetros de ancho, tanto cemento que redunda y huele mal.
Ahora dice Masías que “investigará hasta las últimas consecuencias”.
Las últimas consecuencias deberían llegar hasta su puerta. Porque Masías –si el Perú fuera un país y no un cobertizo– tendría que ir a parar a la cárcel junto a los mandamases de “Inversiones Jaqueline” (promotores) y “JIJ Ingenieros SAC” (dizque constructores). Este triángulo bermudiano tiene responsabilidad penal en el asunto porque desde el 11 de febrero de este año el señor Alejandro Pinglo Meza Cuadra –cuya vivienda, contigua a la construcción salvaje, ya tenía daños estructurales– había hecho una advertencia pública sobre lo que podía ocurrir.
“Apenas empezaron a excavar, mis paredes se rajaron. Era evidente que lo estaban haciendo mal y allí mismo las autoridades debieron parar la obra”, declaró Pinglo Meza Cuadra al diario “La República”.
¿Qué pasó entonces? ¿Por qué no mandaron a parar?
Masías admite ahora “que los técnicos del municipio inspeccionaron la obra y no encontraron nada irregular”.
¿Y cuánto costó que no encontraran? ¿Cuánto hubo en juego para que no se dieran cuenta de lo que era clamorosamente evidente?
¿O es que los técnicos del municipio de Miraflores sólo son imbéciles?
Pero tanto si son chulos de la construcción como si son ordinariamente imbéciles, las huellas llegan hasta la responsabilidad de Manuel Masías.
Masías ofrece ahora hoteles para los damnificados, asesoría legal para los familiares de las víctimas, cara de circunstancias para las cámaras, voz adolorida para los micrófonos, seriedad de enterrador para las fotos. Y se atreve a decir que la culpa la puede tener “la desburocratización, el destrabamiento de las licencias, el premio a la rapidez y el descuido, quizás, de la seguridad”. Es cierto que una ley construida por el Apra (y Graña Montero) permite lo inimaginable en materia de edificaciones. Pero también es cierto que quien tiene vigilar –aun corrigiendo de facto a la ley– que la celeridad administrativa no permita que rufianes de la construcción maten obreros, es el alcalde.
Ya el presidente del Colegio de Ingenieros del Perú ha dicho que, luego de ver el grosor de la calzatura, es posible afirmar “que en esa obra los ingenieros especialistas brillaron por su ausencia”.
Y el viceministro de Trabajo, Jorge Villasante, ha sido preciso: “Esta tragedia pudo evitarse”.
Y el jefe de Defensa Civil se ha sumado: “Aquí (en Reducto, Miraflores) se han cometido las mismas faltas que en Gamarra (donde murieron hace poco ocho obreros sepultados por otro derrumbe)”.
El día de la tragedia, muy temprano, hubo un leve deslizamiento de piedras. Los obreros que estaban en la zanja de 20 metros de profundidad –donde iban a ir los cimientos de un edificio de cinco pisos con dos sótanos de estacionamiento– se miraron unos a otros. ¿Sería un presagio, un aviso? Lo cierto es que en ese momento los trabajadores presentes en la excavación eran once. Siete de ellos salieron antes del derrumbe de aquel muro criminalmente levantado. De modo que –para usar el lenguaje de la Cámara Peruana de la Construcción– podemos sentir algún alivio: los muertos pudieron ser una oncena.
Pero si el expediente policial conduce a la casa de Manuel Masías, el político le toca el timbre a Alan García. En efecto, este gobierno que tan bien se vende ha promulgado, con la anuencia del Congreso en su fase de tapizón de tránsito intenso, la ley que permite, en efecto, el crimen organizado en la construcción civil.
Me refiero a la ley 29090, aquella que –a la caza del perro del hortelano– salió de la presión de las constructoras (y de su chequera), aquella que García firmó con alegría cementera, aquella que permite construcciones sin licencia, sin perfil técnico, sin supervisiones de ninguna clase. Y las permite para urbanizaciones “de no más de cinco hectáreas”, “edificios que no superen los tres mil metros cuadrados y tengan hasta cinco pisos”, “viviendas de hasta 120 metros cuadrados” y “ampliaciones que no superen los 200 metros cuadrados”.
O sea que García, los constructores y Garrido Lecca, con su bandera de huesos cruzados flameando en el mástil, han decretado la informalidad homicida en la industria de la construcción. Pero de eso nadie habla. A esos temas se les echa tierra. Como a los obreros.
¿Dónde están los matanceros de Gamarra? ¿A cuántos años los condenaron?
¿Dónde estarán los de JIJ Constructores?
Quizás tomándose un preocupado cafecito con algún inspector municipal.
jueves, 1 de mayo de 2008
No sé qué se celebra hoy
Hoy es el día del trabajador, esa incomodidad que los empresarios todavía necesitan pero que parece condenada a la extinción cuando las máquinas lleguen a ser el sueño que la Toshiba tiene en mente.
No sé qué diablos se celebra un día como hoy. El trabajador es la quinta rueda del coche en un sistema que premia la avaricia y perpetúa los abismos y que, contra lo que pregonan sus relacionistas, necesita mano de obra cada día más barata para competir con China, donde el día del trabajo tiene que ser una ironía.
A diez dólares (o menos) por día, el trabajador chino es un esclavo al que le han dicho que quienes gobiernan lo representan. Lo mismo le dijeron cuando Mao babeaba la almohada y dejaba que Chian Ching hiciera de las suyas. Pero lo cierto es que el capitalismo de China es el modelo de la Confiep: control político y salarios en el suelo, una creciente productividad que más le debe a las patadas que a la tecnificación.
Parte de esa trocha hacia la política de castas vitalicias la abrió entre nosotros el ciudadano japonés Alberto Fujimori. Nunca los sindicatos fueron peor tratados en el Perú. Se diría que los dirigentes de la CGTP fueron los verdaderos mártires de Chicago (me refiero a la escuela económica de Milton Friedman). Y nunca como en esos tiempos de compras y reventas de conciencias se vio más claro qué fácil es hacerle creer a la clase trabajadora que no vale un comino, que es prescindible, descartable y enfermizamente conflictiva. Además, las colas del desempleo y la ubicuidad sudorosa de los subempleados con subempleos múltiples eran argumentos de peso para decirle a la cajera de Wong o al obrero de Alicorp que detrás de su hambre en calma había una legión de hambres invictos esperando su puesto.
Y la clase trabajadora se creyó todas las infamias de los teóricos del abuso y los doctrineros de la burundanga explotadora. Y agachó la cabeza más que nunca y dijo gracias cuando le congelaron el sueldo (para conservar la plaza, ¿me explico?) y gracias cuando le quitaron derechos sindicales y muchas gracias cuando vino el service y muy agradecido cuando los contratos se acortaron de seis a tres meses y gracias otra vez cuando las indemnizaciones se jibarizaron mientras las utilidades florecían.
¿Cuándo fue que los trabajadores perdieron la autoestima y se creyeron el cuento de que el sistema les hacía un favor empleándolos? Sería bueno saber dónde empezó esa desgracia y cómo fue que la sumisión se hizo virtud.
Sin ensayar una respuesta cabal, diremos que esa derrota del honor proletario pareció volverse ola mundial con las “desregulaciones” de Ronald Reagan y el desmontaje paulatino del Estado del bienestar en Europa. Y cuando “el país de los trabajadores” –o sea la Unión Soviética– se desplomó ahogado en mentiras y vodka y a Ceaucescu lo anticucharon en Bucarest, entonces vino lo peor. Si la guerra fría y el miedo a la expansión comunista habían obligado a concesiones, el suicidio del bloque soviético produjo la contrarreforma y la revancha de los conservadores. Y empezó lo peor.
Y estamos en lo peor. Si la posguerra y las democracias populares del Este produjeron a Adenauer o al influyente Togliatti, el éxito mundial del capitalismo rastrilló a Berlusconi y a Chirac. Y cuando China demostró que el capitalismo más pujante podía hacerse con la disciplina del siglo XIX –y para eso estaba Tien Anmen y su recuerdo–, la cosa empeoró más todavía.
Hoy el empleo basura pasa por “imprescindible para la competitividad” y la negación de derechos laborales es “un sacrificio que las condiciones del comercio mundial hacen necesario”. Entre la precariedad del puesto de trabajo, los salarios reducidos y la incitación al consumo satisfecha con compras a plazos que se pagan con intereses de juzgado de guardia, los trabajadores han vuelto a ser, en muchos sentidos, los parias del sistema y los ningunos del éxito global.
Y si salen a la calle a protestar, son anacrónicos. Y si declaran la huelga, son chavistas. Y si exigen, comunistas. Y si se jubilan, bueno, en esa condición dejarán pronto de chillar. Pero lo que no se dice en la prensa que los desprecia pero que muchos de ellos compran es que el mayor anacronismo es este capitalismo refaccionado que recuerda a las hilanderías inglesas que ofendieron a Rosa Luxemburgo, las plantaciones de bananos desde donde se derrocaban o ponían presidentes en los manglares centroamericanos, y los viejos campamentos mineros de la Cerro de Pasco Corporation.
Por eso decía que no sé qué diablos celebran hoy los trabajadores. Los que deberían celebrar son los que ganaron la partida. Es decir, Reagan, Chirac, la señora Thatcher (pionera). Y Hobbes y Locke, cómo no. ¿También Alan García? Sí. Pero antes, Pinochet, profeta armado.
No sé qué diablos se celebra un día como hoy. El trabajador es la quinta rueda del coche en un sistema que premia la avaricia y perpetúa los abismos y que, contra lo que pregonan sus relacionistas, necesita mano de obra cada día más barata para competir con China, donde el día del trabajo tiene que ser una ironía.
A diez dólares (o menos) por día, el trabajador chino es un esclavo al que le han dicho que quienes gobiernan lo representan. Lo mismo le dijeron cuando Mao babeaba la almohada y dejaba que Chian Ching hiciera de las suyas. Pero lo cierto es que el capitalismo de China es el modelo de la Confiep: control político y salarios en el suelo, una creciente productividad que más le debe a las patadas que a la tecnificación.
Parte de esa trocha hacia la política de castas vitalicias la abrió entre nosotros el ciudadano japonés Alberto Fujimori. Nunca los sindicatos fueron peor tratados en el Perú. Se diría que los dirigentes de la CGTP fueron los verdaderos mártires de Chicago (me refiero a la escuela económica de Milton Friedman). Y nunca como en esos tiempos de compras y reventas de conciencias se vio más claro qué fácil es hacerle creer a la clase trabajadora que no vale un comino, que es prescindible, descartable y enfermizamente conflictiva. Además, las colas del desempleo y la ubicuidad sudorosa de los subempleados con subempleos múltiples eran argumentos de peso para decirle a la cajera de Wong o al obrero de Alicorp que detrás de su hambre en calma había una legión de hambres invictos esperando su puesto.
Y la clase trabajadora se creyó todas las infamias de los teóricos del abuso y los doctrineros de la burundanga explotadora. Y agachó la cabeza más que nunca y dijo gracias cuando le congelaron el sueldo (para conservar la plaza, ¿me explico?) y gracias cuando le quitaron derechos sindicales y muchas gracias cuando vino el service y muy agradecido cuando los contratos se acortaron de seis a tres meses y gracias otra vez cuando las indemnizaciones se jibarizaron mientras las utilidades florecían.
¿Cuándo fue que los trabajadores perdieron la autoestima y se creyeron el cuento de que el sistema les hacía un favor empleándolos? Sería bueno saber dónde empezó esa desgracia y cómo fue que la sumisión se hizo virtud.
Sin ensayar una respuesta cabal, diremos que esa derrota del honor proletario pareció volverse ola mundial con las “desregulaciones” de Ronald Reagan y el desmontaje paulatino del Estado del bienestar en Europa. Y cuando “el país de los trabajadores” –o sea la Unión Soviética– se desplomó ahogado en mentiras y vodka y a Ceaucescu lo anticucharon en Bucarest, entonces vino lo peor. Si la guerra fría y el miedo a la expansión comunista habían obligado a concesiones, el suicidio del bloque soviético produjo la contrarreforma y la revancha de los conservadores. Y empezó lo peor.
Y estamos en lo peor. Si la posguerra y las democracias populares del Este produjeron a Adenauer o al influyente Togliatti, el éxito mundial del capitalismo rastrilló a Berlusconi y a Chirac. Y cuando China demostró que el capitalismo más pujante podía hacerse con la disciplina del siglo XIX –y para eso estaba Tien Anmen y su recuerdo–, la cosa empeoró más todavía.
Hoy el empleo basura pasa por “imprescindible para la competitividad” y la negación de derechos laborales es “un sacrificio que las condiciones del comercio mundial hacen necesario”. Entre la precariedad del puesto de trabajo, los salarios reducidos y la incitación al consumo satisfecha con compras a plazos que se pagan con intereses de juzgado de guardia, los trabajadores han vuelto a ser, en muchos sentidos, los parias del sistema y los ningunos del éxito global.
Y si salen a la calle a protestar, son anacrónicos. Y si declaran la huelga, son chavistas. Y si exigen, comunistas. Y si se jubilan, bueno, en esa condición dejarán pronto de chillar. Pero lo que no se dice en la prensa que los desprecia pero que muchos de ellos compran es que el mayor anacronismo es este capitalismo refaccionado que recuerda a las hilanderías inglesas que ofendieron a Rosa Luxemburgo, las plantaciones de bananos desde donde se derrocaban o ponían presidentes en los manglares centroamericanos, y los viejos campamentos mineros de la Cerro de Pasco Corporation.
Por eso decía que no sé qué diablos celebran hoy los trabajadores. Los que deberían celebrar son los que ganaron la partida. Es decir, Reagan, Chirac, la señora Thatcher (pionera). Y Hobbes y Locke, cómo no. ¿También Alan García? Sí. Pero antes, Pinochet, profeta armado.
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